3 de Julio
Santo Tomás Apóstol
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 3 julio 2026
Jn 20, 24-29
Tomás no había entendido el sentido de la muerte de Jesús (Jn 14, 5), sino que la concebía como un final y no como un encuentro con el Padre. Separado de la comunidad ("no estaba con ellos"), no había participado de la experiencia común, ni recibido el Espíritu ni la misión. Es uno de los Doce, pero con referencia al pasado.
La frase de los discípulos ("hemos visto al Señor"; Jn 20,18) formula la experiencia que los ha transformado. Esta nueva realidad muestra por sí sola que Jesús no es una figura del pasado, sino que está vivo y activo entre los suyos. Tomás no acepta el testimonio, ni admite que el que ellos han visto sea el mismo que él había conocido. Exige una prueba individual y extraordinaria.
"Ocho días después" (v.26) alude al día permanente de la nueva creación, que es primero por su novedad y octavo (número que simboliza el mundo futuro) por su plenitud. En él va surgiendo el mundo definitivo, la tierra prometida de Jesús.
"Las puertas atrancadas" son las que trazan la frontera entre la comunidad y el mundo, al que Jesús no se manifiesta (Jn 14, 22). "Llegó Jesús" (lit. llega) ya no indica el objetivo de fundar algo nuevo, sino que alude a la presencia habitual de Jesús con los suyos. Jesús se hace presente a la Iglesia, y no a Tomás en particular.
Juan menciona solamente el saludo ("paz con vosotros"), que en el episodio anterior abría cada una de las partes. No siendo ya éste el 1º encuentro, el saludo remite al 2º saludo anterior (v.21). En efecto, cada vez que Jesús se hace presente (alusión a la eucaristía), renueva la misión de los suyos comunicándoles su Espíritu.
En cuanto al tema de Tomás (v.27), éste va a encontrar la solución a sus problemas de fe en la comunidad, y no por separado. De hecho, Jesús le demuestra su amor con los demás presentes, tomando la iniciativa e invitándole a tocarle.
La insistencia de Juan en lo físico (dedo, manos, mano, meter, costado) subraya la continuidad entre el pasado y el presente de Jesús. Subraya que la resurrección no lo despoja de su condición humana anterior, pero sí la lleva a su cumbre y asume toda su historia precedente. Ésta no ha sido solamente una etapa preliminar, sino que ha realizado el estado definitivo. En efecto, el Señor es el que se ha puesto al servicio de los suyos hasta la muerte (Jn 13, 5.14), y es así como en Jesús ha culminado la condición humana (Jn 19, 30).
La expresión "Señor mío" de Tomás reconoce esa condición. Tomás ve en Jesús el acabamiento del proyecto divino sobre el hombre y lo toma por modelo (mío).
Después del prólogo ("Hijo único de Dios"; Jn 1,18), ésta es la 1ª vez en que Jesús es llamado simplemente Dios, y no "Hijo de Dios" (Jn 1, 34.49) o "Hijo único de Dios" (Jn 3, 16.18). Con su muerte en la cruz, Jesús ha dado remate a la obra del que lo envió (Jn 4, 34): realizar en el hombre el amor total y gratuito propio del Padre (Jn 17, 1). Se ha cumplido el proyecto creador (Jn 1, 1), y Tomás descubre la identificación de Jesús con el Padre (Jn 14, 9.20). Es el Dios cercano, accesible al hombre (mío).
La experiencia de Tomás no es modelo (v.29). Jesús se la concede para evitar que se pierda (Jn 17,12; 18,9), pero deja claro que a él no se le encuentra sino en la nueva realidad de amor que existe en la comunidad. La experiencia de ese amor ("sin haber visto") es la que lleva a la fe en Jesús vivo ("llegan a creer").
En síntesis, la fe de la comunidad reconoce en Jesús al hombre-Dios. Tal es la formulación de su experiencia. Toda generación cristiana puede participar de ella por la comunicación del Espíritu de vida.
