11 de Febrero

Miércoles V Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 11 febrero 2026

Mc 7, 14-23

         La multitud del pasaje evangélico de hoy representa el 2º grupo de seguidores de Jesús, los que no procedían del judaísmo (Mc 3,32; 5,24) y que no han estado presentes en una discusión que concernía a los usos judíos. Pero aparecen aquí porque Jesús va a enunciar un principio válido para todos los hombres, y por eso ha convocado a la multitud. Va a hablar así a los 2 grupos de seguidores (a los judíos y no judíos), y también el grupo de los Doce está presente. De todas formas, era esa multitud la que "estaba en torno a él".

         Jesús exhorta a los 2 grupos ("escuchad todos"), y espera de ellos que, a diferencia de lo que sucedió con "los de fuera" (Mc 4, 12), oigan y entiendan. Y les expone el principio válido para la humanidad judía y pagana: "Lo que separa al hombre de Dios no es lo que viene de fuera". Por tanto, no se hace el hombre profano, ni sale de la esfera de Dios, por el contacto con el mundo exterior. Y puede estar abierto, sin miedo, al uso de las cosas y a la comunicación con las personas.

         Esto es así porque todo hombre es sacro, y todo lo creado por Dios es bueno en sí, y puede ser beneficioso para el resto de personas. Y porque es el propio hombre, y sólo él, quien puede romper ese vínculo con Dios, en su interior.

         Pero el grupo de discípulos judíos, y los propios apóstoles de Jesús, se resiste a entender el dicho de Jesús, que suprime la discriminación también respecto a los pueblos paganos.

         Por ello Jesús se separa del 2º de seguidores (la multitud), y se queda a solas con sus discípulos más íntimos (los judíos), para tratar de aclararles lo que toca a la cultura y religión judía. La casa donde entra, la del nuevo Israel (Mc 3, 20), es el lugar donde se encuentran los discípulos y solamente ellos.

         Los discípulos no entienden lo dicho por Jesús, al parecer igualar al israelita con el pagano. Y por eso le preguntan a Jesús sobre ello, ya en privado. Su resistencia a admitir la igualdad entre los pueblos hace que vean el dicho como una parábola, es decir, como un enigma cuyo sentido no es el que aparece a primera vista, sin recordar que Jesús hablaba en parábolas solamente para "los de fuera" (Mc 4, 11).

         Jesús expresa su decepción, y les dice que están a la altura de los de fuera: "¿Así que tampoco vosotros entendéis?" (Mc 4, 11). Porque aceptan que dentro del pueblo judío desapareciera la discriminación, pero la supresión de fronteras hacia los de fuera les parece inadmisible. Lo que les dice Jesús es que si nada exterior hace profano, todos los hombres y pueblos son iguales. Y se refiere implícitamente a la observancia de los preceptos alimentarios de la ley que distinguían a Israel de los paganos.

         Jesús les explica el dicho (Mc 4, 34): el alimento, que entra de fuera, no afecta a la actitud del ser humano (el corazón), sino que se integra en un proceso orgánico (el vientre) y no pertenece al terreno moral. Lo creado por Dios es bueno y tiene una determinada finalidad. Jesús invalida los tabúes sobre el alimento característicos de Israel, marca de su separación del resto de la humanidad.

         En cambio, es la conducta injusta con los demás, y el egoísmo manifestado por la ambición personal, o el desenfreno de las pasiones, lo que hace profano al ser humano. La relación con Dios no depende de la observancia de normas o de gestos religiosos, sino de la actitud con los demás hombres.

Juan Mateos

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         Escuchamos cómo hoy Jesús nos dice, para que oiga todo el que tenga oídos: "Nada hay en el exterior del hombre que pueda manchar al hombre. Porque lo que sale del corazón, esto es lo que mancha al hombre".

         Cuando Jesús se hubo retirado de la muchedumbre, y entrado en casa, los discípulos le preguntaron por el significado de la parábola. Y aquí volvemos a encontrar pues el procedimiento ya usado por Jesús para la formación más intensiva de su grupito de discípulos. Es decir, que Jesús tuvo que volver a emprender, pacientemente y en la intimidad con sus discípulos, la explicación de lo que ya ha tratado de hacer comprender a la muchedumbre y a los fariseos.

