3 de Mayo

Apóstoles Felipe y Santiago

Equipo de Liturgia
Mercabá, 3 mayo 2026

Jn 14, 6-14

         Todo camino supone una meta, toda verdad un contenido, y toda vida un itinerario. Es lo que nos quiere decir hoy Jesús.

         Jesús es la vida porque es el único que la posee en plenitud y puede comunicarla (Jn 5, 26). Por ser la vida plena es la verdad total, así como puede conocerse y formularse como la plena realidad del hombre y de Dios. Él es, por último, el único camino, porque sólo su vida y su muerte muestran al hombre el itinerario que lo lleva a realizarse.

         Para el discípulo, Jesús es la vida, porque de él la recibe. Esta nueva vida experimentada y consciente es la verdad. Esta verdad, entendida como camino, supone una asimilación progresiva a Jesús, y da un carácter dinámico de crecimiento a la vida y a la verdad. El Padre no está materialmente lejano, sino que está presente en Jesús.

         La petición de Felipe (v.8) denota su falta de comprensión. Había visto en Jesús al Mesías que podía deducirse de la ley y los profetas (Jn 1, 43-45), pero no había comprendido que Jesús no es la realización de la ley, sino del amor y la lealtad de Dios (Jn 1, 14.17).

         En el episodio de los panes (Jn 6, 5-7) Felipe no comprendía la alternativa de Jesús, y por eso a la pregunta de éste ("¿con qué podríamos comprar pan para que coman estos?") Felipe contestó: "Doscientos denarios de plata no bastarían para que a cada uno le tocase un pedazo". Para Felipe no había alternativa, pues ve en Jesús al enviado de Dios, pero no la presencia de Dios en el mundo.

         Jesús le contesta con una queja: "Tanto tiempo como llevo con vosotros y ¿no has llegado a conocerme?" (v.9). La convivencia con él, ya prolongada, no ha ampliado su horizonte.

         Felipe no sabe que la presencia del Padre en Jesús es dinámica ("quien me ve a mí está viendo al Padre"; v.10), ni que a través de Jesús el Padre ejerce su actividad.

         Las exigencias de Jesús reflejan las múltiples facetas del amor, lo concretan y lo acrecientan, comunican espíritu y vida, hacen presente a Dios mismo (que es Espíritu) y formulan la acción del Padre en Jesús. Entre Jesús y el Padre hay una total sintonía (v.11), y el último criterio para detectar esta sintonía son las obras.

         La obra de Jesús ha sido sólo un comienzo, y el futuro reserva una labor más extensa. Por eso, "quien me presta adhesión, hará obras como las mías y aun mayores" (v.12) Las señales hechas por Jesús no son, pues, irrepetibles por lo extraordinarias, sino que son obras que liberan al hombre ofreciéndole vida.

         Con este dicho, Jesús da ánimos a los suyos para el futuro trabajo, pues la liberación ha de ir adelante. Jesús cambia el rumbo de la historia, y toca a los suyos continuar en la dirección marcada por él.

         Los discípulos no están solos en su trabajo ni en su camino, sino que Jesús seguirá actuando con ellos. A través de Jesús, el amor del Padre (su gloria) seguirá manifestándose en la ayuda a los discípulos para la misión (v.13). La oración de la comunidad expresa su vinculación a Jesús (v.14), y se hace desde la realidad de la unión con él y a través de él, pidiendo ayuda para realizar su obra.

Juan Mateos

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         Las primeras palabras que leemos en el evangelio de hoy son la respuesta de Jesús a una pregunta del apóstol Tomás, y vienen a decir: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Y nadie va al Padre sino por mí" (v.6). Esta respuesta a Tomás da pie a la petición de Felipe: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta" (v.8). La respuesta de Jesús es, en realidad, una reprensión: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?" (v.9).

         Los apóstoles no acababan de entender la unidad entre el Padre y Jesús, ni alcanzaban a ver al Dios y hombre en la persona de Jesús. Él no se limita a demostrar su igualdad con el Padre, sino que también les recuerda que ellos serán los que continuarán su obra salvadora. Por ello, les otorga el poder de hacer milagros, les promete que estará siempre con ellos, y cualquier cosa que pidan en su nombre les será concedida.

