14 de Mayo
San Matías Apóstol
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 14 mayo 2026
Hch 1,15-26; Jn 15,9-17
El relato de la elección de Matías comienza con una composición de lugar, con su tiempo y actores (v.15). El tiempo era "uno de aquellos días". Es decir, después de la ascensión de Jesús y antes de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.
En cuanto a los actores, Pedro se levanta en medio de una asamblea (constituida por 120 miembros), reunida "con un mismo propósito" (epi to autó). El nº 120 fue el buscado para el momento, pues lo legal para elegir un consejo que representara a Israel era justamente 120.
El argumento de Pedro es el cumplimiento de 2 citas bíblicas, a la hora de interpretar la realidad de la elección del sucesor de Judas. La 1ª cita está tomada del Salmo 69 (Sal 69, 26), donde una maldición contra los enemigos del justo pide que la habitación de ellos quede desierta y que en sus tiendas no haya quien habite.
El sentido del texto exige que el puesto de Judas, que abandonó por traición (no por muerte), quede desierto, lo que estaría en contra de la elección de un sustituto. Por eso Pedro cita otro texto (Sal 109, 8), donde la maldición contra el impío consiste en que sus días sean pocos y otro ocupe su cargo (lit. episcopé, aludiendo a la realidad posterior de los epíscopos u obispos).
Los textos que cita Pedro no hacen alusión a la traición y muerte de Judas, sino a la necesidad de elegir a alguien que lo sustituya. La información que transmite Pedro sobre la muerte de Judas difiere de la de Mateo (Mt 27, 3-10). Aquí Judas no muere ahorcado, sino "cayendo de cabeza" (como la caída del impío de Sb 4,19, en que "el Señor los quebrará lanzándolos de cabeza"). Judas compra un campo con el precio de su iniquidad, y por lo visto se cae en él y se abre la cabeza (de ahí que se llame "campo de sangre").
En la 2ª parte del discurso (vv.21-22) Pedro pone las 2 condiciones que debe tener el candidato para sustituir a Judas. Pedro llama al puesto que debe ser ocupado "porción en este ministerio" (kleros tes diakonías tautes; v.17), o "lugar en este ministerio y apostolado" (topos tes diakonías tautes kaì apostolés; v.25). El ser apóstol es, por lo tanto, tomar parte en un servicio (diakonía). Estas son las 2 condiciones que pone Pedro:
1º
debe ser "uno de los varones que
anduvieron con nosotros",
2º debe ser
"uno de los discípulos que estuvieron con Jesús, desde el bautismo de
Juan hasta el día de la ascensión".
Con la 1ª condición, Pedro excluye a las mujeres, y con la 2ª condición a los parientes (que no creyeron en Jesús, mirando hacia atrás) y extranjeros (que no conocieron a Jesús, mirando hacia adelante).
Sólo el que cumpla estas 2 condiciones puede ser agregado al número de los Doce y ser constituido "testigo con nosotros de su resurrección". La asamblea presentó a 2 hermanos que cumplían con las condiciones estipuladas: José Barsabás y Matías. El modo de elección fue la oración ("en común") y la rapidez ("echando suertes"), y tras ello la elección recayó en Matías.
Hagamos ahora una lectura crítica del pasaje. En 1º lugar, llama la atención el momento que Pedro eligió para completar el número de los 12 apóstoles ¿Por qué no esperó la venida del Espíritu? La orden de Jesús antes de su ascensión fue "permaneced quietos (lit. sentados) hasta que seáis revestidos del poder de lo alto" (Lc 24, 49). Pedro actúa aquí, por tanto, al margen de la agenda marcada por Jesús, de no hacer otra cosa que esperar y aguardar.
¿De dónde vendrían los apuros de Pedro, para elegir al sustituto de Judas ya antes de Pentecostés? Los autores argumentan que los Doce representaban legítimamente a Israel, y que debían ser ellos los que, como nuevo Israel, recibieran el Espíritu Santo. Era necesario completar, por tanto, el grupo de los Doce, antes que llegara ese Espíritu Santo en Pentecostés.
¿Por qué no lo hizo Jesús directamente después de su resurrección, o por lo menos ordenó dicha elección? Como ya dijimos, los que reciben el Espíritu Santo no son sólo los Doce, sino todos los reunidos en la casa (los 120 hermanos). De ahí que haya quienes piensen que la elección de Matías se hizo para reconstruir la autoridad de los apóstoles, dañada seriamente por la traición de uno de ellos (Judas).
