5 de Junio
Viernes IX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 5 junio 2026
Mc 12, 35-37
Tras una serie de controversias y preguntas, Jesús reanuda su enseñanza en el templo (Mc 11, 17). Desde la entrada en Jerusalén y la aclamación mesiánica de la multitud (Mc 11, 9), estaba pendiente la cuestión de su mesianismo. Ahora Jesús la aborda, poniendo públicamente en duda la validez de la doctrina que los letrados enseñan al pueblo sobre el Mesías, al que llaman hijo (sucesor) de David.
Muchos textos del AT que hablaban de la dinastía de David se habían aplicado al Mesías (2Sm 7,1-6; Is 9,6; Is 11,1; Ez 34,24), y sobre ellos se basaba la doctrina de un Mesías descendiente y sucesor de David ( un 2º David), rey guerrero y victorioso, que restauraría la gloria de Israel como nación, liberando con la fuerza al pueblo del dominio extranjero. La gente ha aclamado a Jesús, viendo en él a ese Mesías e identificando su llegada con la del "reinado de nuestro padre David" (Mc 11,10). Tal había sido también la invocación del ciego, figura de los discípulos, a la salida de Jericó ("Jesús, Hijo de David"; Mc 10,47).
Jesús va a refutar esta doctrina, con palabras atribuidas a David mismo. Y para ello cita el Salmo 110, texto bien conocido e interpretado en sentido mesiánico, del que Jesús afirma que fue pronunciado " bajo la inspiración del Espíritu" ( lo que equivale a decir que refleja el designio de Dios).
El argumento de Jesús es el siguiente: no puede ser hijo de David, ni un 2º David, aquel a quien David llamaba Señor, pues al llamarlo así, David se proclamaba vasallo suyo. En consecuencia, el Mesías no será sólo rey de Israel, ni David será su modelo. Será muy superior a él en dignidad, y su reino será mucho más vasto que el de David. El reino de Israel será vasallo del reino del Mesías.
Jesús rechaza así el mesianismo davídico nacionalista, fomentado por la enseñanza oficial (letrados), y deshace todo equívoco en el pueblo sobre su propio mesianismo. Así, la restauración del trono de David, y la hegemonía de Israel sobre los demás pueblos, no son más que una ilusión, y son incompatibles con el designio universal de Dios (Mc 8, 33) y la idea de servicio de Israel a los demás pueblos (Mc 3, 14).
La descalificación que hace Jesús de la enseñanza de los letrados encuentra un eco favorable en la multitud que lo escucha. La frase "disfrutaba escuchándolo" es, sin embargo, paralela a la que usó Marcos acerca de Herodes (Mc 6, 20). Éste escuchaba con gusto a Juan Bautista, pero acabó dándole muerte. También la multitud que ahora escucha con gusto a Jesús acabará pidiendo su muerte (Mc 15, 11-13). A la larga, el nacionalismo y la violencia tendrán más atractivo para el populacho que la propuesta de Jesús.
Juan Mateos
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Escuchamos hoy la 4ª discusión de Jesús con los representantes de las sectas judías, que esta vez son los fariseos. Inmediatamente toma la iniciativa y orienta el tema hacia los orígenes del Mesías.
Los escribas piensan que el Mesías es hijo de David cuando David, por su parte, pensaba que era Señor. Ahora bien, en Oriente es inconcebible que un padre de familia conceda el título de Señor a uno de sus hijos. Por consiguiente, David tuvo que haber estado inspirado por el Espíritu al hacer una declaración de ese tipo.
La argumentación de Jesús se fundamenta en un procedimiento rabínico consistente en contraponer 2 tradiciones o 2 textos bíblicos para llegar a una síntesis. Y precisamente a esa síntesis va a pasar la última pregunta de Cristo: "Si es Señor, ¿cómo puede ser hijo?".
