24 de Agosto

San Bartolomé Apóstol

Equipo de Liturgia
Mercabá, 24 agosto 2026

Jn 1, 45-51

         Hoy celebramos la fiesta del apóstol San Bartolomé (o Natanael). El evangelista Juan relata su 1º encuentro con el Señor con tanta viveza que nos resulta fácil meternos en la escena. Se trata de diálogos de corazones jóvenes, directos, francos.

         Jesús encuentra a Felipe casualmente y le dice sígueme (v.43). Poco después, Felipe, entusiasmado por el encuentro con Jesucristo, busca a su amigo Natanael para comunicarle que (por fin) han encontrado a quien Moisés y los profetas esperaban: "Jesús el hijo de José, el de Nazaret" (v.45).

         La contestación que recibe no es entusiasta, sino escéptica : "¿De Nazaret puede haber cosa buena?" (v.46). En casi todo el mundo ocurre algo parecido. Es corriente que en cada ciudad, en cada pueblo se piense que de la ciudad, del pueblo vecino no puede salir nada que valga la pena, allí son casi todos ineptos, y viceversa.

         Felipe no se desanima ni da más explicaciones, sino que dice: "Ven y lo verás" (v.46). Va, y su primer encuentro con Jesús es el momento de su vocación. Lo que aparentemente es una casualidad, en los planes de Dios estaba largamente preparado.

         Para Jesús, Natanael no es un desconocido: "Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi" (v.48). ¿De qué higuera? Quizá era un lugar preferido de Natanael a donde solía dirigirse cuando quería descansar, pensar o estar sólo. Aunque siempre bajo la amorosa mirada de Dios. Como todos los hombres, en todo momento.

         Para darse cuenta de este amor infinito de Dios a cada uno, para ser consciente de que está a mi puerta y llama necesito una voz externa, un amigo, un Felipe que me diga: "Ven y verás". Alguien que me lleve al camino que San José María Escrivá describe así: "Buscar a Cristo, encontrar a Cristo, amar a Cristo".

Christoph Bockamp

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         San Juan nos trasmite una historia bellísima en el relato de la vocación de los primeros discípulos. Felipe, a quien poco antes el Señor había llamado a su seguimiento, se encuentra con Natanael y le dice lleno de gozo: "Aquel de quien, escribió Moisés en la ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret".

         El bueno de Natanael le responde con un cierto aire de desconfianza: "¿De Nazaret puede haber cosa buena?". Poco después tras el encuentro de Jesús y Natanael, éste último exclama con ilusión y fuera de sí: "Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel", y todo porque el Maestro le había dicho que lo había visto debajo de la higuera. Parece una escena surrealista, pero encierra una gran verdad, que vamos a comentar.

         Natanael, tal vez acostumbrado ya a tantos falsos mesías que habían salido como estrellas fugaces en la historia del pueblo de Israel, se extraña de aquellas palabras tan encendidas de Felipe en las que le comunica que un tal Jesús, de Nazaret, hijo de José, es el anunciado por Moisés y los profetas.

         No es rara esta experiencia para el hombre de hoy y de siempre, que lo ha esperado todo de todo y de todos y casi siempre se ha visto a sí mismo sorprendido por la inconsistencia de las cosas. Por eso, Natanael se sorprende y responde con esa pregunta: "¿De Nazaret puede haber cosa buena?".

         Este tipo de repuestas se encuentran en los labios de muchos hombres de hoy a propósito de cualquier nueva proposición de dicha ofrecida por la sociedad o por un amigo. La desilusión y la desconfianza se han instalado en ese corazón ya un poco seco y pasota del hombre moderno.

         Para Natanael, tal vez un inquieto rabino o estudioso de las Escrituras, de repente la vida se ha iluminado con la presencia de aquel hombre que le ha presentado su amigo Felipe. En él ha encontrado de repente y de golpe a quien buscaba y lo que buscaba en una armoniosa síntesis. Es como si una vida ya al borde del desencanto se encontrara de repente con esa verdad que lo explica todo y llena de paz y felicidad el corazón. Todavía no sabe cómo, pero Natanael intuye que aquel hombre va a colmar todas sus expectativas.

         Jesús anuncia a Natanael que aquella 1ª experiencia se va a multiplicar, cuando le dice: "Has de ver cosas mayores" (v.50), que es como si le dijese: Si dejas a Dios de veras entrar en tu corazón, todo lo que anhelabas, esperabas, deseabas, se convertirá en realidad. Y es que Dios es mucho más de lo que el hombre puede imaginarse.

         En realidad la felicidad que el hombre busca no es nada al lado de lo que Dios le ofrece. Dios siempre supera toda expectativa, todo deseo, toda esperanza. Natanael, el desconfiado, de repente ha quedado cogido por Cristo y un sentimiento de entusiasmo se apodera de él.

