25 de Marzo

Anunciación del Señor

Equipo de Liturgia
Mercabá, 25 marzo 2026

Lc 1, 26-38

         En el prefacio de la misa de hoy leemos esto, más o menos: Llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió su mensaje a la tierra y la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo, encarnado en su seno por obra del Espíritu Santo, iba a hacerse hombre por salvar a los hombres. Sí, ya sé que es un texto muy denso, pero resume bien el sentido de la solemnidad de hoy, a 9 meses de la Navidad. Aquí aparecen todos los personajes que encontraremos en las lecturas de hoy:

-Dios Padre, que envía su mensaje a la tierra, o con palabras del profeta Isaías nos envía una señal. Es el Dios cuya voluntad quiere cumplir Cristo al llegar a este mundo. Así se expresa en la carta a los hebreos y en el Salmo 39: "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad".

-Cristo, que es el Enmanuel (según Isaías) y se llamará Jesús, Hijo del Altísimo, Hijo de Dios (según Lucas), el mismo que, al llegar a este mundo, dijo: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo".

-El Espíritu Santo, que hace germinar a Jesús en el seno de María: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra".

-María, en quien, según la fe de la Iglesia se ha cumplido la profecía de Isaías: "La Virgen está encinta y da a luz un hijo". Es esta virgen la que estaba desposada con José y que, al recibir de Dios la vocación de ser madre de Jesús, respondió: "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra".

-El ángel Gabriel, que actúa como mensajero de Dios y que comunica a María las noticias más hermosas que jamás se han anunciado: "El Señor está contigo; concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo; la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra".

         La solemnidad de hoy aparece, pues, como el primer tiempo de la sinfonía de la encarnación. Este primer tiempo lleva un título: “La anunciación del Señor”. Y una indicación respecto del tempo: “Al llegar la plenitud de los tiempos”. Y, por supuesto, una detallada explicación de la partitura que ejecuta cada uno de los intérpretes.

         Sobran las palabras, y llega el momento de dejarse invadir por la música, y de aplaudir con todas las fibras de nuestro ser.

Gonzalo Fernández

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         Hoy celebramos la fiesta de la Anunciación del Señor. Dios, con el anuncio del ángel Gabriel y la aceptación de María de la expresa voluntad divina de encarnarse en sus entrañas, asume la naturaleza humana ("compartió en todo nuestra condición humana, menos en el pecado") para elevarnos como hijos de Dios y hacernos así partícipes de su naturaleza divina.

         El misterio de fe es tan grande que María, ante este anuncio, se queda como asustada. Gabriel le dice: "No temas, María" (Lc 1, 30), y le explica más o menos el porqué: porque el Todopoderoso te ha mirado con predilección, te ha escogido como madre del Salvador del mundo. Las iniciativas divinas rompen los débiles razonamientos humanos.

         "No temas" son las palabras que leeremos frecuentemente en el evangelio de hoy. El mismo Señor las tendrá que repetir a los apóstoles cuando éstos sientan de cerca la fuerza sobrenatural y también el miedo o el susto ante las obras prodigiosas de Dios. Nos podemos preguntar el porqué de este miedo.

         ¿Es un miedo malo, un temor irracional? No, sino que es un temor lógico en aquellos que se ven pequeños y pobres ante Dios, que sienten claramente su flaqueza, la debilidad ante la grandeza divina y experimentan su poquedad frente a la riqueza del Omnipotente. Es el papa León Magno quien se pregunta: "¿Quién no verá en Cristo mismo la propia debilidad?". María, la humilde doncella del pueblo, se ve tan poca cosa... pero ¡en Cristo se siente fuerte y desaparece el miedo!

         Entonces comprendemos bien que Dios "ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte" (1Cor 1, 26). El Señor mira a María viendo la pequeñez de su esclava y obrando en ella la más grande maravilla de la historia: la encarnación del Verbo eterno, como cabeza de una renovada humanidad.

         Qué bien se aplican a María aquellas palabras que Bernanos dijo a la protagonista de La Alegría: "Un sentido exquisito de su propia flaqueza la reconfortaba y la consolaba maravillosamente, porque era como si fuera el signo inefable de la presencia de Dios en ella; Dios mismo resplandecía en su corazón".

Josep Vall

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         El Hijo de Dios se ha hecho carne, en el seno de María Virgen, por obra del Espíritu Santo. Dios viene, no sólo a visitar a su pueblo; viene a redimirlo de su pecado y a elevarlo a la misma dignidad del Hijo de Dios. La obra de salvación en nosotros es la obra de Dios y no la obra del hombre. A nosotros sólo corresponde el decir, junto con María: "Hágase en mí según tu Palabra".

         Nosotros hemos de definir nuestra vida desde nuestra relación con Dios. Es decir, la de sus siervos; aquellos que están dispuestos a hacer en todo la voluntad del Señor. Fue la desobediencia de Adán la que nos apartó de Dios, y es la obediencia de Cristo la que nos hacer volver, ya no como siervos, ya no como simples criaturas, sino como hijos en el Hijo, a la casa paterna. Por eso debemos procurar caminar en la fidelidad a la voluntad de Dios.

         No podemos decir sólo con los labios "hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo", porque nuestra vida toda debe manifestar nuestra fidelidad al Señor. Sólo entonces podrá, realmente, tomar cuerpo en nuestra propia vida, en la vida de la Iglesia, el Verbo eterno para continuar, por medio nuestro, su obra salvadora en el mundo y su historia.

         El Hijo de Dios e Hijo de María se ha convertido para nosotros en el Pan de Vida. Él viene a nosotros como alimento para impulsar nuestra vida en la fidelidad a la voluntad del Padre Dios. Él nos pide que tomemos nuestra cruz de cada día y vayamos tras sus huellas. Por eso, al reunirnos para celebrar la eucaristía venimos para que el Señor nos transforme cada día en una imagen más clara de su amor en medio de nuestros hermanos. A nosotros corresponderá continuar su obra.

         No podemos ir al mundo a proclamar el nombre del Señor si antes no hemos hecho nuestra la palabra de Dios. Sobre todo, mientras esa Palabra no tome cuerpo en nosotros podremos. De ser así, anunciaremos el nombre del Señor con los labios, pero lo denigraremos con nuestras malas obras.

         Seamos fieles en nuestro servicio a la Palabra de Dios. Dejemos que el Espíritu Santo transforme nuestra vida para que también nosotros nos convirtamos en pan de vida para nuestros hermanos, no por obra nuestra, sino por obra de Dios, que nos quiere enviar como testigos suyos para que el mundo tenga vida.

         Somos hijos en el Hijo. Por medio del bautismo, por medio del agua y del Espíritu Santo, hemos renacido como hijos de Dios. El Señor nos envía para que colaboremos en el renacer de toda la humanidad, unida a Cristo y participando de su ser de Hijo de Dios. Es el Espíritu Santo el que guía nuestros pasos y nuestras obras. Así, en el seno de la Iglesia, por obra del Espíritu Santo, serán engendrados los nuevos hijos de Dios.

         Siendo conscientes de nuestro ser de hijos de Dios demos testimonio de la verdad con una vida íntegra. De nada nos aprovecharía el sabernos redimidos por Cristo, de haber recibido su vida y su espíritu, si después vivimos como si no conociéramos a Dios. Que nuestro testimonio sea la mejor forma de trabajar para que el Reino de Dios llegue a todos, hasta lograr que todos juntos podamos alabar a nuestro único Dios y Padre.

         Que Dios nos conceda, por intercesión de la santísima Virgen María, nuestra madre, la gracia de saber poner confiadamente nuestra vida en sus manos para que él lleve a cabo en nosotros su obra de salvación, y nos convierta en testigos de su evangelio para salvación de todos.

José A. Martínez

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         Para entender adecuadamente el relato de la anunciación a María de la encarnación de Dios en su vientre, tenemos que enfrentar el género literario llamado anunciaciones. En la Biblia se dan muchas anunciaciones y todas consisten fundamentalmente en esto: presencia gratuita de Dios en medio de su pueblo y anulación de los reparos que presenta el ser humano para la realización del proyecto de Dios. Por eso se suele hablar de esterilidad, de miedo, de otros compromisos, etc.

         Toda anunciación, por consiguiente, debe ser colocada en un género literario lleno de simbolismos que hay que saber leer para no tomarlos al pie de la letra (Vaticano II, Sobre la Divina Revelación, 12, 2).

         Por lo mismo, lo fundamental del relato de la anunciación es que Dios se hizo presente de una manera gratuita, amorosa, sin méritos de nadie. Tan importante como esto, es la ruptura que Dios hizo de las imposibilidades humanas que impedían su encarnación.

         Lo grande de María fue su fe en la Palabra, fe que la llevó a superar sus limitaciones culturales de mujer y de doncella campesina en una región marginada del poder central judío. En María aparece el temor, no así la desconfianza. Las dificultades que le presenta al ángel quedan resueltas, sin que llegue a lesionarse su condición humana. Llegar a disminuir la condición humana de María para agrandar el misterio, disminuiría la realidad humana de su Hijo y quedaría afectada toda la encarnación.

         Por eso a nosotros nos toca leer a fondo el relato de la anunciación, ver la profundidad de sus símbolos, para entender todo lo que Dios simbólicamente nos revela. Si la encarnación de Dios en la historia es lo más divino que pueda acontecer en razón de su origen, es también lo más humano en razón de su término. Nuestra fe tendrá aquí siempre el desafío de salvar lo divino de Dios sin destruir lo humano de la historia. Sólo así la encarnación mantiene su valor de redención.

Confederación Internacional Claretiana

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         Como toda mujer de pueblo, María tiene sueños, deseos, proyectos... Sin embargo, esta mujer se encuentra cara a cara con los deseos, proyectos y sueños de Dios. Dios quiere algo de esta mujer, y ella se compromete con él. Frente a un Dios que se decide a intervenir, el texto nos presenta en un pueblo infiel, y una mujer de pueblo que se presenta como modelo de fidelidad.

         Dios sigue interviniendo para dar luz en la noche de la injusticia, para que los pobres tengan fiesta... Y una mujer de pueblo nos enseña el camino. El camino de dejar proyectos que no son los de Dios, el camino de renunciar a los ídolos del dinero, la ambición y el poder, para que Dios reine en la justicia, la verdad y la paz; para que se "haga en nosotros su palabra".

         Este anuncio prepara la llegada del Señor. Esto ya estaba anticipado en los textos sobre el Bautista que ahora se superan en cada bloque. Juan es anticipo de Jesús, la vocación de María es para entregar al mundo a su Hijo, que es Señor. La virginidad de María es un signo de que este que hoy es anunciado será "Hijo de Dios", hijo que viene para un reino que no tendrá fin.

         Jesús es el centro de esta fiesta, y su madre es el instrumento fiel para la realización del plan de Dios, por eso la "llena de gracia". Pero Dios sigue derramando su gracia en su pueblo para que seamos fieles a su proyecto (su reino), y tengamos la capacidad de llevarlo adelante procurando que Jesús sea el Señor, que seamos capaces de ser hermanos y que "no temamos" ante el desafío porque el Espíritu de Dios nos acompaña.

Servicio Bíblico Latinoamericano