31 de Mayo
Visitación de María
Equipo de Liturgia
Mercabá, 31 mayo 2026Lc 1, 39-56
"Por estos mismos días María se puso en camino y fue a toda prisa a la sierra, en dirección a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel" (vv.39-40). El nexo temporal que une esta nueva escena con la anterior es de los más estrecho, imbricándolas íntimamente.
María se olvida de sí misma y acude con presteza en ayuda de su pariente, tomando el camino más breve, el que atravesaba los montes de Samaría. Lucas subraya su prontitud para el servicio: el Israel fiel que vive fuera del influjo de la capital (Nazaret de Galilea) va en ayuda del judaísmo oficial (Judá, nombre de la tribu en cuyo territorio estaba Jerusalén).
Al igual que el ángel entró en su casa y la saludó con el saludo divino, María "entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel". De mujer a mujer, de mujer embarazada a mujer embarazada, de la que va a ser madre de Dios a la que será madre del precursor.
Al oír Isabel el saludo de María, "la criatura dio un salto en su vientre e Isabel se llenó de Espíritu Santo" (v.41). El saludo de María comunica el Espíritu a Isabel y al niño. La presencia del Espíritu Santo en Isabel se traduce en un grito poderoso y profético: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Mira, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa la que ha creído que llegará a cumplirse lo que le han dicho de parte del Señor!" (vv.42-45).
Isabel habla como profetisa: se siente pequeña e indigna ante la visita de la que lleva en su seno el Señor del universo. Sobran las palabras y explicaciones cuando uno ha entrado en la sintonía del Espíritu. La que lleva en su seno al que va a ser el más grande de los nacidos de mujer declara bendita entre todas las mujeres a la que va a ser madre del hombre nuevo, nacido de Dios.
La expresión mira concentra, como siempre, la atención en el suceso principal: el saludo de María ha servido de vehículo para que Isabel se llenase de Espíritu Santo y saltase de alegría el niño que llevaba en su seno. La sintonía que se ha establecido entre las 2 mujeres ha puesto en comunicación al precursor con el mesías.
La alegría del niño, fruto del Espíritu, señala el momento en que éste se ha llenado de Espíritu Santo, como había profetizado el ángel. A diferencia de Zacarías, María ha creído en el mensaje del Señor y ha pasado a encabezar la amplia lista de los que serán objeto de bienaventuranza.
Josep Rius
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En el cántico de María es el cántico del Israel fiel a Dios y a su Alianza, del resto de Israel que ha creído en las promesas. Alaba a Dios por su cumplimiento, que ve inminente por el hecho de la concepción del Mesías y experimenta ya realizado en su persona.
"Dios mi Salvador" (Sal 24,1; 25,5; Miq 7,7) es el título clave del cántico, cuyo tema dominante va ser la salvación que Dios realiza en Israel. Dios ha puesto su mirada en la opresión que se abate sobre su pueblo y lo ha liberado en la persona de su representante, su sierva (Dt 26,7; Sal 136,23; Neh 9,9).
Los grandes hitos de la liberación de Israel están compendiados en las "grandes obras" que Dios ha hecho en favor de María: esta expresión se decía en particular de la salida de Egipto (Dt 10, 21). En el compromiso activo de Dios a favor de su pueblo, éste reconoce que su nombre es Santo.
En la segunda estrofa se contempla proféticamente el futuro de la humanidad desheredada (tema de las bienaventuranza) como realización efectuada e infalible de una decisión divina ya tomada de antemano. Dios no ha dado el brazo a torcer frente al orden injusto que, con la arrogancia que le es proverbial, ha pretendido con sus planes mezquinos e interesados borrar del mapa el plan del Dios Creador. Dios "ha intervenido" ya (aoristo profético) para defender los intereses de los pobres desbaratando los planes de los ricos y poderosos.
Finalmente, en la tercera estrofa pone como ejemplo concreto de la salvación, cuyo destinatario será un día no lejano la entera humanidad, la realización de su compromiso para con Israel.
Dios no ha olvidado su misericordia (Sal 98, 3), como podía haber sospechado Israel ante los numerosos desastres que han jalonado su historia. La fidelidad de Dios hecha a los padres, los patriarcas de Israel, queda confinada de momento, en el horizonte concreto de María, el Israel fiel, a su pueblo. Sólo en la estrofa central hay atisbos de una futura ampliación de la promesa a toda la humanidad.
María "permaneció con Isabel como tres meses", y luego regresó a su casa (v.56). Lucas hace hincapié en la prolongada permanencia de María al servicio de su pariente, aludiendo al último período de su gestación. Silencia, en cambio, intencionadamente su presencia activa en el momento del parto, cuando lo más lógico es que la asistiera en esta difícil situación. No tiene interés en los datos de crónica, sino en el valor teológico del servicio prestado.
La vuelta "a su casa" sirve para recordar que en la gestación de su hijo, José no ha tenido arte ni parte. La mención de las 2 casas, la de Zacarías al principio y la de María al final, establece un neto contraste entre las respectivas situaciones familiares.
Josep Rius
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Fue instituida para toda la Iglesia universal por Urbano VI en 1389, con el fin de obtener de María que se concluyera el llamado Cisma de Occidente. Antes la celebraban en su calendario particular los franciscanos, que en 1623 determinaron acentuar aún más la devoción a María en la naciente orden.
Algunas iglesias particulares los imitaron, pero no coincidían en la fecha de su celebración: en Praga y en Ratisbona se celebraba el 28 abril, en York el 2 abril, en París el 27 junio, en Reims el 8 julio. El 2 julio fue el más general y así pasó al calendario universal de la Iglesia, sin que se pueda conocer hoy el motivo por el que la elección cayó en ese día. Algunos han supuesto que por relación con la oriental Fiesta de las Blanquernas (relacionada con una túnica de María), y otros que por ser aniversario de la partida de María de la casa de Santa Isabel. Son opiniones sin sólido fundamento.
En el calendario promulgado por Paulo VI en 1969 se ha colocado en 31 mayo por las siguientes razones: estar situada así entre la fiesta de la Anunciación y la de San Juan Bautista y, por lo mismo, en un lugar muy en armonía con el relato evangélico; culminar con ese día el mes dedicado de modo especial al culto de María, al menos en Europa.
En los libros litúrgicos promulgados por Paulo VI (Misal y Liturgia de las Horas) ha sido muy enriquecida esta celebración litúrgica en honor de la Virgen. Para la Misa se han escogido oraciones propias tomadas, con algunas modificaciones, del Misal de Braga y del Misal de París de 1736. En el Oficio anterior se prescriben 3 himnos propios, que son muy valiosos por su composición literaria, por su sentido litúrgico y pastoral, por su profundidad teológica y su expresión eucológica: se pide la visita constante de María a la Iglesia.
Manuel Garrido
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El evangelio de la Visitación es, en primer lugar, una reflexión sobre la Iglesia. La Iglesia, indudablemente, no está aún fundada; no lo será sino más tarde. Pero aquí está representada, simbolizada, en cierto modo, por María.
La situación de María, que lleva en su seno al Señor, dice la de la Iglesia que lleva también en sí misma a su Señor. El gesto de María yendo a comunicar la maravillosa noticia que ha recibido, define perfectamente el comportamiento que debe ser propio de la Iglesia: una comunidad ansiosa por comunicar la buena noticia de la que ella es la 1ª beneficiaria.
Frente a María-Iglesia, está el pueblo del AT, representado por Zacarías e Isabel. María es joven y ágil, y se ha "dirigido aprisa a la región" de su prima, con un ardor juvenil comparable al entusiasmo de que da prueba.
Isabel y Zacarías son ancianos, María es quien va a visitarlos; ellos no pueden (y eso es ya maravilloso) más que acogerla; ellos no saben sino decir quién es María y quién es el niño que aún oculta. Zacarías e Isabel formaban un matrimonio estéril; desde hacía mucho, vivían con un deseo que parecía no poder llegar a cumplirse. ¿No es un esclarecimiento de lo sucedido en el AT? Esa larga y patética historia de una espera apasionadamente mantenida habría de parecer a muchos una expectativa próxima al fracaso.
