Feminismo

Giulia di Nicola
Mercabá, 14 septiembre 2026

        Por feminismo se entiende el movimiento de reacción a la relación desigual y machista entre sexos. Como brazos yuxtapuestos, el feminismo abarca la denuncia del anti-feminismo y la toma de conciencia (de las condiciones históricas de inferioridad, de la mujer).

        El uso del término no carece de ambivalencia. Según algunos, Fourier usó este neologismo sosteniendo la igualdad entre los sexos, en 1837. Para otros, se debe hacer referencia, sobre todo, a Dumas y su L'Homme-Femme-1872, debate sobre las costumbres en el cual usó una frase ("el feminismo, permítaseme este neologismo") para descalificar a los partidarios de la emancipación de la mujer.

        Los opositores de Fourier recogieron el vocabulario médico de la época, en la cual se usaba la voz feminismo con una acepción negativa, a la hora de calificar a todos los que no entraban en la regular identidad del sexo. Según ello, feminismo era la anormalidad patológica de una feminización de los hombres y una masculinización de la mujer.

        Desde esta óptica médica, el feminismo fue aplicado a aquello que venía a romper las reglas naturales de la división de roles, e implicaba un juicio (moral, político y antropológico) ligado a la confusión de las diferencias, como fuente de desorden social.

        Se intentaba identificar con ello al feminismo con el infantilismo. En tal acepción machista, el término no hacía sino reafirmar la tradicional inferioridad de la mujer, como estadio de humanidad no plenamente desarrollado.

        Desde el punto de vista de los contenidos, el término feminismo es usado:

-la mayor de las veces, para denunciar el agotamiento y la opresión de la mujer, con el objetivo de combatir los factores de inferioridad en el sistema (político, familiar, económico, educativo);
-la menor de las veces, como una reflexión sobre el sentido del género femenino en sí mismo, en la cultura de la diferencia,
-en algunas esferas, como una afirmación de superioridad, en respuesta a la tradicional desvalorización del género femenino.

        En esta última acepción, el feminismo es una reacción pendular que termina con acordar una prioridad al género femenino en las elecciones prácticas y en la cultura, acreditando así la opinión de una guerra perenne entre los sexos.

a) Historia del feminismo

        Desde el punto de vista histórico, no es fácil caracterizar con precisión las diversas fases que el feminismo ha atravesado, bien porque varían de una nación a otra, bien por la pluralidad de posiciones presentes en cada fase, bien por los desarrollos y paradas alternativas que el movimiento ha sufrido.

        A nivel de recorrido histórico, el feminismo ha pasado por:

-cierta transhistoricidad, ligada a cada expresión crítica en las confrontaciones de la subordinación femenina;
-la emancipación de la Revolución Francesa, que se desarrolló con el derecho al voto femenino y tuvo períodos alternativos de estancamiento y de movimiento;
-la década de 1960, calificada de neo-feminismo, o fenómeno feminista más radical y combativo;
-la época actual, calificada de post-feminismo, o feminismo más centrado en una antropología de la reciprocidad.

a.1) Feminismo clásico

        En una amplia acepción, se debe hablar de feminismo ante litteram cada vez que, en la historia, se hace referencia a discursos, eventos y personalidades que han puesto el dedo en la llaga de la opresión femenina, denunciando la injusticia y haciendo lo posible por cambiar las condiciones de desigualdad entre los sexos.

        Tal contribución consiste esencialmente en la contestación de la filosofía aristotélica, que mantenía la Teoría de la Diferencia Natural con ventaja para el hombre y la calificación de la mujer como "hombre imperfecto".

        Como contrarréplica, no faltaron clásicos que lanzaron la Teoría de la Polaridad Sexual, esta vez en defensa de la superioridad femenina.

a.2) Feminismo ilustrado

        El 1º período reivindicativo del feminismo tuvo lugar en el s. XIX, como fenómeno tendente a obtener la igualdad de los derechos civiles entre hombres y mujeres, incluyendo la emancipación conyugal.

