29 de Mayo

Viernes VIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 29 mayo 2026

Mc 11, 11-25

         Jesús acababa de hacer su entrada en Jerusalén (procedente de Betania) y decide visitar el templo. Jesús "entró en el templo" pero allí no pasaba nada. Qué raro. La manifestación mesiánica se ha detenido en seco. Qué extraño. Sin embargo, antes de volverse a Betania (al atardecer), Jesús vuelve a observar el lugar, y se fija con detalle en todas las cosas.

         Esta mirada de Jesús está llena de significado, pues lo que va a hacer al día siguiente está bien premeditado, como mirada de un hombre que está preparando su jugada: la expulsión de los vendedores del Templo de Jerusalén.

         Pero vayamos por partes, porque nos dice el evangelio que, nada más salir de Betania hacia Jerusalén, sintió Jesús hambre, y "viendo de lejos una higuera, no encontró en ella, sino hojas, porque no era tiempo de higos". Tras lo cual, dijo Jesús a la higuera: "Que jamás coma ya nadie fruto de ti". Y los discípulos lo oyeron.

         Se trata de una extraña maldición. Pues si Jesús tratase de saciar el hambre, este gesto sería el propio de un demente: ¡encolerizarse contra un árbol! Y sobre todo, por no encontrar frutos cuando no es la estación. No es pues, en ese nivel material, en el que hay que interpretar la maldición.

         Jesús ha querido hacer un gesto enigmático, y Marcos subraya la extrañeza: los apóstoles oyen pero no quieren creerlo, y quedarán muy sorprendidos cuado horas después vuelvan por el mismo camino, y comprueben que la maldición se ha realizado. La solución del enigma se dará más tarde, y tendrá que ver con el templo de Jerusalén. Pues no es casualidad que la Purificación del Templo esté inserta, como en un bocadillo, entre las 2 mitades de la Maldición de la Higuera.

         Una vez llegados a Jerusalén, Jesús entra en el templo y se pone a expulsar a los que vendían y compraban. Derriba las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores. Y les enseñaba diciendo: "¿No está escrito: mi casa será casa de oración para todas las naciones? Pues bien, vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones".

         Jesús cita para ello al profeta Jeremías (Jer 7, 11). ¿Y por qué? Porque el profeta reprocha a los hombre el hecho de participar en el culto con el fin de buscar seguridades, convirtiendo al culto del templo en un culto falaz, pues las gentes no se convierten: "Habláis siempre del culto, decís: Santuario de Dios, santuario de Dios, santuario de Dios. Pero oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda. Robáis, matáis y venís luego a poneros delante de mí. ¿Es este templo una cueva de bandidos?''.

         Y cita también al profeta Isaías (Is 56, 7), en aquella afirmación del profeta en que profetiza que el templo judío sería "abierto a las las naciones paganas".

         Jesús realiza así el gesto mesiánico anunciado por el profeta Zacarías (Zac 14, 21): "Ya no habrá más mercaderes en el templo del Señor, en ese día". Se trata de la purificación del lugar donde Dios está presente. Jesús quiere devolver al templo su pureza primitiva y destino sagrado, y para ello subraya que este lugar santo está "destinado a todos", en apertura universalista.

         En el camino de vuelta de Jerusalén a Betania, los discípulos observaron que la higuera que Jesús había maldecido (en el camino de ida de Betania a Jerusalén) "se había secado de raíz". He aquí la llave del extraño enigma de la víspera: Jesús no apuntaba a la higuera, sino al templo: si el templo no responde ya a la llamada de Dios, surgirá la "cólera de Dios" y será destruido (Mc 13, 2).

Noel Quesson

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         Hoy va de quejas por parte de Jesús. Y lo peor es que también podría estar defraudado de nosotros, por nuestra esterilidad o por el clima de nuestras celebraciones litúrgicas. ¿Se podría decir de nosotros, de cada uno y de la comunidad, que somos una higuera estéril? Valdría la pena que hiciéramos un alto en nuestro camino y nos dejáramos interpelar por Cristo. Porque sería triste defraudar a Dios, no dando frutos o dándolos de escasa calidad.

