Fortaleza

Carlos Díaz
Mercabá, 2 noviembre 2026

        Existe un sentido biológico de la fortaleza, que es la fuerza bruta, el vigor físico, la salud corporal y la primavera de la tierra. La vitalidad animal, el tono anímico, el ethos biofísico exuberante, siempre puede servir como fuente de energía creadora, pero no debe ser tomado como expresión sinónima de fortaleza virtuosa.

        Por lo demás, también ocurre que, en sentido contrario, muchas veces personajes frágiles de cuerpo (Gandhi, Teresa de Calcuta) casi desmayados, pavesitas, aparentemente arruinadas, por cuya garganta apenas fluye un hilo de voz, imponen severa admiración y respeto desde su naturaleza física derrumbada, porque el vigor moral no es el vigor físico.

        En todo caso, la virtud de la fortaleza no procede de la virtus defendida por el renacentista Nicolás Maquiavelo, esa capacidad de imponerse por la fuerza o por cualquier medio fraudulento sobre las demás personas, pues nada que no sea bueno para los demás puede ser virtuoso.

        Por eso afirma Aristóteles, en el libro I de su Retórica, que "los justos y los fuertes son los más queridos, porque resultan ser los más útiles en la guerra y en la paz"[1]. Por eso, hay una fortaleza mucho más honda que la biológica, la cual mira hacia el sentido anímico; de ahí que ánimo y fortaleza resulten sinónimos en la expresión coloquial fortaleza de ánimo.

a) La fortaleza, virtud clásica

        La fortaleza, como virtud, consiste en el sentido moral de la entereza o de la firmeza del ánimo, así como del autodominio del alma, según afirmaron Aristóteles y más tarde los estoicos.

        Mantenerse espartanamente en la verdad, y atreverse a pecho desnudo a manifestarla en escueta libertad, choca contra todo y contra todos en un mundo demasiadas veces asendereado, por lo que algunos han denominado "miedo a la libertad".

        Mantener erguido el tipo en ese contexto constituye una carga demasiado pesada, precisada de mucho valor, de mucha presencia de ánimo. Por ello, la fortaleza se acrecienta en la perseverancia, esa "permanencia estable y perpetua en aquello que la razón ha decidido defender". Y es que la razón se muestra decididamente "per se verante" (lit. de por sí veraz) en la medida en que ella manifiesta en verdad lo que ella misma de suyo es.

        Además de perseverancia, la fortaleza guarda relación con la magnificencia, de la cual dice Tulio que es propia no sólo la administración de cosas grandes y elevadas, sino también la amplia y espléndida reflexión de ánimo sobre ellas[2].

        La magnificencia se acoge al manto tutelar de la magnanimidad, seno de un ánima magna, a la que ya los griegos denominaron megalopsijía (lit. grandeza de ánimo), aquella que se cree capaz de grandes obras y en ellas se dignifica (aunque también puede degenerar en filotomía, amor al honor).

        En su libro Sobre las Cuatro Virtudes, Séneca asevera todo esto, cuando dice: "Si está en tu alma la magnanimidad, también llamada fortaleza, vivirás con gran confianza". En ese mismo sentido, Tulio escribe en su obra Sobre los Deberes: "Queremos que los varones fuertes sean también magnánimos, amigos de la verdad y de ninguna manera mentirosos".

        La magnanimidad se nota en el rostro, por aquello de que la cara es el espejo del alma. Al menos, así lo estima Aristóteles, cuando escribe aquello tan sonoro de que "el paso del magnánimo parece lento, su voz grave y su hablar reposado"[3]. En general, hay dos magnanimidades en la magnanimidad clásica:

-la del político, a la conquista del mundo desde la autarquía y desde la afirmación de sí mismo,
-la del filósofo, mediante el desprecio del mundo, la perseverancia y el coraje para soportar ese desprecio.

        Por su parte, la magnanimidad cristiana se identifica con la humildad (consistente en estimar lo que es verdaderamente grande y en menospreciar lo que es vil), y por ende con la espera y con la esperanza; esta última como pasión por lo grande y lo difícil, por una parte, y como virtud sobrenatural, por otra.

        La fortaleza dista mucho de parecer una virtud simple, sobre todo si atendemos a Macrobio[4], el cual enumera nada menos que 7 partes de la fortaleza, a saber: magnanimidad, confianza, seguridad, magnificencia, constancia, tolerancia y firmeza.

        Otro tanto piensa Andrónico, que también cita siete virtudes anejas a la fortaleza, a saber: eupsiquía, lema (hábito pronto que capacita para emprender lo que conviene y soportar lo que dicta la razón), magnanimidad, virilidad, perseverancia, magnificencia y andragacia (lit. valentía).