        La 1ª fase de este periodo (s. XIX al completo) fue la más dinámica, y llegó a cuestionar las instituciones (desde la familiar hasta las políticas) con el objetivo de dotar a la mujer con la misma identidad personal que el hombre, en los procesos formativos de la sociedad.

        La larga lucha por la conquista del derecho al voto femenino fue la consecuencia principal de las primeras reivindicaciones. No obstante, hubo que esperar un siglo en EE.UU, un poco menos en Inglaterra, y al final de la II Guerra mundial en el resto de Europa, para que este derecho fuese ya universal.

        Desde el punto de vista práctico, se consideran objetivos de esta fase emancipadora aquellos ligados a los derechos más elementales (como la igualdad en la ciudadanía, la igualdad de condiciones en el trabajo) y las peticiones de una organización pública de los trabajos (referentes a los servicios sociales).

        El feminismo americano afrontó todo lo relacionado con el poder, la distribución de los recursos y los privilegios sociales, denunció las injustas reparticiones entre sexos y promovió manifestaciones, marchas y actividades políticas de cualquier género, con el fin de sacar a la luz tales injusticias.

        En una 2ª fase de este periodo (1ª parte del s. XX), muchas organizaciones de la mujer obtuvieron una serie de privilegios respecto a los niños y escuelas, si bien no cambiaron la organización de la sociedad. Eso sí, aligeraron la vida cotidiana de las mujeres, afirmando sus espacios laborales y libertad personal.

        Una corriente minúscula pero radical, dentro del movimiento feminista, delineó las fases de liberación de la mujer, acentuó la denuncia de los sistemas centrados en el hombre y liberalizó los procesos conyugales, como premisa de una liberación real de la mujer.

        En definitiva, la mujer había sido pensada durante siglos como el habitáculo pasivo de la actividad generativa masculina, y esto hizo correr ríos de palabras en la psicología de la acogida y la obediencia.

a.3) Feminismo reivindicativo

        El neofeminismo de la década de 1960 tomó cuerpo en torno a esa minúscula corriente radical de la década de 1950 (especialmente a partir de América), y logró coagular un movimiento de masas, a menudo ligado al izquierdismo político, las reivindicaciones anti-racistas y las protestas estudiantiles.

        En la década de 1960, el eslogan "lo personal es político" significaba haber comprendido que todas las dimensiones de la vida (en casa, en los puestos de trabajo, en las instituciones políticas) debían ser afrontadas y cambiadas, para hacer que la realidad cotidiana e individual fuese un fiel reflejo de lo que sucedía en el ámbito político.

        La práctica del pequeño grupo se afirmó en los inicios de la década de 1970, con formaciones internas en los movimientos colectivos, comunicaciones de experiencias, socializaciones entre las mujeres yel self help. Todos los instrumentos de concienciación hicieron suyos sus problemas privados, sin excluir los políticos.

        Comenzaba a evidenciarse así, por tanto, la cuestión de la doble militancia, en el partido y en el colectivo feminista, con todos los problemas destinados a la reorganización de lo social.

        De esta manera, la cuestión femenina se colocó siempre en amplios horizontes interpretativos, con difusión de posturas colectivas anti-machistas. Sobre todo, entre los intelectuales de izquierda, pero con comparaciones significativas en todas las áreas ideológicas,  en torno al problema mujer.

        Estamos en el período de la transformación del feminismo elitista al feminismo difundido. Una parte del movimiento feminista se aplicó al papel crítico del psicoanálisis (bajo una concepción radical de la liberación sexual), y otra parte a la denuncia de la sociedad consumista de la Escuela de Frankfurt (que avalaba la ternura femenina y la agresividad masculina).

b) Filosofía del feminismo

b.1) Igualdad y diferencia

        En todas las áreas ideológicas, el feminismo vive la difícil búsqueda de identidad, entre deseo e impotencia, entre liberación y nuevas-viejas jaulas, entre la voluntad de establecer, como forma de superar:

-las categorías tradicionales, haciéndolas prescindibles,
-la crisis de sentido, aportando soluciones reales y no sólo parciales.

