24 de Marzo

Martes V de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 24 marzo 2026

Jn 8, 21-30

         Si no sabemos qué significaba la serpiente del desierto, lo que sí sabemos es que el NT la interpreta como figura de Cristo en la cruz, curando y salvando a cuantos vuelven la mirada hacia él, sobre todo cuando es elevado a la cruz en su Pascua. Es decir, que Jesús es el Salvador.

         En el cap. 8 de Juan, que empezamos a leer ayer, nos situamos ante el tema central del evangelio de Juan: ¿quién es Jesús? Él mismo responde: "Yo soy el de allá arriba, y no soy de este mundo. Cuando levantéis al Hijo del Hombre (en la cruz), sabréis que Yo soy".

         Los que crean en él (los que le miren y vean en él al enviado de Dios y le sigan) se salvarán. Y al revés: "Si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestro pecado". Quienes le oyen no parecen dispuestos a creer: se le oponen frontalmente y el conflicto es cada vez mayor.

         El mismo Jesús, en su diálogo con Nicodemo, nos explica el simbolismo de esta figura: "Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna" (Jn 3, 14). Y en otra ocasión: "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32-33). Este "ser levantado" Jesús se refiere a toda su Pascua: no sólo a la cruz, sino también a su glorificación y su entrada en la nueva existencia junto al Padre.

         Es lo que los cristianos nos disponemos a celebrar en los próximos días. Miraremos a Cristo en la cruz con creciente intensidad y emoción en estos últimos días de la Cuaresma y en el Triduo Pascual. Le miraremos no con curiosidad, sino con fe, sabiendo interpretar el "Yo soy" que nos ha repetido tantas veces en su evangelio. A nosotros no nos escandaliza, como a sus contemporáneos, que él afirme su divinidad. Precisamente por eso le seguimos.

         Una consigna prioritaria de nuestra vida cristiana es la de fijar nuestros ojos en ese Jesús que Dios ha enviado a nuestra historia, y que es el que da sentido a nuestra existencia y nos salva de nuestros males.

José Adazábal

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         El fragmento de hoy forma parte de unos capítulos centrales del 4º evangelio. Jesús sube a Jerusalén para la Fiesta de las Chozas (Jn 7, 2.10), y el lector asistirá a gran número de controversias entre Jesús y los judíos de Jerusalén (los fariseos son nombrados explícitamente en varias escenas), que culminarán en el intento de apedrear a Jesús: "Entonces tomaron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo" (Jn 8, 5.9).

         Son unos capítulos llenos de discusiones doctrinales sobre el origen del Mesías y sobre la validez del testimonio de Jesús sobre sí mismo. La tensión dramática del evangelio llega aquí a un momento verdaderamente culminante. El lector está convencido de que todo lo que va a seguir no puede llevar más que a la muerte de Jesús.

         El contexto litúrgico de estos capítulos forma un trasfondo importante para entender el fragmento de hoy. La Fiesta de las Chozas era para los judíos la fiesta por excelencia de la esperanza mesiánica. En ella la autoproclamación de Dios tenía una fuerza y centralidad sin igual, y los salmos y textos del AT, que probablemente se utilizaban, venían a subrayar esta presencia poderosa de Dios en el templo con el majestuoso "Yo soy" de la liturgia.

         Jesús, en medio de este contexto, se autoproclama "Yo soy". La revelación no puede ser más clara. Y en estas palabras majestuosas, que quieren responder a la pregunta explícita ¿Tú quién eres? (v.25), se da precisamente la razón fundamental del escándalo y del rechazo judío: lo quieren apedrear.

         El 4º evangelio pone un contrapunto a esta actitud negativa radical, y el fragmento de hoy acaba diciendo que "muchos del pueblo creyeron en él" (v.30). La revelación de Jesús ha provocado la división radical: unos la han aceptado y otros rechazado.

         En el evangelio de Juan hay pocos capítulos tan doctrinales como el 7 y 8. El autor ha querido dejar claro a sus lectores que también en el terreno doctrinal hay argumentos para mostrar que Jesús es el Mesías, el hijo de Dios.

         Ahora bien, el evangelista ha dejado igualmente clara una cosa fundamental: la fe o la no-fe no son el resultado de una controversia doctrinal. Tal vez nosotros deberíamos aprender a resituar las diversas actitudes doctrinales. Quizá, por encima de ellas, está la opción por Jesús, que es mucho más radical y, en sí misma, no es doctrinal.

Josep Oriol Tuñí

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         Hoy, martes V de cuaresma, y a una semana de la contemplación de la Pasión del Señor, Jesús nos invita a mirarle anticipadamente redimiéndonos desde la cruz. Como decía San Juan Fisher, "Jesucristo es nuestro pontífice, su cuerpo precioso es nuestro sacrificio que él ofreció en el ara de la cruz para la salvación de todos los hombres".