         El aviso lo irá repitiendo Jesús en los días sucesivos, con la Parábola de los Viñadores que no hacían producir el campo arrendado. No podemos contentarnos con pensar que los que se sientan en el banquillo de los acusados son los israelitas. Somos también nosotros, en la medida en que no demos los frutos que Dios esperaba.

         Nuestro examen tendría que dirigirse también a nuestra manera de realizar el culto. ¿Mereceríamos nosotros un gesto profético parecido de Jesús, purificando nuestras iglesias de toda apariencia de mercantilismo o de acepción de personas? Jesús quería que el templo fuera "casa de oración para todos" y que no se contaminara con intereses y negocios, ni supusiera una barrera para otras culturas o nacionalidades.

         El evangelio de hoy termina no sólo invitando a la oración (llena de fe) sino también a la caridad fraterna, sobre todo el perdón de las ofensas: "Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas". Es lo que cada día decimos en el Padrenuestro: una de las peticiones más comprometedoras que nos enseñará Jesús.

Emiliana Lohr

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         Nos recuerda el evangelio de hoy que la fe consiste en esperar de Dios, no de nosotros mismos ni de nuestras obras. Y que la fe es gratuita, y por eso mismo se expresa en la oración. La fe implica esperar de Dios aquello que él quiere darnos, y por ello no debemos empeñarnos en querer ser nosotros mismos la medida del proyecto de Dios. Dios es la medida del don, no nosotros.

         La fe significa hacernos disponibles, para que Dios nos abra a la novedad del Reino mesiánico y a la universalidad de las gentes: la negación de la fe es repliegue sobre sí mismo, celosa conservación de los propios privilegios.

         La fe es la actitud de aquel que "no duda en su corazón" (Mc 11, 23), y la negación de la fe es un continuo oscilar entre Dios (por una parte) y todas las demás ideas posibles. Finalmente, la fe es prolongar hacia todos los demás lo que Dios ha hecho por nosotros. Pero esto supone, una vez más, la conciencia de que nosotros hemos sido los primeros en ser perdonados, los primeros en ser amados gratuitamente.

Bruno Maggioni

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         Marcos nos presenta el texto de la Maldición de la Higuera y la Expulsión de los Mercaderes del templo de Jerusalén, en el centro del poder político y religioso del judaísmo. Un texto en el que Jesús combate la contaminación de la estructura religiosa, a través de los impuestos que iban recibiendo de la purificación de las mujeres, la circuncisión de los niños y los ritos de vinculación a la religión oficial.

         Con la simbólica maldición de la higuera, Jesús alude a la esterilidad del sistema religioso de su tiempo, sobre todo al excluir o marginar posibles frutos futuros (los muchos hombres y mujeres temerosos del amor de Dios, aunque no fuera judíos).

         La maldición de la higuera ocurre inmediatamente Jesús sale del templo. Jesús abre su boca para declarar la sentencia de maldición al sistema religioso judío, una religión que para el tiempo de Jesús era estéril e infecunda; incapaz de generar frutos de vida, de justicia y de paz.

Gaspar Mora

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         Sin duda que extraña el pasaje del evangelio de hoy. Jesucristo maldice una higuera y el poder de su palabra la seca en el término de un día. Pero todavía es más extraña la razón de ese acto de Jesús, pues "no era tiempo de higos". ¿Qué es todo eso? ¿Es un arranque de ira propio de alguien que tiene mucha hambre?

         Por lo que sabemos de Cristo, ni el hambre ni la ira tuvieron nunca verdadero poder en él, luego la explicación debe ser otra. Recordemos que él solía enseñar con parábolas, a través de historias que explican sus acciones ante los discípulos.

         Es lo que encontramos en Jeremías y en Ezequiel, entre otros. En el cap. 13 de Jeremías, por ejemplo, vemos que este profeta se compró, por mandato de Dios, un cinturón, con el único propósito de echarlo a perder en el agua. Ante los ojos comunes parecería que había cometido un desperdicio, pero más allá de la mentalidad utilitarista el profeta quería poner un precio a lo que estaba sucediendo en la calle, que es lo que a él realmente le importaba.

         Y en el caso del evangelio de hoy, la enseñanza de Jesús parece estar referida a la esterilidad, como lo muestran los hechos que siguen. La religión del templo, a pesar de todas sus proclamas de fidelidad a la ley, es estéril, y como tal está condenada a secarse y consumirse. Un riesgo que, por supuesto, atañe no sólo a aquellas gentes y a ese templo.

