23 de Marzo
Lunes V de Cuaresma
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 23 marzo 2026
Jn 8, 1-11
En el evangelio de hoy Jesús no sólo defiende al que es justo, sino va más allá: es el instrumento de la misericordia de Dios incluso para los pecadores. Esta vez la mujer a la que acusaban era culpable, y culpable de adulterio. Pero Jesús (lo ha dicho repetidas veces) ha venido precisamente a perdonar, a salvar a los enfermos más que a los sanos.
La escena que algunos biblistas afirman (que es más afín al estilo de Lucas que al de Juan) está vivamente narrada: los acusadores, la gente curiosa, la mujer avergonzada, y Cristo que escribe en el suelo y resuelve con elegancia la situación. No sabemos lo que escribió, pero sí lo que les dijo a los acusadores y el diálogo que tuvo con la mujer, delicado y respetuoso. Y su sentencia, de perdón y de ánimo.
Todo el episodio está encuadrado en el creciente antagonismo de los judíos contra Jesús: le traen a la mujer "para comprometerle y poder acusarlo". Si la condena, pierde popularidad. Si la absuelve, va contra la ley.
La figura central es Jesús, y el juicio de Dios sobre nuestro pecado. Si en la 1ª lectura era el joven Daniel quien desenmascara a los falsos acusadores, en el evangelio es Jesús el que va camino de la muerte para asumir sobre sí mismo el juicio y la condena que la humanidad merecía.
El nuevo Daniel se deja juzgar y condenar él, en un juicio totalmente injusto, para salvar a la humanidad. Por eso puede perdonar ya anticipadamente a la mujer pecadora. ¿Sabemos tener para con los que han fallado la misma delicadeza de trato de Jesús para con la mujer pecadora, o estamos retratados más bien en los intransigentes judíos que arrojaron a la mujer a los pies de Jesús para condenarla?
José Aldazábal
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De mañana, Jesús está sentado en el patio del Templo de Jerusalén, rodeado de mucha gente allí reunida. Jesús habla y enseña, pero un poco más allá se forma un tumulto. Unos hombres traen arrastrando a una mujer, y la muchedumbre se aparta y se forma un círculo: "¡Ha engañado a su marido! ¡Merece la muerte, según la ley de Moisés!". Y hasta se pueden escuchar los comentarios de la multitud: "¡Desenmascarada, sorprendida en flagrante adulterio!".
Jesús, indignándose con todo aquello, "se puso a escribir con el dedo en la tierra". Ésta es la actitud de Jesús ante nuestros pecados. Con delicadeza, no levanta la mirada hacia la pecadora (porque conoce su vergüenza) y prefiere bajar los ojos al suelo. Tú, Señor, eres el único que no la juzgas. Tú te compadeces de ella, y en breve tomarás posición contra toda la opinión pública... y contra la ley oficial. Ciertamente, es necesaria la ley, a nivel de reglas generales para la vida social. Pero tú, Señor, miras el corazón.
Como los judíos insistían en preguntar a Jesús (queriendo que Jesús la condenara), entonces Jesús se incorporó y les dijo: "El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra". Les remite a su propia conciencia, y a que miraran dentro de ellos.
Cuando me siento tentado de juzgar duramente, es también conveniente que busque en mí, para ver si yo mismo estoy "sin pecado". ¿Hay quizás en mí pecados equivalentes o peores, o por lo menos raíces de esas mismas tendencias que condeno en los demás? Mis propias debilidades deberían hacerme indulgente para con las debilidades de los demás.
Jesús quedó solo con la mujer. Se incorporó y le dijo: "Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?". Dijo ella: "Nadie, Señor". Y Jesús le dijo: "Ni yo te condeno tampoco". Se trata de un diálogo en que todo es belleza y delicadeza, que merece la pena repetir. Volvamos allí, e imaginemos los gestos de Jesús, cuando sus ojos se vuelven hacia ella, cuando se quedan solos, cuando le dice "nadie te ha condenado", cuando le devuelve la honra que le han quitado...
Al final del pasaje, son los acusadores los que han tenido que reconocer públicamente su culpabilidad, "escabulléndose uno a uno, empezando por los más viejos". Ante la presencia de Jesús, los acusadores se han dado a la fuga. "Tampoco yo te condeno". Jesús libera por fuera y por dentro a aquella pobre mujer. Pues podía haberle dicho: "Yo no te condeno" (aludiendo a que ellos sí), pero le dice "yo tampoco". Tú eres, Señor, el que carga sobre sí los pecados del mundo.
Noel Quesson
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El episodio de la mujer adúltera es un episodio en el cual Jesucristo se encuentra no tanto con la realidad del pecado, cuanto con la visión que el hombre tiene del propio pecado. Por una parte están los acusadores, los hombres que dicen: "Esta mujer es adúltera y por lo tanto debe ser condenada a muerte por lapidación". Por otra parte está la mujer que, evidentemente, también está en pecado.
Este relato del evangelio nos habla de un Jesús que nos llama, que nos invita a atrevernos a sumergirnos en la realidad de nuestra conversión: "El que esté sin pecado, que tire la primera piedra".
No dice Jesús que la mujer ha hecho bien, y lo que simplemente les pregunta es si se han dado cuenta de cuál es la justicia, la santidad que hay en cada una de sus almas. Es decir, primero dense cuenta de esto, y luego pónganse a pensar si pueden tirarle piedras a alguien que está en pecado. "Antes de ver la paja del ojo ajeno, quita la viga que hay en el tuyo".
La conversión supone la valentía de profundizar dentro de la propia alma. La conversión supone la valentía de entrar al propio corazón, como Jesús entra dentro del alma de estos hombres para que se den cuenta que todos tienen pecado, que ninguno de ellos puede llegar a tirar ni siquiera una piedra.
Muchas veces, lo que nos acaba pasando cuando rozamos el misterio de la conversión de nuestra alma, cuando tocamos el misterio de que tenemos que transformar comportamientos, afectos, actitudes, criterios, pensamientos, juicios, es que nos da miedo y nos echamos para atrás y preferimos no tenerlo delante de los ojos.
¿Quién se atrevería a bajar hasta lo más profundo del propio corazón si no es acompañado de Dios nuestro Señor? ¿Quién se atrevería a tocar lo tremendo de las propias infidelidades, de los propios egoísmos, de todo lo que uno es en su vida, si no es acompañado por Dios? La pregunta más importante sería: ¿Ya has sido capaz de bajar, acompañado de Dios nuestro Señor, a lo profundo de tu corazón? ¿Ya has sido capaz de tocar el fondo de tu vida para verdaderamente poder convertirte?
Cipriano Sánchez
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Hoy vemos a Jesús "escribir con el dedo en la tierra" (v.6), como si estuviera a la vez ocupado y divertido en algo más importante que el escuchar a quienes acusan a la mujer que le presentan porque "ha sido sorprendida en flagrante adulterio" (v.3).
Llama la atención la serenidad, e incluso el buen humor, que vemos en Jesucristo, aún en los momentos que para otros son de gran tensión. Una enseñanza práctica para cada uno, en estos días nuestros que llevan velocidad de vértigo y ponen los nervios de punta en un buen número de ocasiones.
La sigilosa y graciosa huída de los acusadores, nos recuerda que quien juzga es sólo Dios y que todos nosotros somos pecadores. En nuestra vida diaria, con ocasión del trabajo, en las relaciones familiares o de amistad, hacemos juicios de valor. Más de alguna vez, nuestros juicios son erróneos y quitan la buena fama de los demás. Se trata de una verdadera falta de justicia que nos obliga a reparar, tarea no siempre fácil.
Al contemplar a Jesús en medio de esa jauría de acusadores, entendemos muy bien lo que señaló Santo Tomás de Aquino: "La justicia y la misericordia están tan unidas que la una sostiene a la otra. La justicia sin misericordia es crueldad; y la misericordia sin justicia es ruina, destrucción".
Hemos de llenarnos de alegría al saber, con certeza, que Dios nos perdona todo, absolutamente todo, en el sacramento de la confesión. En estos días de cuaresma tenemos la oportunidad magnífica de acudir a quien es rico en misericordia en el sacramento de la reconciliación. Y, además, para el día de hoy, un propósito concreto: al ver a los demás, diré en el interior de mi corazón las mismas palabras de Jesús: "Tampoco yo te condeno" (v.11).
Pablo Arce
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La sabiduría y la bondad divinas se manifiestan en Jesucristo. A él le traen a una adúltera, digna de la lapidación según las normas de la ley de Moisés. Pero Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Acercándonos ya a la celebración de la Pascua, la Escritura nos propone esta escena de misericordia y de perdón divinos, frente a la intransigencia hipócrita de nuestros juicios.
Tal vez los inquisidores de la historia olvidaron leer, o no oyeron nunca este pasaje. En lo profundo de nuestro corazón acecha un inquisidor, dispuesto a condenar al otro, a pedir sobre él el castigo divino, olvidándose del perdón de Jesús, y de los propios pecados, quizá mucho mas graves.
En esta semana, que la liturgia llama de dolores por ser una sentida y profunda reflexión sobre la entrega de Jesús al dolor (como medio para alcanzar el perdón y la vida), estamos llamados a convertirnos de nuestros pecados, a perdonar a quien nos ha ofendido y a pedir perdón humildemente por nuestras propias fallos, para merecer participar en la victoria de Cristo sobre el mal y la muerte. Vayamos preparando la Semana Santa, ya inminente.
Confederación Internacional Claretiana
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De cara a las promesas que se hacen en esta cuaresma, preparación para la fiesta de la Pascua, los depositarios son verdaderamente inquietantes, sobre todo para lo más refinado y clásico de nuestro medio. Las primeras son ellas, las mujeres (con todo lo que ello implica de novedoso, aún hoy, sin decirnos mentiras), infieles y adúlteras, marginadas y puestas al paredón por nuestro purismo y recato.
Se las pretende juzgar con la norma, con la ley de Moisés, que da un castigo ajustado al tamaño de la falta: el apedreamiento. Pero Jesús se sale por otro lado, y ofrece otra propuesta, otra alternativa. A la muerte que se va a provocar, contrapone Jesús la vida; a la ley mosaica que le citan, escribe Jesús otra en el suelo; a la altura de donde venía la ley a aplicar, Jesús contrapone el suelo, ante el que se inclina para escribir su propia ley.
A Juan, que es un escritor muy preocupado por la semiótica (los símbolos), no se le ppasó este dato: los que acusaban eran los maestros de la ley. Jesús, el auténtico Maestro, es el que no acusa.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act:
23/03/26
@tiempo
de cuaresma
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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