         "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre" (v.28), dice Jesús. En efecto, Cristo crucificado (Cristo levantado) es el gran y definitivo signo del amor del Padre a la humanidad caída. Sus brazos abiertos, extendidos entre el cielo y la tierra, trazan el signo indeleble de su amistad con nosotros los hombres. Al verle así, alzado ante nuestra mirada pecadora, sabremos que él es (v.28), y entonces, como aquellos judíos que le escuchaban, también nosotros creeremos en él.

         Sólo la amistad de quien está familiarizado con la cruz puede proporcionarnos la connaturalidad para adentrarnos en el corazón del Redentor. Pretender un evangelio sin cruz, despojado del sentido cristiano de la mortificación, o contagiado del ambiente pagano y naturalista que nos impide entender el valor redentor del sufrimiento, nos colocaría en la terrible posibilidad de escuchar de los labios de Cristo: "Después de todo, ¿para qué seguir hablándoos?".

         Que nuestra mirada a la cruz, mirada sosegada y contemplativa, sea una pregunta al Crucificado, en que sin ruido de palabras le digamos: "¿Quién eres tú?" (v.25). Él nos contestará que es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6), la vid a la que sin estar unidos nosotros, pobres sarmientos, no podemos dar fruto, porque sólo él tiene palabras de vida eterna.

         Y así, si no creemos que él es, moriremos por nuestros pecados. Viviremos, sin embargo, y viviremos ya en esta tierra vida de cielo si aprendemos de él la gozosa certidumbre de que el Padre está con nosotros, no nos deja solos. Así imitaremos al Hijo en hacer siempre lo que al Padre le agrada.

José María Manresa

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         El evangelio de hoy continúa los discursos de Jesús que comenzaron en el capítulo séptimo con motivo de la Fiesta de las Tiendas. Como no ha llegado su hora, Jesús sigue revelando su condición divina. En Jn 7, 38 se había revelado como "fuente de agua viva", y en Jn 8, 12 como "luz del mundo".

         Quien rechace la luz y la vida morirá en su pecado. Por esto no podrán ir a donde Jesús está a punto de marchar, pues su ceguera llevará a Jesús hacia la muerte, de donde lo resucitará el Padre para ponerlo de nuevo a su lado. Y a este lugar de la vida, sus adversarios que optaron por la muerte, nunca podrán llegar.

         Los judíos piensan que va a suicidarse. Definitivamente Jesús y sus adversarios se mueven en 2 planos completamente opuestos. Jesús, que es "de arriba", representa por su cercanía a Dios la luz y la vida. Los judíos son "de abajo", quienes con su actitud representan la obstinación, la infidelidad, la mentira y la muerte.

         La afirmación de Jesús suscita la reacción de sus adversarios, que preguntan: "¿Quién eres tú?". La pregunta se puede entender de 2 modos. O los judíos no entendían nada (y mucho menos acerca del "Yo soy"), o quedaron tan sorprendidos escuchando a Jesús usar el nombre de Dios (que él se había dado en el Exodo), que reaccionan con esta pregunta, que tendría el sentido de "¿cómo te atreves a atribuirte el nombre de Dios?".

         Esta 2ª explicación es la más probable, y refleja el estado de la situación. Pues por más que se les explique, no aceptarán esa relación Jesús-Dios o Hijo-Padre. En este momento el discurso de Jesús deja todo para el futuro: con la cruz y la resurrección comprenderán que "Yo Soy".

         El largo discurso de Jesús termina con una expresión de esperanza: "Muchos creyeron en él". Demos gracias a Dios porque a pesar de tanta oposición a la vida, siempre hay un grupo, del cual esperamos ser parte, que cree en el proyecto de Jesús y gasta su vida a su servicio.

         Jesús les explica dónde está la diferencia radical entre ellos y él y, en consecuencia, en qué consiste su pecado: "Vosotros pertenecéis a lo de aquí abajo, yo pertenezco a lo de arriba; vosotros pertenecéis a este orden, yo no pertenezco al orden este" (v.23). Lo de arriba es la esfera de Dios, la del hombre acabado por el Espíritu; lo de abajo, la esfera sin Espíritu, la de los hombres inacabados (carne).

         Por decirlo sintéticamente, arriba-abajo = espíritu-carne = luz-tinieblas = vida-muerte. Y el pecado, esa traición a Dios optando por lo bajero, carnal o tenebroso, llevará a cometer múltiples injusticias (v. 24). La única manera de salir de la dinámica pecado-muerte consiste en reconocer a Jesús como Mesías (o "luz del mundo"; Jn 8, 12) y pasar a la esfera de arriba.