Pero he aquí que el deseo de los padres va a verse cumplido; el niño que tan largamente habían esperado está para llegar. Es ciertamente el signo de que la Antigua Alianza toca a su fin; el que va a renovarla está ya cerca. Pero lo mismo que Isabel se interesa más de momento por el niño que está en María que por el que lleva en sí misma, así la comunidad de la Antigua Alianza ya no debe interesarse sino por el que va a venir que sobrepuja cuanto ella hubiera podido imaginar o concebir: ¿no es "el Señor"?
No es que el AT haya perdido todo significado. El hijo de Isabel tiene una misión; será, es ya, aquel de quien el Espíritu Santo hace un profeta encargado de mostrar a Jesucristo ante los hombres. Esa era y esa continúa siendo la misión del antiguo tiempo bíblico y de su esfuerzo religioso: llevar a los hombres a Jesucristo.
Ante una intervención de Dios tan maravillosa como inesperada, el AT enmudece. Enmudece a la manera de Zacarías, testigo de un acontecimiento que supera sus facultades de acogida, de confianza, de fe, y a quien su incapacidad para creer, para entender, ha dejado mudo.
Pero si el antiguo Israel debe permanecer silencioso ante las maravillas que le desconciertan y que no se atreve a creer, debe también dar cumplimiento a su misión de hablar. En nuestro relato de la Visitación, el AT habla; habla con las palabras de Isabel y a través de los saltos de alegría significativos de Juan, reanudación de aquella febril agitación de los profetas antiguos. Lo que madre e hijo dicen a todo Israel es la presencia de Aquel que era el objeto de su más lejana esperanza, "su Señor".
Junto a esta mujer que grita una formula de alegría, junto al niño que profetiza silenciosamente, junto a Zacarías encerrado o en su mutismo, María tiene otra actitud. Ella canta ampliamente las maravillas de Dios. Lo que Israel percibía débilmente, la Iglesia lo conoce con mayor amplitud; por eso puede componer el salmo que canta como es debido las maravillas que Dios ha hecho.
Louis Monloubou
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Hoy contemplamos el hecho de la visitación de la Virgen María a su prima Isabel. Tan pronto como le ha sido comunicado que ha sido escogida por Dios Padre para ser la madre del Hijo de Dios y que su prima Isabel ha recibido también el don de la maternidad, marcha decididamente hacia la montaña para felicitar a su prima, para compartir con ella el gozo de haber sido agraciadas con el don de la maternidad y para servirla.
El saludo de la madre de Dios provoca que el niño, que Isabel lleva en su seno, salte de entusiasmo dentro de las entrañas de su madre. La madre de Dios, que lleva a Jesús en su seno, es causa de alegría. La maternidad es un don de Dios que genera alegría. Las familias se alegran cuando hay un anuncio de una nueva vida. El nacimiento de Cristo produce ciertamente "una gran alegría" (Lc 2, 10).
Isabel, durante 5 meses, no salía de casa, y pensaba: "Esto es lo que ha hecho por mí el Señor" (v.25). Y María decía: "Engrandece mi alma al Señor, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava" (vv.46.48). La Virgen María e Isabel valoran y agradecen la obra de Dios en ellas: ¡la maternidad! Es necesario que los católicos reencuentren el significado de la vida como un don sagrado de Dios a los seres humanos.
Francesc Ciuraneta
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La persona de María siempre tiene algo de atrayente, algo que resuena en nuestras almas por ser ella el modelo más perfecto de la creación. Nos encontramos frente a una mujer como ninguna. ¿Por qué? Pues porque su ejemplo de humildad, caridad y prontitud para servir es un fuerte llamado a convertir nuestro corazón, a prepararlo para recibir a ese niño tan esperado. Él sólo espera encontrarnos listos para darnos todo lo que él puede dar: la vida eterna.
