20 de Mayo

Miércoles VII de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 20 mayo 2026

Jn 17, 11-19

         Jesús, en su oración al Padre, se preocupa de sus discípulos y de lo que les va a pasar en el futuro. E igual que durante su vida él los guardó, para que no se perdiera ni uno (excepción hecha de Judas), ahora pide al Padre que sea él quien los guarde en adelante, porque van a estar en medio de un mundo hostil. "No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal", pide Jesús al Padre.

         Con todo, sigue en pie la distinción entre los discípulos que van a "estar en el mundo" y los que son "enviados al mundo" ("como tú me enviaste al mundo, así los envío yo al mundo") pero sin ser "del mundo" ("no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo").

         Jesús quiere que sus discípulos, además, vivan unidos ("para que sean uno, como nosotros"), que estén llenos de alegría ("para que ellos tengan mi alegría cumplida") y que vayan madurando en la verdad ("santifícalos en la verdad").

         También el programa de Jesús para los suyos es denso y dinámico. Y está hablando del futuro de su comunidad (o sea, de nosotros). Estamos en este mundo concreto, al que tenemos que saber ayudar, sin renegar de él.

         No pedimos ser sacados del mundo. Es a esta nuestra generación, no a otras posibles, a la que tenemos que anunciar el mensaje de Cristo, con nuestras palabras y sobre todo con nuestras obras. El Concilio Vaticano II nos ha renovado la invitación a dialogar con el mundo, en el que los laicos (por ejemplo) están más sumergidos, pero también los religiosos y los ministros ordenados.

         Eso sí, se nos encomienda que no seamos "del mundo". O sea, que no tengamos como mentalidad la de este mundo (que para el evangelista Juan es siempre sinónimo de la oposición a Dios) sino la de Cristo. Que no sigamos las bienaventuranzas del mundo, sino las de Cristo. Nuestro punto de referencia debe ser siempre la verdad, que es la palabra de Dios. Y no las verdades a medias o incluso las falacias que a veces nos propone el mundo.

         Andamos empeńados en una lucha entre el bien y el mal. Con la confianza puesta en Dios, todos deseamos vernos libres del mal y ayudar a los demás a unirse también a la victoria de Cristo contra el pecado y la muerte. Sobre todo cuando recibimos en la comunión al "que quita el pecado del mundo".

José Aldazábal

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         Jesús ruega hoy, con toda su alma, para que el Padre preserve a sus discípulos del mundo y del Maligno. Esto significa que la tarea del discipulado es instaurar, como lo ha hecho Jesús, un modelo de convivencia humana alternativo al que el Maligno ha logrado establecer.

         Para ello, los discípulos necesitan ser preservados de estas fuerzas negativas, que llevan a pensar la sociedad como un campo en el que son necesarias las clases sociales y la existencia de ricos y poderosos, para que los pobres tengan de qué vivir. Preservar del Maligno a estos discípulos es impedir que su conciencia sea atrapada por el poder del egoísmo.

         Sin embargo, Jesús no se contenta con guardar una posición sólo preventiva frente al mundo injusto. Es necesario que a esta clase de mundo le llegue también el mensaje de salvación, la invitación a la conversión. En la medida en que se anuncie el eu-angelio (lit. buen anuncio), y de que de los pobres (y pobres de espíritu) sea el Reino de los Cielos, el mundo reconocerá a Dios.

         Por eso Jesús dice que, así como él fue enviado al mundo (a "dar la buena noticia a los pobres"), así también él envía a sus discípulos a que hagan lo mismo. La manera de ev-angelizar al mundo es hacerle saber que Dios está con los pobres en su espíritu.

         El mundo, entendido como creación, es algo bueno y bendito por Dios, y es el escenario de la realización humana. Sin embargo, el mundo puede ser dominado por las fuerzas del mal, y entonces se convierte en terreno abonado para el ejercicio de todo tipo de maldad.

         En este sentido, el mundo puede llegar a ser el Reino del Mal, para quienes el ser humano sólo vale por su servidumbre. En esta clase de mundo se encuentran los discípulos, que van ser confrontados por las mismas fuerzas que están eliminando a Jesús. Aunque estos discípulos aún son débiles en el seguimiento del Reino, sin embargo "no son del mundo", o por lo menos no están aún atrapados por él.

José A. Martínez

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         Comienza el evangelio de hoy con una petición de Jesús al Padre por los suyos. Y en ella, el apelativo Padre Santo prepara la petición central de la oración: "Conságralos en la verdad". La unión con el Padre se realiza por la comunicación de su Espíritu (Jn 14, 16), que al crear la relación de amor con el Padre, lo hace presente y mantiene en el ámbito de su presencia. El objetivo último es la unidad (Jn 21-23; 14,20), efecto de la adhesión al Espíritu Santo. Como entre Jesús y el Padre, se trata de la unidad que produce el amor.

         Hasta ahora, constituyendo el grupo y viviendo con él, Jesús lo ha mantenido unido al Padre, presente en él. En adelante, la situación cambia: la experiencia del Padre ha de ser interior. Así llegarán a su estado adulto. Un discípulo (Judas) no ha respondido, ni siquiera en el último momento (Jn 13, 26), al amor de Jesús, y a éste se refiere al pasaje de Sal 41,10, citado en Jn 13,18.

         El tema de la alegría aparece también en el discurso, como fruto de la experiencia del amor de Jesús y del Padre (Jn 15, 11). Aquí es la de saberse queridos por el Padre, que los hará objeto de su solicitud (Jn 15, 1).

         El Padre había entregado los discípulos a Jesús, sacándolos del mundo (Jn 17, 6). Jesús les ha transmitido el mensaje del Padre (que es el del amor), haciendo efectiva su separación. Al cumplir el mensaje, los discípulos se han situado fuera de la esfera del mundo, y esto suscita odio, como ha sucedido con Jesús (Jn 15, 18-25).

         La ruptura con el mundo no comporta, sin embargo, un alejamiento material (Jn 17, 15). Ellos han de permanecer en medio de la sociedad, pues en ella han de crear la alternativa, sin ceder a las amenazas o halagos del mundo, pervertido por el enemigo (Jn 8,44; 13,2) o Satanás (Jn 13, 27). Ceder a la ambición del mundo (satanizado) llevaría a los discípulos a ser cómplices del mal, y haría a la Iglesia engrosar las filas "del mundo". Nada peor podría sucederle a la obra de Jesús, cuya suerte personal fue llevada a la muerte por los poderes de este mundo.

         Jesús trata de evitar, así, la ruptura de los discípulos. Y por eso la verdad ha de ser la que unja (consagre o santifique) a los discípulos con el Espíritu Santo (Jn 14,26; 1,33; 20,22) y con el Padre (Jn 17, 11), del que procede el Espíritu (Jn 15, 26). El Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad, la vida-amor del Padre y el principio de vida (Jn 3, 6). Y al ser comunicado al hombre, produce una nueva experiencia de vida-amor que, en cuanto percibida y formulada, es la verdad (Jn 8, 31).

         "Consagrar con la verdad" significa, por tanto, comunicar el Espíritu. El Padre consagró a Jesús para su misión (Jn 10, 36); Jesús le pide que consagre a los discípulos (unción mesiánica) de manera semejante a la suya. La verdad se formula en el mensaje del amor y la vida, que equivale al mandamiento (Sal 119,142; Jn 13,34).

         Gloria, amor y Espíritu son equivalentes. El Espíritu da la experiencia del amor del Padre. Y esta experiencia, si se da a conocer, produce la verdad. De ahí la necesidad de proclamar el mensaje como norma de vida o como mandamiento, para traducirlo en entrega, en gloria o resplandor visible del amor, que manifiesta a Dios en medio del mundo.