         Estas respuestas de Jesús a los apóstoles, también nos las dirige a todos nosotros. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna. Lo declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos.

Joan Solá

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         Hoy recordamos a 2 miembros del grupo de los 12 apóstoles, con sus 2 perfiles sucintos y atractivos. En la Carta a los Corintios, Santiago aparece como testigo de la resurrección de Jesús, y eslabón de una larga cadena de testigos. En el evangelio de Juan, Felipe aparece como un buscador profundo de Dios.

         En la petición de Felipe al Señor ("muéstranos al Padre") se sintetiza una cuestión a la que nos referimos el Jueves II de Pascua: el significado de Jesucristo en relación con Dios. Para el evangelio de Juan, Jesús es el que nos revela al Padre y el camino hacia el Padre, y en su persona y en sus obras encontramos los destellos que necesitamos para reconocer la presencia del Padre en medio de nosotros.

         Cada vez que la liturgia nos acerca a los discípulos de la 1ª hora experimento un poco de desconcierto. De ellos sabemos muy pocas cosas, mas cada pequeña perla escondida en el evangelio basta para estimular una vida de seguimiento de Jesús.

         Si pienso en Santiago y en su encuentro con el Resucitado, no tengo más remedio que preguntarme: ¿Cómo se me ha aparecido a mí el Viviente? ¿Pertenezco al grupo de los testigos, o me limito a engrosar el número de los admiradores? ¿A través de qué signos experimento que Jesús es el resucitado capaz de darme razones para vivir, trabajar, aguantar y esperar?

         Cuando pienso en Felipe, pienso en mis deseos de conocer al Padre, de no andarme por los suburbios del misterio de Dios. Pongo nombre a todas mis búsquedas religiosas y también a todas mis incertidumbres. Y caigo en la cuenta (otra vez más) que toda búsqueda naufraga si no soy capaz de reconocer que quien ve a Jesús ve al Padre. Recuerdo las palabras luminosas del hermano Roger de Taizé: "Tú que buscas a Dios, ¿lo sabes? Lo esencial es la acogida de su Cristo?".

Gonzalo Fernández

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         La festividad de los santos apóstoles Felipe y Santiago, que hoy celebramos, nos brinda la oportunidad de meditar acerca de nuestro conocimiento de Jesucristo. De no hacerlo, ahí estará el reproche de Jesús: "Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido?".

         Con ello, nosotros no pretendemos nosotros lograr una clara comprensión del misterio del Hijo de Dios encarnado, pues es imposible para la inteligencia humana la visión acabada de su realidad divina y humana. Lo que sí hacemos, en cambio, es invocar a Dios con humildad, para que nos conceda un aumento de fe, un crecimiento firma y el convencimiento de la vida cristiana a la medida de Jesucristo.

         La verdad de Jesús de Nazaret (el Verbo eterno del Padre, y el hombre perfecto al tomar carne de María Santísima) es el ideal para toda persona humana, hombre o mujer.

         En Jesucristo, pues, hay 2 naturalezas (1 divina y 1 humana) y 1 única persona (divina, la 2ª de la Santísima Trinidad). Desde esta perspectiva, es imposible que se hable con ligereza de Jesús, como a veces sí que se hace. Su persona y condición es extraordinaria, así que hemos de dirigirnos a él como algo extraordinario.

José A. Martínez

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         Nos llega hoy el momento de responder a una pregunta decisiva: ¿Quién es Jesús? ¿Es simplemente un hombre, o con el centurión nos vemos obligados a responder: "Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios"?

         ¿Quién es Jesús? Si Jesús es simplemente un hombre extraordinario, un genio excepcional, un líder fuera de serie que enseñaba los más altos ideales éticos, nunca antes predicados, nos basta con seguir su ejemplo, tratar de imitarle y de cumplir sus enseñanzas. Si Jesús es realmente el Hijo de Dios, hecho hombre por amor a nosotros, todo cambia. Y si examinamos su vida y obras con profundidad, humanamente, quitando todo racionalismo, no cabe duda de que Jesús es el Hijo de Dios.