         En adelante será un don, una gracia, un privilegio servir a aquel Maestro que ya le había visto cuando estaba debajo de la higuera. Si nosotros dejáramos a Dios entrar en nuestro corazón a fondo, si nosotros hiciéramos una experiencia auténtica de Dios, si nosotros nos liberáramos del miedo a abrir las puertas del corazón a Dios, también diríamos, llenos de entusiasmo y gozo, "Rabbí, tú eres el Hijo de Dios".

Juan Pablo Ferrer

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         Felipe no se conforma con haber conocido a Jesús, sino que tiene que comunicarlo. Por eso va a buscar a Natanael y le describe a Jesús como la realización de lo predicho en todo el AT, tanto por Moisés, como por los profetas.

         Felipe vive dentro del mundo del AT. Sí es verdad que ha escuchado el testimonio de Juan Bautista, pero no se da cuenta de la novedad que representa Jesús. Por eso su idea de Mesías y su perspectiva de salvación se atienen a lo expresado en la antigua Escritura (al "descrito por Moisés en la ley, y por los profetas").

         Natanael recibe el anuncio con escepticismo: la historia re­ciente le hace desconfiar de los mesianismos procedentes de Galilea. Felipe no intenta convencerlo; simplemente lo invita a tener contacto personal con Jesús (v.35).

         Jesús describe a Natanael como modelo de israelita. La mención de la higuera alude a Oseas, cuando dice: "Como racimo en el desierto encontré a Israel, como en breva en la higuera me fijé en sus padres" (Os 9,10). El profeta describía la elección del pueblo, y Natanael representa precisamente al Israel elegido que ha conservado la fidelidad a Dios. Así como en otro tiempo escogió Dios a Israel, ahora Jesús escoge a Natanael (es decir, a los israelitas fieles, para formar parte de la comunidad del mesías).

         La reacción de Natanael es entusiasta, pues llama a Jesús rabbí (lit. maestro fiel), lo reconoce como Hijo de Dios y con ello interpreta el título de "rey de Israel", prometido al sucesor de David (2Sm 7,14; Sal 2,2.6; Sal 89,4.27) que restauraría la grandeza del pueblo. No coincide su idea con la expuesta por Juan Bautista (Jn 1,33-34), que interpreta al Hijo de Dios como al portador del Espíritu.

         La obra del Mesías no se limita a renovar la elección de Israel ("bajo la higuera"). Jesús anuncia a Natanael una experiencia muy superior a la que acaba de tener ("cosas más grandes verás"), pero no centrada en el mesías-rey de Israel, sino en el mesías-hijo del hombre.

         Sin nombrarse a sí mismo, Jesús hace la primera declaración sobre su persona. Afirma que los suyos tendrán experiencia (veréis) de la plena y permanente posibilidad de comunicación del mundo humano con el divino ("el cielo abierto"). Alude al Sueño de Jacob en Betel, en el que vio una escala o rampa apoyada en la tierra y que llegaba al cielo (Gn 28,11-27). Ahora, la comunicación permanente entre los hombres y Dios va a verificarse a través del Hijo del hombre, del hombre-Dios (el portador del Espíritu).

         Nunca había existido antes una comunicación plena entre Dios y los hombres, porque nunca había existido el hombre en su plenitud (Jn 1,14). Pero ahora el hombre-Dios une tierra y cielo. De hecho, la presencia y actividad de Dios en el mundo está condicionada por el desarrollo del hombre. El Dios dinámico, fuente inagotable de vida que desea comunicarse, puede hacerlo del todo cuando existe la plenitud humana. Tanto más puede Dios actuar como Dios cuanto más pleno sea el hombre.

         Encuentra así solución el ancestral problema de la relación de los hombres con Dios y de Dios con los hombres. La dificultad para esta relación no se debía al querer de Dios, siempre dispuesto a ella, sino a la calidad del hombre. El problema queda resuelto porque existe "el Hijo del hombre", el hombre-Dios.

Juan Mateos

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         Una antiquísima tradición identifica al apóstol San Bartolomé con el Natanel que aparece en el evangelio de hoy. Hay en ello una lección preciosa.

         Jesús dice a Natanel que lo ha reconocido cuando estaba bajo la higuera. Es una expresión que alude al modo típico de enseñar de los rabinos de la época. Era el estilo sencillo de los maestros judíos. Y lo grande de Bartolomé es que siendo maestro aceptó ser discípulo. No fue de aquellos que creen saber lo suficiente como para no aprender más.

         Es grande tener conocimientos pero ello es poco si uno no sabe cuánto ignora. La verdadera sabiduría empieza en aquella frase de profunda humildad de San Agustín: "¡Ay de mí, que ni siquiera sé cuánto ignoro!" Aquel que se hace una idea de su propia ignorancia nunca será tan maestro que se le olvide ser discípulo.

