14 de Abril

Martes II de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 14 abril 2026

Jn 3, 5.7-15

         Con afirmaciones cada vez más profundas, Jesús va conduciendo a Nicodemo (y a nosotros) a un conocimiento mejor de lo que significa creer en él. Un conocimiento que nos transmite el que viene de arriba, el enviado de Dios, el que da testimonio del saber profundo de Dios.

         Jesús se queja de la poca fe de "los sabios" de Israel, representados por Nicodemo. En realidad, la escena está contada por el evangelista como prototípica, con Nicodemo hablando como portavoz de los judíos ("nosotros sabemos") y con Jesús como representante de todos ("no aceptáis nuestro testimonio").

         Tras esto, Jesús explica a Nicodemo aquello de que Dios "ha escondido estas cosas a los sabios y las has revelado a los sencillos", aludiendo a que algunos son muy sabios en las cosas de aquí abajo, y unos ignorantes en las de arriba, las que más valen la pena.

         Sobre todo se trata de captar a Cristo en toda la hondura de su misterio pascual: no sólo como profeta o taumaturgo, sino como el que ha bajado de Dios y, después de su muerte en la cruz, sube de nuevo al cielo. Los que sepan ver y creer en Jesús levantado en la cruz y glorificado en el cielo, tendrán vida eterna.

         El diálogo de Jesús con Nicodemo nos hace pensar también a nosotros. ¿Somos de las personas que prefieren vivir en la oscuridad o en la penumbra, precisamente por no aceptar las consecuencias de aceptar la luz? ¿No es verdad que también los hombres de hoy, incluidos "los sabios", a veces prefieren (o preferimos) no saber, no captar la profundidad de Cristo, porque eso nos obligaría a cambiar, a renacer?

         Tal vez muchas personas sencillas, sin gran cultura, sin tantos medios espirituales como nosotros, que no saben mucha teología pero que tienen buen corazón y unos ojos lúcidos de fe, sí están mirando a Cristo Jesús con profundidad, y se dejan influir por él, renaciendo continuamente y creciendo en su vida cristiana.

José Aldazábal

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         En el pasaje de hoy, Nicodemo (como todo hombre colocado ante un misterio) no comprende lo que oye de Jesús, que le habla de una nueva existencia. La maravilla de la realidad cristiana es incomprensible cuando se la juzga con categorías humanas.

         Esto es lógico, y desde las categorías de Nicodemo (y de cualquiera) resulta imposible abordar las realidades divinas. Por eso, hay que acudir a Jesús, el Rabbí (lit. Maestro), que en este caso le dice a Nicodemo: "Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos, y de lo que hemos visto damos testimonio. Y con todo eso, no aceptáis nuestro testimonio".

         En este caso, explica Jesús a Nicodemo el por qué: "Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre". Ningún hombre ha tenido jamás acceso al mundo de Dios. Es absurda, por tanto, la pretensión de tantos maestros y salvadores de nuestro tiempo que intentan transmitir a los hombres la revelación del único camino para la felicidad o la realización personal o la salvación.

         Todas las pretensiones de revelación, en este sentido, son vacías. Sólo el Hijo del Hombre, en razón de su origen divino, puede traer la revelación divina. Sólo Jesús es el revelador y enviado de Dios. Es fundamental, por tanto, la vinculación exclusiva y radical a la persona y obra de Jesús.

         "Y lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna". Cuando se dice que el Hijo del Hombre "tiene que" ser elevado, se está aludiendo a un deber, que es la necesidad mesiánica del sufrimiento. La Iglesia primitiva reconoció en la muerte en cruz de Jesús el pasillo necesario, desde el punto de vista de la historia de la salvación, para que Jesús llegase a la gloria.

         "Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo único, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna". Entregar a su Hijo quiere decir dejarlo en nuestras manos para que hagamos lo que queramos: confiar en él y seguir el camino que él muestra, o rechazarlo. Pues como dice el salmo, Dios "lo puso todo en sus manos (humanas)".

         El Padre, por amor a nosotros, nos entrega a su propio Hijo, el Único, en nuestras manos, y nosotros entregamos a este Hijo único de Dios a la muerte. El Padre no envía al Hijo a la muerte, sino a la solidaridad con todos nosotros. Una decisión que corría un riesgo, que Dios "no escatimó" (Rm 8, 32).

         Si hubiéramos aceptado plenamente el amor de Dios ofrecido en Jesús, aquella venida de Jesús habría sido un acto de amor sólo positivo. Pero como desde nuestra situación de pecado lo hemos rechazado, aquella entrega toma la forma negativa de muerte.

         Jesús, por amor, se ha hecho solidario de los hombres pecadores. Todo aquél que se adhiera a él en esa situación de entrega hasta la muerte y acepta su amor, obtendrá vida definitiva, es decir, nacerá de arriba, recibiendo su Espíritu que brota de su costado.

Noel Quesson

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         Hoy Jesús nos expone la dificultad existente a la hora de conocer la acción del Espíritu Santo, pues éste "sopla donde quiere" (v.8). Tanto, que para hacerlo nos explica Jesús la necesidad de un nuevo nacimiento: "Tenéis que nacer de lo alto" (v.7). Es decir, es necesaria una nueva vida para poder entrar en la vida eterna, y así conocer al Espíritu Santo.

         No es suficiente, pues, con un ir tirando para llegar al Reino del Cielo. Sino que se necesita una vida nueva regenerada por la acción del Espíritu de Dios. Nuestra vida (profesional, familiar, deportiva, cultural, lúdica, y sobre todo de piedad) tiene que ser transformada por el sentido cristiano y por la acción de Dios. Todo ha de ser impregnado por su Espíritu (transversalmente), y nada (absolutamente nada) debiera quedar fuera de la renovación que Dios realiza en nosotros con su Espíritu.

         Una transformación que tiene a Jesucristo como catalizador. Pues él, que antes había de ser elevado en la Cruz y que también tenía que resucitar, es quien puede hacer que el Espíritu de Dios nos sea enviado. Así como él ha venido de lo alto, ha mostrado con muchos milagros su poder y bondad, hace en todo la voluntad del Padre, ha sufrido hasta derramar la última gota de sangre por nosotros (según San Basilio Magno).

         Por otra parte, gracias al Espíritu Santo, nosotros "podemos subir al reino de los cielos", podemos obtener la adopción filial, podemos llamar a Dios abbá (lit. padre), participamos de la gracia y tenemos derecho a participar de la gloria eterna. Hagamos que la acción del Espíritu Santo tenga acogida en nosotros, escuchémosle, y apliquemos sus inspiraciones para que cada uno sea (en su lugar habitual) un buen ejemplo elevado que irradie la luz de Cristo.

Xavier Sobrevia

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         Al dar testimonio de esa fuerza que viene del cielo, Jesús se refiere al Espíritu Santo. Pero no como esa parodia de Dios donde hay mucha permisividad que raya hasta en la tontería en la que están incorporados ritos y oraciones sin contenidos liberadores, huérfanos de toda práctica comprometida con el Reino.

         Por eso la fuerza del Espíritu, como la propone Jesús, es necesario rescatarla para salir de ese apaciguamiento y ser más en el Señor, porque sólo con ella se hace posible el advenimiento del Reino, y porque sólo así somos capaces de apartarnos de las prácticas egoístas generadoras de opresión y muerte para nuestros hermanos.

         A las personas como Nicodemo, auténticas representantes de la manera de ser y pensar de su tiempo, hay que precisarles que sólo a través de la toma de conciencia es posible el encuentro con Dios, porque sólo esa toma de conciencia (lo que también se llama Cielo) viene a ser la presencia permanente del Padre en las personas.

         Según esto, el cielo no es algo que hay que ir a buscar fuera, si no que es una realidad que empieza a palparse dentro de nosotros, desde el mismo momento que uno entra en la conciencia grande y honda de que Dios está con uno y uno está con Dios.

         Es conveniente que en la comunidad quede aclarado que de las cosas que habla Jesús, con respecto al Padre, no vienen de otro sitio distinto sino de ese lugar en el cual el alcanza tal intimidad con el Padre en su conciencia. "Bajar del Cielo" es venir de un encuentro en donde es posible hacerse uno con el Padre. Quien puede hablar y entender esto es sólo quien haya tenido esa experiencia. Este encuentro es lo que nos ayuda a hacer posible la entrega de la vida por el otro.

Juan Mateos

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         En el evangelio de hoy, la pregunta de Nicodemo a Jesús revela cierto escepticismo, y se podría traducir por: ¿Cómo? ¿Acaso esto es posible? Para el grupo que él representa (el fariseísmo), la realidad es inconmovible, todo ya está predicho de antemano, y cualquier cambio está fuera de las posibilidades históricas.

         Como decía un dicho de la época, "al fariseo y al jefe no le cabe en la cabeza la ruptura con el pasado, ni la novedad de lo nuevo". La respuesta de Jesús es una dura crítica contra la mentalidad conformista, típica de los legalistas.

         La comunidad cristiana habla en boca de Jesús, y critica la testarudez de sus opositores, que no aceptan el testimonio de los cristianos.

         El escándalo de la ignominiosa muerte de Jesús, y la forma testimonial y poco erudita de las primitivas enseñanzas cristianas, fueron motivo de burla para judíos y paganos. Incluso fueron motivo de fuertes diferencias en el interior de la comunidad. Sin embargo, ésta continuó y continúa adelante. Con la fuerza del Espíritu nace en la Iglesia una nueva mentalidad: abierta a la novedad, y decidida a hacer realizar el Reino.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 14/04/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A