Juan Mateos
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Haciendo honor a la fiesta de hoy, el evangelio nos presenta hoy la historia de Tomás. El relato está tomado del evangelio de Juan. Por determinadas características esta obra no puede encuadrarse dentro de los sinópticos. Hagamos una breve referencia a las más importantes. En 1ºr lugar, la composición.
La aparición de Jesús a Tomás la tenemos casi al final del evangelio, antes del epílogo. Pertenece a la sección dedicada a la resurrección. Tras la llegada de Pedro y el otro discípulo al sepulcro, se encuentra la aparición de Jesús a María Magdalena, y después a los discípulos. Luego viene nuestro texto y la 1ª conclusión del evangelio.
El autor parece pensar en el relato como el final de la obra, después de haber narrado los misterios de la vida, muerte y resurrección de Jesús, y haber expuesto una historia (la precedente) para consolidar la vida de los discípulos con el envío del Espíritu Santo. Tras lo cual, concluye con el testimonio de fe más explícito de todo el evangelio.
Se puede decir que estamos ante un quiasmo temático con un quiebro final, de este modo: discípulos ("hemos visto al Señor", o ver-creer), Tomás ("si no veo no creo", o no ver-no creer), Jesús ("dichosos los que crean sin ver", o creer sin ver). Toda la escena está construida en función del final, la profesión de fe de Tomás y la sentencia de Jesús. Analicemos los detalles más importantes.
Los acontecimientos se presentan una semana después, se insiste en que tiene lugar el día del Señor, seguramente el domingo ya había pasado a ser el día de la celebración de los cristianos.
La alusión a las manos y al costado contiene un significado simbólico, y vienen a expresar que la resurrección no es simplemente una experiencia individual, ni el convencimiento de que Jesús habría sobrevivido a la muerte, sino que se trata del regreso del mismo Jesús con el que habían convivido los discípulos (1Jn 1, 1-3). De ahí la insistencia en los detalles concretos como la herida del costado y la marca de los clavos (por cierto, que esta es la única prueba que ofrece el evangelio de que Jesús fue clavado en la cruz y no atado, como se hacía normalmente).
Jesús se dirige a Tomás para que lo toque (contrariamente a la prohibición a María Magdalena; Jn 20,7). No sabemos si Tomás llegó a hacerlo, pero lo que sí aparece en sus labios es la mayor declaración de la identidad de Jesús de todo el evangelio, Señor y Dios (Yahveh-Elohim). De hecho, esta fórmula pasará en el futuro a formar parte de la confesión de fe cristiana (Hch 2,36; Tt 2,13; Hb 1,8).
Termina el relato con unas palabras de Jesús dirigidas a los cristianos de todos los tiempos (1Pe 1, 8). ¿En qué sentido hemos de comprenderlas? Las pruebas históricas de la resurrección pueden servir de ayuda a la fe, pero lo verdaderamente importante es la Palabra misma y el testimonio (Jn 4,48; 10,38).
La celebración de Santo Tomás nos presenta algunas notas interesantes. La más importante, y la que engloba las demás, es la descripción del camino de la fe: el paso de no creer a creer.
Los discípulos se encuentran reunidos, y Jesús se les aparece. Ellos se lo comunican a Tomás, pero éste no cree en su testimonio, y por lo que se ve tampoco en la resurrección. A partir de entonces, el protagonista pasa a ser otro: Jesús, que es quien indica cuál es el verdadero itinerario de la fe (creer sin ver).
La sentencia hemos de comprenderla en el contexto en que se expresa. Hay un testimonio que el discípulo rechaza, y hay unas pruebas (las manos y el costado) que posibilitan el cambio de actitud. Insistimos, el objeto de la fe es Jesús, y lo central es la profesión de fe "Señor y Dios". Es secundaria, por tanto, la lección última. ¿Por qué nuestro empeño?
