20 de Abril

Lunes III de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 20 abril 2026

Jn 6, 22-29

         Durante toda la semana leeremos el cap. 6 de Juan, el Discurso del Pan de Vida de Jesús. Un discurso que fue dirigido por Jesús hacia sus oyentes "al día siguiente" de 2 milagros precedentes: la multiplicación de los panes y la marcha sobre las aguas.

         Hasta 4 interpretaciones han sido propuestas para este Pan de Vida. Para algunos autores antiguos el "pan de vida" es "la persona de Jesús y su Palabra", que se asimila por la fe. Para un gran número de exégetas modernos el "pan de vida" es la eucaristía, una comida real y también espiritual. Para una serie de comentaristas intermedios el "pan de vida" apunta a la comunión con el pensamiento de Jesús, a forma de alimento para el cristiano. Y para ciertos autores contemporáneos, el "pan de vida" es la fe del mundo, que tiene en Cristo su fundamento.

         Retengamos de todo esto que hay una unión muy íntima entre estos 2 temas: la fe en Cristo implica la fe en su presencia eucarística, así como la eucaristía es el misterio de la fe por excelencia. Así, meditar la palabra de Jesús (por la fe) y comulgar su cuerpo (por la eucaristía) se siguen el uno al otro. Y no se cree de verdad en Jesús si no se está dispuesto a comulgar su cuerpo.

         Es muy normal que Jesús hablara de la fe antes que de la eucaristía, pues el misterio de su presencia (eucarística) no puede producirse en alguien que no tiene fe. E incluso esto es lo que se ve en toda celebración de la misa, que ofrece 1º la liturgia de la Palabra (alimento espiritual) y en 2º lugar el misterio eucarístico (alimento real, del cuerpo y sangre).

         Jesús se dirige a campesinos galileos que se afanan para ganarse la vida. Saben lo que es el hambre, y también la saciedad cuando se ha trabajado mucho y la cosecha ha sido buena. Como hizo con la samaritana junto al pozo, Jesús toma como punto de partida una necesidad material de sus oyentes (el hambre, la sed, el pan y el agua), y a continuación les ofrece el camino a seguir ( "procuraros no el alimento perecedero, sino el alimento que permanece hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre").

         Jesús se sirve de la comparación del alimento para hacer comprender lo que él aporta a la humanidad, en torno a sus 2 clases de alimentos: el alimento corporal (que da una "vida perecedera") y el alimento venido del cielo (que da la "vida eterna").

         Creado por Dios y para Dios, el hombre tiene hambre y sed de Dios, y nada fuera de Dios puede satisfacerle enteramente. Todos los alimentos terrestres perecederos dejan al ser humano insatisfecho. El alimento esencial, y del cual el hombre tiene hambre, es el mismo Jesús (enviado por el Padre, y que recibimos por la fe, "creyendo en él"). Obrar, afanarse y esforzarse por tener una vida espiritual, es "ganarse el pan".

Noel Quesson

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         En el evangelio de hoy hemos visto cómo la gente busca a Jesús, al día siguiente de la multiplicación de los panes. Pero Jesús les tiene que echar en cara que la motivación de esta búsqueda es superficial: "Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros". Se quedan en el hecho, pero no llegan al mensaje. Como la samaritana que apetecía el agua del pozo, cuando Jesús le hablaba de otra agua.

         Con sus milagros, Jesús quiere que las personas capten su persona, su misterio y su misión: "Que crean en el que Dios ha enviado". Es admirable, a lo largo del evangelio, ver cómo Jesús, a pesar de la cortedad de sus oyentes, les va conduciendo con paciencia hacia la verdadera fe: "yo soy la luz", "yo soy la vida", "yo soy el pastor". Aquí, a partir del pan que han comido con gusto, les ayudará a creer en su afirmación: "Yo soy el pan que da la vida eterna".

         Al igual que Jesús, que con pedagogía y paciencia fue conduciendo a la gente a la fe en él, a partir de las apetencias meramente humanas (el pan para saciar el hambre, el mesianismo que buscaba Pedro), también nosotros deberíamos ayudar a nuestros hermanos (jóvenes y mayores) a llegar a captar cómo Jesús es la respuesta de Dios, a todos nuestros deseos y valores.