        Poniendo en crisis el término igualdad, por entenderse éste como asimilación al hombre, y a través de su Segundo Sexo-1949, la existencialista Beauvoir puso en marcha el feminismo de la diferencia, y con ello pasó a convertirse en la madre del feminismo.

        En la cultura de la diferencia, viene a decir Beauvoir, es la misma racionalidad la que define lo humano como ser en crisis, como expresión de la cultura masculina. La igualdad formal es relanzada como marginación del lado de las mujeres. Se revisa así el concepto ciudadanía, en que el ciudadano ha coincidido tradicionalmente con el hombre macho y ha excluido a las mujeres.

        Por esto, en las modernas democracias, además de la resurgida igualdad formal, sigue siendo central el problema de la representación, dada la persistente marginación femenina. Se interpela sobre todo a las ciencias a la hora de:

-redefinir la identidad y la diferencia sobre nuevas bases (biología, sociología, filosofía, teología),
-extender el discurso sobre las mujeres de la cultura, a partir de la perspectiva de la otra mitad.

        Por esto, de la exigencia de legitimación a entrar en la sociedad y en la cultura de lo masculino, el feminismo actual pasa a la auto-legitimación de crear un linaje, una cultura, una ética con voz de mujer.

b.2). La diferencia como superioridad

        La cultura de la diferencia corre el riesgo de recaer en viejas proclamaciones definidas, que se mueven entre hipo-valoraciones e hiper-valoraciones de la feminidad.

        Entre las trampas de la cultura del género, incluso cuando no aparece explícitamente, se puede descubrir una tentación de superioridad ética, como reacción a la subordinación histórica de las mujeres.

        Así sucede cuando se hace referencia a la narración bíblica del Génesis o a la leyenda de los masais (Kenia), en la cual, el haber aceptado el ser definida por el hombre, ha sido interpretado como indicio de superioridad, ya que a la condena le sigue una elección culpable.

        Los masais hacen referencia a un origen en el que los dos sexos estaban organizados en grupos separados. Se supone una autonomía originaria de los dos sexos, con la posibilidad de hacer, al menos, el uno del otro, siguiendo el orden de la supervivencia. Después, por alguna culpa atribuida a las mujeres, éstas finalmente pierden la libertad y son destinadas a reunirse con los hombres y a depender de ellos.

        En el Oeste de África parece ser que leyendas de estas características, sobre separación inicial radical, son frecuentes. Y encontramos la convicción:

-de una diferencia originaria paritaria,
-de una culpa sucesiva que conlleva la desigualdad,
-de una mayor culpabilidad de la mujer,
-de una subordinación histórica, y superioridad ética, organizadas en una relación de interdependencia.

        En la búsqueda biológica, la diferencia de inferioridad se transforma en diferencia de superioridad. En la práctica se sostiene una superioridad femenina, en que la jerarquía es nuevamente organizada y transformada, y el segundo sexo se convierte en el primero, haciendo referencia a que el sexo femenino precede a la diferenciación.

        No se puede hablar de una fase inicial de existencia embrional indiferenciada o bisexual, dado que el primer embrión no es indiferenciado, sino femenino. Por esto la moderna embriología parece reclamar para todos los mamíferos un mito como el de Adán y Eva.

        Para estos excesos, que se expresan desde reacciones pendulares hasta la secular instrumentalización de la biología, que durante mucho tiempo ha acreditado la inferioridad femenina, sirve la crítica de un biologismo que es la nueva piel del naturalismo, en función de una jerarquía trasnochada.

        No faltan apoyos a esta supuesta superioridad femenina en los estudios de Mead, que sacan a la luz la ventaja que tiene la niña en su relación con la lactancia materna. Succionar leche de la madre, en la primera relación interpersonal que se conoce, sería fuente de diferente posibilidad de identificación de la niña y del niño.

        El niño debería luchar mucho para poder construir su identidad masculina, destacándose de la simbiosis originaria con la madre en un proceso de des-identificación, que si no actúa, puede llevarlo al transexualismo y a las diversas formas de desvío psico-sexual.

        En este nuevo contexto, parece que los hombres debían desarrollar unas reglas sociales que valorasen su capacidad de afirmación y empeñarse en triunfar a toda costa en los diferentes campos de aplicación de la obra humana, para poder construir una identidad satisfactoria en relación con la madre y la feminidad en general.

b.3) La diferencia de la reciprocidad

        La cuestión de la identidad, entre el rechazo de esta, definida por los hombres, y la búsqueda de la nueva, conlleva el alto riesgo de nihilismo, ya que no es fácil intentar nuevos caminos si se rechazan las soluciones tradicionales, las simplificaciones de la complejidad y los cómodos atajos.

        Desde el punto de vista del modelo teórico, la nueva cultura de la reciprocidad es una respuesta positiva a la crisis de sentido que el feminismo afronta y provoca. La perspectiva conflictiva entre los géneros está superada, según el modelo dialéctico alternativo, con sus reflexiones familiares y políticas.

        También está desviado el problema de la identidad, ya que de esta no se puede hablar como de un objeto, fuera de la serie de relaciones; la identidad no indica un status a analizar y recorrer en sus elementos constructivos, sino que connota un código lingüístico que permite la decodificación de un proceso de relaciones.

        El significado de la identidad depende del contexto, del código que se asume de vez en cuando, y no de una especie de metafísica del ser. La originaria uni-dualidad humana hace que la persona no pueda conocerse si no se reconoce en otra persona.

        No se puede responder a la pregunta sobre el yo, si no es recurriendo al movimiento en el cual el yo, relacionándose con un , llega a ser uno mismo. Por ello, la conciencia cultural de la relacionalidad parece que no puede excluir una filosofía y una antropología de la reciprocidad, que implica la diferencia y la igualdad en el movimiento que da lugar a la estaticidad de los opuestos.

        Desde la óptica de la reciprocidad se intenta superar tanto la pura igualdad como la diferencia abismal, ya sea el concepto tradicional de complementariedad, ya sea la conciliación perenne de la dualidad hombre-mujer en un artificioso irenismo que oculta los momentos inevitables de conflicto patente o latente.

        Ciertamente, la reciprocidad es un juego de naturaleza incierta, expuesto a los condicionamientos de la psicología de cada uno, de la cultura, de la economía y de las diversas políticas, de las caídas en el dominio del yo o del nosotros, del triunfo de las lógicas del dirigente en la vida política, del marido como patrón de las varias formas.

        Esto no quita importancia a la continua búsqueda de igualdad, vista in primis como respeto de la diferencia, y después también como defensa de los derechos de igualdad adquirida, contra posibles intentos de reflujo. Las acciones positivas, con las leyes que intentan articularla, se constituye para centrar la atención en crear condiciones de desarrollo que consientan la actuación afectiva de la igualdad.

c) Actualidad del feminismo

        Cierto feminismo tiene sus razones para temer el uso y el abuso del concepto de persona. Es necesario reconocer que si el término fuese entendido en el sentido neutro, valdría la crítica de abstracción, realizada por el existencialismo, con la diferencia del género que desaparece en la universalidad abstracta, al no poner en evidencia la alternancia originaria del ser de cada persona como mujer y como varón.

        La persona debe juzgar la realidad de las relaciones varón-mujer en las diversas situaciones de desigualdad, evitando la universalidad del concepto, en el cual está propuesto el modelo masculino de humanidad.

        La reciprocidad es extraña también al concepto de síntesis, porque vive de la búsqueda dinámica de la unidad y las diferencias, que ofrecen posibilidades en las dos sin fáciles compromisos.

        En la reciprocidad, la sexualidad no aparece como un apéndice marginal, ni puede fijar la identidad de una vez por todas, tanto por no poder prescindir de ella como por establecer condiciones perjudiciales. Si uno dice del otro algo con lo que no se siente identificado, está obligado a modificar, en la relación, el contenido de sus afirmaciones, hasta que el otro se sienta a gusto.

        En la reciprocidad, ninguno de los dos géneros puede decir la última palabra sobre el otro, porque sólo juntos forman la humanidad. Reciprocidad significa, en efecto, cooperación, firmeza ante el vaivén de cambios simbólicos, flexibilidad dialógica y situarse cada uno en el interior de otro.

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