Durante siglos se ha puesto el énfasis en las palabras finales de Jesús, llegándose a extrapolar su sentido, precisamente por sacarlo de contexto. De hecho, "creer sin ver" se ha aplicado a aquellas realidades misteriosas de la fe, y se ha utilizado cuando determinadas declaraciones no eran comprendidos por los creyentes, y habían de creerse sin saber su sentido. A lo más que se llegaba era a decir que "doctores tiene la Iglesia", para explicar lo que no se entiende.
Lejos se encuentra esto de exponer a Jesús como objeto de la fe. ¿Por qué? Porque eso es comprender, pero no creer, y la fe está en otro nivel (precisamente, en lo que va aparejado a la declaración de Tomás: el testimonio de los otros discípulos, y la fe en el mismo Jesús que convivió con ellos).
Carlo Martini
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La defección de Tomás recuerda las negaciones de Pedro después de sus presuntuosas promesas (Jn 11, 16), donde Dídimo (Tomás) hace alarde de invitar a sus compañeros a morir por ese Maestro a quien ahora niega el único homenaje que él le pedía, el de la fe en su resurrección, tan claramente preanunciada por el mismo Señor y atestiguada ahora por los apóstoles.
El único reproche que Jesús dirige a los suyos, no obstante la ingratitud con que lo habían abandonado todos en su pasión (Mt 26, 56). No obstante, "todo esto ha sucedido para que se cumpla lo que escribieron los profetas".
Entonces los discípulos todos, abandonándole a él, huyeron. ¡Todos! Es muy digno de observar el contraste entre esta fuga y la escena precedente. Allí vemos que se intenta una defensa armada de Jesús, es decir, que si él la hubiese aceptado, obrando como los que buscan su propia gloria (Jn 5, 43), los discípulos se habrían sin duda jugado la vida por su caudillo (Jn 11,16; 13,37).
Pero cuando Jesús se muestra tal cual es, como divina víctima de la salvación, en nuestro propio favor, entonces todos se escandalizan de él, como él se lo tenía anunciado (v.31), y como solemos hacer muchos cuando se trata de compartir las humillaciones de Cristo y la persecución por su Palabra (Jn 13, 21).
Algo análogo había de suceder a Pablo y Bernabé en Listra, donde aquél fue lapidado después de rechazar la adoración que se les ofrecía creyéndolos Júpiter y Mercurio (Hch 14, 10-18), es el de esa incredulidad altamente dolorosa para quien tantas pruebas les tenía dadas de su fidelidad y de su santidad divina, incapaz de todo engaño.
Aspiremos a la bienaventuranza que aquí proclama él en favor de los pocos que se hacen como niños, crédulos a las palabras de Dios más que a las de los hombres. Esta bienaventuranza del que cree a Dios sin exigirle pruebas, es sin duda la mayor de todas, porque es la de María: "Bienaventurada la que creyó" (Lc 1, 45). Y bien se explica que sea la mayor de las bienaventuranzas, porque no hay mayor prueba de estimación hacia una persona, que el darle crédito por su sola palabra. Y tratándose de Dios, es éste el mayor honor que en nuestra impotencia podemos tributarle.
Todas las bendiciones prometidas a Abraham le vinieron de haber creído (Rm 4, 18), y el pecado por antonomasia que el Espíritu Santo imputa al mundo, es el de no haberle creído a Jesús (Jn 16, 9). Esto nos explica también por qué la Virgen María vivía de fe, mediante las palabras de Dios que continuamente meditaba en su corazón (Lc 2,19.51; 11,28). Véase la culminación de su fe al pie de la cruz (Jn 19, 25).
Es muy de notar que Jesús no se fiaba de los que creían solamente a los milagros (Jn 2, 23), porque la fe verdadera es, como dijimos, la que da crédito a su palabra. A veces ansiamos quizá ver milagros, y los consideramos como un privilegio de santidad. Jesús nos muestra aquí que es mucho más dichoso y grande el creer sin haber visto.
Gaspar Mora
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Hoy la Iglesia celebra la fiesta de Santo Tomás. El evangelista Juan, después de describir la aparición de Jesús, el mismo domingo de resurrección, nos dice que el apóstol Tomás no estaba allí, y cuando los apóstoles (que habían visto al Señor) daban testimonio de ello, Tomás respondió: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré" (v.25).
Jesús es bueno y va al encuentro de Tomás. Pasados 8 días, Jesús se aparece otra vez y dice a Tomás: "Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente" (v.27).
La reacción de Tomás fueron estas palabras: "Señor mío y Dios mío" (v.28). ¡Qué bonitas son estas palabras de Tomás! Le llama Señor y Dios. Hace un acto de fe en la divinidad de Jesús. Al verle resucitado, ya no ve solamente al hombre Jesús, que estaba con los apóstoles y comía con ellos, sino su Señor y su Dios.
Jesús le riñe y le dice que no sea incrédulo, sino creyente, y añade: "Dichosos los que no han visto y han creído" (v.28). Nosotros no hemos visto a Cristo crucificado, ni a Cristo resucitado, ni se nos ha aparecido, pero somos felices porque creemos en este Jesucristo que ha muerto y ha resucitado por nosotros.
Por tanto, oremos diciendo: "Señor mío y Dios mío, quítame todo aquello que me aparta de ti; Señor mío y Dios mío, dame todo aquello que me acerca a ti; Señor mío y Dios mío, sácame de mí mismo para darme enteramente a ti" (San Nicolás de Flue).
Joan Serra
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El apóstol llamado Tomás en los evangelios (Mt 10,3; Mc 3,18, Lc 6,15) es apodado Dídimo (lit. gemelo). Entra casi en el evangelio de una forma silenciosa. Sus primeras palabras afirman en una ocasión su deseo de morir con Jesús (Jn 11, 16).
Posteriormente se manifiesta con un estilo racionalista ante las palabras de Jesús, asombrándose de cómo se puede conocer un camino, no sabiendo a dónde se va (Jn 14, 4). Finalmente conocemos su incredulidad ante el hecho de la resurrección (Jn 20, 24-29) y su presencia en la aparición de Jesús en el lago de Tiberíades (Jn 2, 1-14).
Tras la ascensión lo contemplamos en Jerusalén con los demás apóstoles. La tradición le asigna como actividad misionera Persia y la India. La ciudad hindú de Calamina, donde se supone que murió, no ha sido identificada. Santo Tomás murió mártir, y sus restos fueron traslados a Edesa.
Vamos a contemplar la figura de Tomás a la luz de ese amor de Dios que siempre persigue al hombre para que se salve y llegue al conocimiento de la verdad. Es una de las formas más bellas de ver la misericordia divina.
Dios siempre persigue al hombre cuando éste se sale del camino del amor y de la verdad que él le ofrece. La misericordia no es tanto una actitud pasiva de Dios, siempre dispuesto a perdonar, cuanto una acción de Dios positiva consistente en buscar la oveja perdida una y otra vez.
El evangelio está lleno de imágenes bellísimas de este estilo de Dios. Desde el buen Pastor que abandona el rebaño a buen recaudo para ir a buscar a la oveja perdida, hasta ese Cristo que providencialmente se hace presente siempre allí donde alguien le necesita, la realidad es que Dios persigue al hombre una y otra vez ofreciéndole su corazón abierto para que vuelva.
La misericordia divina, atributo precioso de Dios, se convierte así en esa larga persecución de Dios al hombre a lo largo de toda la vida por medio de innumerables gracias que respetan indudablemente la libertad del hombre. No se resigna a perder a nadie. Dios no abandona a nadie, a no ser que alguien le abandone a él.
Desde el momento en que Dios crea a cualquier ser humano, esa persona se convierte en objeto inmediato del amor de Dios. A partir de ahí Dios se hace garante de un compromiso destinado a lograr, respetando la libertad humana, la salvación del hombre.
Jamás desiste Dios de este compromiso, suceda lo que suceda y pase lo que pase. Es tal el amor de Dios hacia el hombre que, aun rechazado, olvidado, abandonado, blasfemado, Dios sigue llamando a las puertas del corazón una y otra vez, hasta el último momento de la vida. Este comportamiento divino se encierra en una palabra: alianza. Dios ha hecho una alianza de amor con el hombre que él siempre respetará.
Desgraciadamente el hombre con frecuencia toma a broma este amor de Dios. Cree que la misericordia divina consiste en burlarse del amor de Dios que siempre terminará perdonando, incluso sin que medie la petición de perdón. Así muchos seres humanos juegan inconscientemente a lo largo de la vida con la misericordia divina, olvidándose de aquellas palabras de San Pablo: "Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación".
En esta actitud se da un equívoco de fondo. Nada tiene que ver la misericordia infinita de Dios con la certeza de que el hombre va a estar dispuesto a pedir perdón un día. La misericordia divina siempre estará asegurada; no así la petición de perdón del hombre. La misericordia divina necesita la actitud humilde del hombre que reconoce su mentira, su equivocación, su deslealtad al amor de Dios.
A pesar de los pecados cometidos, una y otra vez, nunca hay motivo o razón para dudar de la misericordia divina. El amor de Dios es más grande que nuestros pecados, por terribles que fueran. Ahí tenemos a Pedro, a Zaqueo, a la mujer adúltera, a tantas personas pecadoras con quienes Cristo se encontró. Nunca encontraron en él el reproche amargo, el rechazo cruel, la crítica amarga.
Al revés, todos los pecadores, que reconocieron su pecado, encontraron en Cristo el perdón, el aliento, el ánimo, la esperanza que tanto les ayudó a encontrar el camino de la paz y del bien. No deja de tener un significado muy consolador esa imagen del Crucificado, en la que Cristo, clavado en la cruz, tiene los brazos abiertos para siempre, convirtiéndose así en la imagen de ese Dios que siempre espera, que siempre acoge, que siempre abraza.
Juan Ferrán
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A pocos días de la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, celebramos hoy la fiesta del apóstol Santo Tomás. Se suele decir que es el apóstol que mejor refleja nuestro talante moderno de hombres y mujeres incrédulos. A mí Tomás no me parece un modelo muy presentable. Le tengo simpatía, me reconozco a menudo en sus dudas, pero no pertenece al grupo de aquellos que son dichosos porque creen "sin haber visto", como María.
Al fin y al cabo, siempre creemos sin haber visto. Ya sé que esta es una herejía cultural en un tiempo en el que parece que sólo se puede aceptar lo que cabe en nuestro diminuto (y un pelín engreído) computador cerebral. Pero no siempre ha sido así y no siempre será.
Cuanto más maduremos en nuestro conocimiento de la realidad más humildes seremos. Y más cerca estaremos de aquellos que han creído y creen sin haber visto, pero sintiéndose amados. Me encanta la manera como lo dice la Carta I de Pedro: "Todavía no lo habéis visto, pero lo amáis; sin verlo creéis en él, y os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la salvación, que es el objetivo de vuestra fe" (1Pe 1, 8-9).
Mientras se nos concede la gracia de engrosar el grupo de los creyentes humildes, podemos caminar de la mano de Tomás, podemos meter nuestros dedos en las muchas heridas que el Crucificado sigue teniendo hoy. Y curados del escepticismo por la fuerza del sufrimiento, tal vez podamos rendirnos al misterio del Señor.
Gonzalo Fernández
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El apóstol Tomás podría ser muy bien patrono de muchos que dicen hoy mismo con él: "Si no lo veo, no lo creo". ¿Cómo sería en verdad la actitud negativa de Tomas? Pudo ser una actitud escéptica ante los anuncios de la resurrección de Cristo o una simple duda ante las formas como se producían esos acontecimientos.