La solución sería evidentemente decir que el Mesías no puede ser al mismo tiempo hijo de David y Señor si no es a la vez hombre y Dios (Rm 1, 3-4). Los cristianos encontrarán la solución contemplando el misterio de Pascua y citarán con frecuencia el Salmo 110 para aclarar cómo el hijo de David es también hijo de Dios (Hch 2,34; 7,55-56; 1Pe 3,22; Ap 3,21; Col 3,1; Hb 1,3-13).
El reino mesiánico de Jesús trasciende, pues, el reino nacionalista de David. Pero las palabras de Cristo las recogió con particular esmero la comunidad primitiva que vio en ellas una prueba de su resurrección y de su filiación divina. En efecto, entendió la palabra Señor en el sentido que le daba después de la resurrección y quiso que la realeza mesiánica de Jesús tuviera cumplimiento en su soberanía de Hijo de Dios resucitado.
Esta asociación entre el título mesiánico y el título señorial de Jesús (Rm 1, 1-5) permite comprender que Dios no se ha unido tan sólo con la humanidad en general, sino con una humanidad concreta. El Mesías es un regalo de Dios, pero es también un fruto de la historia de los hombres.
Maertens-Frisque
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El evangelio de hoy pertenece al conjunto de relatos polémicos con el que se concluye el ministerio de Jesús en el evangelio de Marcos. Jesús ha llegado finalmente a Jerusalén y se enfrenta con los representantes del judaísmo oficial en una serie de controversias religiosas sobre temas fundamentales de la fe.
Esta vez, Jesús pregunta acerca de la descendencia davídica del Mesías, aceptada por los escribas expertos en las Escrituras e identificada en Jesús por el ciego de Jericó (Mc 10, 47-48) y por la multitud que lo ha aclamado a la entrada en Jerusalén (Mc 11, 10).
El objetivo de Jesús con la pregunta es llevar a su auditorio a una comprensión más profunda del término Señor. Y lo hace citando las palabras del Salmo 110: "Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos como estrado de mis pies" (Sal 110, 1).
Tanto Jesús como sus oyentes pensaban que David era el autor del salmo, donde se afirma en griego que el Kyrios (Dios) dijo al kyrios (Mesías) "siéntate a mi derecha". En el texto presente (del NT), el término Kyrios hace referencia al término hebreo Adonai (del AT) en 2 sentidos muy concretos: aplicándolo a Dios (Yhwh) y a su representante mesiánico (es decir, al hijo de David).
Por ello, razona Jesús que "si el mismo David llamaba Señor al Mesías, ¿cómo iba a ser, entonces, hijo natural suyo?" (Mc 12, 37). Como se ve, recurre Jesús a la argumentación rabínica a la hora de explicar este pasaje veterotestamentario, demostrando que la cualidad del Mesías no se identifica totalmente con la filiación davídica, sino que era muy superior.
Jesús plantea la pregunta y prefiere no dar ninguna respuesta. No niega que él, el Mesías, descienda de David, como afirmaban los maestros de la ley, pero al mismo tiempo hace vislumbrar el misterio de su verdadero origen divino. Y sabemos que, para el NT, Jesús es al mismo tiempo hijo de David y Señor: "Nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 3).
Jesús es el Mesías esperado, descendiente de David, que no ha subido al trono de un reino judío independiente, como esperaban algunos (Hch 1, 6), sino que, en virtud de su resurrección y por la acción del Espíritu Santo, ha sido nombrado o establecido en el trono como Hijo de Dios con plenos poderes (2Sm 7,9; Sal 110,1).
Jesús era el Hijo desde siempre (Rm 8, 3), pero después de la pascua la fuerza salvadora propia de Dios actúa en él en favor de los creyentes. Se le puede confesar como Hijo de Dios porque participa de la capacidad divina de vivificar y de salvar a los seres humanos. Como resucitado, no forma ya parte de la esfera de la existencia humana débil y caduca. Ha entrado, en cambio, en el mundo de Dios, caracterizado de vida inmortal, plenitud de esplendor y de luz.