         En definidas cuentas, Jesús "declaraba puros todos los alimentos", nos apostilla el evangelista Marcos. No olvidemos que 40 años más tarde, cuando Marcos escribía este relato, la cuestión de los alimentos prohibidos no estaba aún completamente resuelta. Y que los Hechos de los Apóstoles, el Concilio de Jerusalén, o las cartas de Pablo, se hacen eco de las divergencias en estas cuestiones. ¿Había que imponer a los paganos que entraban en la Iglesia las estrictas costumbres de la alimentación "pura e impura" que eran tradicionales entre los judíos?

         Jesús se retrotrae en relación a los hábitos culturales de su propio pueblo. Y al declarar que "todos los alimentos son puros", contravenía gravemente una tradición de su pueblo. Pero lo hacía para abrir la Iglesia a todos los que no tenían esas tradiciones judías. Jesús pensaba en los paganos. Cuando se sabe la importancia que para cada nación, o para cada provincia tienen las costumbres culinarias... se adivina que Jesús tenía sobre ello una visión amplia, universal, liberadora. La fe y la verdadera religión hacia Dios no están ligadas a estas costumbres.

         Y todo ello porque "de dentro del corazón del hombre proceden los pensamientos perversos: las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las maldades, el fraude, la impureza, la envidia, la blasfemia, el orgullo. Todas estas maldades proceden del interior del hombre y lo manchan".

         Jesús pensaba en los judíos y en todos los hombres. Todos tenemos necesidad de re-descubrir lo esencial desde el interior. Y es la simple conciencia universal, la moral más natural, lo que Jesús revalora. Ninguna costumbre nacional, ninguna tradición de los antiguos, de los antepasados, puede ir en contra de esas leyes esenciales que todo hombre recto reconoce en el fondo de su conciencia.

Noel Quesson

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         En este fragmento del evangelio Jesús se dirige a sus discípulos para que entiendan cómo lo externo no puede dañar al ser humano, sino sólo lo que éste guarda en su corazón.

         Quiere que les quede clara la idea de que la fuente principal del Reino es el interior del ser humano, su corazón, su conciencia, su voluntad, la adhesión profunda a su proyecto, lo que hoy llamaríamos "nuestra opción fundamental". Nada externo a ésta puede pervertir al ser humano. Si está sano en su juicio, si sus valores son los del Reino de Dios verá el mundo desde esa perspectiva y así actuará. Tal vez flaquee, se sienta cansado, temeroso, pero su corazón no le permitirá actuar contra sus principios. Estando puro el interior la impureza exterior no tendrá cabida.

         En su caminar Jesús se encontraba con hombres y mujeres que les tocaba vivir en medios donde la perversión, la avaricia y otros pecados los rodeaban; pero como su conciencia no estaba impura, Jesús pudo construir con ellos espacios nuevos. Al tocar con sus palabras los corazones de estas personas hallaba respuesta, porque tenían en su interior los valores del Reino, soñaban con ellos. A pesar del camino que les tocó vivir, su corazón permanecía sano.

         Lo externo puede ser dañino pero no dañara al ser humano si se tiene una conciencia capaz de transformar lo impuro en puro, capaz de darle otro sentido a lo que lo aleja de Dios para usarlo como elemento de acercamiento.

         Jesús tiene un corazón comprometido con el reino de Dios. Esto lo lleva a caminar guiado por él. Se pasea por todos los lugares, dialoga con todas las personas, pero no se daña su interior por que él está claro en la misión encomendada. Las circunstancias que vive, le sirven para crecer en el compromiso que ha adquirido. Todo lo externo pasa a través del filtro de su corazón: las leyes, las perversidades del ser humano... Pero su conciencia que es buena pone esto al servicio del Reino, y le da una nueva razón desde su interior.

Emiliana Lohr

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         De la abundancia del corazón habla la boca. Y si el Espíritu Santo habita en nuestros corazones como en un templo, permitámosle que se exprese a través de una multitud de buenas obras nacidas de él. Entonces amaremos hasta el extremo, pues realmente estaremos unidos al Señor como los miembros de un cuerpo se unen a la cabeza.

         Pero si en lugar de llenarnos de Dios nos hemos llenado del espíritu malo, entonces se desenfrenarán nuestros deseos e inclinaciones perversas, y nuestras obras serán pecaminosas; y si nos dejamos dominar por ellas finalmente nos iremos manchando y deteriorando cada vez más.

