4 de Febrero
Miércoles IV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 4 febrero 2026
Mc 6, 1-6
Por 1ª vez después de la constitución del nuevo Israel (Mc 3, 13-19), Jesús va a reanudar el contacto con el público de las sinagogas de Galilea. En la 1ª ocasión en que tuvo ese contacto la reacción fue favorable (Mc 1, 21-28); en la 2ª intentó liberar al pueblo de la opresión legalista (Mc 3, 1-7). Ahora, cuando ya ha propuesto su alternativa para los oprimidos paganos y judíos, vuelve al ámbito de la sinagoga para exponer esa alternativa a los integrados en ella, esperando que le den su adhesión.
No se nombra a Nazaret, porque su tierra/patria es el pueblo judío y, en particular, Galilea. Esta sinagoga representa todas las de esa región, donde Jesús ha ejercido su actividad (Mc 1, 39). Cuando llega a "su tierra", sin embargo, nadie acude a él (Mc 2,l; 4,1; 5,20), insinuándose ya el rechazo que va a experimentar.
Cuando llegó el día de precepto se puso a enseñar en la sinagoga. La mayoría, al oírlo, decían impresionados: "¿De dónde le vienen a éste esas cosas? ¿Qué clase de saber le han comunicado a éste, y qué clase de fuerzas son esas que le salen de las manos?".
El 1º contacto con la gente lo tiene el día de precepto, en el que todos están obligados a asistir al culto sinagogal. La escena tipifica la actitud hacia Jesús de la mayoría del pueblo practicante, que está identificado con la postura de los letrados (Mc 3, 22).
Están de nuevo impresionados por su enseñanza, pero no reconocen que su autoridad sea la del Espíritu. Cuando hablan de él, no pronuncian su nombre, y lo designan sólo con pronombres despectivos hacia su persona y actividad (éste, eso). Si ahora no ven que su autoridad provenga de Dios ("¿de dónde le vienen a éste esas cosas?"), se deduce que no puede ser más que del demonio ("es un agente de Belcebú"; Mc 3,22), y por eso dan un sentido peyorativo a su saber (magia) y actividad (no hace prodigios, sino que "le salen de las manos", como instrumento de otro).
La gente pone como excusa que Jesús es "el carpintero, el hijo de María" y "el hermano de Santiago, José, Judas y Simón", y que "sus hermanas viven aquí con nosotros". Y se escandalizaban de él. Lo llaman "el hijo de María", como si fuese indigno de llamarse hijo de José, y lo equiparan a sus parientes más próximos (sus hermanos, sus hermanas). En definitiva, les resulta intolerable que uno como ellos, sin títulos reconocidos, se erija en maestro y actúe como lo hace. El rechazo de los judíos practicantes es total.
El cambio de actitud respecto al pasado se debe a que, en el intervalo, el centro de la institución religiosa ha emanado una sentencia contra Jesús (Mc 3, 22.30), y los que una vez habían reconocido en él la autoridad del Espíritu (Mc 1, 22) se han plegado a esta sentencia.
Los fieles de la sinagoga se han identificado de nuevo con los letrados, sus opresores. La institución religiosa, a la que ellos mismos inicialmente habían negado crédito (Mc 1, 22), ha vuelto a imponerles su autoridad. Se les ha dicho taxativamente que, a pesar de las acciones que realiza, Jesús integra en su comunidad a los impuros y niega validez a las instituciones e ideales de Israel, y por eso no puede ser un enviado de Dios, sino un enemigo suyo (Mc 3, 22). En consecuencia, el que al principio habían visto como un profeta no es ahora más que un impostor, un agente del demonio.
A todos ellos, Jesús les dijo: "No hay profeta despreciado, excepto en su tierra, entre sus parientes y en su casa". Y no le fue posible fundar allí el reino de Dios, limitándose tan sólo a curar a unos cuantos postrados (aplicándoles las manos).
Jesús, por su parte, se presenta como profeta, es decir, como inspirado por el Espíritu de Dios, desmintiendo la acusación de magia. Pero la falta de fe impide casi completamente su actividad (curó a unos pocos postrados), y hace que Jesús quede sorprendido "por su falta de fe".
Desde entonces, Jesús no volverá ya nunca más a Nazaret, ni pisará una sinagoga judía. Respecto a este 2º dato, posiblemente lo hizo por los propios instructores religiosos, que fueron los primeros en ponerle obstáculos. De hecho, tanto tiempo han estado éstos sin criterio propio (infantilismo), que no se fían de sí mismos ni de su experiencia, y se dedican a emitir juicios contrarios sin más, sin ninguna vacilación. Sin embargo, no todo está perdido, y hay mucha gente del pueblo, alejada de la institución religiosa y residente en la periferia, que sigue escuchando su enseñanza.