Fernando Camacho
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Hoy el judaísmo aún sabe que el Mesías ha de ser "hijo de David", y que debe inaugurar una nueva era del reinado de Dios. Los cristianos sabemos que el Mesías Hijo de David es Jesucristo, y que este reino ha empezado ya incoativamente (como semilla que nace y crece) y se hará realidad visible y radiante cuando Jesús vuelva al final de los tiempos. Pero ahora ya Jesús es el Hijo de David y nos permite vivir "en esperanza" los bienes del reino mesiánico.
El título "hijo de David", aplicado a Jesucristo forma parte de la médula del evangelio. En la Anunciación, la Virgen recibió este mensaje: "El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la estirpe de Jacob por siempre" (Lc 1, 32-33).
Los pobres que pedían la curación a Jesús, clamaban: "Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí" (Mc 10, 48). En su entrada solemne en Jerusalén, Jesús fue aclamado: "Bendito el reino que viene, el de nuestro padre David" (Mc 11, 10). Y el antiquísimo libro de la Didaché (del s. I) agradece a Dios "la viña santa de David, tu siervo, que nos has dado a conocer por medio de Jesús, tu siervo".
Pero Jesús no es sólo hijo de David, sino también Señor. Jesús lo afirma solemnemente al citar el Salmo davídico 110, cita incomprensible para los judíos: pues resulta imposible que el hijo de David sea Señor de su padre. El apóstol Pedro, testigo de la resurrección de Jesús, vio claramente que Jesús había sido constituido "Señor de David", porque "David murió y fue sepultado, y su sepulcro aún se conserva entre nosotros. A este Jesús Dios lo ha resucitado, y de ello somos testigos todos nosotros" (Hch 2, 14).
Jesucristo, "nacido, en cuanto hombre, de la estirpe de David y constituido por su resurrección de entre los muertos Hijo poderoso de Dios", como dice san Pablo (Rm 1, 3-4), se ha convertido en el foco que atrae el corazón de todos los hombres, y así, mediante su atracción suave, ejerce su señorío sobre todos los hombres que se dirigen a él con amor y confianza.
Josep Laplana
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Jesús también sabe hacer preguntas comprometidas. Esta vez es él el que pone en apuros a sus interlocutores. Al rey David se le prometió que de su casa, de su descendencia, vendría el Mesías. Pero en el Salmo 110 (Oráculo del Señor a mi Señor), que se atribuía a David, éste le llama Señor a su descendiente y Mesías. ¿Cómo, pues, iba a ser, a la vez, hijo y señor de David?
La respuesta hubiera podido ser sencilla por parte de los letrados: el Mesías, además de ser descendiente de la familia de David, sería también el Hijo de Dios, sentado a la derecha de Dios. Pero eso no lo podían reconocer. Sus ojos estaban cegados para ver tanta luz.
Jesús de Nazaret, el Mesías, el hijo de David, es el Señor, el Hijo de Dios. En todo el evangelio de Marcos estaba resonando esta pregunta: ¿quién es en realidad Jesús? Nosotros respondemos fácilmente: Jesús es el Señor y el Hijo de Dios. Él mismo nos ha dicho que él es la luz, el camino, la verdad, la vida, el maestro, el pastor. No sólo sabemos responder eso, sino que hemos programado nuestra vida para seguirle fielmente, y aceptar su proyecto de vida, vivir y pensar como él.
En eso consiste sobre todo nuestra fe en Cristo. No sólo en saber cosas de él. Sino en seguirle, es decir, hacer nuestros los valores que él aprecia, imitar sus grandes actitudes vitales, su amor de hijo a Dios, su libertad interior, su entrega por los demás, su esperanza optimista en las personas y en la vida.
José Aldazábal
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La comprensión mesiánica de Jesús apunta indudablemente hacía la trascendencia de éste. Por tanto, el Mesías es, en el contexto de Marcos, el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios. Para el evangelista y para la Iglesia que recibe la Buena Noticia escrita por él, reconocer a Jesús bajo esta doble característica se hace necesario y fundamental, para quitar del ambiente popular la idea del Mesías descendiente de David que vendría con poder a instaurar la monarquía.