Para nosotros, lo importante es observar su cambio de actitud. En efecto, Tomás tardó en comprender que su postura ante la palabra de los compañeros no había sido razonable, pues tenía ante sí testimonios muy fidedignos (por ejemplo, en la Magdalena y en los discípulos camino de Emaús). Y se hizo esperar.
Por fortuna, o mejor por gracia, al final, entró en él la luz de forma para él inesperada, a la luz de todos, con una plasticidad enorme. Junto a la plasticidad de poner el dedo en la llagas, se dio en él una expresión emocionada que a todos conmueve: "¡Señor mío y Dios mío!". Es la más alta y clara confesión de fe que aparece en el 4º evangelio.
Ese Tomás, primero frío y luego ardiente, fue quien, según la tradición, predicó en la India, donde sufriría el martirio. Los cristianos de allí, de rito malabar, se dicen discípulos de Santo Tomás. Y los cristianos de aquí, de rito romano, debemos mostrarnos muy agradecidos y deudores a su confesión de fe, amor y servicio.
En función de ese servicio apostólico, los 12 apóstoles (y todos los apóstoles posteriores en la historia) hemos de sentirnos y hemos de vivir en plenitud de entrega por fe y amor. De lo contrario, los apóstoles, como columnas, serían demasiado frágiles para el edificio que sostienen.
Mas esa fe y ese amor que ellos y nosotros hemos de tener y vivir debe ser muy consciente, clarificada, probada. Por eso hemos de agradecer la lección de Tomás y no ser demasiado ingenuos. Tomás dijo algo que sentían también sus compañeros, pues era tan sublime la verdad de que Cristo vivía, tras la muerte, que bien valía la pena cerciorarse lo más posible de que todo era verdad, no un sueño.
¡Gracias, Tomás, porque supiste pasar de tus exigencias a las exigencias del amor de Jesucristo!
Dominicos de Madrid
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Uno de los elementos comunes de todas las apariciones de Jesús descritas o citadas en los evangelios es que se trata de encuentros personales; para los destinatarios fueron una vivencia objetiva. En ella pudieron experimentar que Jesús no era un espíritu. Era el crucificado, no cabría duda (pues vieron la marca de la cruz en su cuerpo), pero era distinto (pues su corporeidad no estaba sujeta a las limitaciones propias del tiempo y del espacio). En cualquier caso, sólo se le puede reconocer si él se da a conocer.
El evangelista pone de relieve la continuidad existente entre el Jesús resucitado que toma la iniciativa de revelarse a quien quiere y el Jesús terreno que había elegido a los discípulos que él quiso. Se trata de la misma persona, pero transfigurada por la realidad de la resurrección.
Los discípulos se alegran al ver al Señor, y lo reconocen cuando les muestra las señales de la pasión, las manos y el costado. Sin embargo, parece que el reconocimiento no resulta fácil. Tomás, que no estaba con ellos, quiere pruebas y pone condiciones para creer. Es decir, quiere comprobarlo con sus propios ojos.
Tomás no sólo experimenta esas dificultades para aceptar la resurrección, sino que además ofrece resistencias, no acepta el testimonio de los discípulos, y exige pruebas. Y éstas van en escala: "ver la señal de los clavos", "meter el dedo en la señal de los clavos", "meter la mano en el costado". A Tomás no le bastan las palabras de los otros discípulos. Es necesario la aparición de Jesús, que se presente en medio de ellos y pronuncie el saludo judío, que es su saludo pascual.
Llama la atención la actitud de Jesús resucitado que ofrece a Tomás las pruebas que éste había exigido y lo que es más importante, le invita a creer.
La respuesta del discípulo es realmente emotiva: su confesión personal está cargada de afecto: "Señor mío y Dios mío". En ella manifiesta no sólo su fe en la resurrección de Jesús, sino también en su divinidad. Y con ello nos enseña que la consecuencia última de la resurrección del Mesías es el reconocimiento de su condición divina.
Confederación Internacional Claretiana
Act:
03/07/26
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A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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