23 de Mayo
Sábado VII de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 23 mayo 2026
Jn 21, 20-25
La escena de ayer, con el diálogo de Jesús y Pedro, sigue hoy a partir de la invitación hecha por Jesús a Pedro: "Sígueme". A lo que Pedro contesta si también tenía que seguirles Juan. La respuesta de Jesús fue un tanto seca, volviéndole a decir que él le siguiera, sin preocuparse de Juan.
La escena de Pedro (preocupado por Juan), que bien pudo ser debida a ciertos celos, nos demuestra que la fe va madurando muy poco a poco, que todos seguimos siendo débiles, y que tendemos a mezclar los motivos espirituales con otros no tan espirituales.
Pedro madurará por obra del Espíritu Santo (en Pentecostés), y nos dará más tarde magníficos testimonios de su amor a Jesús. Pero por ahora todavía no sabe que irá a Roma, ni que allí, después de un apostolado lleno de valentía y entrega, confesará con su vida a Cristo ante toda Roma (el que años atrás le había negado ante una criada).
Mientras tanto, el evangelio de Juan parece como si no acabara: "hay muchas otras cosas sobre Jesús que no caben en los libros". Ahí estamos nosotros, los que creemos en Jesús 2.000 años después, los que no le hemos visto pero le seguimos. Los que estamos desplegando la Pascua en la historia que nos toca vivir. Los que hemos celebrado estas 7 semanas, que concluirán con el don mejor del Resucitado: su Espíritu Santo.
Porque la finalidad de todo el evangelio, como dice Juan en su 1ª conclusión, es que todos crean "que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre" (Jn 20, 31).
José Aldazábal
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Escuchamos hoy el final del evangelio de Juan, en el que Simón Pedro, viendo a Juan (el discípulo amado), dijo a Jesús: "Señor, ¿y éste qué?". Jesús le contestó: "Si yo quiero que este permanezca hasta que yo venga, ¿qué te importa a ti? Tú sígueme".
Jesús acaba de anunciar a Pedro el género de muerte que va a tener: una muerte violenta. Y Pedro, que podría tenerse por dichoso de "dar gloria a Dios" por una muerte parecida a la de Jesús... tiene miedo. Y en su turbación, hace una queja: "Y Juan, ¿qué?". Dame, Señor, la gracia de vivir mi destino personal, el que tú has escogido para mí, sin compararme con los demás.
Entonces "se divulgó entre los hermanos que aquel discípulo no moriría". Sí, los primeros cristianos estaban, como nosotros y como todos los hombres, sujetos al error. Se equivocaron a veces. Pero lo sorprendente fue que unos hombres frágiles (parecidos a la media de la humanidad) hubieran podido fundar una obra que todavía perdura. Hay aquí una fuerza más que humana, pues en medio de sus errores los discípulos han estado protegidos en lo esencial: la confianza en Jesús.
Hoy día, nosotros estamos "rodeados de flaqueza" (Hb 5, 2), y nuestras opiniones pueden falsearse o mal interpretarse. Pero seguimos confiando en Dios, cuya verdad sí que está en la Iglesia.
Porque, efectivamente, "no dijo Jesús a Pedro que no moriría, sino que". Es volviendo a meditar constantemente el evangelio, y las palabras de Jesús, como la Iglesia verifica su fe y corrige sus errores. En la humildad y en la docilidad a la Palabra.
El relato fue compuesto por Juan después de la muerte de Pedro en los jardines de Nerón de Roma (ca. 67), y trató de zanjar la cuestión de la sucesión de Pedro al frente de la Iglesia. Porque ¿quién debía sucederle? Algunos pensaban que el primado debía pasar a Juan, único superviviente de los 12 apóstoles.
Respecto al primado, sabemos que la Iglesia de aquel tiempo hizo su propia elección: un humilde discípulo de Pedro en Roma (Lino), en lugar ¡del inmortal Juan! y de ¡cualquier otro apóstol! Esa fue la sucesión primada que hizo la Iglesia, que en lugar de un apóstol inmortal (como podía ser Juan) prefirió la permanencia de la Iglesia y del Espíritu en manos de sencillos y corrientes hombres de su época. Toda una lección de adaptación.
Noel Quesson
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En el Diálogo de Despedida entre Jesús y Pedro, Jesús está invitando a Pedro a recomenzar el seguimiento (Jn 13, 36), de forma parecida a la invitación que había hecho a Felipe al principio del evangelio (Jn 1, 43). Pedro tiene que volver a los principios y aprender todo lo que no había aprendido. Pero entonces Pedro "se vuelve" (para comenzar su seguimiento) y se percata de que Juan (el discípulo predilecto de Jesús) les iba siguiendo (v.20).
Pedro, entonces, le pregunta a Jesús: "Señor, ¿ y éste qué?". Pedro está inseguro, y ante la sugerencia de Jesús de volver a reiniciar el camino, reacciona preguntando, queriendo saber qué será del otro (quizás para imitarlo y no desviarse).
Jesús le contesta que no importa lo que pase con el otro, y que la ruta de cada uno es independiente hasta que acabe la creación de la humanidad (Jn 20, 17). No hay más modelo que Jesús ni más camino que el suyo ("tú sígueme"). El Espíritu se identifica con él.
Respecto de Juan, éste afirma que la figura de Jesús descrita en el evangelio responde al significado profundo de su persona. Y que para conocer a Jesús no hace falta la plena información histórica ("de todo lo que hizo y dijo"), sino penetrar su significado profundo.
Juan Mateos
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Hoy leemos el final del evangelio de Juan, a través de un fragmento voluntariamente significativo. El Resucitado se aparece a sus discípulos y los renueva en su seguimiento, particularmente a Pedro. Y acto seguido se sitúa el texto que hoy proclamamos en la liturgia.
La figura del "discípulo amado" es central en este fragmento (como en todo el evangelio de Juan). Puede referirse a una persona concreta (el discípulo Juan) o bien puede ser el prototipo de todo discípulo amado por el Maestro. En todo caso, dicha figura (el discípulo amado) "se quedará en el mundo" hasta que Jesús vuelva, como elemento de continuidad a la experiencia de los apóstoles. El Señor Resucitado asegura su presencia en aquellos que quieran ser seguidores.
"Si quiero que se quede hasta que yo venga" (v.22) parece indicar, pues, más una continuidad espiritual que una continuidad espacio-temporal. El discípulo amado se convierte así en testigo espiritual del Resucitado en todas las épocas y lugares de la historia. Y cada uno de nosotros puede ser el discípulo amado, en la medida en que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo (que nos ayuda a descubrir esa presencia del Señor).
Fidel Catalán
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La lectura evangélica de hoy presenta los últimos versículos del evangelio de Juan. Tras conseguir que Pedro le confiese su amor (por 3 veces, para reparar aquella triple cobardía de la Pasión), Jesús le ha confiado el pequeño rebaño de la Iglesia, y le ha anunciado el precio mortal de su renovado amor: será amarrado por otros, y lo llevaran donde él no quiera. Pero el discípulo amado por Jesús los sigue de cerca, y Pedro pregunta a Jesús por la suerte de ese personaje.
Efectivamente, el apóstol Juan (aquel discípulo amado) empieza a ser objeto de una extraña profecía: si Jesús quiere que él permanezca hasta su muerte, a Pedro no le debe importar. En todo caso, Jesús está hablando de la gratuidad del amor, pues a Pedro le anuncia el martirio y al discípulo amado un destino glorioso. Y no porque éste haya hecho mejores cosas que Pedro, sino porque ha amado y merecido tan honroso título.
Al final de la lectura nos enteramos de que este discípulo amado es el que ha dado testimonio de todo lo que contiene el evangelio, y de que él mismo lo ha escrito. Y los primeros cristianos que leyeron el 4º evangelio estaban convencidos de la veracidad de su testimonio. Tal vez ellos mismos añadieron la nota según la cual los hechos y las palabras de Jesús fueron "muchos más de los narrados", y que "de escribirse todos no habría lugar suficiente en el mundo para los libros que los contuvieran".
Confederación Internacional Claretiana
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En el evangelio de hoy Juan se nos presenta como el discípulo amado, evidenciando la importancia de todo lo escrito con anterioridad y aludiendo a la autoridad joánica ante la situación histórica en que fue escrito.
En los versículos anteriores, Pedro había recibido una insinuación de Jesús sobre su futuro personal: que moriría testimonialmente por Jesús. A partir de esa insinuación, Pedro también quiso saber el futuro de Juan, su compañero.
Con esto, Pedro podía haber caído en la tentación de saber el futuro de los demás, descuidando así el papel que jugarán y las sorpresas que ofrecerán, a lo largo de la historia. Es grande la tentación que ordinariamente tenemos sobre el futuro, pero no es bueno querer tener seguridades y tranquilidades.
Se nos olvida también el gran daño que puede hacer una mente aferrada el futuro, pues ¿qué papel jugaría la libertad? ¿Y dónde quedaría la Providencia? ¿O qué mérito tendría la fidelidad? ¿Y dónde quedaría la espiritualidad? El peor daño que pueden hacer las lecturas del futuro es el de la pasividad, porque el mayor bien que tiene la Iglesia es la actividad amorosa.
Por eso lo respuesta de Jesús a Pedro, sobre el destino de Juan, es sabia. No se lo revela. Y de esta manera, Pedro queda abierto al amor, al servicio, a la ayuda diaria que hay que prestar, sin saber el camino que tomará la historia. El determinar el futuro enfría o destruye al amor. Y es mejor que el amor esté vivo, aunque se tenga que vivir en incertidumbre. La incertidumbre compromete la libertad, da mayores posibilidades a la gracia y abre siempre nuevos caminos al amor.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act: