4 de Mayo
Lunes V de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 4 mayo 2026
Jn 14, 21-26
Toda esta semana seguiremos escuchando el discurso de Jesús en su Ultima Cena. A veces, el evangelio nos invita a creer en Jesús, pero hoy nos invita a otra cosa: a amarle y seguir sus caminos. En concreto, viene a decirnos que cuando Jesús se vaya (y en esta cena se está despidiendo de sus discípulos), ¿cómo se podrá decir que permanecemos en él, que creemos en él y le amamos de veras? Jesús nos da la pista: "El que me ama guardará mi palabra, y el que no me ama no guardará mis palabras".
Pero este amor tiene consecuencias inesperadas, una admirable intercomunión con Cristo y con el Padre: "Al que me ama lo amará mi Padre y lo amaré yo, mi Padre lo amará y vendremos a él, y haremos morada en él". Y aún más: Jesús nos anuncia al Espíritu Santo como protagonista en nuestra vida de fe. Le llama paráclito (lit. abogado defensor), le llama maestro ("él os enseñará todo") y le llama memoria ("os irá recordando todo lo que os he dicho").
El Resucitado nos invita a una comunión vital: nuestra fe y nuestro amor a Jesús nos introduce en un admirable intercambio. Dios mismo hace su morada en nosotros, nos convertimos en templos de Dios y de su Espíritu. Nos invita también a permanecer atentos al Espíritu, nuestro verdadero Maestro interior, nuestra memoria: el que nos va revelando la profundidad de Dios, el que nos conecta con Cristo.
El Catecismo de la Iglesia Católica dedica unos números sabrosos (CIC, 1091-1112) al papel del Espíritu en nuestra vida de fe. Lo llama pedagogo de nuestra fe, porque él es quien nos prepara para el encuentro con Cristo y con el Padre, el que suscita nuestra fe y nuestro amor, y el que "recuerda a la asamblea todo lo que Cristo ha hecho por nosotros: él despierta la memoria de la Iglesia".
Cuando celebramos la eucaristía y recibimos a Cristo resucitado como alimento de vida, se produce de un modo admirable esa interpermanencia de vida y de amor: "Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. E igual que yo vivo por el Padre, el que me coma vivirá por mí" (Jn 6, 56-57). En la eucaristía se cumple, por tanto, el efecto central de la Pascua, con esta comunicación de vida entre Cristo y nosotros, y, a través de Cristo, con el Padre.
José Aldazábal
* * *
Toda esta semana meditaremos el Discurso de la Ultima Cena. Esas palabras de Jesús, en el relato de Juan, siguen inmediatamente el anuncio de la negación de Pedro, portavoz del grupo de los discípulos (Jn 13, 38). Un malestar profundo invade a estos hombres, que temen lo peor. Y es verdad que mañana Jesús será torturado. Jesús experimenta también esta turbación: Y he aquí lo que acierta a decir para reconfortarles, para reconfortarse a sí mismo: "El que recibe mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama".
Amar a Jesús, esa es la cuestión: Jesús quiere que se le ame. E indica el signo del verdadero amor: la sumisión al amado. Cuando se ama a alguien, se es capaz de abandonar libremente el punto de vista personal para adaptarse al máximo a la voluntad y a los deseos de aquel que ama: se transforma en aquel a quien se ama. Se establece una especie de simbiosis mutua: tu deseo es también el mío, tu voluntad es la mía, tu pensamiento ha llegado a ser el mío... nuestras 2 vidas forman una sola vida.
"Señor, ¿por qué te manifiestas a nosotros, y no al mundo?". Ésta es la pregunta de uno de los apóstoles, en concreto la de Judas Tadeo. Y es que, llenos del AT, los apóstoles piden a Jesús que se manifieste pública y gloriosamente, en una especie de teofanía, en medio de relámpagos y truenos, como en el Sinaí y como los profetas lo habían anunciado alguna vez (Ez 43). Hoy, también, algunos cristianos (y quizás también yo) continúan buscando manifestaciones espectaculares. ¿Cuál será la respuesta de Jesús?
