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Fidelidad Alfredo
Martínez La reflexión sobre la fidelidad ha recuperado su importancia en los últimos años, impulsada por la creatividad de nuevas corrientes empresariales norteamericanas que la entienden como un valor emergente a revalorizar. Otra corriente también actual, y contraria a la anterior, es considerar que la fidelidad es la "virtud de los débiles". Así nos los dice críticamente Jolif:
Por otra parte, como afirma Marcel, ¿cómo es posible hablar hoy de fidelidad, en "un mundo cuya estructura es tal que tolera eso que yo llamo deserción absoluta"? a) Fidelidad antigua En el AT, el término hebreo emunah (lit. fe) deriva de la misma raíz que emet (lit. verdad), como expresión de lo seguro, firme y sólido. Así pues, emunah expresa primariamente lo que se mantiene, y en el sentido de relaciones humanas vendría a significar fidelidad (en su vertiente de lealtad y confianza). Cuando se utiliza en referencia a lo justo, el término fidelidad significaría rectitud o sinceridad. En la versión de los LXX, en todos los casos el término emunah (lit. fidelidad) es traducido por aletheia (lit. verdad). La Biblia llama en muchas ocasiones a Yaveh el "Dios de la fidelidad", asociando en numerosas ocasiones este término al de hesed (lit. misericordia), como atributo definitorio de la actividad creadora y salvífica de Yaveh. Igualmente, las personas en que se puede confiar son calificadas de fieles, como cuando dice Nehemías: "Puse al frente de Jerusalén a Jananías, jefe de la ciudadela, porque era un hombre fiel (emet) y temeroso de Dios como pocos" (Neh 7,2). Los hebreos entienden la fidelidad dentro del mundo de lo relacional, y por eso la fidelidad se da, o no se da, en la convivencia entre los hombres. Es decir, en si uno vive fielmente o no. b) Fidelidad clásica Para el pensamiento griego, la fidelidad es una actitud o cualidad en sí misma. Por ello, un hombre es fiel a unos principios y en sí mismo, haciéndose de fiar. Por eso, dicho hombre puede presidir las convenciones públicas de las polis y las transacciones privadas entre ciudadanos. En la antigua religión romana, la fidelidad fue personificada y divinizada, y a su culto se levantó un templo en el Capitolio, junto al Templo de Júpiter. Los poetas le cantaban y la llamaban "casta sagrada, santa e incorrupta". El término fidelitas vendría a significar lealtad, cumplida adhesión, observancia de lo que uno debe a otro, verdad en la información, constancia en los afectos y sinceridad en el cumplimiento de las obligaciones. Como se ve, todo ello denotando a aquel que cumple sus promesas y, por ello, se muestra digno de confianza. c) Fidelidad medieval La sociedad medieval representa un tipo de sociedad estructurado totalmente bajo la idea de fidelidad, entendida ésta como la obligación que tenía el vasallo de presentarse a su señor y rendirle homenaje, quedándole sujeto y siendo denominado "hombre del señor". Éste, a su vez, se comprometía a su defensa y protección, y a impartir justicia y desagraviarle. Es más, no sólo los vasallos juraban fidelidad a sus señores, sino que éstos, a su vez, debían prestar fidelidad entre sí, formando una estructurada jerarquía de fidelidades. Incluso existió una orden de caballería denominada Orden de la Fidelidad, fundada por Cristian V de Dinamarca. Ortega y Gasset añoraba, en cierto modo, esta relación basada en la fidelidad, al decir:
d) La fidelidad, un compromiso vital En nuestra sociedad actual, percibimos cierta dificultad para adoptar como positivo y vitalmente necesario el sentido de la fidelidad, a forma de decir: ¿Por qué hay que auto-limitar las posibilidades de cada uno? ¿Hay algún principio, alguna realidad que me inste a comprometer toda mi existencia en él? ¿Podríamos decir hoy que vale más la fidelidad que la vida? Entre nosotros se dan argumentos críticos con respecto a la fidelidad. Sirvan como ejemplos los siguientes: 1º No hay ninguna esencia del hombre a la que le haya que ser fiel (según Sartre). Por lo tanto, no es precisa la fidelidad a una esencia, pues el hombre se hace en su existencia, no hay nada predefinido y todo está por hacer. Frente a una esencia del hombre, éste se define como libertad absoluta y como tal no sería nada, sino que (a lo sumo) llegaría a ser. 2º El cuestionamiento de una noción abstracta y esencialista de naturaleza humana, que llega a definirse por su interna capacidad de cambio, en la que no bastaría el hecho sino la situación en que ésta se da. 3º La sinceridad como principio rector de la conducta humana puede ocasionar tanto injusticias como indefensiones. Pareciera que esto fuera deseable siempre, y no tanto el hecho de tener que representar determinadas acciones si no son deseadas en ese momento. El compromiso incondicional y la fidelidad podrían, pues, caer bajo la sospecha de insinceridad para consigo mismo y para con el otro (según Marcel), olvidando la máxima de Rochefoucauld que dice: "La violencia que se hace para permanecer fiel al que se ama no significa más de lo que representa una infidelidad". 4º Una ética basada en el ideal nietzscheano de la voluntad de vivir, y entendiendo vivir como poder, que haría rechazar cualquier moral, excepto la del señor, opuesta a la moral del esclavo y del rebaño. ¿Por qué? Porque bondad, humildad y fidelidad son valores inferiores, y el hombre fiel disimularía su impotencia maquillándola de virtud. Lo cierto es que ciertas formas de concebir la fidelidad han servido para desprestigiarla, como cuando se confunde la fidelidad con la simple constancia. En efecto, como dice Gabriel Marcel:
Además, la fidelidad muestra su rostro ambivalente en la frecuente deserción. En efecto, hay quienes desertan de algo por fidelidad a un valor que se le aparece como superior. Del mismo modo, también hay quienes perseveran por fidelidad, y también quienes permanecen exteriormente fieles (con una aparente fidelidad), cuando con más propiedad habría que hablar del miedo a lo que la ruptura de esa falsa fidelidad le deparare. Obviamente, la fidelidad no tiene absolutamente nada que ver con los comportamientos de ciertos animales domésticos, ejemplo de conducta fiel; siendo, en todo caso, lo contrario, por cuanto el animal no puede ejercer su libertad, no es señor de su vida y, por lo tanto, al no elegir su vida, no puede considerarse modelo de fidelidad. En verdad, la fidelidad ha de ser de una manera primordial fidelidad a sí mismo, conformidad con las experiencias propias del yo, siendo consciente de esa lucha vital entre la sinceridad y la fidelidad a la opción fundamental de vida. ¿Qué lucha? Ésta misma: que "una persona no llega a su plena madurez sino escogiendo fidelidades que valen más que la vida"[4]. Sin que esto signifique olvido de la alteridad, lo que está claro es esto: que sólo se puede ser fiel, al otro, si se es fiel a sí mismo. Desde esta óptica: -ser fiel significa lo contrario del dogmatismo,
tanto del dogmatismo racionalista como del dogmatismo fideísta, El fiel es, por tanto, favorable al diálogo, tanto interior como exterior, en cuanto que supone poner en suspenso sus propias ideas y creencias, como paso necesario para confirmarlas, o si es preciso, para cambiarlas o incluso abandonarlas. La mera y mecánica fidelidad a un principio, simplemente porque es un principio, es una idolatría. Tanto en los que están sujetos mortecinamente a la ley petrificada como en los sujetos a la ley del instante, se aprecian actitudes enfermizas que denotan miedo a su propia realidad. Bien distinta es la aceptación tanto del presente como del pasado y del futuro. Esta aceptación vendría a ser como el pastor que, para lanzar una piedra de atención a su rebaño, realiza un movimiento hacia atrás, para desde ahí lanzar con mayor fuerza hacia adelante. El hombre fiel es aquel que, en su apuesta por el futuro, recoge todo lo que es. Es decir, sus experiencias, sus tendencias, sus anhelos, su presente pasado y su pasado presente, en marcha hacia un futuro que quiere ser, que gime por ser, que lucha por ser. Como tal realidad dinámica, la fidelidad siempre estará expuesta a la intemperie de la reflexión personal, a la autocrítica, a la demanda del otro (serena unas veces y desbocada otras), así como a la experiencia asumida que huye de la falsa seguridad. La fidelidad, por tanto, es una experiencia de profunda autonomía, por cuanto es libre decisión y expresión de la persona. Es el hombre mismo el que decide a qué, y de qué manera va a orientar su propia vida, siendo en este sentido profundamente creadora, pues tiene la posibilidad de recrear su propia vida, llegando a una especie de segundo nacimiento; siendo consciente de que uno se reconoce a sí mismo cuando se siente reconocido por el otro, cuando siente que es alguien para alguien. De no ser así, se vería uno encerrado en una estéril soledad que le conduciría inevitablemente hacia el solipsismo o hacia la muerte. Por tanto, quiero ser fiel para ser yo mismo, lo mejor de mi "yo mismo", no sólo el "yo fugaz" de un momento aislado, sin continuidad, que tantas veces me reconozco, sino aquel que está enraizado en todo un proyecto de vida asumido libremente. La fidelidad, por tanto, es respuesta a esa llamada que cada uno siente desde lo más profundo de su yo, es el dinámico crisol entre lo que uno siente que debe ser y lo que uno percibe que está siendo. La fidelidad es provocación, llamada a ir hacia adelante, dejando atrás, y sin volver la vista a ellos, los sinuosos caminos que trazamos para seguir la invitación, gozosa y siempre costosa, de lo que uno quiere llegar a ser. La fidelidad, en definitiva, nada tiene de sujeción a una seguridad. Aunque no es posible olvidar nuestra historia personal, no está domesticada ni por lo que uno fue, ni incluso por lo que uno es; en todo caso, se trata de confirmar el señorío sobre la propia existencia y la apuesta por la vida buena que uno desea. Para ser fieles a otro es imprescindible tener confianza en el otro. No obstante, con anterioridad a que tenga lugar la confianza, o el fiarse mutuamente, debe darse necesariamente la en-fianza, como un momento interior. Es decir, el "fiarme yo del otro y el otro de mí"[5]. .
_______ [1] cf JOLIF, J. Y; "Fidelité Humaine et Objectivité du Monde", en LumVie, CX (París 1972), p. 27. [2] cf. ORTEGA GASSET, J; El Espectador, ed. Salvat, Madrid 1969, p. 125. [3] cf. MARCEL, G; Filosofía Concreta, ed. Revista de Occidente, Madrid 1959, pp. 174-175. [4] cf. MOUNIER, E; Le Personalisme, ed. Seuil, París 1965, p. 68. [5] cf. MORENO VILLA, M; Hombre como Persona, ed. Caparrós, Madrid 1985, p. 80. |