Es motivo de crítica la definición excluyente que Pedro hace del apóstol en el v. 21, mirando fundamentalmente el pasado y restringiendo el apostolado a un tiempo determinado: la vida de Jesús, y el 1º momento de testimonio en Jerusalén. El nº 12 asegura la continuidad con Israel y el proyecto de Jesús de restaurar Israel, así como la continuidad con la 1ª comunidad de Jerusalén. El nº 12 cumple un rol sólo en la comunidad de Jerusalén de los primeros tiempos.
Otra cosa que llama la atención es la forma como fue elegido Matías. No hay un discernimiento de la asamblea, como sí lo habrá en Hch 6,1-6 y Hch 15,22. Tampoco es un elección guiada directamente por el Espíritu, como en Hch 13,1-3. La elección es simplemente echando suertes, forma arcaica de discernimiento de la voluntad de Dios (Ex 33,7; 1Sm 14,41).
Carlo Martini
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En la serie "Yo soy" que venimos leyendo, hoy le tocaría el turno a una de las variantes del "Yo soy la luz". No obstante, como celebramos la fiesta de San Matías, las lecturas no siguen el itinerario de la lectio continua, sino que son propias de la fiesta.
Con todo, el texto evangélico que se nos propone podría ser incluido en la serie "Yo soy". En él aparece Jesús, a diferencia de los maestros de su tiempo, como aquel que toma la iniciativa en la elección de sus discípulos, y les dice: "Soy yo quien os ha elegido". En el texto aparecen 4 elementos que pueden iluminarnos:
1º Para vivir
con alegría necesitamos conectarnos a la fuente del verdadero gozo, que
es el amor de Dios, tal como se nos ha revelado en Jesús;
2º Amar significa "dar la vida por los amigos";
3º Jesús nos ha
elevado de la categoría de siervos a la de amigos porque ha puesto
en práctica la regla anterior: "ha dado su vida por nosotros";
4º Seguirle
no es el resultado de una iniciativa nuestra, sino de una elección
gratuita, como gratuita es toda amistad.
La liturgia nos propone este mensaje porque, en el caso de la vocación apostólica de Matías, se pone descaradamente de relieve. Para ocupar el puesto de Judas echaron suertes, y la suerte le tocó a Matías, y éste quedó asociado al grupo de los Doce.
Para la teología de Lucas, era urgente recomponer el nº 12, porque ellos constituyen las 12 columnas de la Iglesia, en claro paralelismo con las 12 tribus de Israel. ¿Qué exigen al candidato? Estas 2 cosas:
-haber acompañado
a Jesús durante su ministerio,
-ser testigo de
su resurrección.
Estos 2 criterios del principio se reducirán posteriormente a uno solo: ser testigos de la resurrección. Por eso Pablo, que no conoció al Jesús histórico, puede ser llamado apóstol. En definitiva, por esa misma razón, por habernos encontrado con el Jesús viviente, podemos ser llamados apóstoles cada uno de nosotros.
En cualquier caso, ni Matías, ni Pablo, ni ninguno de nosotros, es seguidor por propia iniciativa. Nadie se matricula espontáneamente en la escuela del seguimiento. Todos somos invitados.
Gonzalo Fernández
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La Palabra de hoy nos sitúa ante el misterio de la llamada de Dios, que siempre escapa a nuestros cálculos humanos demasiado razonables. Queda bien claro, sobre todo cuando Jesús dice: "Soy yo quien os he elegido, y no vosotros".
En el santo apóstol que hoy recordamos, San Matías, queda patente esta verdad. Basta con releer la 1ª lectura, en la que se nos narra la elección de Matías para sustituir al que entregó a Jesús. Una vocación de sustituto o de tapa-agujeros (en lenguaje coloquial). ¡Hermosa vocación!
Es deliciosa la frescura y simplicidad del texto, todo él impregnado del Espíritu que penetra los corazones de todos y está siempre pronto a mostrarnos la voluntad del Padre.
¿Y cuál es la voluntad del Padre para todos los cristianos de ayer, de hoy y de siempre, sea cual sea su vocación específica? Jesús nos lo vuelve a manifestar, en ese mandamiento tan especial que él llama nuevo y mío: "Amaos unos a otros, como yo os he amado". ¿Y cómo nos ha amado Jesucristo? Muy fácil: "Como el Padre me ha amado".
En las lecturas de hoy se pone de manifiesto la estrecha relación de amistad que había entre los Doce y el Señor. Se sentían un grupo que compartía el mismo ministerio, eran los amigos del Señor, eran aquellos que hicieron camino juntos mientras el Señor Jesús convivió con ellos, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión.
