28 de Enero

Miércoles III Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 28 enero 2026

Mc 4, 1-10.14-20

         Escuchamos hoy una parábola enigmática y misteriosa. Pero me impacta el que la parábola la encuadre una doble invitación a escuchar: "escuchad" (al inicio) y "el que tenga oídos para oír, que oiga" (al final). Además, Jesús nos dice "estad atentos", y no sólo como una expresión pleonástica, sino queriendo avisar: "Voy a decir algo que os concierne de cerca, para la cual tienen que poner a funcionar la inteligencia".

         Estamos invitados al ejercicio de la inteligencia, no solamente la escucha material; en efecto, se lamentará: "Escuchan y no oyen, miran y no ven". Jesús pide una escucha inteligente, una escucha que llegue a preguntarse: ¿Qué hay detrás de esto, qué quiere decir, qué relación tiene conmigo, en qué me atañe? La palabra tiene, pues, como característica el compromiso: son palabras relevantes para mí, que se refieren a mí, que me conciernen.

         De nuevo hay una palabra que aparece 3 veces: sembrar: "Salió el sembrador a sembrar, y al sembrar parte cayó". Se subraya el tema de la siembra y de la semilla. Se trata de imágenes de la vida vegetal, que no se toman por casualidad, porque por medio de ellas se expresan los misterios del reino.

         Vuelve a la mente el Salmo 126: "Van llorando al llevar la semilla". Sembrar significa confiar una vida a su camino vital, iniciar un proceso vital con confianza: la metáfora le gusta mucho a Jesús y a toda la Escritura, porque se la aplica a la Palabra, a la fe en su camino personal. Pero veamos brevemente las 4 situaciones progresivamente.

         La 1ª situación se dice rápidamente: algo cae en el camino, vienen los pájaros y se la comen.

         La 2ª situación se expresa con 3 líneas y está más desarrollada respecto de la primera. Está el terreno pedregoso y se repite el concepto tres veces: no había mucha tierra, ésta no tenía profundidad, la semilla no echó raíces. Se presenta la situación en su fragilidad. Tierra, raíz, profundidad, son términos muy alusivos al lenguaje bíblico. En todo caso, aun en esta segunda situación, aun habiendo un mínimo de crecimiento, termina en nada, se quema.

         La 3ª situación viene a decir que "otra cayó entre espinos, y al crecer los espinos, la sofocaron y no dio fruto". No se dice que no haya crecido: en la segunda situación se quemó después de la germinación, mientras que aquí creció, pero no dio fruto. Germinó, pero no dio fruto, que es la finalidad última del crecimiento. Podemos recordar imágenes análogas: la higuera de grandes hojas, que no da fruto; la viña de Israel que dio uvas amargas.

         La 4ª situación está expresada de manera solemne, con una sinfonía más amplia de palabras, en la imagen de la tierra buena. La plenitud se describe cuidadosamente: "Otra parte, en fin, cayó en buena tierra y dio fruto lozano y crecido (más aún, aquí, más que el fruto es la semilla), produciendo unos granos treinta, otros sesenta y otros ciento".

         Es interesante que, en el texto griego, mientras las primeras 3 categorías están en singular (parte cayó junto al camino, otra parte cayó en el pedregal, otra cayó entre espinos), ahora se dice otras, en plural. Es la pluralidad de las semillas que caen en tierra buena, y luego se vuelve extrañamente al singular hablando del crecimiento de todas estas semillas: "produciendo unos granos treinta, otros sesenta y otros ciento".

         ¿Y dónde cae el acento de la parábola? Es muy importante lograr captarlo, pues si la narración se detuviera en la 1ª, o en la 2ª, o en la 3ª imagen, el acento caería sobre la suerte dolorosa de la semilla. Y por parte de Jesús, hubiera sido una advertencia para no malgastar la palabra de Dios, para no maltratarla.

         En cambio, la palabra va hacia el 4º nivel. Ciertamente, la intención de Jesús es la de poner en guardia (de lo contrario habría narrado solamente la última parte), de una forma rica de elementos y compleja. El acento cae sobre el último resultado, y con una particularidad.

         Aunque no soy experto en agronomía, me parece que ordinariamente una semilla no produce el ciento ni siquiera en el mejor de los casos. Hay una exageración en la parábola, y en donde hay exageración está el punto principal, la palanca en la que se quiere hacer fuerza. Es pues, urgente, abrir los ojos, y entender que el reino está aquí, aunque no tenga la apariencia y la prepotencia que creemos tenga que tener el misterio de Dios.