Nelson Medina

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         Jesús se encamina hoy a Jerusalén (con la simbólica acción de la higuera estéril) y llega a Jerusalén (con la simbólica acción de la expulsión de los mercaderes del templo).

         La higuera no tenía frutos, pues no era tiempo de higos o ya se le habían gastado. Con todo, Jesús se queja de esa esterilidad, recordando su lamento el Poema de la Viña Estéril de Isaías: "Una viña tenía mi amigo, pero en vez de dar uvas le dio agraces" (Is 5). Y ante esa esterilidad, Jesús pronuncia unas duras palabras contra la higuera: "Nunca jamás coma nadie de ti".

         En efecto, al día siguiente la higuera se había secado. Pero si Jesús había hecho ese gesto es porque apuntaba a otra clase de esterilidad: la del pueblo de Israel, el árbol que no daba los frutos que Dios le pedía. Israel era como aquella higuera seca, cuya misión había fracasado.

         En medio del episodio de la higuera, entre su inicio y su conclusión al día siguiente, Marcos coloca la escena del Templo de Jerusalén, y el gesto violento de Jesús con los cambistas. También aquí no había motivo evidente para la ira de Jesús: los mercaderes que vendían animales para el sacrificio (o cambiaban monedas) estaban en el atrio, contaban con todos los permisos de los responsables y no parecían estorbar el culto.

         Lo que hace Jesús es, de nuevo, un gesto simbólico. Y tal vez no tanto contra los mercaderes, sino contra los responsables de esos mercadeos: los jefes del templo. Lo que Jesús denuncia es la hipocresía del culto, hecho de cosas exteriores pero sin obras coherentes en la vida. Una denuncia que ya habían proferido los profetas, que en el caso de Jeremías ya habían atacado la excesiva confianza que tenían los judíos en el templo y en la realización meticulosa de sus ritos. El culto tiene que ir acompañado de la fidelidad a la Alianza, y no al revés.

         También quiere subrayar Jesús que el culto del templo debería ser más universal. Pues los mercaderes hacían que los que venían de fuera tuvieran que cambiar la moneda pagana (considerada impura) por la judía (para poderla ofrecer en el templo). No sería extraño que en este comercio hubiera además abusos y trampas, aprovechándose de los forasteros. Jesús quiere que el templo sea "casa de oración para todos los pueblos" (lugar de oración auténtica) y no una "cueva de bandidos" (sin ajetreos de cosas y comercios).

José Aldazábal

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         El pueblo de Israel asumió en la Antigüedad un modelo religioso que como tarea primordial tenía que ir incluyendo a otros pueblos y culturas en el amor a Dios. Pero con el correr del tiempo fue perdiendo ese primer horizonte. Y la religión originaria se convirtió en un órgano alienador, más que en una estructura animadora y sustentadora de la obra de Dios.

         Jesús se enfrenta a ese modelo religioso, y es capaz de maldecirlo y pronosticar su final y eterna esterilidad. Pero detrás de esta condena enérgica, Jesús también anuncia un tiempo nuevo, no ya basado en las practicas rituales o en las purificaciones a tiempo y a destiempo, sino en un cambio en la estructura mental, capaz de transformar el andamiaje del mundo, y transformar la marginación y exclusión mundana hacia el amor a Dios y al prójimo.

         Pero además de maldecir esa esterilidad religiosa, se enfrenta también Jesús a los que se enriquecen con el oficio cúltico. Por eso los expulsa del templo, declarando que ese conformismo y manipulación va contra las realidades religiosas.

         Hoy tenemos que estar prestos para descubrir, con el correr del tiempo y con las señales que la historia nos va presentando, cuándo es necesario y urgente recrear el sistema religioso y las estructuras eclesiales a las cuales pertenecemos, ya que pueden caducar y llegar a ser estériles e infecundas. En la medida en que renovemos nuestras estructuras religiosas ellas se pueden convertir en servicio a la vida de los hombres y mujeres de hoy. Ojalá no nos pase como al judaísmo, que vivía y sustentaba un sistema religioso caduco, al que sólo le valía la maldición.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 29/05/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A