         Buscar a Jesús porque multiplica el pan humano es flojo, pero es un punto de partida. El hombre de hoy, aunque tal vez no conscientemente, busca felicidad, seguridad, vida y verdad. Como la gente de Cafarnaum, anda bastante desconcertado, buscando y no encontrando respuesta al sentido de su vida.

         Hay buena voluntad en mucha gente. Lo que necesitan es que alguien les ayude. A veces tienen una concepción pobre de la fe cristiana, por temor o por un sentido meramente de precepto, o por interés: algunos buscan a Dios por los favores que de él esperan, sin buscarle a él mismo. Si nosotros los cristianos, con nuestra palabra y nuestras obras, les ayudamos y les evangelizamos, pueden llegar a entender que la respuesta se llama Jesús, y del pan humano y caduco podrán pasar a apreciar el pan que es Cristo y el pan que nos da Cristo.

         Nosotros, los que celebramos con frecuencia la eucaristía, ya sabemos distinguir bien entre el pan humano y el Pan eucarístico, que es la carne salvadora de Cristo. Esta conciencia nos debe llevar a una jornada vivida mucho más decididamente en el seguimiento de ese Cristo Jesús que es a la vez nuestro alimento y nuestro Maestro de vida.

José Aldazábal

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         Jesús y sus discípulos, durante la noche, se trasladaron de los alrededores de Tiberiades a la ciudad de Cafarnaum. Al amanecer, la gente que había participado en el milagro de la multiplicación de los panes, al no encontrar a Jesús, se fue a buscarlo.

         Al ver venir a la multitud, Jesús les cuestionó el interés por el que venían en su búsqueda, ya que estaban más preocupados por comer que por recibir la enseñanza del Reino. Y les hizo esta revelación: "La única obra que Dios quiere es que creáis en aquel que él ha enviado". Pero ¿que significaba para un judío creer en Jesús? ¿Y creer que él era el enviado de Dios?

         Para un pueblo habitado por humildes trabajadores, sometidos a una ley romana que oprimía (a base de impuestos y limitaciones) y a unos dirigentes locales ambiciosos (y legalistas), es normal que la irrupción de Jesús fuese identificada con llegada del liberador político tan deseado, que los liberara finalmente de su situación.

         Por supuesto, la propuesta de Jesús consistía en invertir los valores. Pero insistía en que una transformación radical interior debía ser la base de todo lo demás. Era urgente abrirse a los demás, sí, pero pensando en común y planteándose la posibilidad de que unidos (viviendo como hermanos), la práctica de la justicia era algo viable.

         En una palabra, creer en Dios Padre, y en su enviado, significaba no esperarlo todo de él pasivamente, sino comprometerse en unión con otros a cambiar la propia situación, haciendo experiencias de fraternidad.

         ¿No es ésta nuestra situación de hoy, y no es ésta la respuesta que también hoy nos daría Jesús? Seguir una religión en la que el interés sea la norma, es escoger el camino del paternalismo, que siempre termina cobrando su tributo. La dependencia en cualquiera de los órdenes (económico, político, social o religioso) impide crecer y enferma el alma de un pueblo. Y sólo una religión que eduque en el compromiso radical interior, es capaz de generar personas formadas y libres.

Juan Mateos

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         La lectura del cap. 6 del evangelio de Juan, que será leída hoy y los próximos días, constituye el llamado Discurso del Pan de Vida, tuvo lugar en la Sinagoga de Cafarnaum (Jn 6, 59) y revela el significado profundo del milagro anterior de Jesús, que alimentó a una multitud de más de 5.000 personas con unos pocos panes.

         En la breve lectura de hoy, la multitud que ha experimentado tal prodigio se empeña en encontrar a Jesús. Van y vienen por el lago y se dan cuenta de que Jesús no tuvo tiempo ni forma de transportarse hasta donde lo encuentran: en la misma Cafarnaum, la aldea de pescadores que, según los evangelios sinópticos, es el centro de su actividad.