Carlo Martini

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         La Parábola del Sembrador insiste ampliamente en la desgracia del labrador, y solo al final se hace una breve indicación sobre la semilla que da fruto. ¿Y qué significa esto en concreto? Algunos (los apocalípticos) la leen de este modo: ahora hay oposiciones y triunfa el mal, pero con la llegada última de Dios el mal quedará destruido, los malos serán castigados y el bien triunfará. Otros (los fariseos) prefieren leer la parábola en la perspectiva de méritos y premios: hoy el creyente parece trabajar inútilmente, y su fiel observancia no recibe ninguna paga; pero en realidad está acumulando méritos para el premio eterno.

         Creo que el pensamiento de Jesús es distinto a las 2 explicaciones precedentes, y no se contenta con decir que los fracasos de hoy se convertirán en triunfos del mañana.

         La parábola llama la atención sobre el trabajo del sembrador (abundante, sin medida, sin miedo a desperdiciar), que de momento parece inútil, infructuoso y baldío. Sin embargo, lo cierto es que en alguna parte dará fruto (o aquí o allá), y que en algún que otro sitio dará un fruto abundante. Porque el fracaso es sólo aparente, y en el reino de Dios no hay trabajo inútil, y no se desperdicia nada.

         De todas formas (y entonces la parábola se convierte en advertencia), haya o no haya éxito, haya o no haya desperdicio, el trabajo de la siembra no debe ser calculado, medido ni precavido. Sobre todo, no hay que escoger terrenos, ni echar la semilla en algunos sitios sí y en otros no.

         El sembrador echa el grano sin distinciones ni regateos. Así es como actúa Cristo en su amor a los hombres, y así es como ha de actuar la Iglesia en el mundo. ¿Y cómo saber qué terrenos darán fruto, y qué terrenos se negarán? Nadie tiene que adelantarse al juicio de Dios.

         Así pues, la parábola llama la atención sobre la presencia del Reino en el seno de las contradicciones de la historia, presencia que es imposible discernir con los criterios del éxito o del fracaso, en los que se apoya el cálculo de los hombres. Es éste el 1º aspecto que hay que comprender, importante sobre todo para la Iglesia predicante y para los misioneros, puesto que no pueden desanimarse ni dejarse llevar por los cálculos humanos.

         La explicación de la parábola (Mc 4, 14-20) desplaza la atención del sembrador a los terrenos. No se dirige ya al predicador, sino al discípulo que tiene que escuchar para atesorar la palabra que escucha. Y revela las diversas causas que pueden llevarlo todo a la perdición. De esas causas, algunas pueden parecer excepcionales (como la tribulación escatológica y la persecución), pero hay otras ciertamente cotidianas (como los negocios y las ambiciones).

         La advertencia de Marcos no proviene de una concepción dualista (rechazar las cosas materiales por ser indignas, los compromisos de la historia por ser terrenos, las riquezas por ser vanidad), sino que se mueve dentro de la perspectiva de la libertad por el reino de Dios. Y en esta perspectiva, la advertencia se hace todavía más radical. No es simplemente cuestión de pecado o no pecado, ni es suficiente valorar la opción en sí misma (puesto que puede no ser ese opción, sino otra).

         Es lo que enseña otra parábola de Jesús: me he casado, he comprado un campo, he comprado una pareja de bueyes, no puedo ir. Para que la palabra dé fruto se necesita un corazón bueno, leal y perseverante. La Biblia recuerda siempre a la perseverancia cuando habla de la fe. La fe se ve continuamente probada, tiene que resistir con valentía, se ve necesitada de coraje y paciencia, pues no es posible ser discípulo sin la perseverancia.

Bruno Maggioni

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         Escuchamos hoy la Parábola del Sembrador, una escena de total actualidad. Pues en aquel tiempo el Señor no dejó de sembrar, y también en nuestros días vemos que es una multitud la que escucha a Jesús y la que sigue a su vicario en la Tierra (el papa), mostrando que hoy día hay hambre de Jesús. En efecto, nunca como ahora la Iglesia había sido tan católica, ya que bajo sus alas cobija hombres y mujeres de los 5 continentes y de todas las razas. Jesucristo nos envió al mundo entero (Mc 16, 15) y, a pesar de las sombras del panorama, se ha hecho realidad su mandato apostólico.

         El mar, la barca y las redes del s. I, son hoy sustituidas por los estadios, los automóviles y la TV. Pero Jesús es el mismo, ayer, hoy y siempre. Y tampoco ha cambiado en el hombre su capacidad y necesidad de amar. También hoy hay quien (por gracia y gratuita elección divina, todo un misterio) recibe y entiende más directamente la palabra de Dios, como también hay muchas almas que buscan una explicación más descriptiva y pausada de la Revelación.

         En todo caso, a unos y otros, Dios nos pide frutos de santidad. El Espíritu Santo nos ayuda a ello, pero no prescinde de nuestra colaboración.

         En 1º lugar, es necesaria la diligencia, pues si uno responde a medias, y se mantiene en el "borde del camino", sin entrar plenamente en él, será víctima fácil de Satanás. En 2º lugar, es necesaria la constancia (en oración y diálogo), para profundizar en el conocimiento y amor a Jesucristo. Y en 3º lugar es necesario el desprendimiento (espíritu de pobreza), que evitará que nos "ahoguemos" por el camino. Las cosas están claras: "Nadie puede servir a dos señores" (Mt 6, 24).

Antoni Carol

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         Salió el sembrador a sembrar su semilla, nos dice hoy el evangelio (Mc 4, 1-20). Dios siembra la buena semilla en todos los hombres; da a cada uno las ayudas necesarias para su salvación. Nosotros somos colaboradores suyos en su campo. Nos toca preparar la tierra y sembrar en nombre del Señor de la tierra. Todas nuestras circunstancias pueden ser ocasión para sembrar en alguien la semilla que más tarde dará su fruto.

         El Señor nos envía a sembrar con largueza. Pero no nos corresponde a nosotros hacer crecer la semilla; eso es propio del Señor (1Cor 3, 7), y nunca niega su gracia. Nosotros somos simples instrumentos del Señor; gran responsabilidad la del que se sabe instrumento: estar en buen estado. No hay terrenos demasiado duros para Dios. Nuestra mortificación y oración, con humildad y paciencia, pueden conseguir del Señor, las gracias necesarias para acercar las almas a él.

         Siempre es eficaz la labor en las almas, pues "mis elegidos no trabajarán en vano" (Is 65, 23), nos ha prometido el Señor. La misión apostólica unas veces es siembra, sin frutos visibles, y otras de recolección de lo que otros sembraron con su palabra, o con su dolor desde la cama de un hospital, o con un trabajo escondido. Pero siempre es tarea alegre y sacrificada, paciente y constante.

         Trabajar cuando no se ven los frutos es un buen síntoma de fe y de rectitud de intención, señal de que verdaderamente estamos realizando una tarea sólo para la gloria de Dios. Lo que importa es que sembremos y poner los medios más oportunos para las diferentes situaciones: más luz de la doctrina, más oración y alegría, o profundizar más en la amistad.

         El apostolado siempre da un fruto desproporcionado a los medios empleados: nada se pierde. El Señor, si somos fieles, nos concederá ver, en la otra vida, todo el bien que produjo nuestra oración, las horas de trabajo ofrecidas, las conversaciones sostenidas con nuestros amigos, la enfermedad que ofrecimos por otros. Sin embargo, en el apostolado, debemos tener siempre en cuenta que Dios ha querido crearnos libres para que, por amor, queramos reconocer nuestra dependencia de él y sepamos decir libremente, como la Virgen: "He aquí la esclava del Señor" (Lc 1, 38).

Francisco Fernández

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         El evangelio de Marcos comienza hoy otra sección (el cap. 4) con 5 parábolas que describen algunas de las características del reino que Jesús predica. La 1ª de ellas es la Parábola del Sembrador, que hoy leemos y que el mismo Jesús explica detenidamente a los discípulos, haciendo él mismo la homilía a sus oyentes.

         Se podría mirar esta página desde el punto de vista de los que ponen dificultades a la Palabra: el pueblo superficial, los adversarios ciegos, los demasiado preocupados por las cosas materiales. Pero también se puede mirar desde el lado positivo, pues a pesar de las dificultades, la palabra de Dios logra dar fruto (el reino de Dios), y a veces abundante, tanto al final de los tiempos como también ahora, en nuestra historia.

         Podemos aplicarnos la parábola en ambos sentidos. Ante todo, preguntémonos qué % de fruto produce en nosotros la gracia que Dios nos comunica, qué % la semilla de su Reino, qué % sus sacramentos, y qué % la Palabra que escuchamos en la eucaristía. ¿Es este porcentaje del 100%, del 60% o del 30%? ¿O ni siquiera eso?

         Pero ¿qué es lo que impide a la palabra de Dios producir todo su fruto en nosotros? ¿Las preocupaciones, la superficialidad, las tentaciones del ambiente? ¿Qué clase de campo somos para esa semilla que, por parte de Dios, es siempre eficaz y llena de fuerza? Porque casi siempre solemos echar la culpa a lo de fuera (las piedras y las espinas), y no nos echamos la culpa a nosotros mismos, por ser tierra mala que no se abre a la palabra de Dios, ni le ofrecemos nuestro corazón.