        Aristóteles definió la fortaleza, al igual que a las demás virtudes, como el "justo término entre la temeridad y la cobardía", siendo la cobardía el peor extravío y la temeridad una falta menor. Por su parte, Ambrosio ensalzó la fortaleza en su Sobre el Deber, con las siguientes palabras:

"Es propia de un alma nada mediocre la fortaleza, la cual por sí sola defiende la belleza de todas las virtudes y custodia los juicios; lucha implacablemente contra todos los vicios. Incansable en el trabajo, fuerte en el peligro, inflexible contra el placer, pone en fuga a la avaricia, peste que debilita la virtud".

        Desde el punto de vista de la pasividad, la fortaleza conlleva la capacidad para aguantar los peligros y soportar los trabajos, así como para sobrellevar reciamente sufrimientos, congojas, y penalidades. Como decía Marco Aurelio, "vergonzoso es que tu alma desfallezca cuando tu cuerpo no lo hace"[5]. Y como decía el propio Aristóteles, en el cap. III de su Ética a Nicómaco, "esta virtud se dice de algunos que son fuertes sobre todo por resistir a la tristeza".

        No obstante, la pasividad y la resistencia no apuntan hacia una actitud conservacionista, retardataria, agobiada y reculante, sino hacia una:

-pasividad propositiva, aunque expresada en su forma de reacción o resistencia,
-resistencia asertiva, de una resistencia que se afirma mientras aguanta y contiene.

        Esto es así, hasta el punto que el ojo de Agustín vio ya claramente, en su libro Sobre las Costumbres, que la fortaleza es "el amor que soporta fácilmente todo por el objeto amado", añadiendo en otro lugar que es amor al que no intimidan las adversidades ni la muerte.

b) La fortaleza, virtud medieval

        Dentro de la tradición medieval, la fortaleza (fortitudo) iba habitualmente asociada a la constancia (constantia), que se acredita más en la resistencia pasiva frente a las tentaciones provenientes del interior de uno mismo, que en la acción misma.

        Según Aquino, la fortaleza tiene dos vertientes o aspectos: uno pasivo (sustinere, lit. soportar) y otro activo (aggredi, lit. emprender), siendo el primacial de ellos el pasivo porque[6]:

-el que soporta sufre el ataque de algo que puede reputarse más fuerte que él, en tanto que, quien emprende algo, lo hace porque se siente con fuerzas para ello;
-quien soporta siente inminente peligro, en tanto que el emprendedor se limita, por el momento, a preverlo como futuro;
-el soportar supone continuidad en el esfuerzo, en tanto que puede emprenderse algo por un movimiento súbito.

        De todos modos, el valor emprendedor de la fortaleza sólo se demuestra en la perseverancia y en la cotidiana permanencia, habida cuenta que no es fuerte aquel que tras el primer embite decae, sino aquel otro que persevera en dicho embite. De ahí la acertada afirmación tomista-aristotélica de que "algunos se lanzan rápidamente a los peligros, y cuando están en ellos se retiran, justo lo contrario de lo que hacen los fuertes[7].

        Tomás de Aquino asegura que el dolor del martirio oculta incluso la alegría espiritual por el acto grato a Dios, "a no ser que sobreabunde la gracia y eleve con más fuerza el alma a las cosas divinas"[8].

        Por este motivo, el martirio aparecía a los ojos de la Escolástica medieval como una victoria, aun cuando fuera una victoria mortal. Como decía Máximo de Turín, "el que muere por la fe, triunfa, mas si viviera sin la fe sería derrotado.

        En definitiva, los valientes y los audaces, en cuanto fuertes, distan de los mediocres, ya que avanzan sus filas hasta el primer lugar de la presencia, y allí actúan. Oigamos al respecto al Aquinate:

"Por una parte, la virtud de la fortaleza se ocupa sobre todo del temor a las cosas difíciles, que podrían retraer a la voluntad de seguir la razón. Por otra parte, es necesario no sólo soportar con firmeza las embestidas de estas dificultades reprimiendo el temor, sino también atacar moderadamente (por ejemplo, cuando sea necesario eliminar esas dificultades para tener seguridad en el futuro). Esto parece propio de la audacia, por lo que la fortaleza tiene por objeto los temores y audacias, en cuanto reprime los primeros y modera las segundas"[9].

c) La fortaleza, virtud actual

        En el mundo clásico y medieval, la fortaleza se alzaba como virtud antropológica profunda, mucho más allá de los escuderos aguerridos y peligrosos que suelen flanquearla habitualmente. En efecto, para el hombre moderno la fortaleza:

-va más allá de la valentía, porque se es valiente tan sólo en determinadas situaciones, mientras que la fortaleza se tiene para todo, en la medida en que es un hábito bueno, una virtud;
-va más allá de la audacia, esa interesante capacidad para tomar puntualmente decisiones atrevidas, en que la persona que planea y proyecta se arriesga.

