3 de Junio
Miércoles IX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 3 junio 2026
Mc 12, 18-27
Al Partido Saduceo pertenecían 2 grupos del Sanedrín o Consejo Judío: los senadores (seglares) y los sumos sacerdotes (religiosos). Desde el punto de vista político, los saduceos eran partidarios del orden establecido (en el que tenían un papel hegemónico) y colaboracionistas con los romanos (con los que mantenían un difícil equilibrio de poder). Y a nivel religioso rechazaban la tradición oral (a la que los fariseos atribuían autoridad divina; Mc 7, 5.8.13) y se mantenían abiertos respecto a la cultura helenística.
No creían los saduceos en ninguna noción de vida después de la muerte, ni siquiera la noción bíblica. Y su horizonte se ceñía a esta vida, procurando mantener en ella su posición de poder y privilegio. Su pecado era el materialismo, pues sus objetivos en la vida eran el dinero y el poder, anejos a la posición social que ocupaban (Mc 10,1-12).
Pues bien, nos dice el texto de hoy que los saduceos se acercan a Jesús y lo llaman maestro, pidiéndole que resuelva un caso teórico que, sin duda, refleja una larga controversia entre el Partido Saduceo y el Partido Fariseo. Ellos (los saduceos) sostienen que todo acaba con la muerte, y el caso que proponen demostraría lo absurdo de la creencia en la resurrección, sostenida por los fariseos (quienes concebían la vida futura como una continuación de la vida mortal. Mencionan la Ley del Levirato, instituida por Moisés). Y a continuación, proponen un caso con la intención de dejar en ridículo la doctrina del Partido Fariseo.
La respuesta de Jesús es dura, y mostró a los dirigentes de la nación (y del templo) que estaban en un error por 2 razones: porque ignoran la Escritura ("lo que Dios ha dicho") y porque no conocen la fuerza de Dios ("lo que Dios hace"), que es el dador de vida (Mc 5, 30). Y todo ello porque no tienen experiencia de la acción de Dios. La denuncia de Jesús es tremenda, porque deja a las autoridades religiosas supremas (los que se llaman a sí mismos representantes de Dios, administrando el templo y ejerciendo el culto) como analfabetos de Dios y de la Escritura, e ignorantes de su palabra y acción.
De paso, corrige Jesús la doctrina farisea en 2 aspectos, sobre el estado del más allá (que no será una prolongación de su estado presente) y sobre el hombre del más allá (que no se transmitirá por generación humana sino que se recibirá directamente de Dios; Job 1,6; 2,1; 32,7; Dn 3,21-91).
Al mismo tiempo, precisa Jesús el cuándo de la resurrección. Y así, mientras los saduceos (ateniéndose a la doctrina farisea) hablan de ella en futuro ("¿de cual de ellos será mujer?"), Jesús habla en presente ("son como ángeles"). La resurrección no es, pues, un mero acontecimiento lejano, sino la continuación de la vida tras la muerte, y se está verificando ya desde ahora. Ahí está la fuerza de Dios, que Jesús demuestra que los saduceos no conocen.
Les demuestra también Jesús a los saduceos que desconocen por completo la Escritura, que habla de la vida después de la muerte en uno de sus pasajes más importantes: "Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob" (Ex 3, 6.15). Y esto cuando habló Dios a Moisés, aludiendo a que los patriarcas seguían vivos. El Dios de Jesús es el Dios de la vida, porque su fuerza es fuerza de vida.
Juan Mateos
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Atravesado el umbral de la muerte para el creyente se abre el infinito horizonte de la comunión plena con Dios. Por eso cada cristiano puede confesar con el salmista su confianza en el Dios de la vida: "No abandonarás mi vida el sheol, ni dejarás a tu fiel experimentar la corrupción. Me enseñarás la senda de la vida, me llenarás de alegría en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha" (Sal 16, 10-11).
El evangelio narra una disputa de Jesús con un grupo de saduceos, "que niegan la resurrección" (v.18). A este grupo pertenecían las grandes familias sacerdotales y la aristocracia laica. Se distinguían por ser fuertemente tradicionalistas. Además de no aceptar la resurrección de los muertos, negaban la existencia de los ángeles (Hch 23, 8) y sólo aceptaban la ley escrita (el Pentateuco) y no el código legal oral que seguían los fariseos. En síntesis, se distinguían por no aceptar los desarrollos últimos de la tradición y del patrimonio de la fe de Israel.
Para poner en ridículo la creencia en la resurrección de los muertos, proponen los saduceos a Jesús un caso extremo de aplicación de la Ley del Levirato, atribuida a Moisés y según la cual la muerte de un hombre que no había dejado descendencia, comprometía a su hermano a casarse con la viuda con el fin de garantizar una descendencia al difunto (vv.19-23).
En 1º lugar, Jesús hace ver a sus interlocutores que están en un profundo error, debido a que no conocen ni interpretan bien las Escrituras, lo cual les lleva a ignorar el misterio de Dios y su poder (v.24). Para Jesús aquellos saduceos que desconocen e interpretan mal la Palabra de Dios viven "en un gran error" (v.27). En 2º lugar, ofrece una respuesta articulada en dos momentos, fundamentándose en el principio del poder y de la fidelidad de Dios.
En una 1ª respuesta, construida a partir de la contraposición de signo apocalíptico entre 2 eones (épocas), Jesús declara que en la resurrección (vida futura) hay una lógica de vida distinta a la existencia histórica (vida presente): "Cuando los muertos resuciten, ni ellos tomarán mujer, ni ellas tomarán marido, sino que serán como ángeles en los cielos" (v.25). Es decir, siendo inmortales no tendrán ya necesidad de procrear. La institución matrimonial no tendrá ya razón de existir en una condición en la cual el hombre y la mujer participan plenamente de la misma vida de Dios.
Jesús se opone así a una idea de resurrección concebida según los patrones de la vida mortal, tal como era vista en algunos ambientes populares y fariseos. Para Jesús la resurrección no es la simple continuación de la vida presente, sino una etapa de plenitud que transforma a la persona humana radicalmente gracias a la comunión escatológica con la vida y el amor de Dios y que difícilmente lograremos entender desde nuestra lógica terrena y nuestras realidades cotidianas.
En una 2ª respuesta, Jesús con sobriedad, sin utilizar los razonamientos llenos de fantasía de los ambientes apocalípticos, utiliza explícita y únicamente la Escritura para describir la identidad de Dios (Ex 3, 6.15.16).
Jesús cita el Éxodo, un libro del Pentateuco y la única parte de la Escritura aceptada por los saduceos. Hace alusión al encuentro de Moisés con Dios en la zarza, para evocar la fidelidad de Dios a las promesas de la Alianza, unas promesas que no pueden quedar incumplidas a causa de la muerte: "Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos" (v.26). Si los padres de Israel hubieran terminado en la muerte, Dios sería un Dios de muertos, mostrándose al mismo tiempo infiel a las promesas de la Alianza.
El razonamiento de Jesús podría parecer extraño a 1ª vista. El problema que le plantean es la resurrección de los muertos y él habla de Dios, pero en realidad la fe en la resurrección depende de la imagen que se tiene de Dios. No es sólo un problema antropológico que se resuelve respondiendo filosóficamente a las preguntas de quién es el ser humano y cuál es su destino. Es ante todo un problema teológico. Para él, la resurrección de los muertos se fundamenta en el poder de un Dios que es vida y amor, quien en virtud de la comunión de vida que ha querido establecer con los seres humanos, no los abandona a la muerte sino que los conduce a una vida sin fin.
Emiliana Lohr
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Vemos hoy cómo los enemigos de Jesús vuelve otra vez a la carga, en este caso los saduceos. Eran estos los guaperas de la elite social judía, aunque no por eso estaban exentos de la mezquindad de la casuística, ni de la mala uva de tratar de tender trampas a Jesús. Decididamente, Jesús no lo tuvo nada fácil, y la gente que almacenaba algo de poder (aunque fuese ridículo) chocaba con su mensaje.
Estos saduceos no creían en la resurrección de los muertos. Sólo aceptaban la pervivencia de los hombres en sus hijos que engendraban, y que continuaban su sangre; es decir, era más un pervivir de la especie que un vivir detrás de la muerte de cada hombre y mujer. Algo de esto quería Unamuno cuando pretendía continuar viviendo en sus personajes.
Y para tender la trampa a Jesús, recurren a la Ley del Levirato (Dt 25, 5): "Si unos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin descendencia, la mujer del difunto no se casará fuera con un extraño; su cuñado debe ir adonde ella y tomarla por mujer". Una vez más, la mirada y la palabra de Jesús sobrevuela por encima de los empeños chatos e interesados. Hay que penetrar en el poder de Dios. Dios es Dios de vida, Dios de vivos, Dios que engendra vida, Dios que vence a la muerte. Si decimos que el amor es más fuerte que la muerte, ¿cómo Dios no va a poder engendrar hombres nuevos, o resucitados?
Hay que dejar de hozar en disquisiciones ridículas que no dan fruto ni mejoran a nadie. Gracias a Dios, ya ninguno te interrumpe con preguntas irrisorias sobre qué hacía Dios antes de la creación o, si Dios sabe nuestro futuro, ¿por qué creó a los que se iban a condenar? Y hasta, por preguntar, nos podemos interesar por el sexo de los ángeles.
Para recrear el don de Dios, y para dar testimonio de nuestro Señor, o tener parte en los duros trabajos del evangelio, Jesús nos eleva hoy la esperanza: Dios "destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal". ¿Y todavía hay tiquismiquis perdidos en fantasías?
Conrado Bueno
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Escuchamos hoy la palabra de Cristo sobre la resurrección y propiedades de los cuerpos resucitados. En efecto, el evangelio nos narra el encuentro de Jesús con los saduceos, quienes (mediante un caso hipotético rebuscado) le presentan una dificultad acerca de la resurrección de los muertos, verdad en la cual ellos no creían. Y le plantean que, si una mujer enviuda 7 veces, "¿de cuál de ellos será mujer?" (Mc 12, 23).
En el fondo, los saduceos no buscan ridiculizar a Jesús sino la doctrina sobre la resurrección. Mas el Señor deshace tal compromiso doctrinal, al exponer que, "cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos" (Mc 12, 25).
Jesús aprovecha también la oportunidad que se le brinda, reafirmando (por si había alguna duda) la existencia de la resurrección y citando lo que le dijo Dios a Moisés en el episodio de la zarza: "Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". Y agregando: "No es Dios un Dios de muertos, sino de vivos" (Mc 12, 26-27). Demuestra así Jesús la gran contradicción en la que están los que niegan la doctrina, pues o no entienden la Escritura o no entienden a Dios, ya que esta verdad doctrinal está en la esencia de la revelación de Dios. Así lo enseñaron Moisés, Isaías, la madre de los Macabeos, Job y otros tantos.
San Agustín describía así la vida de eterna y amorosa comunión: "No padecerás allí límites ni estrecheces al poseer todo; tendrás todo, y tu hermano tendrá también todo; porque vosotros dos, tú y él, os convertiréis en uno, y este único todo también tendrá a Aquel que os posea a ambos".
Nosotros, lejos de dudar de las Escrituras y del poder misericordioso de Dios, adheridos con toda la mente y el corazón a esta verdad esperanzadora, nos gozamos de no quedar frustrados en nuestra sed de vida, plena y eterna, la cual se nos asegura en el mismo Dios, en su gloria y felicidad. Ante esta invitación divina no nos queda sino fomentar nuestras ansias de ver a Dios, el deseo de estar para siempre reinando junto a él.
Federico Alcamán
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Los fariseos creían en el más allá, mientras los saduceos (tanto los pertenecientes a la clase sacerdotal, como los senadores laicos de Israel) pensaban que no hay otra vida y que Dios premia a los buenos en este mundo con dinero y descendencia. Dado lo incómodo de la doctrina social de los profetas y sus reivindicaciones de justicia, los saduceos tampoco aceptaban la autoridad de los escritos proféticos, mostrándose además colaboradores del poder romano, como garantía para conservar sus privilegios.
Hoy son saduceos los que se acercan a Jesús con la finalidad de mostrar que la creencia de los fariseos en el más allá no tiene consistencia. Y le plantean para ello un caso teórico basado en la Ley del Levirato por la que cuando uno muere sin descendencia, su hermano debe casarse con la viuda para darle descendencia. Se trata del caso extremo de una viuda, que se casa con los 6 hermanos de su marido que mueren sin dejarle descendencia. ¿De cuál de ellos va a ser mujer en el más allá, si lo ha sido de todos en este mundo?
Jesús les muestra su equivocación, porque entienden el más allá como una simple continuación de esta vida, como creían los fariseos: allí no habrá ni matrimonio ni procreación, pues todos serán como ángeles de Dios, de quien reciben directamente la vida inmortal. Y además, la vida resucitada no es algo del futuro, sino que es la misma vida presente que se perpetúa tras la muerte.
Con esta respuesta, Jesús les muestra que los saduceos (muchos de ellos dirigentes del templo) no conocen ni saben interpretar la palabra de un Dios para quien los patriarcas están vivos o resucitados, de un Dios de vida, que no puede permitir que sus hijos permanezcan para siempre en la muerte. ¿Lo creemos nosotros de verdad? Y si lo creemos ¿vivimos para dar, contagiar, fomentar y promover la vida allí donde estemos?
José A. Martínez
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A modo de burla, los saduceos ridiculizan la creencia en la resurrección con una tonta historia de una mujer que se ha casado varias veces. Cristo toma el argumento no sólo para reafirmar la verdad de la resurrección sino para enseñarnos sobre el destino del amor humano.
La parte más impresionante de las palabras de Cristo, en mi concepto, es aquella forma de hablar: "No se casarán, porque serán como los ángeles". Aquí hay algo muy profundo sobre la naturaleza del matrimonio. La razón por la que no hay matrimonio más allá de la muerte es porque tampoco hay más muerte en aquellos considerados dignos de la resurrección.
Es decir, el matrimonio es un remedio contra la muerte mientras no ha llegado a la muerte. Los que ya no pueden morir no necesitan de ese remedio, sino que reciben la vida de la fuente de la vida (como los ángeles) y no a través de las expresiones mediadas de esa vida (por vehículo del amor humano). Entonces el matrimonio es un modo de acercarse al amor fontal, al amor original que da la vida. Una vez que accedemos a ese amor en la resurrección, no cabe propiamente la mediación. Ya en el cielo todo es inmediato.
Nelson Medina
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Los saduceos, tal y como le dice Jesús en este evangelio, no han entendido las Escrituras. Pues piensan que en la vida eterna seguiremos con las estructuras sociales que vivimos ahora. La asumen como una reproducción en el cielo de lo que tenemos aquí en la tierra. Más sin embargo Jesús aclara que en el día de la resurrección de los muertos ya no será necesario casarse pues seremos como ángeles. Nuestra vida se centra demasiado en preocupaciones futuras y nos olvidamos de vivir el presente tal y como Dios quiere que lo vivamos. Vivamos para acumular un tesoro en el cielo.
Una de las cosas que siempre han cuestionado y preocupado al hombre es su destino final. ¿Qué pasa después de la muerte? Para el cristiano, la respuesta de Jesús ilumina este misterio y lo hace vivir en paz, pues ahora sabe que no existe la muerte sino simplemente una transformación. El hombre creado por Dios vivirá para siempre. La muerte dispone al hombre para disfrutar la eternidad.
Contrariamente a otras filosofías y teologías, el cristianismo está basado en la revelación de Dios, y afirma (y esta es nuestra esperanza) que al ocurrir la muerte física, Dios nos resucitará de manera semejante a como lo hizo con Jesús. Nuestro cuerpo volverá a tomar su carne, será nuestro mismo cuerpo pero ahora será un cuerpo glorificado, un cuerpo que no sufre más, un cuerpo que no puede ya experimentar la muerte.
Ciertamente, no podemos entender perfectamente este misterio, ni cómo será, o qué significa tener un cuerpo glorificado. Sin embargo le creemos a Jesús, creemos que su palabra se cumplirá y que nuestra existencia perdurará para siempre pues nuestro Dios no es un Dios de muertos sino de vivos.
Ernesto Caro
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Escuchamos hoy otra pregunta hipócrita dirigida a Jesús, dictada no por el deseo de saber la respuesta, sino para hacer caer y dejar mal a Jesús. Esta vez, por parte de los saduceos, que no creían en la resurrección. Y el caso que le presentan es bien absurdo: la Ley del Levirato (de levir, lit. cuñado; Dt 25) llevada hasta consecuencias extremas, la de los 7 hermanos que se casan con la misma mujer porque van falleciendo sin dejar descendencia.
También aquí Jesús responde desenmascarando la ignorancia o la malicia de los saduceos. A ellos les responde afirmando la resurrección: Dios es Dios de vivos. Aunque matiza esta convicción de manera que también los fariseos puedan sentirse aludidos: ellos sí creían en la resurrección pero la interpretaban demasiado materialmente. La otra vida será una existencia distinta de la actual, mucho más espiritual. En la otra vida ya no se casarán las personas ni tendrán hijos, porque ya estaremos en la vida que no acaba.
Lo principal que nos dice esta página del evangelio es que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Que nos tiene destinados a la vida. Es una convicción gozosa que haremos bien en recordar siempre, no sólo cuando se nos muere una persona querida o pensamos en nuestra propia muerte.
La muerte es un misterio, también para nosotros. Pero queda iluminada por la afirmación de Jesús: "Yo soy la resurrección y la vida: el que crea en mí no morirá para siempre". No sabemos cómo, pero estamos destinados a vivir, a vivir con Dios, participando de la vida pascual de Cristo, nuestro hermano.
Esa existencia definitiva, hacia la que somos invitados a pasar en el momento de la muerte ("la vida de los que en ti creemos no termina, se transforma"), tiene unas leyes muy particulares, distintas de las que rigen en este modo de vivir que tenemos ahora. Porque estaremos en una vida que no tendrá ya miedo a la muerte. Es ya la vida definitiva. Jesús nos ha asegurado, a los que participamos de su eucaristía: "El que me come, tendrá vida eterna, yo le resucitaré el último día". La muerte no es nuestro destino, y estamos invitados a la plenitud de la vida.
José Aldazábal
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De lo que escribió Moisés en la ley, los saduceos que aparecen hoy el evangelio proponen a Jesús las prescripciones acerca del levirato (Dt 25, 5). Según esto cuando una mujer quedaba viuda sin hijos, los hermanos del marido muerto, sucesivamente tenían obligación de casarse con ella.
Como un hombre tenía varías esposas, el hecho de que estuviera casado no implicaba ningún problema. El primogénito de la mujer con su cuñado debía llevar el nombre del marido muerto. Si el hermano mayor del difunto rehusaba cumplir este deber, otro hermano debía remplazarlo. Al cuñado que se negaba a tomarla como esposa, la mujer debía delante de los ancianos escupirle en la cara y quitarle el calzado del pie diciéndole: "Así se hace con el hombre que rehúsa edificar la casa de su hermano". Por eso su familia será llamada la "casa del descalzado".
El caso que exponen habla de una viuda que se casó sucesivamente con 7 cuñados, sin que hubiera tenido prole de ninguno. Después de la muerte de la mujer, cuando ocurra la resurrección de ella y los 7 maridos que tuvo, ¿de cuál de ellos deberá ser esposa?
La respuesta de Jesús es una respuesta coherente. Al principio y al final Jesús hace caer en la cuenta que los saduceos que han planteado la cuestión andan muy equivocados frente al tema de la resurrección. Ellos concebían la resurrección de los muertos como un regreso a esta vida y a sus condiciones. Pero el poder de Dios alcanza para mucho más.
Ellos suponen que los resucitados tomarán esposas y que las resucitadas tomarán marido. Pero no es así. Esa condición de la vida era propia de la historia israelita; no es por tanto la situación definitiva, ni lo que debe ser plenificado en la resurrección. Por eso Jesús, al tratar el tema de la resurrección, recurre a Ex 3,6, donde se plantea el problema de la resurrección y se declara a Dios Señor de la vida y no de la muerte.
Confederación Internacional Claretiana
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Los saduceos pretenden hoy, por medio de artilugios verbales, ridiculizar a Jesús, con algo que para ellos no está dentro de sus presupuestos intelectuales: el tema de la resurrección. Su desbordado legalismo, que los ata a sus tantos intereses, considerados por ellos de vital importancia, no les permite pensar en una transformación. Cuando abordan la cuestión de la resurrección, piensan que ésta consiste en un reanimamiento del cuerpo en la cual deben ir incluida todas las apetencias humanas.
Para los doctores de la ley del templo judío, la resurrección era asumida sólo como un proceso físico. Jesús les hace caer en el error en que están ya que estos interpretan las escrituras al pie de la letra. Su fundamentalismo, interesado y pernicioso, les dificulta entender cómo actúa el poder de Dios capaz de liberar al ser humano de las opresiones que lo deshumanizan.
Para los cristianos de todas las épocas el misterio de la resurrección ha sido siempre asimilado, como en el texto de Jesús de hoy, como un proceso de transformación, que por opción se empieza a gestar en la vida terrenal de la persona. Y se ha defendido siempre que, de acuerdo al tipo de vida terrena que se haya llevado, se accederá o no al premio de la vida eterna. En efecto, el Dios que Jesús da a conocer hoy es un Dios "dador de vida", que desea que las personas vuelvan a nacer con nuevos valores de vida y justicia. El dios de los saduceos, que aprueba los intereses egoístas (acaparamiento de poder, riqueza...) es un Dios de muerte.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act:
03/06/26
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ordinario
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M U R C I A
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