Esta amistad no tenía otro fundamento que al Amigo por excelencia. Él mismo dijo "vosotros sois mis amigos", y "ya nos os llamo siervos", y "a vosotros os llamo amigos". Y ¿por qué? Porque "todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer". Y esto de forma totalmente gratuita. Todo es don en nuestra vida. El nombre de Matías que significa "don de Dios", nos lo recuerda.
A partir de aquí, viene la parte más comprometida: ¿Cómo es el amor de estos amigos? El Señor, como siempre, es clarísimo: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos".
Creo que no necesitamos más comentarios. Dejemos que esta Palabra nos configure y nos transforme haciéndonos capaces, de verdad, de dar la vida por los hermanos. No hay amor a Dios sin amor a los hermanos. Son 2 caras de única realidad indisoluble.
¿Es auténtico esto en nuestras vidas o sufrimos dolorosos desdobles de personalidad? Aquí creo que está la clave de que "vayamos y demos fruto, y nuestro fruto dure".
Carolina Sánchez
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El breve pasaje del evangelio de Juan, que la liturgia nos presenta en la festividad de San Matías, ofrece unas palabras de nuestro Señor durante la Última Cena con sus discípulos, cargadas de riqueza.
Fijémonos, en esta ocasión, en la idea inicial del breve discurso que hoy consideramos: Dios nos ama. Con toda razón, hemos de decir que somos objeto del cariño divino. Nuestro Creador y Señor nos ama con un amor personal, con un amor a la manera del amor que el Padre eterno tiene a su Hijo unigénito, 2ª persona de la Trinidad.
Es de justicia mostrar a Dios, desde lo más profundo de nuestro ser, una gratitud rendida. Ciertamente, no hay palabras que pueden expresar como conviene la bondad de Dios con su criatura humana, como tampoco nuestros sentimientos son capaces de vibrar adecuadamente en consonancia con el inapreciable tesoro recibido.
Querríamos, sin embargo, saber corresponder. Y como somos consientes de la pequeñez nuestra, se lo decimos sencillamente a nuestro Padre Dios, con las torpes palabras que nos brotan de un corazón que lo intenta, con nuestros toscos sentimientos y con el alma llena.
Es necesario pensarlo muchas veces, y volver una y otra vez con la imaginación, a esas escenas que nos cuentan los evangelios, cuando Jesús insiste en que Dios ha querido hacernos objeto de su amor.
En ocasiones, las palabras de Jesús muestran una particular ternura (reflejo de los sentimientos de su corazón), que nos ayudan a entender algo de ese amor de Dios inmenso por sus hijos los hombres. En este caso, Jesús nos dice: "No estéis preocupados por vuestra vida, o por lo que vais a comer, o con qué os vais a vestir". No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino.
Fomentemos la fe, y pidamos a Dios esa visión sobrenatural que nos haga reconocernos contemplados, protegidos, permanentemente estimulados por un amor tierno y omnipotente.
Francisco Fernández
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No se puede pasar en silencio una declaración tan asombrosa como la de hoy. Jesús viene a revelarnos el amor del Padre, y nos hace saber que éste nos amó hasta entregar por nosotros a su Hijo, Dios como él (Jn 3, 16). Y ahora, al declararnos su propio amor, usa Jesús un término de comparación absolutamente insuperable, y casi diríamos increíble, si no fuera dicho por él.
Sabíamos que nadie ama más que el que da su vida (Jn 15, 13), y que él la dio por nosotros (Jn 10, 11), y nos amó hasta el fin (Jn 13, 1), y la dio libremente (Jn 10, 18), y que el Padre lo amó especialmente por haberla dado (Jn 10, 17). Pues bien, hoy nos dice que el amor que él nos tiene es como el que el Padre le tiene a él. Es decir, que él, el Verbo eterno, nos ama con todo su ser divino, infinito y sin límites, cuya esencia es el mismo amor (Jn 6,57; 10,14).
No podrá el hombre escuchar jamás una noticia más alta que esta buena nueva, ni meditar en nada más santificante, pues como hacía notar el beato Eymard, "lo que nos hace amar a Dios es el creer en el amor que él nos tiene".
"Permaneced en mi amor" significa, pues, una invitación a permanecer en esa privilegiada dicha del que se siente amado, para enseñarnos a apoyar nuestra vida espiritual no sobre el amor enclenque que nosotros pretendemos tenerle a él (Jn 13, 36-38), sino sobre la roca eterna de ese amor que él nos tiene a nosotros (1Jn 4,16).
