26 de Febrero
Jueves I de Cuaresma
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 26 febrero 2026
Mt 7, 7-12
En el evangelio de hoy, Jesús nos invita a la oración: "Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá" (Mt 7, 7). Estas palabras de Jesús son sumamente preciosas, porque expresan la relación entre Dios y el hombre y responden a un problema fundamental de toda la historia de las religiones y de nuestra vida personal.
Pero ¿es justo y bueno pedir algo a Dios? ¿O es quizás la alabanza, la adoración y la acción de gracias una oración desinteresada, y la única respuesta adecuada a la trascendencia y a la majestad de Dios? ¿No nos apoyamos acaso en una idea primitiva de Dios y del hombre cuando nos dirigimos a Dios, Señor del Universo, para pedirle mercedes?
Jesús ignora este temor. No enseña una religión elitista, exquisitamente desinteresada; es diferente la idea de Dios que nos transmite Jesús: su Dios se halla muy cerca del hombre; es un Dios bueno y poderoso. La religión de Jesús es muy humana, muy sencilla; es la religión de los humildes: "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos" (Mt 11, 15).
Los pequeñuelos, aquellos que tienen necesidad del auxilio de Dios y así lo reconocen, comprenden la verdad mucho mejor que los discretos, que, al rechazar la oración de petición y admitir únicamente la alabanza desinteresada de Dios, se fundan de hecho en una autosuficiencia que no corresponde a la condición indigente del hombre, tal como ésta se expresa en las palabras de Ester: "Ven en mi ayuda".
En el contexto de nuestra concepción moderna del mundo, estos problemas que plantean los "sabios y discretos" parecen muy bien fundados. El curso de la naturaleza se rige por las leyes naturales creadas por Dios.
Dios no se deja llevar del capricho, y si tales leyes existen, ¿cómo podemos esperar que Dios responda a las necesidades cotidianas de nuestro vivir? Pero, por otra parte, si Dios no actúa, si Dios no tiene poder sobre las circunstancias concretas de nuestra existencia, ¿cómo puede llamarse Dios? Y si Dios es amor, ¿no encontrará el amor posibilidad de responder a la esperanza del amante?
Si Dios es amor y no fuera capaz de ayudarnos en nuestra vida concreta, entonces no sería el amor el poder supremo del mundo; el amor no estaría en armonía con la verdad. Pero si no es el amor la más elevada potencia, ¿quién es o quién tiene el poder supremo? Y si el amor y la verdad se oponen entre sí, ¿qué debemos hacer: seguir al amor contra la verdad o seguir a la verdad contra el amor? Estos problemas existen ciertamente, y acompañan la historia del pensamiento humano.
Pero vuelvo a repetir, con Jesús: "Pedid y se os dará". Porque se trata de las palabras más sencillas posibles, con las que Jesús responde a las cuestiones más profundas del pensamiento humano, viniendo a decirnos que:
1º Dios es poder, supremo poder; y este poder absoluto, que tiene al universo en sus manos, es también bondad. Poder y bondad, que en este mundo se hallan tantas veces separados, son idénticos en la raíz última del ser. Si preguntamos ¿De dónde viene el ser?, podemos responder sin vacilar: viene de un inmenso Poder, o también (pensando en la estructura matemática del ser) de una Razón poderosa y creadora.
Así, apoyándonos en las palabras de Jesús, podemos añadir: este poder absoluto, esta razón suprema es, al mismo tiempo, bondad pura y fuente de toda nuestra confianza. Sin esta fe en Dios creador del cielo y de la tierra, la cristología quedaría irremediablemente truncada; un redentor despojado de poder, un redentor distinto del Creador, no sería capaz de redimirnos verdaderamente. Y por esta razón, alabamos la inmensa gloria de Dios. Petición y alabanza son inseparables; la oración es el reconocimiento concreto del poder inmenso de Dios y de su gloria.
2º Dios puede escuchar y hablar; en una palabra: Dios es persona. En el interior de la tradición cristiana, es ésta una afirmación muy clara; pero una determinada corriente de la historia de las religiones se opone a esta idea y se deja sentir como una tentación cada vez más fuerte para el mundo occidental. Me refiero a las religiones que provienen de la tradición hinduista y budista y al fenómeno de la gnosis, que separa creación y redención.
Hoy asistimos a un renacimiento de la gnosis, que representa seguramente el reto más sombrío que se le plantea a la espiritualidad y a la pastoral de la Iglesia. Porque la gnosis permite conservar los términos y gestos venerables de la religión, el perfume de la religión, prescindiendo por completo de la fe.