La respuesta de Jesús es clara: "Si alguno me ama guardará mi palabra, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él". Esta es la manifestación que Dios nos hace. Hace su morada en el corazón de los que creen en él. Dicho de otro modo: no se manifiesta más que en el corazón de los que le aman. Jesús habla de amor.
Noel Quesson
* * *
Escuchamos hoy cómo otro Judas (Tadeo, no el Iscariote) le preguntó: "Señor, y ¿a qué se debe que nos vayas a manifestar tu persona a nosotros y al mundo no?" (v.22). Jesús le contestó: "Uno que me ama cumplirá mi mensaje y mi Padre le demostrará su amor: vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él" (v.23). El discípulo le pregunta decepcionado, y esperaba una vuelta gloriosa y triunfante de Jesús, no sólo una manifestación a individuos. No comprende, porque no renuncia a su concepción mesiánica.
La venida de Jesús no se hará con alarde de poder ni para vengarse de la injusticia cometida contra él (v.23). La transformación de la sociedad humana no se hace por la fuerza. Por eso, en respuesta a Judas, repite lo antes dicho (v.21). Su mensaje es el del amor al hombre, y se despliega en sus mandamientos. Y su manifestación no es como la que ellos esperan.
La respuesta a la práctica del amor es la presencia suya y del Padre. El Padre y Jesús, que son uno, establecerán su morada en el discípulo. En el antiguo Exodo, la presencia de Dios en medio del pueblo se localizaba en la Tienda del Encuentro. En el nuevo, cada uno será morada de Dios.
Pero Jesús continúa con su explicación, y le dice a Judas Tadeo: "El que no me ama no cumple mis palabras; y el mensaje que estáis oyendo no es mío, sino del Padre que me envió" (v.24). El mensaje de Jesús es el del Padre, que invita a un éxodo espritual (Jn 10, 2-4), que abre los ojos para que el hombre conozca su dignidad según el designio de Dios (Jn 9, 1) y que se manifiesta en el compartir (Jn 6, 5). Practicarlo significa tener el Espíritu de Jesús.
Tras lo cual, Jesús continúa diciéndole: "Os dejo dichas estas cosas mientras estoy con vosotros. Pero un valedor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre por mi medio, él os lo irá enseñando todo, recordándoos todo lo que yo os he expuesto" (vv.25-26).
La frase "mientras estoy con vosotros" hace recordar la marcha de Jesús y anuncia su despedida. Ellos tendrán que ir comprendiendo y profundizando lo que les ha dicho, pero ayudados por el Espíritu. Es el Espíritu profético, que transmite a la comunidad mensajes del Señor. Jesús, hecho presente por su Espíritu, es el maestro de la comunidad.
El Espíritu Santo es el amor y lealtad, la gloria (Jn 1,14.32; 1,17; 7,39), el mensaje (en cuanto el amor se formula para proclamarlo), el espíritu (en cuanto fuerza de vida), el mandamiento (en cuanto es norma de conducta) y la gloria (en cuanto hace visible y hace presente a Dios). Jesús está presente con su Espíritu Santo, que es la fuerza y actividad de su amor.
Juan Mateos
* * *
Hoy Jesús nos muestra su inmenso deseo de que participemos de su plenitud. Incorporados a él, estamos en la fuente de vida divina que es la Santísima Trinidad. Dios está contigo, y en tu alma en gracia habita la Trinidad. Por eso tú puedes y debes estar en continua conversación con el Señor, a pesar de tus miserias.
Jesús asegura que estará presente en nosotros por la inhabitación divina en el alma en gracia. Así, los cristianos ya no somos huérfanos. Ya que nos ama tanto, a pesar de que no nos necesita, no quiere prescindir de nosotros.
Más en concreto, Jesús nos dice que "el que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él" (Jn 14,21). Este pensamiento nos ayuda a tener presencia de Dios, y a que no tengan lugar en nosotros otros deseos o pensamientos que nos hagan perder el tiempo. Como recomendaba San Gregorio Magno, "que no te seduzca el halago de la prosperidad, porque es un caminante necio aquel que ve prados deliciosos y se olvida del camino por donde quería ir".