Contemplemos la escena. María, una joven de unos 15 años, como muchas de su época. Una joven que lleva en su seno la vida apenas concebida. Camina, peregrina en los montes para llegar a donde está su prima. No se enorgullece al ser nombrada como madre de Dios. Al contrario, su humildad le hacen abandonar cualquier tipo de comodidad para ir a esos lugares donde se necesite un apoyo, alguien cercano que asista al prójimo sin esperar ninguna clase de recompensa.
El arcángel le ha confesado que quien espera en el Señor nunca será despreciado. Ese fue el caso de Isabel. Y es también la situación de muchas personas que en necesidad o prosperidad, en la alegría o la tristeza saben dirigir su pensamiento a Dios para buscar sólo lo que a él le agrade.
A quien prepare su corazón, como María o Isabel, Dios entre otros tantas gracias espirituales o incluso humanas, no deja de darle el don del Espíritu Santo. Gracias a él podemos estar siempre alegres aun en medio de la adversidad, ser generosos con los demás, caritativos con cualquier persona porque sólo quien tiene a Dios puede darlo a los demás. Cristo viene, ¿estamos listos para recibirlo?
Carlos Alcántara
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En este día de la visita de nuestra Señora a su prima Isabel, escuchemos hoy con particular amor una meditación que nos ofrecía Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris Mater (nn. 12.19), aunque la numeración aquí propuesta es nuestra.
Poco después de la narración de la anunciación, el evangelista Lucas nos guía tras los pasos de la virgen de Nazaret hacia "una ciudad de Judá" (v.39). Según los estudiosos esta ciudad debería ser la actual Ain Karim, situada entre las montañas, no distante de Jerusalén.
María llegó allí con prontitud" para visitar a Isabel su pariente. El motivo de la visita se halla también en el hecho de que, durante la anunciación, Gabriel había nombrado de modo significativo a Isabel, que en edad avanzada había concebido de su marido Zacarías un hijo, por el poder de Dios (vv.36-37).
Así pues María, movida por la caridad, se dirige a la casa de su pariente. Cuando entra, Isabel, al responder a su saludo y sintiendo saltar de gozo al niño en su seno, "llena de Espíritu Santo", a su vez saluda a María en alta voz: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno" (vv.40-42).
Esta exclamación o aclamación de Isabel entraría posteriormente en el Ave María, como una continuación del saludo del ángel, convirtiéndose así en una de las plegarias más frecuentes de la Iglesia. Pero más significativas son todavía las palabras de Isabel en la pregunta que sigue: "¿De donde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?" (v.43).
Isabel da testimonio de María: reconoce y proclama que ante ella está la madre del Señor, la madre del Mesías. De este testimonio participa también el hijo que Isabel lleva en su seno ("saltó de gozo el niño en su seno"; v.44). El niño es el futuro Juan el Bautista, que en el Jordán señalará en Jesús al Mesías.
En el saludo de Isabel cada palabra está llena de sentido y, sin embargo, parece ser de importancia fundamental lo que dice al final: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (v.45). Estas palabras se pueden poner junto al apelativo "llena de gracia" del saludo del ángel.
En ambos textos se revela un contenido mariológico esencial, o sea, la verdad sobre María, que ha llegado a estar realmente presente en el misterio de Cristo precisamente porque "ha creído". La plenitud de gracia, anunciada por el ángel, significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada por Isabel en la visitación, indica como la virgen de Nazaret ha respondido a este don.
¡Sí, verdaderamente "feliz la que ha creído"! Estas palabras, pronunciadas por Isabel después de la Anunciación, luego a los pies de la cruz, parecen resonar con una elocuencia suprema y se hace penetrante la fuerza contenida en ellas.
Desde la cruz, es decir, desde el interior mismo del misterio de la redención, se extiende el radio de acción y se dilata la perspectiva de aquella bendición de fe. Se remonta hasta el comienzo y, como participación en el sacrificio de Cristo, nuevo Adán, en cierto sentido, se convierte en el contrapeso de la desobediencia y de la incredulidad contenidas en el pecado de los primeros padres.
