19 de Enero
Lunes II Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 enero 2026
Mc 2, 18-22
Nos encontramos con un tercer motivo de enfrentamiento de Jesús con los fariseos: después del perdón de los pecados y la elección de un publicano, ahora murmuran porque los discípulos de Jesús no ayunan. Los argumentos suelen ser más bien flojos. Pero muestran la oposición creciente de sus enemigos.
Los judíos ayunaban 2 veces por semana (los lunes y jueves), dando a esta práctica un tono de espera mesiánica. También el ayuno del Bautista y sus discípulos apuntaba a la preparación de la venida del Mesías. Ahora que ha llegado ya, Jesús les dice que no tiene sentido dar tanta importancia al ayuno. Y con unas comparaciones muy sencillas y profundas se retrata a sí mismo:
-él
es el Novio, y mientras esté el Novio, los discípulos están de fiesta; ya
vendrá el tiempo de su ausencia, y entonces ayunarán;
-él es la novedad, luego el paño viejo ya no sirve, y los odres viejos
estropean el vino nuevo.
Los judíos tienen que entender que han llegado los tiempos nuevos y adecuarse a ellos. El vino nuevo es el evangelio de Jesús. Los odres viejos, las instituciones judías y sobre todo la mentalidad de algunos. La tradición (lo que se ha hecho siempre, los surcos que ya hemos marcado) es más cómoda, pero los tiempos mesiánicos exigen la incomodidad del cambio y la novedad. Los odres nuevos son la mentalidad nueva, el corazón nuevo, y esto es lo que les costó a los apóstoles aceptarr, hasta que lograron liberarse de su formación anterior y aceptar la mentalidad de Cristo, rompiendo con los esquemas humanos heredados.
El ayuno sigue teniendo sentido en nuestra vida de seguidores de Cristo. Tanto humana como cristianamente nos hace bien a todos el saber renunciar a algo y darlo a los demás, saber controlar nuestras apetencias y defendernos con libertad interior de las continuas urgencias del mundo al consumo de bienes que no suelen ser precisamente necesarios. Por ascética, por penitencia, por terapia purificadora. Y porque estamos en el tiempo en que la Iglesia "no ve" a su Esposo, en el tiempo de su ausencia visible (hasta su manifestación final).
Por tanto, el ayuno no es un absoluto en nuestra fe. Lo primario es la fiesta, la alegría, la gracia y la comunión. Lo prioritario es la Pascua, aunque también tengan sentido el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo como preparación e inauguración de la Pascua. Así como también el amor supone muchas veces renuncia y ayuno. Pero este ayuno no debe disminuir el tono festivo, de alegría, de celebración nupcial de los cristianos con Cristo, el Novio.
El cristianismo es fiesta y comunión, en principio. Así como en el AT se presentaba con frecuencia a Dios como el Esposo de Israel, ahora en el NT es Cristo quien se compara a si mismo con el Novio que ama a su Esposa, la Iglesia. Y eso provoca alegría, no tristeza.
José Aldazábal
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El evangelio nos recuerda que el ayuno era una práctica religiosa muy importante para los judíos del tiempo de Jesús, especialmente para los más piadosos y observantes: los fariseos y los discípulos de Juan Bautista. Por el ayuno se disponían a escuchar y meditar la Palabra de Dios, a ponerla en práctica. También se ejercitaban en el dominio de las pasiones, en el autocontrol, disponiéndose para la oración y la expiación de los pecados. Por eso se escandalizaban al ver que los discípulos de Jesús no ayunaban como ellos, y le reclamaban a Jesús el que no inculcara esta práctica a sus seguidores.
Jesús les respondió con una imagen muy hermosa: su presencia en el mundo era como un tiempo de bodas, de fiesta nupcial. Él era el novio prometido, y sus discípulos los amigos del novio. Por eso estaban de fiesta y no ayunaban; lo harían cuando les quitaran al novio, cuando lo matasen aquellos mismos que le reclamaban el ayuno. Esta actitud de Jesús implica la novedad del tiempo que él inaugura. Son los tiempos mesiánicos, y el Novio está con nosotros, resucitado de entre los muertos. Y nos eximen de las prácticas ascéticas, siempre y cuando estemos dispuestos a acoger su enseñanza y a comprometernos con ella. Siempre que estemos dispuestos a hacer partícipes a todos de esta fiesta de bodas, entre Dios y la humanidad, entre el cielo y la tierra.
Nelson Medina
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Los discípulos de Juan y los fariseos se encuentran haciendo lo que ordena la Ley, pero los de Jesús están con él, ocupados en asuntos más triviales: están desatendiendo a la ley del ayuno. Jesús va a decir en forma de parábola: mientras se está conociendo la esencia de lo que es el Reino, lo demás puede esperar, hasta cuando se tenga tiempo.
En la sociedad de aquel tiempo, tan rígida y embebida en los asuntos legales, no era bien visto que pudiera haber algo superior a la ley. Y por ello, nada resultaba para ellos más lógico que el legalismo. Las leyes son un instrumento que la sociedad se da a sí misma para estructurarse y sostenerse. Son un producto de la propia sociedad, y reflejan sus intereses y necesidades. Pero pueden apoyar más unos intereses que otros, y pueden también ser el instrumento jurídico que justifique la injusticia en la sociedad.
Eso es lo que ocurría en la sociedad de Jesús, y ése era el papel fundamental (un papel de fundamento) que de hecho jugaba la ley en aquella sociedad. Por eso Jesús cuestiona la ley, y no la acepta ciegamente, sino que la critica, y somete a la medida de una ley superior: la voluntad del amor y misericordia de Dios. Algo puede ser legal, con legalidad humana; pero para Jesús (y para nosotros), la legalidad de las leyes humanas no es la suprema legalidad, sino que ésta viene de Dios, cuya ley es vida y no cortapisas. Cuando Jesús cuestiona la ley, está conmoviendo la sociedad, y ese es el único camino posible para transformarla y curarla.
La parábola del remiendo y el vino nuevo pone de manifiesto la novedad del Reino, la capacidad de riesgo y creatividad que el Reino exige. Querer convertir la propuesta de Jesús en una reforma significa entrar en conflicto con él. Los valores de convivencia que propone el evangelio nunca podrán compatibilizarse con la injusticia. Quienes intentan darle otro significado quedan atrapados en la imposibilidad y el fracaso, y desvirtúan la novedad de Jesús, su Buena Noticia evangélica.
Con su testimonio, Jesús demuestra que la vieja estructura debe ser cambiada de raíz, y que el Reino no ha venido a reformar la ley, ni a poner algo nuevo sobre lo viejo, sino a ponerlo todo nuevo. Todo debe ser nuevo, a partir de Jesucristo.
Servicio Bíblico Latinoamericano
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