         También haremos bien en darnos por enterados de la otra lección: Jesús nos asegura que la semilla sí dará fruto. Pues a pesar de que este mundo parezca (a nuestros ojos) hostil, esa juventud actual y esta sociedad distraída... dará su fruto, aunque no nos lo queramos creer. No tenemos esperanza ni confianza en Dios, ni en que es él quien, en definitiva, hace fructificar el reino de Dios. Porque queremos que fructifique a través de nosotros, y no según los planes salvíficos de Dios.

José Aldazábal

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         La Parábola del Sembrador, debe ser entendida en la dinámica en que viene el evangelista Marcos presentando el ministerio de Jesús. Su ministerio estuvo lleno de problemas y de dificultades. Primero fue la prisión de Juan, luego la acusación de blasfemia, luego el complot de los herodianos para matarle, posteriormente la estigmatización demoníaca que de él hicieron los escribas espías de Jerusalén; finalmente, la incomprensión de su madre y de sus hermanos.

         Jesús se encontraba amenazado por todos lados. Todos, de una o de otra forma, tenían que ver con Jesús y con su obra. El pueblo sencillo quería recibir de él algún tipo de favor, los gobernantes querían apresarlo, su familia quería amarrarlo.

         La Parábola del Sembrador es una impresionante confesión del interior dolorido de Jesús. El instalar el reinado de Dios en el propio interior y en la sociedad era un camino doloroso, lleno de fracasos. Había que sembrar mucho y fracasar mucho, para poder recoger algo.

         Era difícil perseverar y mantenerse en pie en un trabajo donde la condición normal era tener que perder, una y otra vez, a fin de lograr algo. El labrador que describía Jesús en la parábola tenía su mirada puesta en el rinconcito de la buena cosecha, por el cual medía su trabajo. La mirada puesta en la calidad de este rincón, le permitía sobrevivir moralmente ante el ruidoso fracaso del resto.

         Aquí se enfrentaban dos mentalidades: la que se apoyaba y buscaba lo cuantitativo, señal de poder, y la que se apoyaba y valoraba lo cualitativo, que ordinariamente carece de poder. Este será siempre el desafío del anuncio de la buena noticia, desafío por el que pasó Jesús y es el desafío por donde tiene que pasar la Iglesia. ¿Será que estamos buscando con nuestro trabajo apostólico meros resultados cuantitativos o más bien estamos trabajando para que el pueblo que acompañamos logre dar pasos cualitativos y procesos coherentes en la vida del Reino?

Confederación Internacional Claretiana

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         Jesús había comenzado en Galilea a anunciar su innovador proyecto del Reino. Y como toda propuesta nueva, tuvo al comienzo una gran acogida. Pero ese Reino empezó a exigir conversión, y que las personas cambiasen su interior. Y como toda exigencia, dicho cambio se tradujo en crítica y persecución. Es entonces cuando Jesús comprueba que su propuesta (de cambio personal, y a través de él social) no sólo va a ser rechazada, sino también atacada. Ese es el fondo histórico de la Parábola del Sembrador, que hoy Marcos nos trae a colación.

         Un texto que tal vez nos diga ya poco o nada, por habernos acostumbrado a él, pero que es fundamental para entender la universalidad de la predicación evangélica: la palabra de Dios ha de caer sobre veredas y caminos, entre piedras y abrojos, sobre tierra buena y tierra mala. Pues a nadie debe ser negado el don de la semilla, y porque el más pequeño de los granitos puede llegar a ser una espiga bien compacta. Así, pues, ¿anunciamos nosotros, a los 4 vientos, la palabra de Dios? ¿O la tenemos encasillada y secuestrada en nuestra indiferencia y cobardía, por falta de entusiasmo y de fe?

         La parábola es prácticamente una confesión estremecedora de las dificultades que enfrentaba Jesús, al mismo tiempo que muestra su voluntad decidida por continuar su causa y propuestas. Jesús asemeja su trabajo al de un sembrador que derrocha semillas y energía. Siembra aquí y allá, con la esperanza de que la semilla arraigue, crezca y produzca fruto. Y se da cuenta, desde el principio, que no todos acogen su propuesta, y que la idea del Reino cae en gente superficial o interesada, aferrada a las viejas estructuras o atemorizada. Pero Jesús es valiente y empeñado, a la hora de seguir derrocando esfuerzo, aunque éste se pierda.

         El reino de Dios no tiene medidas humanas de eficacia, sino que ha de ser sembrarlo en todas partes y cualquier tipo de terreno. Es una gracia universal, y Dios Padre no quiere excluir de ella a nadie. Por eso no hay examen de campo, para establecer dónde debe sembrarse. Jesús es fiel a esta lógica, y siembra los contenidos del Reino allá por donde camina, intentando que el cambio verdadero comience en la pequeñez, se desarrolle poco a poco, llegue al fondo más interior, y en su propagación no excluya a las más débiles en esta causa.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 28/01/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A