La presencia de Dios en el corazón nos ayudará a descubrir y realizar en este mundo los planes que la Providencia nos haya asignado. El Espíritu del Señor suscitará en nuestro corazón iniciativas para situarlas en la cúspide de todas las actividades humanas y hacer presente, así, a Cristo en lo alto de la tierra. Si tenemos esta intimidad con Jesús llegaremos a ser buenos hijos de Dios y nos sentiremos amigos suyos en todo lugar y momento: en la calle, en medio del trabajo cotidiano, en la vida familiar.
Toda la luz y el fuego de la vida divina se volcarán sobre cada uno de los fieles que estén dispuestos a recibir el don de la inhabitación. La madre de Dios intercederá (como madre nuestra que es) para que penetremos en este trato con la Santísima Trinidad.
Norbert Estarriol
* * *
En la lectura evangélica de hoy, correspondiente a una pequeña sección de los discursos de despedida de Jesús (antes de su pasión), se resalta la idea del amor mutuo: de los discípulos a Jesús, del Padre y del Hijo entre sí, del Padre y de Cristo a los discípulos.
Pero no se trata éste de un amor puramente sentimental, hecho de palabras y de gestos ostentosos (como los que a veces muestran los devotos y entusiastas de algunos santos o advocaciones particulares). Sino que se trata de un amor exigente, que implica un deliberado compromiso por guardar sus mandamientos y su palabra, conscientes de que es la misma palabra de Dios.
Al final del pasaje, Jesús promete a sus discípulos el don del Espíritu, enviado por el Padre en su nombre a consolar y defender a los discípulos. Es el sentido de la palabra Paráclito con la que se le designa en algunas traducciones.
Este Espíritu será, según lo promete Jesús a sus discípulos, como un maestro secreto de la comunidad cristiana, que le manifestará todo lo referente a la salvación, al alcance y las consecuencias de la obra de Jesucristo y que, además, le recordará todo lo que Jesús ha dicho.
Como Jesús sabe de nuestra debilidad y de nuestra ignorancia, por eso promete a sus discípulos este don divino del Espíritu, presentándose aquí, en tan pocos y breves versículos, la mención expresa de las que la teología cristiana denominará: tres divinas personas de la Santísima Trinidad, un único Dios verdadero.
Confederación Internacional Claretiana
* * *
Cuando Jesús dijo que al que le escuchara (y cumpliera sus mandamientos) "Yo me mostraré a él" (v.21), un discípulo le preguntó: "Señor, ¿por qué vas a mostrarte a nosotros y no a la gente del mundo?". La posición de Jesús, mal entendida, nos puede llevar a la creencia de que Jesús consideraba a sus discípulos como un grupo exclusivo y cerrado, y que el resto de la población era el mundo en el sentido negativo que en muchos textos tiene este concepto.
Sin embargo, Jesús no responde directamente a la pregunta hecha, sino que sencillamente describe 2 grupos de personas con intereses y actuaciones diferentes: "los que lo aman" y "los que no lo aman". Y para cada uno de ellos anuncia unas consecuencias.
Es decir, Jesús no es exclusivista, sino que más bien rompe con el exclusivismo. La revelación de Dios no era patrimonio sólo de los judíos y no fue sólo a un grupo preferido de personas a quien se reveló la Buena Nueva, sino a "todo el que recibe mis mandamientos y los obedece".
Cuando las personas, los grupos o instituciones se consideran como depositarios absolutos de la verdad, considerando a los que piensan y actúan de modo diferente como inferiores, ignorantes o condenados, se rompe la fraternidad y la armonía, necesarias para la sana convivencia. No puede haber verdadera justicia, si nuestras relaciones son excluyentes y dominantes.
Comprendemos entonces que cuando se margina o se discrimina a alguien, se está en contravía de la construcción de una sociedad de iguales, que fue el mensaje de Jesús. Los cristianos y cristianas, con la ayuda del Espíritu Santo (v.26), tenemos que revisar muchas nuestras prácticas cotidianas (lúdica, laboral, de pareja...), sobre todo si éstas presuponen algún tipo de inferioridad en los demás, o falsamente nos hacen sentir autorizados para someterlos a nuestra voluntad. La unidad en la diversidad es uno de los elementos del Reino de Dios, como bien explicó Juan Pablo II.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act: