30 de Abril

Jueves IV de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 30 abril 2026

Jn 13, 16-20

         A partir de hoy, y hasta el final de la Pascua, leemos los capítulos que el evangelista Juan dedica a la Ultima Cena de Jesús con sus discípulos. Una cena que empezó con un gesto simbólico muy elocuente: el Lavatorio de los Pies, gran lección de fraternidad y servicio para con los demás. Se trata de la entrañable página que se empieza a leer en Jueves Santo, y que a partir de hoy retomamos con las consecuencias que Jesús quiere que saquemos de todo ello.

         "El siervo tiene que imitar lo que hace su amo", viene a decir Jesús, y "el discípulo lo que ha aprendido de su maestro". Los apóstoles habían visto cómo Jesús se ceñía la toalla (en Jueves Santo), tomaba la jofaina en sus manos, y había ido lavando los pies uno a uno. Y es lo que ahora les recuerda Jesús: que ellos deben hacer lo mismo: "Dichosos vosotros si lo ponéis en práctica".

         También empieza a anunciar cómo uno de ellos, Judas, le va a traicionar. Y repite la idea de que así como el Padre le ha enviado a él, él les envía a ellos a este mundo. El que recibe a los enviados de Cristo, le recibe a él, y por tanto recibe al que le ha enviado, al Padre. La afirmación de la identidad de Jesús se repite también aquí, "para que creáis que yo soy".

         Es fácil admirar el gesto del lavatorio de los pies hecho por Jesús. Y reflexionar sobre cómo ha entendido él la autoridad: "No he venido a ser servido, sino a servir". Pero lo que nos pide la palabra de Dios no son afirmaciones lógicas y bonitas, sino el seguimiento de Jesús, la imitación de sus actitudes. En este caso, la imitación, en nuestra vida de cada día, de su actitud de servidor de los demás.

         En la eucaristía, dándosenos como pan y vino de vida, Jesús nos hace participar de su entrega de la cruz por la vida de los demás. Él mismo nos encargó que celebráramos la eucaristía: "Haced esto". Pero también nos encargó que le imitáramos en el lavatorio de los pies: "Haced vosotros". Ya que comemos su cuerpo "entregado por" y bebemos su Sangre "derramada por", todos somos invitados a ser, durante la jornada, personas "entregadas por", al servicio de los demás. Dichosos nosotros si lo ponemos en práctica.

José Aldazábal

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         Juan acaba de concluir el relato de la escena del Lavatorio de Pies (Jn 13, 1-11) y, según las costumbres, interrumpe un momento la narración para comentar el alcance de este gesto.

         El lavatorio de pies hace resurgir la incompatibilidad entre el trabajo de esclavo que Jesús acaba de realizar y su dignidad personal (v.13). Esta incompatibilidad será la suerte de todas las autoridades en la Iglesia (v.16), porque se presenta como la ley que rige todas las relaciones entre humanos en la comunidad cristiana (vv.14-15). El amor fraternal, en efecto, no es solamente una ley, ni tampoco una imitación de Jesús, es su misma manera de actuar puesta a nuestra disposición.

         Jesús ha llevado a su colmo este amor fraternal, ya que se ha hecho esclavo de aquel que iba a traicionarle y todavía participaba en la comida fraternal de despedida (v. 18). En el momento mismo en que Jesús se despoja de Sí mismo para entregarse a las manos de Judas, revela una dignidad inconmensurable: él es (v.19). Juan jamás ha empujado tan lejos a Jesús en las declaraciones sobre su divinidad.

         Ciertamente, él ya ha reivindicado este título "yo soy" que es divino (Jn 6,35; 8,12.24.58), pero reivindicarlo en un contexto semejante de muerte y traición es muy revelador: Dios es, pero la única prueba que aporta para decir que él es, es la de morir; él es eterno, y la única manera de expresarlo es poner un término a su condición humana; él es poderoso, y el único procedimiento al cual recurre para afirmar este poder es servir a aquel que él podría juzgar y derribar.

         No hay, pues, un Dios eterno y todopoderoso a descubrir por la filosofía. El Dios manifestado por Jesús no es de aquel orden. Él es de una manera totalmente distinta de lo que puede ser un hombre, que le es posible ser en la muerte misma. ¡Dios es muerto y Dios es resucitado, y este es el misterio que se revela de Dios! La muerte es prometida en el rango de la mejor revelación de Dios. El Hijo de Dios, que se beneficia de la vida divina, no puede más que morir en el servicio y el amor fraternal.