Así enseñan los padres de la Iglesia y, de modo especial, San Ireneo, citado por la constitución Lumen Gentium: "El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe".
A la luz de esta comparación con Eva los padres (como recuerda todavía el Vaticano II) llaman a María "madre de los vivientes" y afirman a menudo que "la muerte vino por Eva, y por María la vida".
Con razón, pues, en la expresión "feliz la que ha creído" podemos encontrar como una clave que nos abre a la realidad íntima de María, a la que el ángel ha saludado como "llena de gracia". Si como a "llena de gracia" ha estado presente eternamente en el misterio de Cristo, por la fe se convertía en partícipe en toda la extensión de su itinerario terreno: avanzó en la peregrinación de la fe y, al mismo tiempo, de modo discreto pero directo y eficaz, hacía presente a los hombres el misterio de Cristo.
Y sigue haciéndolo todavía. Y por el misterio de Cristo está presente entre los hombres. Así, mediante el misterio del Hijo, se aclara también el misterio de la madre.
Nelson Medina
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El acontecimiento debió pasar totalmente ignorado para los medios de comunicación de la época. Nada anormal el que una muchacha visitase a su prima embarazada y la acompañase en aquellos difíciles momentos. Pero María sabía que bajo aquella capa de normalidad algo realmente extraordinario estaba sucediendo. O si se quiere, estaba empezando a suceder. Algo de Dios había en aquel hecho de encontrarse las dos primas embarazadas.
María y su prima Isabel, ojos de mujer, supieron ver lo que tantos otros no llegaron ni a barruntar. Dios estaba viniendo. Dios estaba preparando su tienda para hacerse uno de nosotros. Eso significaba una verdadera revolución. No como las que hacemos los hombres en la historia de nuestras naciones, en las que unos tiranos suceden a otros.
Esta es una revolución de las de verdad. De las que ponen todo patas arriba. De las que rompen los esquemas establecidos. De las que nos obligan a tomar partido. De las que dan lugar a un futuro nuevo y diferente. Es el tiempo de los pobres, de los que no tienen nada, de los débiles, de los hambrientos. Todo eso lo entendieron perfectamente María e Isabel al encontrarse y mirarse a los ojos. Por eso se pusieron a cantar juntas. Y anunciaron lo que sigue siendo fuente de ánimo y coraje para innumerables cristianos en su vida diaria.
Hoy, con María e Isabel, renovamos nuestra esperanza y entonamos el Magnificat: Dios está de parte de los pobres y está viniendo para hacer justicia.
Confederación Internacional Claretiana
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La fiesta litúrgica de la Visitación evoca la visita de María a Isabel. El encuentro de las 2 madres no sólo celebra la dignidad y el gozo de la maternidad de 2 mujeres bendecidas particularmente por Dios, sino que sirve de telón de fondo para el encuentro de los 2 niños que lleva cada una en su seno.
El hijo de María, verdadero "hijo del Altísimo" concebido gracias a la potencia del Espíritu (vv.32.35), es la fuente del gozo que experimenta Isabel al oír el saludo de María y la causa por la cual el otro niño, Juan, salta de alegría en el vientre de su madre.
El hijo de Isabel, Juan el Bautista, recibe el Espíritu Santo desde el seno de su madre según le fue anunciado a Zacarías (Lc 1, 15) e inaugura su misión indicando al Mesías a través de las palabras que su madre le dirige a María: "¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?" (v.43).
La reacción de Isabel (vv.42-43) evoca el estupor de la comunidad creyente delante del misterio de María, madre del Mesías. Las palabras de Isabel nos hacen pensar en María como verdadera arca de Dios en medio de su pueblo.
En el libro de Samuel (2Sm 6,9) leemos que David, mientras avanzaba el arca del Señor hacia Jerusalén, exclamó: "¿Cómo podrá venir a mí el arca del Señor?". Es la misma frase de Isabel, sólo que la expresión "arca del Señor" ha sido sustituida por "madre del Señor": "¿Cómo es posible que venga a visitarme la madre de mi Señor?" (vv.42-43).
