3 de Diciembre

Jueves I de Adviento

Equipo de Liturgia
Mercabá, 3 diciembre 2026

Mt 15, 29-37

         En la lectura de hoy Mateo pone en labios de Jesús la imagen de la roca que ya nos había presentado Isaías. Se trata del final del Sermón de la Montaña, cuando Jesús urge a sus discípulos a apropiarse de sus palabras poniéndolas en práctica. No basta confesar en el culto que Jesús es el Señor. Hay que manifestarlo en la vida cumpliendo la voluntad del Padre celestial, que se expresa plena y definitivamente en las palabras de Jesús.

         Dice el Señor que el que así obra es como si construyera su casa sobre la roca, de la cual hablamos ya a propósito de la 1ª lectura. Lo contrario, ser entusiastas en el culto, y de labios para fuera, pero no realizar las palabras de Jesús, es cometer la estupidez de construir una casa sin cimientos.

         Esto se aplica a cada individuo, a cada uno de los discípulos que escuchan las enseñanzas del maestro; pero puede aplicarse también a cada comunidad cristiana, a la Iglesia en general. Sólo durarán, en medio de las turbulentas corrientes de la historia, aquellas comunidades que pongan firmemente los cimientos en la roca de la palabra de Jesús.

         Así como la imagen de la barca, también la imagen de la roca representa a la Iglesia. Imagen de seguridad y de confianza, siempre y cuando estén asentadas en la docilidad y obediencia a la Palabra de Dios. En el mismo evangelio de Mateo oímos que Jesús promete a Pedro constituirlo en piedra, en roca sobre la cual construirá su Iglesia (Mt 16,18), contra la cual no prevalecerán los poderes del mal y de la muerte.

         Y no porque la Iglesia haya sido perfecta, sin defecto, sino porque a pesar de sus pecados, el Señor la ha mantenido firmemente asentada, como "signo universal de salvación", sobre la roca de los apóstoles, en medio de las encontradas corrientes de la historia.

         Nosotros, los cristianos de este tercer milenio, somos ahora los responsables de mantener la fidelidad de la iglesia a su Señor. Para que ella pueda seguir cumpliendo su misión de manifestar la salvación de Dios a todos los seres humanos.

Juan Mateos

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         Una de las afirmaciones del sermón de la montaña que más nos puede cuestionar es la del texto que acabamos de leer: "No todo el que dice Señor, Señor entra en el reino de los cielos". Las prácticas religiosas entre nosotros están, muchas veces, llenas de repeticiones de palabras que no trascienden al compromiso de vida cristiana. Pero el Señor nos exhorta: "No basta decir Señor, Señor para entrar en el reino de Dios, sino que hay que poner por obra el designio de mi Padre del cielo" (v.29).

         Hay que hacer notar que al destacar al "Padre del cielo" (Mt 6, 9), Jesús no quiere discípulos que cultiven sólo una relación con él, sino seguidores que, unidos a él trabajen por cambiar la situación de la humanidad, cumpliendo así la voluntad de su Padre. Al final de la vida nadie podrá aducir en su favor el devoto reconocimiento de Jesús, llamándolo Señor, o alegando su activismo religioso (profetizar, expulsar demonios), si se ha apartado de las exigencias fundamentales del Reino, si sus obras no nacieron del amor, si no contribuyeron a cumplir el designio del Padre.

         Termina el sermón del monte con una parábola en la que se contraponen el hombre sabio que edifica su casa sobre cimientos firmes y el que la edifica sobre arena; ellos representan a los, que han escuchado la palabras de Jesús y han hecho de estas palabras el modelo de su vida están en capacidad de sostenerse a pesar de los embates de las persecuciones, han edificado su vida con bases firmes, las exigencias del Reino sintetizadas en las bienaventuranzas. Pero también existen otros que no ponen en práctica lo escuchado; su vida está perdida desde el momento en que no se comprometen con las exigencias de Jesús.

         Una empresa difícil es la propuesta del Reino, pero nada podemos temer si confiamos en el Señor; él es la roca segura, y quien se acerca a él está firme y mantiene la paz.

Emiliana Lohr

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         La comparación que este texto nos propone es un símbolo muy popular entre nosotros: la roca que sirve de cimiento a la edificación. Mucho se ha discutido si Cristo fundó la Iglesia o si sólo organizó una pequeña comunidad. Esto no es asunto que se aclare en pocas líneas, aunque lo cierto es que la Iglesia se fundada por Cristo, y él es el fundamento a partir del cual la comunidad se integra.

         Además, la Iglesia no está formada por simpatizantes a los que un día se les ocurrió organizar algo mejor. La comunidad cristiana está ante todo formada por el Espíritu de Dios que congrega a los creyentes en torno a un hombre que nos ha mostrado el camino hacia el Reino.

         Ahora, el que reconozcamos a Cristo y lo publicitemos no quiere necesariamente decir que estamos haciendo Iglesia. Pues, "no todo el que dice Señor, Señor entrará al reino de los cielos". Anunciar a Cristo es mucho más que obrar prodigios y realizar eventos espectaculares. Anunciar a Cristo es primero creer en él y creer en lo que él creyó, compartir su fe en Dios Padre y en la humanidad. Por esto, antes de emprender obras que nosotros creemos convertirán a millones, necesitamos revisarnos y ver si nosotros hemos realmente cambiado de mentalidad.

         Nuestras comunidades tienen, entonces, el reto de profundizar su fe y cimentar sus principios antes de lanzarse a cualquier obra. Pues no basta con hacer cosas, es ante todo necesario ser discípulo de Jesús. Y en ese ser nos jugamos el sentido de nuestra existencia. Pues Jesús nos ha llamado para que demos testimonio con nuestras vidas de su obra entre nosotros y no para que nos alborotemos haciendo cosas y más cosas.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 03/12/26     @tiempo de adviento         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A