         Así que la pregunta que le hacen ("¿quién eres tú?"; v.5), es innecesaria, pues él ya la ha venido respondiendo y reafirmando: "Yo soy el enviado de Dios" (Jn 5,36; 7,28; 8,18) y el Mesías, aunque no pronuncia ese título sino el anterior, para no prestarse a interpretaciones nacionalistas. Lo cual está avalado por el mismo Dios Padre, y anticipa su final:

"Cuando levantéis en alto al hombre, entonces comprenderéis que yo soy lo que soy y que no hago nada de por mí, sino que propongo exactamente lo que me ha enseñado el Padre. Además, el que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; la prueba es que yo hago siempre lo que le agrada a él. Mientras hablaba así muchos le dieron su adhesión" (vv.27-29).

         "Levantar en alto" (v.28) tiene en la Escritura el doble sentido de muerte y exaltación. El Hijo del Hombre ha aprendido del Padre su oposición a la injusticia; su muerte demostrará su plena coherencia, la de un amor que llega hasta dar la vida, y con ella, su misión divina. Jesús no se acobarda (v.29), porque el Padre lo acompaña y apoya. Reacción favorable de muchos a sus palabras. La claridad de su denuncia ha hecho impresión (v.30).

Juan Mateos

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         Esta semana se va haciendo más compleja para Jesús. Los enemigos pretenden acorralarlo, y Jesús va clarificando para sus oyentes lo que él es de cara al proyecto del Padre: un enviado, pero algo más que un enviado. Empieza a plantearse para sí mismo las consecuencias de su actuar y de su decir.

         "¿Quién eres tú?" será la pregunta que le hagan insistentemente a Jesús, ante la confusión y el deseo de cazarlo en una respuesta y quitarlo del medio. No obstante, Jesús responderá sin problemas, aunque lo quiten del medio: "Yo soy el enviado del Padre", que será levantado y que de todas maneras hará un juicio a sus escuchas.

         De esta manera, Jesús ratifica que su deber es hacer lo que agrada a Dios (no morir de modo masoquista, como nos han enseñado). Y que está dispuesto a morir como una consecuencia de la vida y de lo que hace.

         A nosotros se nos irá imponiendo, a esta alturas de la cuaresma, también la pregunta: ¿Quién es Jesús? ¿Qué significa Jesús para nosotros? Deberíamos responder a estas preguntas, de cara a la vida que nos toca vivir. Y también preguntarnos por la calidad de vida cristiana que llevamos, y las consecuencias que hemos de pagar. O por las consecuencias que hemos evadido. O por el estilo de vida fácil que hemos asumido (vía intermedia), alejado de compromisos y sin coherencia.

         Llegar a conocer a Jesús a través de la justicia de sus obras llevaba necesariamente a conocerlo a través de su muerte. La práctica de la justicia llevó a Jesús a la muerte. Para el poder, la muerte era sólo el precio de la derrota. Por eso, un ajusticiado no podía tener argumentos de triunfo. Era sencillamente un derrotado.

         La lógica de Jesús, contraria a la lógica del poder, consideraba la muerte como fruto de la entrega. En Jesús era la expresión máxima de la presencia activa de Dios en su ser. Por eso, su muerte en razón de la justicia era argumento a favor de su filiación divina.

         Quien no entendiera a Jesús desde la perspectiva de su muerte, no acabaría de entenderlo a cabalidad. El NT nos recuerda que pensar a un Dios crucificado era "un escándalo para los judíos y una locura para los gentiles" (1Cor 1, 23). Sin embargo, Jesús probará la bondad de su causa, precisamente desde la muerte, ya que ella estaba cargada de amor por el hermano. En realidad, no es la muerte en sí misma la que nos acerca correctamente a Jesús. Es la causa de la misma, correctamente entendida, asimilada, vivida, la que nos identifica con él.

         No acompañar a Jesús en su muerte (en la justicia que contenía su muerte) separaba de Jesús para siempre. Los judíos que ajusticiaron a Jesús estuvieron al pie de su cruz para burlarse de él. Pero no estuvieron con él en el contenido de su cruz. No llegar a comprender los contenidos de justicia que acompañan al ser de Dios, separa de Dios.

         Cuando el ser humano llegue a confrontar su vida de injusticia con el ser de Dios que es todo justicia, entrará en esa muerte definitiva de la que habla Juan y que no tiene otra interpretación posible que la contradicción esencial que se genera entre el Dios de la justicia y la vida de quien vivió en injusticia. Este hecho será el más terrible infierno.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 24/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A