         La misión de los discípulos tiene el mismo fundamento que la de Jesús (la consagración con el Espíritu) y las mismas consecuencias (la persecución por parte de la sociedad hostil; Jn 15,18-25; 16,1-4). Jesús estaba ya consagrado por Dios antes de venir al mundo (Jn 10, 36), pero aquí afirma que se consagra de nuevo por los discípulos (Jn 19), aludiendo a su muerte.

         La consagración con el Espíritu no es pasiva, sino que exige colaboración. Por parte de Dios, capacitando para la misión que él confía (comunicando el Espíritu), y por parte del discípulo comprometiéndose en responder hasta el final (a ese dinamismo de amor y entrega). Pues un don no llega a ser tal hasta que no es aceptado. La muerte de Jesús, mostrando la aceptación del don hasta lo último, dará este don de forma plena y definitiva. Pero ese don ha de ser actualizado por los discípulos mediante la efusión del Espíritu.

Juan Mateos

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         El fragmento de hoy sobre la Oración Testamental de Jesús refleja su preocupación y su entrega por el futuro de sus discípulos, frente a la maldad y la mentira que dominan el mundo. Él los ha enviado como el Padre lo envió a él. Jesús les ha dado la palabra del Padre, y esa Palabra es su verdad, su bondad y su presencia amorosa (que da vida). Y quiere Jesús que los discípulos sean enteramente del Padre (como lo es él) viviendo y sirviendo su misma vida, unidos a él (y entre sí) para dar el mismo testimonio que él da de la verdad: "Tu palabra es la verdad" (v.17).

         En el mundo quedan los discípulos, y han de dar testimonio en el mundo. Por eso pide Jesús al Padre que, sin sacarlos del mundo, los proteja de la mentira, la maldad y la injusticia que dominan el mundo. Porque la verdad (el amor del Padre, que a todos da vida) crea hostilidad en medio del mundo (la misma que mató a Jesús). Y por eso Jesús se ofrece por sus discípulos, para que ellos también lleguen a ofrecerse por la misma verdad y la misma causa que él, testimoniando y comunicando esa vida frente a la mentira, la codicia y la maldad (que ocultan la verdad y matan la vida) que malean el mundo.

         Ese significado joánico de mundo (la perversión, que rechaza y se opone a la palabra y causa de Jesús) y el significado joánico de verdad (la bondad del Padre, que da verdadera vida) dan a la Oración Testamental de Jesús, pues, toda la fuerza teológica e histórica, expresada ya en Jn 3, 16: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su propio Hijo, para que quienes crean en él tengan vida en plenitud".

Miosotis Nolasco

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         El evangelista Juan, en su cap. 17, pone en clara relación las 3 personas de la Trinidad y la comunidad de discípulos. La familia divina está en permanente diálogo con toda la comunidad humana. El Padre cuida de sus hijos. Y ellos enfrentan una historia adversa y tienen en el Padre un garante de su obra. Por eso Jesús insiste en no desvincular a los discípulos de los problemas concretos de la historia, porque Dios acompańa a su pueblo en el único y definitivo escenario de la realidad histórica.

         "No te pido que los saques del mundo, sino que los protejas del mal". El mundo es el único escenario donde cada ser humano decide su salvación o condenación. La Iglesia está en el mundo no para marginarse de él, sino para dar testimonio de un camino de salvación. Este testimonio se verifica en su opción por el Dios de la vida. Una elección que la lleva a tomar una actitud de oposición frente a la injusticia institucionalizada. Opción que se concreta en el servicio del pueblo sencillo.

         Aunque la comunidad esté protegida por Dios, no está exenta de cometer errores que incluso la pueden llevar al pecado. La comunidad comprometida en el seguimiento de Cristo no está por encima de las miserias humanas. Los seguidores de Jesús, al estilo del Maestro, deben esforzarse por comprender la situación humana y tratar de remediarla desde adentro, desde la misma humanidad sometida al pecado y a la corrupción. Los cristianos no ocupan un lugar inmarcesible y superior. Están al mismo nivel que las demás religiones y culturas.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 20/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A