Maertens-Frisque

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         El texto de hoy es continuación del relato del Lavatorio de los Pies. En estos 20 vers. del cap. 13 está expuesta la constitución de la comunidad: es la ley fundamental de la iglesia, por la que deberá regirse. No se trata, por tanto, de entender en sentido moral el ejemplo decisivo de Jesús, sino de deducir de ese ejemplo de Jesús y de sus palabras, la ley, el modelo, la estructura fundamental de la comunidad de Jesús: la Iglesia.

         "Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?". Un texto que encaja perfectamente en el comienzo de la lectura de hoy: "Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica".

         Nosotros esto lo sabemos y lo aceptamos como una bella teoría que nos llega a emocionar. Pero Jesús no se fía de las bellas teorías y nosotros tampoco debemos fiarnos, porque las bellas teorías nos engañan falsamente y nos hacen creer que ya seguimos el ejemplo de Jesús porque al escuchar sus palabras nos emocionamos muy fácilmente. Hay que ser realistas y revisar nuestra vida: ¿De qué modo mi vida es un servicio "hasta la muerte" de mi tiempo, de mi dinero, de mi comodidad, de mi razón humana, de mis sentimientos? ¿De quien soy yo "servidor hasta la muerte"?

         "Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy". Se trata de la fórmula de la revelación de Dios a Moisés ("yo soy"), en este caso convertida en una especie de "yo estoy aquí con vosotros". Jesús se ha apropiado este título varias veces en su vida. Pero ahora dice a sus discípulos cuál es el momento en que ellos descubrirán que ese título pertenece realmente a Jesús: cuando Judas lo traicione y lo entreguen a la muerte.

         Jesús es Dios, pero la única prueba que aporta es la de morir, introduciendo así la muerte en la propia revelación de Dios y aludiendo a que "el criado no es más que su amo". La cruz, o servicio a los demás hasta la muerte, es donde se podrá descubrir el poder y experiencia del "yo soy" de Jesús.

Noel Quesson

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         Me quiero fijar en las últimas palabras del texto evangélico de hoy. Es una clara alusión al envío y al apostolado. Jesús es quien envía y a él es a quien anunciamos. Somos meros transmisores e instrumentos de la evangelización. Él nos impulsa, apoya y respalda.

         Al igual que su envío nace de la perfecta identificación con el Padre; nuestro compromiso ha de nacer del entrañamiento con Jesús y su causa: el reino de Dios. La fe, el conocimiento y el amor a Cristo son la fuente de nuestro compromiso como cristianos: testimoniar con nuestro ser y actuar que Jesús es el centro de nuestra vida.

         Hemos recibido un don extraordinario y tesoro que no podemos guardar. Hemos de transmitirlo y compartirlo para que otros participen de esta vida. Y este testimonio ha de traducirse, sobre todo, en servicio gratuito hacia los demás. En nuestro mundo de hoy, donde prima el interés y la eficacia, ¿qué mayor testimonio que la ayuda gratuita, el servicio desinteresado, sin esperar nada a cambio?

         No están de moda estas actitudes, ni este modo de ser y estar, y quizás no nos comprendan. Pero la respuesta a ello también nos la da el evangelio: "El enviado no puede ser más que el que le envió".

Luz García

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         En la bella palabra enviar se indica precisamente lo que suena al pronunciarla: ser puesto "en la vía". Pues bien, Jesucristo es el gran Enviado, como lo destaca especialmente el evangelio de Juan. Quien lo envía (lo "pone en") es el Padre, mientras que él es el enviado (el que "está en" la vía) y nosotros somos el objeto del envío ("la vía" a recorrer). Se trata, por tanto, de una misión larga e imaginable, que parte de la grandeza (infinita) de Dios y desemboca en la pequeñez (finita) de nuestra condición, tanto de viandantes como de pecadores.

         Jesucristo es, por tanto, el que ha tenido que recorrer la distancia inmensa entre el cielo (de Dios) y la tierra (de los hombres), para entrar en nosotros (la vía) e insertar dentro de nosotros su nombre y su gracia.