        Este comportamiento, confiando en la fuerza de lo bien pensado, avanza en el terreno de lo no comprobado todavía por la experiencia, apelando a las posibilidades descubiertas, y cuyo riesgo es la osadía. Por eso mismo, la valentía y la audacia son hábitos infinitamente mejores que sus contrarios, tales como:

-la cobardía, pues allí donde hay cobardía no puede aparecer fortaleza de ninguna clase,
-las derivaciones degeneradas de la audacia, como son la temeridad, la presunción, la osadía, la ligereza, la frivolidad, la insolencia y otras muchas.

        Hoy en día, en efecto, el hombre que pretenda derrumbar las murallas del exterior habrá de levantar previamente la fortaleza de su interior, pues " nadie da lo que no tiene". En definitiva, la fortaleza viene a ser hoy en día la expresión de una vida espiritual profunda, como bien sabía por experiencia propia Mounier, al decir:

"La única fuerza creadora es la fuerza espiritual. Todas las demás potencias se revisten y fecundan de lo que toman de ella, pero se esterilizan por el ruido que le añaden y las polvaredas que levantan. La fuerza no está en el gesto, sino en la presencia sita bajo el gesto, y que en ocasiones no lo necesita. Un hombre llega un día a la puerta de un monasterio, cuenta una historia y da a entender que quiere vivir allí; se instala en los jardines. De su vida no dice una sola palabra. Pero su santidad es tal que las multitudes acuden a él y lo veneran. Enferma de gravedad y los fieles, a la cabecera de su cama, suplican que les diga una palabra, una sola palabra que puedan llevar como herencia en sus corazones. Entonces el asceta se levanta y dice: ¡Fuego!, y se deja caer en el lecho. Al instante el monasterio y la villa entera se prenden como una antorcha. He ahí las formas silenciosas de la fuerza. Recientemente hemos observado en la India cómo el prestigio espiritual de un hombre rompía con los prejuicios que siglos de historia y de profetas no habían conseguido romper. Hay que tener estos pensamientos presentes en el espíritu, para preservarnos del prestigio del número, de la agitación y de los medios ricos. Y de todas esas pequeñas ingenuidades sobre la violencia que germinan en la descomposición de la verdadera espiritualidad"[10].

        Efectivamente, la fortaleza es vista hoy allí donde se pone a prueba la resistencia frente a lo injusto. Como dice Bollnow, "en la fortaleza se esconde siempre algo que sólo puede definirse negativamente, el no-ceder y el quebrarse antes que doblarse", pues "en la fortaleza no tiene por qué haber flexibilidad, sino la incondicionalidad de todo lo que surge de una exigencia absoluta"[11].

        En esa compacidad, de lo que carece de fisuras, parece residir hoy en día la condición de inabatible, y de ahí el aserto de Pasea: "Reunir la justicia y la fuerza, y para esto hacer que lo que es justo sea fuerte".

        La virtud de la fortaleza resalta, sobre todo, cuando la comparamos con sus contrarios (el desánimo, el no tener gusto por nada, el cansancio, el abatimiento, la pusilanimidad, la debilidad, la timidez, la poquedad), pues quien se encuentra desanimado no emprende nada, ni afronta nada, ni resiste nada, y en él se ha aflojado el vigor de su espíritu interior.

.

  Act: 02/11/26       @portal de ética            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A  

_______

[1] cf. ARISTOTELES, Retórica, 1366 b.

[2] cf. TULIO, Retórica, I, II, 54.

[3] cf. ARISTOTELES, Etica a Nicomáco, I, 125a.

[4] cf. MACROBIO, Sueño de Escipión, I, I, 8.

[5] cf. MARCO AURELIO, Meditaciones, V, 29.

[6] cf. LÓPEZ ARANGUREN, J. L; Etica, ed. Alianza, Madrid 1981, p. 256.

[7] cf. ARISTOTELES, Etica a Nicómaco, I, 115b.

[8] cf. TOMAS DE AQUINO, Suma Teológica, I, I, q.123, 8.

[9] cf. TOMAS DE AQUINO, op.cit, II, II, q.123, a.3.

[10] cf. MOUNIER, E; Obras Completas, vol. I, ed. Sígueme, Salamanca 1992, pp. 347-348.

[11] cf. BOLLNOW, O. F; Esencia y Cambios de las Virtudes, ed. Revista de Occidente, Madrid 1960, p. 132.