         Sabiéndonos pecadores y siendo conscientes de que la salvación no es obra del hombre, sino la obra de Dios en el hombre, que él realiza de un modo gratuito y amoroso, vayamos al Señor para que purifique nuestra conciencia de todo pecado; para que perdonados y libres de la maldad, nos ayude a no quedarnos vacíos y expuestos a ser nuevamente encadenados por el maligno, sino llenos de Dios y dispuestos a hacer el bien que procede de la presencia del Señor en nosotros.

         Hemos venido ante el Señor para que él colme nuestro corazón con su presencia, con su gracia, con su amor, con su Espíritu Santo. Su palabra se ha pronunciado sobre nosotros como Palabra que no sólo es escuchada con amor, sino que es sembrada en nuestros corazones para que produzca frutos abundantes de buenas obras.

         Por eso hemos de iniciar un nuevo camino en el bien y no permitir que nuestro corazón se desvíe de él. Pues si esto llegara a suceder seríamos presa fácil de la maldad, de las cosas pasajeras y de nuestras pasiones desordenadas. Entonces no podríamos decir que tenemos por Dios al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues en su lugar nos habríamos fabricado ídolos.

         Quienes participamos de la eucaristía no podemos volver a nuestra vida ordinaria convertidos en unos malvados. Dios no sólo es adorado por nosotros en la liturgia que celebramos, sino que él se hace huésped de nosotros viviendo en nuestros corazones como en un templo. Por eso no puede salir de nosotros la maldad, la destrucción ni la muerte.

José A. Martínez

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         Las palabras de Jesús de hoy juegan con el esquema fuera-dentro. Parte, como siempre, de experiencias de la gente de su entorno. Su mensaje es nítido: "Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre. Sino que es lo que sale de dentro lo que mancha al hombre".

         Hoy con mucha frecuencia echamos la culpa de nuestros males a "lo de fuera": la sociedad, el mercado, los políticos, los grupos que nos caen mal. Todo esto nos condiciona más de lo que imaginamos, pero nunca pueden suplantarnos. Nuestro corazón está dentro.

         En Jesucristo se fraguan las actitudes que tomamos ante las personas y las cosas. Él es la sede de nuestras mejores experiencias y también de nuestro pecado. Jesús propone que, sin desentendernos de lo de fuera, nos hagamos una revisión cardiológica para ver cómo andamos por dentro. Quizás entonces entendamos mejor nuestras tristezas, envidias, reacciones defensivas o huidas, y podamos encontrar un remedio.

Gonzalo Fernández

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         Los fariseos no es que fueran malas personas. Eran piadosos, cumplidores de la ley. Pero habían caído en un legalismo exagerado e intolerante y, llevados de su devoción y de su deseo de agradar a Dios en todo, daban prioridad a lo externo, al cumplimiento escrupuloso de mil detalles, descuidando a veces lo más importante.

         Ayer era la cuestión de si se lavaban las manos o no. Hoy el comentario de Jesús continúa refiriéndose al tema de lo que se puede comer y lo que no, lo que se considera puro o no en cuestión de comidas. La carne de cerdo, por ejemplo, es considerada impura por los judíos y por otras culturas: inicialmente por motivos de higiene y prevención de enfermedades, pero luego también por norma religiosa.

         La enseñanza de Jesús, expresada con un lenguaje muy llano y expresivo, es que lo importante no es lo que entra en la boca, sino lo que sale de ella. Lo que hace buenas o malas las cosas es lo que brota del corazón del hombre, la buena intención o la malicia interior. Los alimentos o en general las cosas de fuera tienen una importancia mucho más relativa.

         El defecto de los fariseos puede ser precisamente el defecto de las personas piadosas, deseosas de perfección, que a veces por escrúpulos y otras por su tendencia a refugiarse en lo concreto, pierden de vista la importancia de las actitudes interiores, que son las que dan sentido a los actos exteriores. O sea, puede ser nuestro defecto. Dar, por ejemplo, más importancia a una norma pensada por los hombres que a la caridad o a la misericordia, más a la ley que a la persona.

         Esta tensión estaba muy viva cuando Marcos escribía su evangelio. En la comunidad apostólica se discutía fuertemente sobre la apertura de la Iglesia a los paganos y la conveniencia o no de que todos tuvieran que cumplir los más mínimos preceptos de la ley de Moisés. Recordamos las posturas de Pablo y Santiago y finalmente del Concilio de Jerusalén, así como la visión del lienzo con animales puros e impuros y la invitación a Pedro para que comiera de ellos (Hch 10).