         Ante esta pregunta, que ya los judíos se formularon hace 2.000 años, que ya el mismo Jesús respondió, y que hoy los hombres se siguen preguntando, las posturas se dividen. O se acepta a Jesús o se lucha contra él, pero no existen posturas fútiles o triviales.

         Si alguien nos pregunta qué es lo único seguro, o si tan seguros estamos que nos entregamos a ello a ciegas, la única respuesta sensata y coherente sería: el amor de Jesús. Sólo su amor es seguro y total, sólo en su amor sabemos que Dios nos ama, sólo en su amor sabemos que el Padre y él son una sola cosa. A fin de cuentas, él es el Hijo de Dios.

José Patiño

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         Del mismo modo que Jesús pregunta a Felipe sobre su conocimiento acerca de él, después de tanto tiempo de compartir su vida y mensaje con el resto de apóstoles, así también nos lo cuestiona hoy a nosotros. Felipe pide una manifestación extraordinaria del Padre, y Jesús le descubre que sólo la fe puede descubrir la presencia del Hijo en el Padre y del Padre en el Hijo.

         Somos creyentes, y hemos vivido ya un itinerario más o menos extenso de fe y vivencia cristiana. No obstante, siguen extrañándonos ciertos hechos y palabras de Jesús, y no acabamos de conocerle del todo. Como le pasó a los apóstoles, también nosotros le seguimos haciendo preguntas inquisitivas sobre él, sobre su Padre, sobre el discurrir del mundo y de la historia.

         Seguimos pidiendo excesiva cantidad de signos y claras señales. Por eso, aún nos falta (como a los apóstoles) esa fina y lúcida sensibilidad que sabe leer y entender el lenguaje de Dios en todo aquello que ocurre, en las luces y en las sombras. Jesús conoce nuestras dudas e interrogantes, y da una respuesta convincente desde su ser, actuar y hablar. De ahí su afirmación profunda y llena de sentido: "Yo soy el camino, la verdad y la vida".

Luz García

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         Cuando siguieron a Jesús, Felipe demostró una docilidad como la de Pedro y la de Juan. Sígueme, le dijo el Señor un día junto al lago de Genesaret (su lago, porque también él era de Betsaida), y en seguida lo dejó todo (casa, mujer, hijas pequeñas), y lo abandonó todo, por seguir a Jesús. Jesús lo aceptó en su compañía, pero sin manifestarle una predilección tan especial como la demostrada a Simón, Juan y Santiago.

         Contagiado por Jesús, Felipe encuentra a su amigo Natanael y le dice: "He encontrado a un rabino de Nazaret, que debe ser el Cristo". Y sigue con Jesús, el Mesías descubierto, y se arrima a él para no perder ni su palabra, ni su gesto, ni su mirada. Junto a Jesús está en la multiplicación de los panes, y se siente feliz cuando el Maestro le pregunta: "Felipe, ¿cómo daremos de comer a esta gente?".

         Mirando a la gente, Felipe calcula que 200 denarios no bastan para dar un poco de pan a cada uno. Es un hombre de buena voluntad, sencillo y dócil, pero le ocurre como a Tomás, pues los misterios son demasiado altos para él.

         En aquel discurso de la Ultima Cena, Felipe se preguntaba qué significaba todo aquello de "el Padre os ama, el Padre os dará un Consolador, el Padre y yo somos uno". Y por eso, le traslada sus dudas a Jesús: "Señor, muéstranos al Padre, y esto nos basta". Se trata de un desahogo bastante rudo, pero gracias a él obtuvimos de los labios de Jesús unas bellas palabras: "Felipe quien me ve a mí, ve a mi Padre".