En efecto, no puede existir para el hombre mayor gozo que el de saberse amado así. Así, en diversos momentos (Jn 16,24; 17,13; 1Jn 1,4), vemos que todo el evangelio es un mensaje de gozo fundado en el amor.
Si hacéis es así (es decir, si nos amamos mutuamente como acaba de decir en el v.12 y repite en el v.17), el mandamiento del amor es el fundamento de todos los demás (Mt 7,12; 22,40; Rm 13,10; Col 3,14).
Notemos esta preciosa revelación: que lo que nos transforma de siervos en amigos, elevándonos de la vía purgativa a la unión del amor, es el conocimiento del mensaje que Jesús nos ha dejado de parte del Padre. De hecho, él mismo nos agrega cuán grande es la riqueza de este mensaje, que contiene todos los secretos que Dios comunicó a su propio Hijo.
Hay en estas palabras de Jesús un inefable matiz de ternura. En ellas descubrimos no sólo que de él parte la iniciativa de nuestra elección, sino también que su corazón nos elige aunque nosotros no lo hubiéramos elegido a él.
Es ésta una infinita suavidad, por parte de un Maestro que no repara en humillaciones porque es "manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29). Es ésta una infinita fuerza, por parte de un amor que no repara en ingratitudes y no busca su propia conveniencia (1Cor 13, 5). Que "vuestro fruto permanezca" es la característica de los verdaderos discípulos, y no el brillo exterior de su apostolado (Mt 12, 19). Es la transformación interior de las almas.
De igual modo, a los falsos profetas se les conoce por sus frutos (Mt 7, 16), que consisten, según San Agustín, en la adhesión de las gentes a ellos mismos y no a Jesucristo (Jn 5,43; 7,18; 21,15; Mt 26,56).
José A. Martínez
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La Iglesia recuerda hoy el día en el que los apóstoles escogieron a aquel discípulo de Jesús que tenía que sustituir a Judas Iscariote, llamado Matías. Como nos dice acertadamente San Juan Crisóstomo en una de sus homilías, a la hora de elegir personas que gozarán de una cierta responsabilidad, se pueden dar ciertas rivalidades o discusiones.
Por esto, Pedro "se desentiende de la envidia que habría podido surgir", lo deja a la suerte (a la inspiración divina) y evita así tal posibilidad. Y es que, como termina explicando San Juan Crisóstomo, "las decisiones importantes muchas veces suelen engendrar disgustos".
En el evangelio del día, el Señor habla a los apóstoles acerca de la alegría que han de tener: "Que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado" (v.11). En efecto, el cristiano, como Matías, vivirá feliz y con una serena alegría si asume los diversos acontecimientos de la vida desde la gracia de la filiación divina. De otro modo, acabaría dejándose llevar por falsos disgustos, por necias envidias o por prejuicios de cualquier tipo.
La alegría y la paz son siempre frutos de la exuberancia de la entrega apostólica, y de la lucha para llegar a ser buenos seguidores de Jesús. Es el resultado lógico y sobrenatural del amor a Dios, y del espíritu de servicio al prójimo.
Romano Guardini decía que "la fuente de la alegría se encuentra en lo más profundo del interior de la persona", pues "ahí reside Dios". De ser así, "la alegría se dilata y nos hace luminosos, y todo aquello que es bello es percibido con todo su resplandor".
Cuando no estemos contentos, hemos de saber rezar como Santo Tomás Moro, cuando dijo: "Dios mío, concédeme el sentido del humor, para que saboree felicidad en la vida y pueda transmitirla a los otros". No olvidemos aquello de Santa Teresa de Jesús, que también pedía: "Señor, líbrame de los santos con cara triste, porque un santo triste es un triste santo".
Josep Vall
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Hace poco hemos celebrado la fiesta del amor, el acto más amoroso que se ha podido dar en la tierra, el hecho más heroico que jamás aconteció. Hemos celebrado a ese Dios que por amor a los hombres dio su propia vida en rescate por nuestros pecados, como nos dice San Pablo.
"Amaos unos a los otros como yo os he amado" es el nuevo mandamiento que sale del corazón de Dios, y no de la ley ni de una prohibición. El amor sale del reclamo de Cristo, que quiere que le imitemos hasta dar nuestra vida por nuestros hermanos, porque así lo ha hecho Cristo muriendo en la cruz.
Muy cerca de nosotros está la Virgen María, y nadie mejor que ella ha amado a Dios y a todos los hombres. Como dice Juan, "Dios es amor". Por tanto, si llevamos en nuestro corazón a Dios tendremos el verdadero amor, y la medida del amor a Dios está en el amor a nuestros hermanos, porque si no somos unos mentirosos, como dice la Carta de Santiago.