Isabel llama a María la "madre de mi Señor", pues ha descubierto que María pertenece a la nueva realidad del reino. María, en efecto, ha creído, y por medio de la fe, lleva la misma vida divina en sus entrañas. Por eso Isabel añade: "Bendita tú entre las mujeres y bendito en fruto de tu vientre".
En la Biblia la bendición de Dios es sinónimo vida, de fecundidad, de paz y de salvación. Por eso Jesús es la bendición plena y definitiva que Dios ha donado a los seres humanos. Jesús, a quien María lleva en su seno, es el Bendito. Por eso ella, su madre, también es bendita, porque es portadora de la vida definitiva para el mundo. Ella es bendita entre las mujeres. Es decir, entre las que generan y donan la vida en la historia.
Al final Isabel proclama la gran bienaventuranza de María: "Bienaventurada tú que has creído (he pisteusasa, lit. la creyente)" (v.45). Ella es la 1ª de los bienaventurados (Lc 6, 20-21), la 1ª que, en medio de su pobreza y llanto, han recibido la gracia de Dios y han respondido con fe y con espíritu abierto a los planes de Dios. María es de Dios. Por eso es "grande y dichosa", porque ha recibido el don de Dios, ha creído, y apoyada en esa fe puede presentarse como portadora de Dios entre los seres humanos.
María es mujer de nuestra historia, abierta a Dios y a los seres humanos. Ha vivido siempre en actitud de gratuidad y de donación. Por eso su cántico de alabanza, el Magníficat, es la oración de los pobres del Señor, una alabanza agradecida por la presencia de Dios que salva a su pueblo. En el cántico de María se celebra el acto de misericordia supremo y definitivo realizado por Dios en favor de los seres humanos a través del nacimiento, la muerte y resurrección (exaltación) del mesías Señor.
María recibe con humildad las palabras de saludo y de bendición de parte de Isabel. No niega el misterio, no rechaza la fuerza y la alegría de la gracia. No oculta lo que Dios ha ido realizando en su vida. María ora: se abre a Dios, se deja sorprender por el gozo y la presencia de la gracia divina. Y responde devolviendo a Dios la gloria y la alabanza que Isabel le ha ofrecido: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva" (vv.47-48).
Toda la existencia de María es un canto de alabanza a Dios que ha obrado grandemente en su vida: "Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones. Porque el Poderoso ha hecho en mí obras grandes, su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación" (vv.48-50). La Virgen se reconoce amada de Dios que es su Señor, y canta agradecida.
Pero luego da un paso más en su alabanza. Como auténtica orante, se descubre también vinculada a los hombres y mujeres de la historia. En su oración su vida se expande solidaria y fraterna hacia toda la humanidad: "El Señor despliega el poder de su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y eleva a los oprimidos; colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos" (vv.51-53). María proclama no sólo lo que Dios ha hecho en su vida, sino que alza su voz para cantar la acción de Dios en la humanidad.
Se descubre inmersa en la historia de pobreza y sufrimiento de los seres humanos, descubriendo, al mismo tiempo, la fuerza creadora de Dios que transforma, por medio de Jesús, las viejas condiciones de la historia. María alaba al Señor por esa misteriosa forma en que actúa en favor de los pequeños de este mundo (los pobres, los humillados, los últimos, los oprimidos), acabando con la prepotencia y la soberbia de los grandes (los ricos, los poderosos, los saciados). Es el nuevo orden de cosas que surge con la venida de su Hijo, el mesías Jesús.
La palabra más profunda y gozosa del misterio de Dios, la oración más íntima, se convierte en María en proclamación gozosa de la gran transformación social y política de la humanidad que supone la llegada del reino. El Magníficat denuncia la mentira y la ilusión de los que se creen señores de la historia y árbitros de su destino, y alienta la esperanza de los que, como María, poseen un corazón lleno de amor, abierto a Dios y a los seres humanos, un corazón libre y liberado.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act: 31/05/26 @tiempo ordinario
E D I T O R I A L M E R C A B A
M U R C I A