Jesús es el Hijo del Hombre e Hijo de Dios, pero no ostenta poder. Jesús se aparta de todo poder para instaurar una realidad nueva, donde los que no ejercían el poder se sintieran importantes y llamados en plenitud. Es necesario entender la dinámica de Marcos, para poder comprender por qué el Jesús que él predica, es un Jesús alejado de toda experiencia de gobierno y de poder, pero siempre cercano a los empobrecidos y en actitud de servicio desinteresado.
Jesús sabía que aún había muchas preguntas de parte de los líderes políticos y religiosos en general. Pero Jesús les sale al paso y les expresa que su mesianismo no puede ser entendido desde el poder que ellos esperaban, porque de esa forma maltrataba y corrompía el proyecto de Dios, su Padre.
A la gente, al puro pueblo, a los desheredados, les gustaba cómo hablaba Jesús y le oían con gusto. Ya desde el comienzo la gente había podido apreciar la diferencia que había entre su forma de hablar, con autoridad, y la de los escribas, rutinaria, sin novedad, que no le ofrecía nada bueno al pueblo.
Nosotros también estamos llamados a entender y a confesar a Jesús de forma diferente. No podemos seguir sustentando una teología ni una Iglesia que presente a un Jesús lleno de poder, ya que esta imagen contradice la experiencia que los evangelios y todo el NT nos presenta de él.
Confederación Internacional Claretiana
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El pueblo de Israel, al retorno del destierro y cautiverio en Babilonia a Jerusalén, construyó una teología mesiánica que mitifica la figura del rey David como un rey ejemplar y religioso por excelencia. Una de las concreciones históricas de la esperanza mesiánica era la expresada con el título "hijo de David" aplicado al Mesías. Esta teología se fue consolidando poco a poco a lo largo de toda la historia de Israel y se plasmó en el libro de las Crónicas y en algunos salmos.
Esta esperanza mesiánica fue mal entendida por los Judíos de la época de Jesús. Los judíos querían encarnar su Mesías ("hijo de David") en un auténtico rey temporal que luchara contra el Imperio Romano y recuperara para Israel el esplendor político y económico del tiempo de David.
El texto de Marcos nos plantea la manera como Jesús quiere resolver esta falsa concepción mesiánica. Es el mismo Jesús el que plantea la cuestión: "¿Cómo puede decirse que el Cristo es Hijo de David, si el mismo David le llama mi Señor?".
Marcos no responde a esta pregunta que tiene que ver con el problema cristológico y deja la cuestión abierta introduciendo en el evangelio una incógnita, como una especie de problema sin resolver para aquellos que no aceptan el verdadero misterio mesiánico de Jesús.
Jesús hace ver a los judíos que su mesianismo es diferente al que ellos esperan, que no va a ser un mesianismo político ni que va a buscar la restauración del desarticulado poder israelita. Y por eso, por no acomodarse su propuesta a los presupuestos de los intereses judíos, su rechazo fue completo.
Los judíos del tiempo de Jesús no indagaron sobre en qué consistía su mesianismo. Ellos sólo estaban interesados en el advenimiento de un heredero de David, con el poder de un monarca, capaz de restituir las ventajas perdidas por los poderosos ante los invasores enemigos. Jesús se presentó, en cambio, como alguien diferente. Tanto es así que se siente superior a David desde el momento en que comparece ante el pueblo como Hijo de Dios desconociendo a David.
Esta actitud es, ante los ojos de los legalistas judíos, una acción agraviante. Pero en el fondo lo que se puede ver es que Jesús decepciona a los jerarcas ya que al proponer todo lo contrario al poder saben que sus ventajas sociales están próximas a sucumbir.
Lo que sí es verdad, y lo plantea con claridad Marcos en el evangelio, es que Jesús se presenta como verdadero cumplimiento y realizador de la esperanza mesiánica, pero la quiere purificar de toda mala interpretación o acomodación interesada. Marcos nos presenta a Jesús como el Hijo de Dios, el Mesías, en el cumplimiento del proyecto del Padre de la construcción del Reino. La propuesta de Jesús tiene como objetivo la comunión y amor de las personas, y nada más.
Servicio Bíblico Latinoamericano
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