         Al saludar la gente a Jesús, y hacerle ver su perplejidad por encontrarlo tan lejos del lugar en donde lo habían dejado, se inicia un diálogo que, poco a poco, se convertirá en el discurso que hemos mencionado: el Discurso del Pan de Vida.

         Jesús responde a las perplejidades de la gente reprochándole su interés y su falta de fe: lo buscan no porque crean en los signos que él hace, sino por un interés puramente material. Y los desafía a trabajar no por el alimento perecedero, sino por el que perdura, el que da el Hijo de hombre, aquel a quien Dios Padre ha sellado. Se trata de un lenguaje misterioso y sellado, que debió serlo todavía más para los oyentes de Jesús (no conocedores de la eucaristía), y que sigue siéndolo todavía para nosotros (ya expertos en eucaristías).

         Evidentemente Jesús habla de un nuevo alimento, que no material sino espiritual. Un alimento que nosotros los cristianos identificamos inmediatamente con la eucaristía (don de Dios a través de su Hijo glorificado), pero que los judíos no tenían en mente ni en el mejor de sus sueños.

         Por eso los judíos preguntan a Jesús acerca del trabajo, de las obras que Dios quiere. Porque pensaban que el "pan de vida" de Jesús se refería a una especie de intercambio: do ut des (lit. "doy para que me des"), sin imaginar que Jesús estaba hablando de un alimento celestial y gratuito, ofrecido a todos los seres humanos sin distinción alguna, con la única condición de fiarse enteramente de Dios y no de las propias fuerzas. De ahí que Jesús les diga, entre otras cosas, que la única obra que Dios quiere es "la fe en su enviado".

         En el tiempo pascual que estamos celebrando la Iglesia nos propone una reflexión profunda sobre la eucaristía, así como nos la propondrá sobre el bautismo. Somos los resucitados con Cristo, que nos alimentamos de su mesa. Pero no debemos dejar de renovar nuestra fe en él, como enviado definitivo del Padre para la salvación del mundo.

Confederación Internacional Claretiana

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         A diferencia de los discípulos que abandonan a Jesús (Jn 6, 16-17), la multitud lo busca afanosamente, y espera encontrarlo en la barca, junto a sus discípulos (comunidad). Y esta multitud va en aumento, hasta tanto que "otras barcas habían arribado de Tiberiades" con ese objetivo, en la judía Cafarnaum. Pero no encuentran allí a Jesús, sino al otro lado del mar, tras haber cambiado Jesús, por tanto, el escenario o situación.

         Al encontrarlo, la multitud lo llama rabí (lit. maestro), porque ve en él un guía que les asegura el pan. Pero Jesús les reprocha esa actitud, y les recuerda que lo que realmente buscan es saciar inmediatamente el hambre. La gente no entiende el significado de sus milagros, sino que sólo espera de ellos un rápido beneficio. E incluso puede ser proclive a identificarlos con una causa política (un rey) y económica (la comida).

         Ante la interpelación y reproche de Jesús, la gente pide "instrucciones para actuar". Esperan que el maestro les dé un conjunto de leyes (como Moisés) o los motive para un juicio divino (como el profeta). Sin embargo, Jesús se niega a ello, pues ante él las leyes y las profecías son tan sólo caminos intermedios. La exigencia de Jesús, en ese sentido, rebasa las expectativas de la multitud.

         Jesús exige a la multitud que tome una opción permanente de fe, y no sólo una opción de emergencia. La fe en su persona, en lo que él significa, como único fundamento de la acción. Y les recuerda que si quieren que se forme una comunidad, ésta ha de optar por el Dios de la vida, y no por el mundo de los muertos. En pocas palabras, una comunidad que preste a Dios una adhesión de la fe.

         Recordemos que creer significa para Juan colocar el entendimiento (mente), el afecto (corazón) y las manos (acción) al servicio de Dios, para realizar su obra vivificadora: dar vida en plenitud (vida eterna) a todos los seres humanos (Jn 1, 12; 3, 14-16; 6, 40).

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 20/04/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A