Joseph Ratzinger
* * *
En cualquier lugar del mundo, y muy dentro del corazón, las gentes oran. En cualquier lugar del mundo, y muy dentro del corazón, las gentes piden. Hay diversos modos de oración que coexisten en los cristianos y que pueden ser practicados de forma explícita en función de la vocación concreta de cada persona: la adoración, la contemplación, la acción de gracias y también la petición. A veces confundimos orar con pedir a Dios, pero qué duda cabe que pedir es una manera excelente de oración.
La mayoría de las oraciones que hace la mayoría de la gente son oraciones de petición. Muchas de las personas que se arremolinaban en torno a Jesús pedían: "Señor, que vea; Señor, que oiga; Señor, que mi criado enfermo se cure". Son oraciones que solicitaban una gracia particular y presuponen una fe. No una fe general en Dios sino una fe consciente de que Dios bueno y providente puede venir a mi encuentro en una situación difícil.
Así uno puede pedir una gracia para sí mismo, para un enfermo, para encontrar trabajo, por la paz de la familia, por la curación de los enfermos... Es una oración para ayudarme ahora, en este momento. Porque Dios es Padre de todos y cuida personalmente de sus hijos y en todo momento, en este también, puede concederme lo que le pido.
Es, pues, legítimo pedirle a Dios un huevo o un pescado, como dice el evangelio; es decir, presentarle nuestros concretos deseos y aspiraciones. Siempre sabemos que nos responderá, si no con lo que le hemos pedido, sí con Espíritu Santo, que es el mayor don que de él podemos recibir.
Patricio García
* * *
Originalmente, y en el contexto de Lc 11, 9-13, la enseñanza que hoy escuchamos estaba destinada a parafrasear la cuarta petición del Padrenuestro: "El pan nuestro de cada día dánosle hoy" (Mt 6, 11). Este tema del pan se repite, en efecto, en el v. 9 de nuestro pasaje, y se encuentra igualmente en la Parábola del amigo Inoportuno (Lc 11, 5-8), que Mateo no ha reproducido.
Si estos versículos insisten sobre la perseverancia en la oración, no lo hace, por tanto, para presentar una técnica de la oración incesante, sino simplemente para afirmar la benevolencia de Dios y la certeza de que siempre hay lugar en él para la ternura. No debe, pues, perderse de vista que estos versículos describen más bien la bondad del donante que la persistencia del demandante.
Estos versículos ponen, pues, de manifiesto el optimismo del concepto cristiano de la oración: esta es escuchada a poco que el peticionario sea perseverante, pero, sobre todo, porque Dios es bueno. Un elemento importante le falta, sin embargo, a esta doctrina: la eficacia de la oración deriva, ante todo, de la mediación de Cristo. En este sentido, la enseñanza de Jn 16, 23-26, que puede considerarse inspirada por nuestros versículos, va mucho más lejos y sitúa precisamente en el corazón de la oración cristiana la intercesión única del Señor.
Maertens-Frisque
* * *
No olvidemos que la perícopa del evangelio de hoy pertenece al Sermón de las Bienaventuranzas. Y el contexto del más famoso sermón de Jesús es el de la misericordia y el perdón. Jesús bien sabe que sin esto no es posible una humanidad nueva y una sociedad alternativa.
Cuando Jesús habla que el Padre está dispuesto a concedernos todo lo que le pidamos, está hablando dentro de este contexto de la misericordia. Él sabe lo difícil que es para el ser humano perdonar. La carga de egoísmo que arrastramos, cuando no nos lo impide, al menos nos lo dificulta. Lo importante en nuestro caso es que, a semejanza de otras enfermedades, reconozcamos que hemos perdido la capacidad de perdón y de la misericordia. Este será el primer paso para encontrar remedio.
El 2º paso es el que propone aquí Jesús: pedirle al Padre que nos dé esta capacidad, tan indispensable para poder ser miembros verdaderos de su Reino. Jesús nos asegura que si le pedimos al Padre un corazón nuevo, nos lo dará. Lo que queda claro en el contexto de esta oración es que si pedimos de manera egoísta y buscamos que Dios nos conceda bienes o nos saque de apuros, sin estar comprometidos con la práctica de la justicia, nos pareceremos a cualquier pedigüeño sin fe.
No temamos pedirle al Padre nos dé el don de la misericordia, o la capacidad de perdonar y amar a quien en algún momento sea nuestro enemigo. Pedirle esto a Dios Padre es pedirle la capacidad de hacer posible la justicia que su Hijo vino a anunciarnos. Lo que demostramos a diario con tantas formas de violencia que tenemos, es la incapacidad de perdón a la que hemos llegado.
Nos parece imposible llegar a amar, sin esperar compensación, o entregar la vida sin pedir nada a cambio, o perdonar a quien creemos que no merece perdón. Pues bien, frente a estas imposibilidades tenemos a un Padre que se define por la misericordia y que la da al hijo que se la pida.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act:
26/02/26
@tiempo
de cuaresma
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()