10 de Abril
Viernes I de Pascua
Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 abril 2026
Jn 21, 3-14
Hoy Jesús se aparece a 7 de sus apóstoles que, invitados por Pedro (siempre líder), han vuelto a su ocupación anterior, la de pescadores. Están en Galilea, en el lago de Tiberíades. Y a indicación de un Jesús a quien todavía no reconocen (pues su presencia resucitada siempre les resulta difícil de identificar), tienen una 2ª pesca milagrosa (de 153 peces grandes), después de una noche en la que no han cogido nada.
El nº 153 (de peces) no sabemos si tiene alguna intención simbólica, aunque no tiene mucha importancia. Unos recuerdan que este nº es la suma de los primeros números, del 1 al 17. Para otros, como San Jerónimo, este nº era el de las especies de peces que se conocían en la antigüedad. En ambos casos, podría indicar la plenitud mesiánica en Cristo.
Cuando en vida de Jesús tuvo lugar la 1ª pesca milagrosa, Pedro fue el protagonista, reconociendo a Jesús como el Mesías y arrojándose a sus pies (y recibiendo allí la llamada a seguirle). En el caso de hoy, es también él el más decidido en lanzarse al agua, y acercarse a Jesús.
Es deliciosa la escena del almuerzo con pescado y pan preparado por Jesús al amanecer de aquel día. Después de que casi todos le abandonaran en su momento crítico de la cruz, y Pedro además le negara tan cobardemente, Jesús tiene con ellos detalles de amistad y perdón que llenaron de alegría a los discípulos.
Noche de trabajo infructuoso, pero con Jesús, pesca milagrosa. Nosotros también podemos tener noches malas y fracasos en nuestro trabajo, decepciones en nuestro camino. Podemos aprender la lección: cuando no estaba Jesús, los pescadores no lograron nada. Y siguiendo su palabra, llenaron la barca.
Ese es el Cristo en quien creemos y a quien seguimos: el Resucitado, que se nos aparece misteriosamente en la eucaristía (que no nos prepara pan y pescado, sino que nos da su Cuerpo y su Sangre) y que hace eficaz nuestra jornada de pesca, invitándonos a comer con él y a descansar junto a él. Podemos sentirnos contentos: "Dichosos los invitados a la Cena del Señor".
José Aldazábal
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Hoy, por 3ª vez desde que resucitó, Jesús se aparece a los discípulos. Pedro ha regresado a su trabajo de pescador, y los otros se animan a acompañarle. Lo que es lógico, pues si era pescador antes de seguir a Jesús, a eso mismo volvió después, al no haber nada extraño que le haga abandonar su trabajo.
Aquella noche no pescaron nada. Cuando al amanecer aparece Jesús, no le reconocen hasta que les pide algo para comer. Al decirle que no tienen nada, él les indica dónde han de lanzar la red. A pesar de que los pescadores se las saben todas, y en este caso han estado bregando sin frutos, obedecen. El lago de Genesaret negaba sus peces a las redes de Pedro, y había pasado toda una noche en vano. Ahora, obediente, volvió la red al agua y pescaron una gran cantidad de peces. Créeme: el milagro se repite cada día.
El evangelista hace notar que eran 153 peces grandes (v.11), y que siendo tantos, no ser rompieron las redes. Son detalles a tener en cuenta, ya que la Redención se ha hecho con obediencia responsable, en medio de las tareas corrientes.
Todos sabían que "era el Señor". Viene entonces Jesús, "toma el pan y se lo da" (vv.12-13). Igual hizo con el pescado. Tanto el alimento espiritual, como también el alimento material, no faltarán si obedecemos. Lo enseña a sus seguidores más próximos y nos lo volvió a decir a través de Juan Pablo II:
"Al comienzo del nuevo milenio, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús invitó al apóstol a remar mar adentro. Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Cristo y recogieron una cantidad enorme de peces. Esta palabra resuena también hoy para nosotros".
Joaquim Monrós
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El Resucitado aparece a sus discípulos en un día cotidiano, y éstos no lo identifican a pesar de que Jesús les habla. Cuando les manda echar las redes al agua, y después de atrapar cantidad de peces, sólo Simón Pedro lo reconoce, mientras los demás siguen sorprendidos por tal noticia, y se apresuran más lentamente en ir a su encuentro.
Jesús les invitó a comer de la pesca, que había sido muy abundante. Posteriormente, los gestos y las palabras pronunciadas dan la sensación que se estuviera haciendo alusión a la eucaristía, por la forma de compartir unidos.
A los discípulos que ya no se encuentran en Jerusalén porque han huido de la represión, Jesús se les aparece como señal de que todavía su proyecto sigue vigente y es de vital importancia para los seres humanos, y de que su muerte no significó un fracaso. Al comienzo, parece que su recuerdo ha desaparecido; luego, cuando lo descubren, se sorprenden grandemente.
Quien descubre a Jesús será precisamente Juan, el discípulo amado. La aparición de Jesús hace que la fe de sus discípulos renazca, recuperen el tiempo perdido y comiencen a pensar cómo se van a organizar nuevamente; entendiendo que en ese momento, su vida la están dedicando únicamente a la subsistencia.
Para renacer, la comunidad cristiana ha de ser animada por Jesús y su Espíritu, que se harán manifiestos en cada acto comunitario. El renacer de la Iglesia deja de ser entonces un capricho o un simple esfuerzo humano: es una obra de Dios mismo, que nos saca de la vida ordinaria en donde estamos, nos sacude, para hacernos entender y asumir nuestro papel en el plan de Dios, el proyecto que Jesús nos presentó. La Iglesia es fruto del querer de Dios, que coloca al Resucitado en el alma de quienes lo siguen, haciéndolos sentirse hermanos de verdad.
Juan Mateos
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Escuchamos hoy la última pesca milagrosa de Jesús, en directa alusión al contexto vocacional de las primeras llamadas de Jesús, en aquel preciso lugar de antaño (Lc 5, 1-11). Se trata de un milagro postpascual en un contexto vocacional, y tanto los apóstoles en la barca, como las redes y la pesca abundante, apuntan ya a la tarea evangelizadora de la Iglesia, no sólo con Jesús presente sino a lo largo de todos los siglos.
Cuando el desconocido de la playa es identificado por los apóstoles, encuentran ya la comida preparada: el fuego, el pan y el pescado asado. Y el Resucitado reitera los gestos de la eucaristía: partir el pan y repartirlo. Es la imagen de la Iglesia, reunida en torno al Señor resucitado, para ser enviada a pescar en los mares del mundo.
Estas fiestas pascuales que estamos celebrando no pueden quedarse en los aleluyas, sino que han de despertar en nosotros un intenso deseo de comunicar a otros nuestra fe y alegría. Es el gozo de sabernos salvados en el nombre de Jesús, o de haber sido convocados en torno a la cena fraternal para testimoniar en el mundo la posibilidad de vivir como hermanos. ¡Que resucite Jesús también para nuestro mundo!
Confederación Internacional Claretiana