29 de Septiembre
Santos Arcángeles de Dios
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 29 septiembre 2026
Jn 1, 45-51
La fiesta de los arcángeles de Dios (Miguel, Gabriel, Rafael) nos lleva hoy al pasaje evangélico de la llamada a Felipe y Natanael, que Jesús hace bajo la promesa misteriosa de una nueva escala de Jacob (v.51).
Natanael estaba probablemente bastante versado en las Escrituras, hasta el punto de ser conocido como un doctor de la ley. Y quizás por esa razón se dirigiera a él Felipe haciendo alusión "a aquel de quien se ha hablado en la ley y los profetas" (v.45). O a que estuviera sentado debajo de una higuera, costumbre peculiar de los sabios de la época (v.49), y compartiera el desprecio de los sabios por todo lo que pudiera proceder de Nazaret (v.46).
El origen humano del Mesías choca a sus conciudadanos. Pero a Natanael, demasiado implicado en su visión rabínica de las cosas, Felipe le propone una conversión: "Ven y ve" (v.46). Se trata, en efecto, realmente de un llamamiento a la conversión, enteramente dominado por la idea de ver (Jn 1, 39). Esta palabra no designa para Juan tan sólo una mirada simplemente material sobre la humanidad de Cristo, sino una contemplación de su gloria y de su divinidad. En ese sentido es como "ha visto" el Bautista al Espíritu descender sobre Cristo.
Ahora bien, Cristo llama precisamente a Natanael para realizar esa conversión de la vista, y para pasar de la mirada sobre la humanidad de Jesús a la contemplación de su gloria. Para impulsarle a ese cambio, Cristo actúa con habilidad comenzando por hacer el elogio del discípulo: es "verdaderamente Israel", o "verdaderamente hijo de Israel" (v.47). En otras palabra, va a poder realizar en plenitud lo que el patriarca Israel (o Jacob) no pudo más que entrever. Ése es el sentido habitual de verdadero o verdaderamente en Juan.
En efecto, lo mismo que Jacob tuvo la clara visión de Dios en Betel (Gn 28, 10-17), Natanael verá así a Dios en la persona de Cristo (v.51). Pero la conversión de Natanael se realiza gradualmente. En la 1ª etapa ha visto a Jesús hijo de José (v.45), la 2ª le lleva ya a profesar la mesianidad de ese Jesús (v.49), y en la 3ª reconocerá a la vez su divinidad (cielo abierto, ángeles...) y su humillación (v.51).
En cierto modo es un itinerario catecumenal lo que Juan propone al analizar la conversión progresiva de Natanael: de la humanidad de Cristo a su mesianidad; de la mesianidad al misterio pascual de la humillación y de la exaltación.
La mirada humana basta para ver la humanidad de Cristo, pero originará muchas veces desprecio y falta de comprensión. Se necesita ya cierta fe para leer la mesianidad de Cristo en determinados signos como el que se describe en el v. 48 y los que irán apareciendo a lo largo de la vida de Cristo (Jn 2,11; 2,23; 4,54). Pero sólo la verdadera fe puede leer el signo por excelencia, la humillación y la glorificación del Hijo del hombre en su misterio pascual (Jn 2,18-21; 8,28; 3,12-15).
Los ángeles "suben y bajan sobre el Hijo del hombre" (v.51), sin duda para indicar el doble movimiento del misterio pascual. En efecto, "¿quién puede subir a los cielos sino aquel que ha bajado de allí?" (Jn 3, 13).
Un pasaje como el que leemos hoy impele al cristiano a verificar el grado de su fe. ¿Se trata tan sólo de una concepción del Cristo-hombre, como sería el caso si su piedad de Navidad se dejara impresionar tan sólo por la pobreza y la debilidad del niño de Belén? En ese caso, la religión se vería expuesta entonces a perderse en el sentimentalismo. ¿Se trata ya de la inteligencia de los signos y de los milagros de Cristo, reconociendo en él un auténtico enviado de Dios? Entonces la religión se expondría a perderse en la apologética.
Ojalá pudiera consistir en ver, en el sentido joánico de la palabra, la humillación-exaltación de Cristo en su Pascua y en aceptar modestamente seguirla para caminar con él y saber al fin dónde mora.
Maertens-Frisque
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El pasaje evangélico de hoy nos lleva a la historia de la mirada, cuando Jesús le dice a Natanael: "Te vi". El escriba se siente subyugado y acelerado, lo cual demuestra que Jesús es un consumado seductor. Pero hay que ir más allá de la 1ª manifestación, pues rápidamente le espeta Jesús: "Has de ver cosas aún mayores".
