8 de Diciembre

Martes II de Adviento

Equipo de Liturgia
Mercabá, 8 diciembre 2026

Mt 18, 12-14

         El breve pasaje de Mateo que leemos hoy, le hace perfecto contrapunto a la lectura de Isaías. Es la Parábola de la Oveja Perdida, de un pastor que arriesga dejar solas 99 ovejas de su rebaño por ir a buscar una pequeña descarriada, y que se alegra mucho más por ella que por las que dejó solas. Para decirnos que Dios no quiere que se pierda ni uno solo de los pequeños hijos suyos. Que se echará al hombro a los corderos mientras hace recostar a las madres.

         La imagen del pastor aparece muchas veces en la Biblia, tanto en el AT como en el NT. Tal vez pueda parecer extraña en algunos países sin cultura pastoril, pero los medios de comunicación nos hacen familiares hasta las imágenes más exóticas, y ésta no lo es; también el arte cristiano nos ha familiarizado a todos con la imagen de Jesús buen pastor, Jesús cuyo nacimiento estamos preparándonos a celebrar.

         En Jesús se realizan, pues, las viejas profecías: el consuelo de Jerusalén, el regreso de los deportados por la vía recta en el desierto, el premio por la paciencia y la esperanza, en los brazos amorosos del buen pastor, de Dios, de Cristo.

         Pero ¿sólo palabras? ¿Y quién consolará a los pobres de sus penas? ¿O quién buscará a las ovejas descarriadas? Se está apelando a nuestra condición de discípulos de Jesús, de hijos de Dios, llamados a realizar en nuestro mundo, en el comienzo de nuestro tercer milenio, las palabras proféticas de Isaías, las parábolas de Jesús.

Juan Mateos

*  *  *

         Esta sencilla parábola que nos presenta hoy el evangelio tiene una doble finalidad: de un lado, se quiere probar la misericordia de Dios para con los pecadores; por ello, está ubicada después de la curación del paralítico, a quien no sólo se le devuelve la salud sino que se le perdonan los pecados (Lc 15, 4-7); y de otro lado, la finalidad que tiene en Mateo es para demostrar el amor que Dios tiene particularmente a los pequeños.

         La afirmación que se hace aquí no es que el Buen Pastor ame a la oveja descarriada más que a las noventa y nueve que permanecieron junto a él, sino que en el momento de recuperarla experimenta un particular gozo y alegría que no siente por las otras.

         El gozo que produce el tener a las noventa y nueve siempre consigo es habitual, mientras que el gozo que produce recuperar la oveja perdida es del momento en que la encuentra; por tanto, mucho mayor, cuanto más grande fue la tristeza al saber que se había descarriado.

         Con la expresión "no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños", no se está refiriendo aquí a los niños sin más, sino más bien a los sencillos, los humildes, los de poca relevancia en el mundo. Jesucristo ha inaugurado el reino de Dios abierto para todos, también para aquellos a quienes se les considera pecadores.

         Y esto porque "Dios quiere que todos los seres humanos se salven, que lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1Tim 2, 4). En efecto, todos pueden salvarse con tal que no opongan resistencia al llamado de Dios. Es él quien los busca, él quien los ayuda con su gracia, él quien los lleva en su corazón.

         Por tanto, siempre es posible el recurso a la buena disposición paterna. Pero esta misericordia, continuamente ejercida sobre cada uno de nosotros, nos exige a la vez, el ejercicio de la misericordia para con las demás miserias humanas. Esto debe producir en nosotros sentimientos de profunda confianza en la bondad de Dios, que por todos los medios busca nuestra salvación.

         La conclusión pedagógica de esta parábola de Mateo se centra en que "lo mismo y en consecuencia, los discípulos de Cristo habrán de cuidar con diligencia y perseverancia a todos los miembros de la comunidad sobre todo a los más pequeños y a los débiles".

Servicio Bíblico Latinoamericano

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