         En los campos de Frigia, y en el entorno de Hierápolis, pasó Felipe los últimos años de su vida. Allí predicaba y bautizaba, ayudado por sus dos hijas (que habían consagrado su virginidad a Cristo, y habían seguido a su padre en su misión). Alguna vez cruzaba el río y entraba en la vecina ciudad de Laodicea, y allí cultivaba la semilla que había sembrado allí el apóstol Pablo.

Jesús Martí

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         Santiago escucha atento y camina silencioso. Es un espíritu austero, es un pariente del Señor nacido en Caná de Galilea. María (la madre de Jesús) y su madre (María de Cleofás) son cuñadas, pues José el Carpintero es hermano de su esposo. Es sobrino de la madre de Dios, es primo de Jesús, y uno de los pocos parientes que creyeron en él.

         Aunque los preferidos de Jesús son Pedro y Juan, Santiago no vacila ni se queja, sino que recoge humildemente las parábolas del Señor y piensa en las palabras de Cristo: "Todo el que hiciere la voluntad de Padre que está en los cielos, ése es mi amigo, mí hermano y mi madre". Y llega el día de la dispersión.

         Santiago el Menor presidía en la caridad como 1º obispo de la más antigua de las iglesias, la Iglesia de Jerusalén. Era un obispo sin mancha, con enorme apego a la tradición, con semblante digno, majestuoso en su caminar, prestigioso en su palabra, con inmenso y profundo espíritu de oración y con austeridad subyugadora. Se parecía a Juan el Bautista, y algo del mosaísmo quedaba en su figura.

         Incluso para los gentiles convertidos, Santiago era una autoridad. San Pablo le llamaba "columna de la Iglesia", aunque su espíritu era muy diferente y las obras legales que Pablo rechazaba eran sagradas para Santiago. No obstante, Santiago también cedió a la elocuencia de Pablo, en el Concilio de Jerusalén.

         Santiago escribió una carta "a las doce tribus de la dispersión". Sabía que no hablaba ya con los piadosos ritualistas de Jerusalén (de hecho, no escribe en hebreo, sino en griego), sino que a la vista tenía unos lectores de horizonte amplio y brillante. Y por eso les habla en un tono judío helenizado, conocedor de la sabiduría alejandrina y de las tendencias neoplatónicas de Filón.

         En dicha carta, insiste Santiago en el cumplimiento de la justicia, inspirado en Proverbios y en los profetas. No se desprende de la sinagoga, pero no quiere oprimir a las almas. Habla tanto de la ley como de la libertad, y entre ambas hace irrumpir el evangelio.

         Santiago no discute, ni profundiza en los grandes misterios, sino que exhorta y propone una norma de conducta, arrancando la cizaña de cuajo para que no perjudique. Propone a los perseverantes "la corona de la vida", que Dios ha prometido a los que le aman, y recuerda la "ley primordial de la caridad".

         La insolencia de los ricos llenaba de compasión el alma del apóstol, y le inspiraba este pensamiento: "Que el hermano de baja condición se glorifique en su pobreza como en el mayor de los honores; y que el rico vea en su riqueza un motivo de humillación, porque todo pasará como la flor del heno. Sale el sol, la hierba se marchita, la flor cae y desaparece todo encanto. Axial se agostará el rico en sus caminos".

Jesús Martí

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         La lectura del pasaje del evangelio de hoy ha sido escogida, seguramente, porque en ella se menciona al apóstol Felipe, cuya fiesta se celebra hoy junto con la de Santiago el Menor.

         Con total seguridad hay que diferenciar al apóstol Felipe del diácono Felipe, protagonista de varios relatos del libro de Hechos de los Apóstoles y uno de esos 7 varones escogidos para servir a la comunidad (Hch 6, 1-6), que fue evangelizador de Samaria (Hch 8, 4-8) y del eunuco etíope (Hch 8, 26-40).

         En el pasaje evangélico, el apóstol Felipe hace a Jesús una petición audaz e inusitada: "Muéstranos al Padre y eso nos basta". ¡Nada menos!, como si a Dios se le pudiera mostrar aquí o allá (como se muestra a una persona o a una cosa cualquiera), o como si Dios pudiera ser contemplado con nuestros ojos mortales (cuando en el AT es constante la afirmación de que "quien vea a Dios necesariamente morirá"; Ex 33,20; Is 6,5).