Es decir, Jesús viene a decirle: Natanael, vas a ver lo que sólo la fe puede contemplar. Donde escrutabas la palabra como una tupida red, descubrirás el cielo abierto y una palabra que no esperabas. Donde te apresurabas a exclamar: "Tú eres el Hijo de Dios", verás a un Hijo de hombre al que Dios resucitó a pesar de la muerte. Eras escriba, pero en adelante serás testigo del amor, pues así son nuestras vidas.
Escudriñamos el bien y el mal para saber hasta dónde llegará el amor, para definir sus límites y sus exigencias. Somos honrados y, sin embargo, nos sentimos incómodos en nuestro corazón, que tarde o temprano nos acusa. Por querer vivir el amor sin dejar que su fuente nos vivifique, ya no nos atrevemos a estar confiadamente delante de Dios. Y es preciso que un día alguien nos mire y nos diga: "Te conozco". Él nos conoce con su corazón y nos lleva más allá, hasta la visión de la fuente, donde todo se vuelve posible, porque todo está bañado en Dios.
Josep Oriol Tuñí
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Nos encontramos hoy con el halago que hace Jesús de un maestro judío, del que dice: "He aquí un verdadero hijo de Israel, en quien no hay engaño". Se trata de una afirmación que está por encima de los prejuicios humanos, y que eleva ya el listón de lo que va a venir a continuación.
Natanael contesta con franqueza a Jesús: "¿De qué me conoces?". Y es que la llamada de Jesús es mirada hasta el fondo del corazón, como llamándonos por el nombre, que sólo Dios ha podido grabar en la profundidad de nuestro ser.
La revelación que Jesús trae es algo que sorprende al hombre, porque de inmediato le descubre la verdad sobre sí mismo: "Antes que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera, te vi". Jesús lee el interior del corazón, y su mirada está vuelta, en cada momento, hacia cada uno de nosotros.
"Rabí, tú eres el Hijo de Dios", le contestó Natanael. En verdad aquí hay una conversión de la mirada. Es una revisión, una nueva visión, una manera más profunda de mirar. Natanael ha pasado de un mirar simplemente humano (cargado de prejuicios y centrado en la humanidad de Jesús) a un mirar de fe que va más allá de las apariencias (y que se sumerge en las realidades profundas de la persona de Jesús). El cielo se ha abierto sobre él.
Noel Quesson
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En el evangelio de hoy, día de los arcángeles Gabriel, Rafael y Miguel, Jesús anuncia a Natanael un tiempo en que el cielo quedará abierto y en que los ángeles (mensajeros de Dios), antes recluidos en el cielo, bajarán y subirán trayendo y llevando mensajes de Dios a los hombres y de éstos a Dios, a modo de decir que Dios y el hombre podrán comunicarse directamente.
El texto al que alude Jesús es al Sueño de Jacob en Betel (Gn 28,11-27), en que Jacob vio "una rampa que arrancaba del suelo y tocaba el cielo con la cima, por la que los mensajeros de Dios subían y bajaban hacia los hombres". En dicho sueño, el Señor estaba en lo alto, y dijo a Jacob:
"Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra donde te has acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia se multiplicará como el polvo de la tierra y ocuparás el oriente y el occidente, el norte y el sur, y todas las naciones del mundo serán benditas por causa tuya y de tu descendencia".
Este sueño se hace realidad con Jesús, que en la cruz hace posible la plena comunicación del hombre con Dios, y a cuyos pies nace un nuevo pueblo formado por todos los pueblos de la tierra, sobre el que Dios reinará. La promesa de Dios a Jacob llega a su plena realización, por tanto, en Jesús. Nunca antes había existido una comunicación tan plena entre Dios y los hombres.
Gabriel, Rafael y Miguel son símbolos de esa comunicación entre Dios y los hombres, de un Dios que infunde fuerza a través de Gabriel (lit. Dios es fuerte), sana a través de Rafael (lit. Dios sana) y se muestra totalmente diferente a través de Miguel (lit. quién como Dios), como Padre de todos.
Consuelo Lozano
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Hoy, en la fiesta de los santos arcángeles, Jesús manifiesta a la existencia de sus ángeles y la relación que con él tienen. Los ángeles están en la gloria celestial, donde alaban perennemente al Hijo del hombre, que es el Hijo de Dios. Lo rodean y están a su servicio.
"Subir y bajar" nos recuerda el episodio del Sueño de Jacob, que dormido sobre una piedra durante su viaje a la tierra de origen de su familia (Mesopotamia), ve a los ángeles que "bajan y suben" por una misteriosa escalera que une el cielo y la tierra, mientras Dios mismo está de pié junto a él y le comunica su mensaje. Notemos la relación entre la comunicación divina y la presencia activa de los ángeles.
Así, Gabriel, Miguel y Rafael aparecen en la Biblia como presentes en las vicisitudes terrenas y llevando a los hombres (como nos dice San Gregorio Magno) las comunicaciones, mediante su presencia y sus mismas acciones, que cambian decisivamente nuestras vidas. Se llaman, precisamente, arcángeles. Es decir, príncipes de los ángeles, porque son enviados para las más grandes misiones.
Gabriel fue enviado para anunciar a María la concepción virginal del Hijo de Dios, que es el principio de nuestra redención (Lc 1). Miguel lucha contra los ángeles rebeldes y los expulsa del cielo (Ap 12), y nos enseña a luchar y vencer el mal. Rafael acompaña a Tobías Junior, y cura finalmente a su padre Tobit (Tob 1-14), anunciándonos así la presencia de un ángel custodio junto a cada uno de nosotros.
Aprendamos de esta celebración de los arcángeles que "suben y bajan" sobre el Hijo del hombre, que sirven a Dios y trabajan en beneficio nuestro. Ellos dan gloria a la Santísima Trinidad, y lo hacen sirviéndonos a nosotros. Apreciemos, por tanto, cuánta devoción les debemos, y cuánta gratitud al Padre hemos de dar por los que él envía para nuestro bien.
Jorge Mejía
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Los grandes arcángeles de Dios testimonian para nosotros la fidelidad y la pasión y celo con que los hijos de Dios han de alabar a su Creador. Ellos, lejos de ser seres desconocidos y mitológicos, representan los mejores compañeros de viaje, los mejores sanadores del corazón, los mejores defensores de los intereses de Dios en el mundo.
San Miguel es el fiero defensor de Dios. La narración del Apocalipsis nos lo muestra expulsando a Satanás de los dominios de Dios, al gran traidor y padre de la mentira que osó rebelarse contra un Dios tan bondadoso. Encendido de celo por el Señor, Miguel blandió la espada y arrojó a todos los obradores de iniquidad al único lugar en donde pudiesen soportar su soberbia y su rebelión.
Por eso, San Miguel es en quien el cristiano halla el mejor baluarte para defenderse de las asechanzas demoníacas y gran modelo de fidelidad a Dios. De él hemos de aprender el celo por las cosas de Dios, celo que consume de pasión y que lleva a una acción inmediata, tajante, sobre todo cuando Dios se está viendo ofendido por sus enemigos que incitan sin cesar a la rebelión y desunión.
San Gabriel fue quizás el más afortunado de entre todas las criaturas celestes. A él siempre lo mandaban a dar mensajes, y a él le tocó dar el mensaje más hermoso jamás oído a la criatura más hermosa jamás vista. Hablar de él lleva irremediablemente a la contemplación de la todapura María.
El ejemplo de San Gabriel nos debe enseñar a predicar sin miedos los designios de Dios a nuestros hermanos en la fe y, sobre todo, a testimoniar las maravillas obradas por Dios en ella. Levantemos confiados la mirada a la Madre y pidamos auxilio al arcángel mensajero para ser fieles a la palabra de Dios en el mundo.
San Rafael representa la mano providente de Dios que no se olvida de sus hijos que sufren en el mundo. A él le tocó sanar muchas heridas del cuerpo y del alma. Por eso es el arcángel que cura, que alivia las penas del alma, que sabe confortar y comprender al que sufre. De él hemos de aprender a ser un consuelo más que un horrible peso, para el hermano que lo necesita. De él, la confianza inamovible en la acción cierta de Dios en el mundo.
De los tres hemos de aprender a saber servir más que ser servidos, porque tanto los ángeles como los apóstoles somos ministros de Dios. De los tres hemos de aprender a estar pendientes de la acción divina en favor nuestro. ¿Quién sabe si un día cualquiera hemos sido ayudados por un ángel del Señor?
No cerremos las puertas a nadie, no sea que se las estemos cerrando a uno de estos mensajeros o, más terriblemente, al mismo Señor de la vida y de la historia.
Clemente González
Act:
29/09/26
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A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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