Estanislao García
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En el cap. 1 de Hechos de los Apóstoles se narra una elección inolvidable en la historia de la Iglesia, y a ella debemos recurrir con frecuencia incluso en el s. XXI. Nos referimos al hecho y al modo en que uno de los discípulos de Jesús, de nombre Matías, fue elegido por la comunidad para que ocupara el puesto nº 12 del Colegio Apostólico.
Judas, elegido del Señor, abandonó al Maestro, entregándolo para ser apresado y condenado. Y desde ese momento, el número simbólico de 12 apóstoles quedó con una vacante que convenía ocupar.
La comunidad de Jerusalén, y Pedro con ella, decidieron cubrir esa ausencia, eligiendo entre todos a un nuevo apóstol de entre los discípulos que habían compartido la experiencia de vida con Jesús. Y la suerte recayó en Matías.
Es esta una buena ocasión para que cada uno de los participantes nos sintamos aludidos por la infidelidad de Judas (por una parte) y solidarios en la vida y servicio a la comunidad eclesial (por otra parte).
En el reino de Dios, y en la alianza sellada con la sangre de Cristo, todos estamos convocados. Estamos convocados para gozar de la vida que esa sangre nos otorga, para ser hijos en el Hijo, para ser amigos de Dios (y no siervos), para ser sabios en el conocimiento del misterio que nos envuelve (y no ignorantes de la verdad salvadora). Pero nadie puede atribuirse a sí mismo el haber tenido acceso a la filiación y amistad. Esto es don de Dios, que reparte su gracia con generosidad.
Acojamos esos dones abriéndonos al misterio de la vida en Dios, y correspondiendo a tanta generosidad. Aprendamos en Matías a sentirnos testigos fieles del amor y elección, siguiendo a Jesús desde el bautismo en el Jordán (1º gesto de la vida pública de Jesús) hasta su ascensión a los cielos (último gesto de la vida terrena de Jesú).
No preguntemos por qué fuimos elegidos, porque no tenemos razones del don. Vivámoslo con generosa responsabilidad.
Dominicos de Madrid
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El número de 120 creyentes simboliza la totalidad de la comunidad de discípulos de Jesús. Ellos son el nuevo pueblo de Dios, constituido para dar testimonio del resucitado. El grupo apostólico estaba preocupado por representar adecuadamente a la comunidad de discípulos, y busca reemplazar al traidor. Con esto, se intentaba reavivar el ideal de Israel.
Lo cierto es que tanto el ideal de las 12 tribus como el de los 12 enviados fracasaron. Las tribus terminaron en un irremediable conflicto entre el grupo de Israel y el grupo de Judá, y el ideal de los Doce tropezó con la traición de Judas, y más tarde con la disensión entre simpatizantes de los paganos (helenistas) y simpatizantes de Israel (judaizantes).
La intervención de Pedro, que no espera a la venida del Espíritu, trata de restablecer una situación que precedió a la muerte de Jesús. Después de la oración echan suertes, y como la suerte siempre es ambigua, favorece a Matías, uno de los discípulos de Jesús.
El Espíritu Santo mostrará dentro de poco (en Pentecostés) la relativa importancia que tendrá el grupo (los Doce) para la expansión del evangelio. Y de igual modo mostrará el escaso significado de Matías, comparado con José Barsabas (el Justo) y otros creyentes destacados.
En el evangelio, Juan nos recuerda cómo Jesús nos llama personalmente a su seguimiento, cuando dice: "Vosotros no me habéis elegido a mi, sino que soy yo quien os he elegido a vosotros". La llamada de Jesús no es un asunto exclusivo de afiliados o simpatizantes, sino que es una oportunidad para entablar amistad con él, dentro de las exigencias y compromisos de la causa del Reino.
De este modo, ninguno que se sienta interpelado por Jesús, ya sea en la intimidad de su corazón o en el rostro de la gente miserable, tiene excusa para no seguirle. Jesús llama a todo ser humano capaz de comprometerse por hacer de este mundo un lugar digno para vivir.
La fiesta de San Matías nos recuerda cómo la llamada de Jesús sigue viva en la comunidad de creyentes. Por eso, tras la venida del Espíritu Santo los evangelizadores ya no serán exclusivamente los apóstoles. Muchos hombres y mujeres de las más diversas nacionalidades y culturas se sentirán llamados por Jesús, y quedarán constituidos como mensajeros de la buena nueva.
Confederación Internacional Claretiana
Act:
14/05/26
@tiempo
de pascua
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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