         Con su audacia, el apóstol Felipe ha hecho que Jesús nos revele el verdadero rostro de Dios, al decir: "Quien me ha visto a mí ha visto al Padre". Por tanto, conocer a Jesús, y escuchar sus palabras, y vivir sus mandamientos, equivale a conocer plenamente a Dios y contemplar su rostro amoroso, reflejado en el amor de Jesucristo.

         De lo que hizo Felipe, tras la dispersión apostólica, no sabemos casi nada. La memoria litúrgica de la Iglesia lo recuperó en el s. VI, cuando fue inaugurada la Basílica Doce Apóstoles de Roma y se depositaron en su altar principal sus supuestas reliquias, junto a las de Santiago el Menor.

         De Santiago el Menor sabemos que llegó a ser líder de la Iglesia de Jerusalén, hasta los calamitosos años de la Guerra Judía contra Roma (ca. 70 d.C). Representaba Santiago el cristianismo judaizante de los primerísimos tiempos, apegado todavía al culto del templo, a la reunión sinagogal, a la guarda del sábado y a las demás tradiciones judías.

         El historiador Flavio Josefo, contemporáneo de los acontecimientos, nos ha dejado un testimonio vívido y honroso del apóstol, en una sus Antigüedades Judías (XX, IX, 1). En dicho escrito, nos dice Josefo que "Santiago gozaba del respeto y veneración, por parte de los cristianos y de numerosos judíos piadosos que lo llamaban el Justo". El mismo autor narra dramáticamente su muerte, a manos de judíos fanáticos.

Confederación Internacional Claretiana

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         En la lista de los apóstoles, Felipe aparece en el evangelio de Mateo 10 veces, 3 de ellas en 5º lugar. Quien más noticias nos da sobre él es el evangelista Juan, que lo presenta como persona sencilla, generosa y cercana a Jesús. Tras ser recibido por Jesús en su discipulado, es él quien da la noticia a Natanael y quien, ante el escepticismo de éste, le añade: "Ven y veras" (Jn 1, 42).

         Es también Felipe quien, tras oír y no entender el discurso de Jesús en la Ultima Cena, dice al Maestro: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta" (v.7). Después de Pentecostés, su predicación recayó principalmente sobre Frigia. En el NT no tenemos ninguna carta escrita por Felipe.

         Santiago el Menor, distinto de Santiago el Mayor (hermano de Juan) era familiar de Jesús. Recibió el nombre de Santiago de Alfeo, por referencia a su padre Alfeo. Acaso fuera también hijo de María de Cleofás (cuñada de María). Fue un personaje muy importante en la primitiva Iglesia, pues presidió la comunidad de Jerusalén. En el NT contamos con una Carta de Santiago, una carta exigente que reclamaba fe y obras.

         Jesús, al convocar a sus discípulos para formar una familia para la misión, eligió a personajes de muy diversas condiciones y valores humanos. Ninguno era una persona públicamente reconocida (por su prestigio social), y ninguno marcaba la pauta seguida para ser llamado. La variada tipología de las personas muestra el realismo de Jesús y su apertura a los demás (tal como son, sin ficciones).

         Felipe, por ejemplo, debía ser de carácter afable, y resultó muy fiel y dócil a los asuntos del Maestro. Santiago el Menor se muestra con carácter más enérgico, más prontos a asumir riesgos, y acaso más organización.

         Lo ejemplar es que en la mesa y compañía del Señor cada cual (con sus peculiares dones, y buena voluntad) debía seguir los pasos del Maestro desde sí mismo, superando sus limitaciones y en constante sintonía con el Maestro y sus mensajes. Esto es lo que se pide de nosotros, apóstoles del s. XXI, para ser también anunciadores de la salvación en Cristo desde nuestra pequeñez.

Dominicos de Madrid

 Act: 03/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A