         En el evangelio que hemos oído, el Enviado nos dice que él se vuelve al Padre, y que a partir de ahora somos nosotros los enviados por él: "Un siervo no puede ser más que su señor, ni un enviado puede ser más que quien lo envió". Mas, por otra parte, "todo el que reciba a quien yo envíe, me recibirá a mí mismo, y al recibirme a mí recibirá al que me envió". Sublime dignidad y profunda humildad; digna sobriedad y sobria dignidad de los enviados del Señor Jesús. ¡Tal es la condición de los discípulos, tal es la esencia de nuestra llamada!

Nelson Medina

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         Hoy, como en aquellos films que comienzan recordando un hecho pasado, la liturgia hace memoria de un gesto que pertenece al Jueves Santo: Jesús lava los pies a sus discípulos (Jn 13, 12). Un gesto que, leído desde la perspectiva de la Pascua, recobra una vigencia perenne. Fijémonos, tan sólo, en 3 ideas.

         En 1º lugar, la centralidad de la persona. En nuestra sociedad parece que hacer es el termómetro del valor de una persona. Dentro de esta dinámica es fácil que las personas sean tratadas como instrumentos; fácilmente nos utilizamos los unos a los otros.

         Hoy el evangelio nos urge a transformar esta dinámica en una dinámica de servicio, en el que le otro nunca sea un mero instrumento. Se trataría de vivir una espiritualidad de comunión, donde el otro (en expresión de Juan Pablo II) llega a ser "alguien que me pertenece" y un "don para mí", a quien hay que "dar espacio". Nuestra lengua lo ha captado felizmente con una expresión: "estar por los demás". ¿Estamos nosotros por los demás? ¿Les escuchamos cuando nos hablan?

         En 2º lugar, el mensaje a comunicar. Pues para una sociedad (actual) de la imagen y de la comunicación, esto no es un mensaje a transmitir un día, sino un trabajo a no parar de desarrollar en el día a día. De ahí que Jesús diga "dichosos seréis si lo cumplís" (Jn 13, 17). Quizás por eso, el Maestro no se limita a una explicación, sino que imprime el gesto de servicio (el lavatorio de los pies) en la memoria de aquellos discípulos, para que este gesto pase también a la memoria de la Iglesia.

         En 3º lugar, un toque de alerta: "El que come mi pan ha alzado contra mí su talón" (Jn 13, 18). En la eucaristía, Jesús resucitado se hace servidor nuestro y nos lava los pies. Pero no es suficiente con la presencia física. Hay que aprender en la eucaristía y sacar fuerzas para hacer realidad aquello que decía San Fulgencio de Ruspe: "Habiendo recibido el don del amor, muramos al pecado y vivamos para Dios".

David Compte

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         Esta perícopa forma parte del relato del Lavatorio de los Pies, acción con la cual Jesús quiere dejar claro a los apóstoles que el servicio es la misión a la que están invitados. Los versículos siguientes se refieren a la identificación que se crea entre Dios, su enviado y los que se comprometen con su invitación.

         Las acciones son las que establecen el vínculo que los une. Contrariamente a lo que ocurriría en el caso de un Dios lejano y autoritario, se nos ofrece ser dioses o hijos de un Dios que quiere entregarse a los demás a través del servicio.

         En los sinópticos (Lucas y Mateo) están escritas las bienaventuranzas, que Juan resume muy acertadamente al referirse a la dicha que acompañará a quien actúe como actúa quien lo envió a él (Dios Padre). Es Jesús la figura que nos acerca a Dios porque lo transparenta en cada acercamiento al ser humano.

         Jesús es coherente, y sus palabras son ratificadas por su quehacer. Quien sigue su ejemplo se acerca a Dios, y quien es receptivo a las palabras y al actuar de Jesús recibe también a quien lo envió. Dios, su hijo y sus discípulos serán uno sólo, sus vidas son el parámetro para evaluar si es cierta esta unidad.

         Actuar como Jesús actuó será la mayor dicha que puede alcanzar un ser humano. Sentirá en su interior la alegría de conocer verdaderamente a Dios, que es libertad, armonía, solidaridad y justicia. Será el fin de una existencia sin sentido, de un "vivir por vivir". Pero la dicha de seguir a Jesús, si el compromiso es real, traerá también dificultades.

         En una sociedad donde los valores de Jesús obstaculizan los planes de los poderosos, se generarán fuerzas opuestas a todo quien lo siga . Pero si la decisión de comprometerse con la causa del Todopoderoso fue tomada a conciencia, se correrá el riesgo de correr la suerte de Jesús. Cada vez que una persona le tienda su mano a un perseguido por la causa de Dios, se estará acercando a él.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 30/04/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A