         Es propio de quien ama la sabiduría ponerla en primer lugar, incluso por encima de sí mismo. Ahora bien, es un hecho que el orgullo trata de que nunca reconozcamos nuestras fallas, pecados o equivocaciones. Sin embargo, quien ama la sabiduría prefiere pasar por tonto o pecador y no teme desdecirse, porque sabe que cada mentira desechada es una verdad conquistada.

         También en esto es ejemplo Bartolomé, según el texto que hemos oído. Cuando al principio le hablaron del Mesías, este rabino tomó una actitud despectiva, fundada únicamente en sus conocimientos humanos; por ello preguntó con displicencia: "¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?".

         A continuación, Natanael se encontró con Jesús mismo y supo reconocer la grandeza de aquel que le saludaba. Contradiciendo su expresión previa ahora supo exclamar: "Maestro, ¡tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel!". Se trata de un cambio notable que le dejaba en realidad humillado, por lo menos frente a Felipe que había presenciado la actitud primera.

         Aprendamos de este ejemplo que no se alcanza la verdad sin la humildad y que no se llega a la sabiduría sino liberándose del pesado fardo del orgullo.

Nelson Medina

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         ¿Pero qué fascinación tenía su palabra? ¿Qué fuerza se asomaba a su mirada? El encuentro con Jesucristo cambia, de arriba abajo, a las personas. Llega Natanael y se produce el cambio. De una actitud insolente, casi agresiva: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?", a una rendida confesión de fe: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel".

         Todo brotó de un testimonio, de la mediación de Felipe y de su mensaje: "Ven, y verás". El apóstol Bartolomé, plasmado en esta perícopa, ilumina nuestro vivir.

         Es el apóstol Bartolomé (o Natanael) es apenas conocido. Por no saber, hasta dudamos de su nombre. Sin embargo, forma parte de la roca y cimiento de la Iglesia. Los protagonismos, los triunfalismos, la espectacularidad (que sí que se dan entre nosotros) no dicen con el evangelio. Por otra parte, Jesús mismo hace el elogio de Bartolomé: "Un israelita de verdad, en el que no ha engaño".

         ¿No creéis que, en nuestro camino, nos encontramos con gentes que se creen poseedoras exclusivas de la verdad? Es más difícil ser buscadores de la verdad, y estar dispuestos a ser fieles a la misma, incluso hasta sentir el desprecio y abandono de muchos. Todo, para ser apóstol, misionero. Los apóstoles lo oyeron de labios de Jesús: Id y predicad, bautizad y perdonad, curad y sanad. La misión primera de la Iglesia es evangelizar.

         Los apóstoles acabaron su vida en el martirio, fueron testigos de verdad y se mantuvieron fieles hasta la muerte. La tradición dice que a San Bartolomé le martirizaron quitándole la piel. En todo caso, aquí sí que se cumple la expresión popular y deportiva: "Hay que dejarse la piel en el campo".

Conrado Bueno

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         Este texto que narra la llamada de Natanael (el Bartolomé de los sinópticos), cierra la sección introductoria y anuncia la manifestación del Mesías a Israel.

         Se describe en este texto otro grupo de los que integran la comunidad de Jesús. Los dos nuevos discípulos que aparecen, Felipe y Natanael, no pertenecen al círculo del Bautista; Felipe es llamado directamente por Jesús y Natanael es llamado por Felipe. Este último representa la preparación a la llegada del mesías, propia de aquellos israelitas que se habían conservado fieles a la tradición profética y esperaban el cumplimiento de las promesas.

         Natanael es la figura masculina que encarna este grupo. Muestra una preparación insuficiente al mensaje de Jesús por no haber salido de la antigua mentalidad. No habiendo sido discípulo de Juan, no ha recibido su bautismo ni conoce su testimonio. Concibe al mesías como aquel que cumplirá las promesas restaurando lo antiguo en toda su pureza; no ve la novedad de su alternativa; representa para ellos la continuidad con el pasado.

         Su mentalidad aparece en la descripción de Jesús que Felipe hace a Natanael, muy apegada a la antigua tradición: "Al descrito por Moisés en la ley, y por los profetas, lo hemos encontrado: es Jesús, hijo de José, el de Nazaret". A esa idea opone Jesús la suya, describiendo su papel de mesías con una alusión al AT, para indicar la distancia entre la concepción de ellos y su propia realidad.

         A la comunidad judaizante Jesús la llama y le anuncia su integración en la comunidad mesiánica, pero le avisa y le promete que también ellos han de llegar al punto donde los otros han llegado, a vivir en su alternativa, la esfera de la comunicación divina. El mesías no es el que domina al pueblo, sino el que lleva al hombre a su plenitud.

Confederación Internacional Claretiana

 Act: 24/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A