Juan Mateos
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A partir de hoy, y durante 3 capítulos más, Marcos nos va a ir presentando cómo reaccionan ante la persona de Jesús diferente tipos de personas. Antes lo habían hecho los fariseos, después el pueblo en general, y ahora los más allegados.
De nuevo se ve que Jesús no tiene demasiado éxito entre sus familiares y vecinos de Nazaret, pues admiran sus palabras, no dejan de hablar de sus curaciones milagrosas, pero no aciertan a dar el salto, poniendo las excusas de que es carpintero, es "hijo de María" o sus parientes son sus paisanos. Con todo, ¿cómo se puede explicar lo que hace y lo que dice? La respuesta la da el evangelista: "Desconfiaban de él". No llegaron, pues, a dar el paso a la fe, y Jesús "se extrañó de su falta de fe". Tal vez, si hubiera aparecido como un Mesías más guerrero y político, lo hubieran aceptado.
Se cumple una vez más el dicho de que "vino a los suyos, y los suyos no le recibieron", o como expresa el propio Jesús, "nadie es profeta en su tierra". Ya el anciano Simeón lo había dicho a sus padres: que Jesús iba a ser piedra de escándalo, y señal de contradicción.
Lo de llamar hermanos a Santiago, José, Judas y Simón (por lo visto, parientes de Jesús, por vía de José) bien pudiera aludir a que eran primos, y de 2 de ellos nos hablará más adelante Marcos (Mc 15, 40).
Equivalentemente, nosotros somos ahora "los de su casa", los más cercanos al Señor, los que celebramos incluso diariamente su eucaristía y escuchamos su Palabra. ¿Hará Jesús milagros en nosotros, o se extrañará de nuestra falta de fe? ¿No es verdad que otras personas, más alejadas de la fe, nos podrían ganar en generosidad y entrega?
La familiaridad y rutina son a veces enemigas del aprecio y del amor, y nos pueden impedir reconocer la voz de Dios en los mil pequeños signos cotidianos de su presencia (en las noticias, en la naturaleza, en los compañeros de trabajo...), a veces muy sencillos e insignificantes, pero ricos en dones espirituales y verdaderas profecías de Dios.
Tal vez podemos defendernos de tales testimonios, como hicieron los vecinos de Nazaret, e incluso poner la excusa de que "éste era carpintero", y seguir tranquilamente nuestro camino. Por esa vía, cualquier explicación nos resultaría válida ("no está en sus cabales", "es un fanático"...). Todo, menos aceptarle a él, y mucho menos su mensaje (porque resulta exigente e incómodo, o sencillamente no entra dentro de su mentalidad). Pues reconocer a Jesucristo como el enviado de Dios, supone aceptar también lo que está predicando sobre el Reino, lleno de novedad y compromiso.
José Aldazábal
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Jesús regresa hoy a su tierra con sus discípulos, no repara en las leyes judías y se pone a enseñar en la sinagoga de una manera sorprendente para los concurrentes, quienes no se explicaban de dónde le venía tanta sabiduría y los milagros que realizaba. Él, tan conocido, no era descendiente de sabios ni de sacerdotes, así que todos se mostraban incrédulos ante sus palabras. Sobre todo alguna gente muy cercana a él, como algunos de sus familiares, que parecían ser los más acuciados en la no aceptación de la propuesta del Reino.
A nosotros nos puede suceder como a los paisanos de Jesús en Nazaret. Él fue a predicar en su sinagoga y no le escucharon, pues no podían creer que "un hijo de vecino" como él, de quien conocían toda la parentela, pudiera tener algo importante que decirles, o ser un enviado de Dios, o hacer milagros en nombre de Dios. El refrán con que Jesús caracteriza la incredulidad de sus paisanos, bien puede aplicársenos a nosotros: "Nadie es profeta en su propia tierra".
¿No estaremos acostumbrándonos al evangelio que oímos cada día? ¿No nos pasan de lado las palabras de Jesús invitándonos a la solidaridad, al compromiso con los demás, al perdón, a la confianza en la bondad y en la providencia de Dios? ¿No juzgamos mal a quienes se toman en serio eso de ser cristianos, y nos parece que exageran, que buscan protagonismo, que son imprudentes?
La escena evangélica que propone hoy Marcos, ante nuestros ojos, no es una simple anécdota del pasado o de la vida de Jesús. Es una advertencia para que estemos siempre atentos a reconocer a Jesús, la novedad de su palabra, su presencia en la comunidad y en aquellos que se afanan por servir a los demás, realizando nuevamente los milagros de la misericordia y de la acogida.
Servicio Bíblico Latinoamericano