15 de Abril
Miércoles II de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 15 abril 2026
Jn 3, 16-21
En el diálogo con Nicodemo de hoy, Jesús llega todavía a mayor profundidad en la revelación de su propio misterio. Aquí ya debe ser el mismo evangelista Juan quien introduce su comentario teológico a lo que pudo ser históricamente el diálogo en sí. La fe en Cristo la presenta en 2 vertientes muy claras.
Por parte de Dios, el pasaje de hoy nos dice claramente que todo es iniciativa de amor: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único". Dios ha demostrado históricamente su amor. Quiere la vida eterna de todos: por eso ha enviado al Hijo. Dios ama a todos, al mundo entero.
Ésta es la perspectiva que lo explica todo, desde la Navidad (en que Dios se hace Amor) hasta la Pascua (y toda la historia que viene después). Lo propio de Dios no es condenar, sino salvar. Como se vio continuamente en la vida de Jesús: vino a salvar y a perdonar. Acogió a los pecadores, perdonó a la adúltera, y la oveja descarriada recibió las mejores atenciones del Buen Pastor (dándole siempre un margen de confianza) para que se salvara.
Pero por parte nuestra hay la dramática posibilidad de aceptar o no ese amor de Dios. Una libertad tremenda. El que decide creer en Jesús acepta en sí la vida de Dios. El que decide no hacerlo, él mismo se condena, porque rechaza esa vida. Juan lo explica con el símil de la luz y la oscuridad.
Hay personas (como fue el caso de muchos judíos) que prefieren no dejarse iluminar por la luz, porque quedan en evidencia sus obras y porque saben que esta luz tiene consecuencias para su vida. Y viceversa: la clase de vida que uno lleva condiciona si se acepta o no la luz. La antítesis entre la luz y las tinieblas no se juega en el terreno de los conocimientos. sino en el de las obras.
Cristo ha muerto por todos. Es la prueba del amor que a todos y a cada uno nos tiene Dios. Yo, cada uno de nosotros, soy amado por Dios. He sido salvado por Jesús cuando hace dos mil años se entregó a la muerte y fue resucitado a la nueva vida. Puedo desconfiar de muchas personas y de mí mismo. Pero la Pascua que estamos celebrando me recuerda: tanto me ha amado Dios, que ha entregado por mí a su Hijo. Para que creyendo en él y siguiéndole, me salve y tenga la vida eterna.
Sólo si yo no quiero la salvación o el amor o la luz, quedaré excluido de la vida: pero seré yo mismo el que no quiere entrar a la nueva existencia que me está ofreciendo Dios. La Pascua anual que estamos celebrando, y la eucaristía en que participamos, deberían aumentar nuestra fe en Cristo Jesús y nuestra unión con él. Pues "el que me come permanece en mí y yo en él", y esto debería dar fuerza y aliento a nuestra vida cristiana de cada día.
José Aldazábal
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Las palabras de Jesús en el evangelio de san Juan hacen parte de la conversación con Nicodemo que ayer comenzamos a leer. Fue una conversación nocturna, seguramente a la luz de una pequeña lámpara. Fue también una conversación secreta porque Nicodemo había ido a hablar con Jesús evitando ser visto por sus colegas del Sanedrín y del partido de los fariseos.
Jesús le hace ver su cobardía, pues ha preferido (como tantas veces preferimos nosotros) las tinieblas a la luz. La luz potente del evangelio que trae Jesús a nuestro mundo. Porque nuestras obras malas no resisten ningún examen, por eso las tenemos que hacer a escondidas, tenemos que disimularlas y maquillarlas, si las exponemos a la luz demostrarán nuestra maldad, nuestra codicia y crueldad. Quien hace el bien lo hace libremente, abiertamente, a la luz del mundo, porque no tiene nada de que avergonzarse.
Todo es cuestión de amor, le ha dicho antes Jesús a Nicodemo; el amor de Dios manifestado en el envío de su Hijo único al mundo, no para condenar sino para salvar, para dar vida eterna, salvación. Es un correctivo a la imagen que muchos tienen de Dios, un Dios como el que han descrito los filósofos y los psicoanalistas ateos: la proyección de nuestros temores y remordimientos, de nuestros complejos de culpa por esas acciones ocultas de codicia y crueldad que tanto nos avergüenzan.
Un Dios celoso y cruel que toma los rasgos de las figuras tiránicas de nuestra existencia: el padre irresponsable, el guardián insobornable, el juez inflexible, el jefe o el superior opresivo y tiránico. Pero nada de eso es "el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo", pues "Dios es amor", como dijo lapidariamente el mismo Juan (1Jn 4, 8). Amor que salva y que libera, y que devuelve la dignidad a los ofendidos y humillados de este mundo. Amor luminoso que revela la vergüenza del pecado, y la gloria y la belleza de la virtud.
Juan Mateos
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El evangelio de hoy nos vuelve a invitar a recorrer el camino del apóstol Tomás, que va de la duda a la fe. Nosotros, como Tomás, nos presentamos ante el Señor con nuestras dudas. Pero él se nos hace el encontradizo, se nos adelante y nos interpela: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).
La mañana del día de Pascua, en la 1ª aparición, Tomás no estaba con el grupo de los Once, y no fue hasta "pasados 8 días" cuando Tomás decide hacerles una visita. La indicación está clara: lejos de la comunidad no se conserva la fe. Lejos de los hermanos, la fe no crece, no madura. Si Tomás muestra la honestidad de su duda es porque el Señor no le concedió inicialmente lo que sí tuvo María Magdalena: no sólo escuchar y ver al Señor, sino tocarlo con sus propias manos.
Cristo viene a nuestro encuentro, sobre todo, cuando nos reencontramos con los hermanos y cuando con ellos celebramos la Fracción del Pan, es decir, la eucaristía. Entonces nos invita a "meter la mano en su costado", es decir, a penetrar en el misterio insondable de su vida.
El paso de la incredulidad a la fe tiene sus etapas. Nuestra conversión a Jesucristo (el paso de la oscuridad a la luz) es un proceso personal, pero necesitamos de la comunidad. En los pasados días de Semana Santa, todos nos sentimos urgidos a seguir a Jesús en su camino hacia la cruz. Ahora, en pleno tiempo pascual, la Iglesia nos invita a entrar con él a la vida nueva, con obras hechas según la luz de Dios (Jn 3, 21).
También nosotros hemos de sentir hoy personalmente la invitación de Jesús a Tomás: "No seas incrédulo, sino fiel" (Jn 3, 21). Nos va la vida en ello, ya que "el que cree en él, no es juzgado" (Jn 3, 18), sino que va a la luz.
Manel Valls
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En el evangelio de Juan, el paso de las tinieblas a la luz simboliza la opción ética que debe tomar cada ser humano frente a la realidad del mundo. El pecado de no creer en Jesús consiste en esto, precisamente: en mantenerse deliberadamente del lado de la oscuridad, en no optar por la verdad y por la luz, en no tomar la opción por el Dios de la vida como una decisión categórica y definitiva.
La obra de Dios en el mundo es principalmente el amor. Por esto, entrega a su Hijo para que él dé vida en abundancia a todos los seres humanos. En la medida en que los seres humanos acogen la vida divina, sus obras se iluminan por la verdad.
La defensa incondicional de todos los seres humanos, principalmente de los excluidos y marginados, se convierte en la obra de Dios en el mundo. De este modo, la vida alcanza a todos los seres humanos y los ilumina con la luz de la esperanza.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act:
15/04/26
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