         Ha sido un tema que se ha mantenido a lo largo de la vida de la Iglesia. ¿No se podría interpretar, en una historia no demasiado remota, que dábamos más importancia a la lengua en que se celebra la liturgia que a la misma liturgia? ¿Al ayuno eucarístico desde la media noche, casi más que a la misma comunión? La hipocresía, la autosuficiencia y el excesivo legalismo son precisamente el peligro de los buenos.

         Lo que cuenta es el corazón. Leamos despacio la lista de las 13 cosas que Jesús dice que pueden brotar de un corazón maleado: "malos propósitos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad". ¿Cuáles de ellas brotan alguna vez de nuestro interior? Pues eso tiene mucha más trascendencia que lo que comemos o dejamos de comer.

José Aldazábal

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         Hoy Jesús nos enseña que todo lo que Dios ha hecho es bueno. Es, más bien, nuestra intención no recta la que puede contaminar lo que hacemos. Por eso, Jesucristo dice: "Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre" (Mc 7, 15).

         La experiencia de la ofensa a Dios es una realidad. Y con facilidad el cristiano descubre esa huella profunda del mal y ve un mundo esclavizado por el pecado. La misión que Jesús nos encarga es limpiar (con ayuda de su gracia) todas las contaminaciones que las malas intenciones de los hombres han introducido en este mundo.

         El Señor nos pide que toda nuestra actividad humana esté bien realizada: espera que en ella pongamos intensidad, orden, ciencia, competencia, afán de perfección, no buscando otra mira sino restaurar el plan creador de Dios, que todo lo hizo bueno para provecho del hombre.

         Sólo nuestra voluntad puede estropear el plan divino y hace falta vigilar para que no sea así. Muchas veces se meten la vanidad, el amor propio, los desánimos por falta de fe, o la impaciencia por no conseguir los resultados esperados. Por eso nos advertía San Gregorio Magno: "No nos seduzca ninguna prosperidad halagüeña, porque es un viajero necio el que se para en el camino a contemplar los paisajes amenos y se olvida del punto al que se dirige".

         Convendrá, por tanto, estar atentos en el ofrecimiento de obras, mantener la presencia de Dios y considerar frecuentemente la filiación divina, de manera que todo nuestro día (con oración y trabajo) tome su fuerza y empiece en el Señor, y que todo lo que hemos comenzado por él llegue a su fin. Podemos hacer grandes cosas si nos damos cuenta de que cada uno de nuestros actos humanos es corredentor cuando está unido a los actos de Cristo.

Norbert Estarriol

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         Esta sería una de las predicaciones por las que Cristo se ganó el odio de algunos judíos. Lo que contamina al hombre no son las cosas externas sino la actitud con las que se aceptan en el interior, pues Cristo sabía que no estaban obrando con rectitud. Son claras sus palabras, y a pesar de ello sus apóstoles no le entendían. Les faltaba fe e inteligencia para comprenderle.

         A nosotros también se nos presentan a diario muchas de realidades en la vida que tal vez no las juzgamos debidamente sino más bien las criticamos pasional e injustamente. ¿No será que nos falta ver los sucesos menos agradables con un poco más de comprensión y caridad?

         Nosotros somos los que le damos un colorido a la vida más o menos combinado o por el contrario se lo damos con colores opacos. De la misma forma, al ver lo que pasa a nuestro alrededor hemos de aprender a juzgar con los mismos ojos con los que Cristo juzgaría, pensar de los demás como Cristo pensaría, perdonar como él perdonó a los que le crucificaron y sobre todo amar como Cristo nos ama a cada uno de nosotros.

         Esto significa ser verdadero cristiano. Seguir las huellas de nuestro maestro, aunque el camino esté lleno de abrojos y espinas. A pesar de los sufrimientos caminemos alegres y seguros porque ese es el camino de nuestro maestro.

Misael Cisneros

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         Jesús continúa insistiendo en lo que es verdaderamente importante para la vida del hombre. Lo exterior es importante, pero lo es más el interior. Ahora bien, ¿qué es lo que sale de hombre? Sin lugar a dudas lo que hemos metido. En otra ocasión dijo Jesús: "De la boca sale lo que abunda en el corazón", y "el árbol bueno no puede dar frutos malos".

         Con esta instrucción no solo declara lícitos todos los alimentos, sino que nos previne del tipo de alimentos que verdaderamente pueden dañar al hombre y son aquello con los que alimentamos nuestro corazón (es decir, nuestra imaginación, pensamiento, memoria y sentimientos). Por ello tengamos cuidado del tipo de espectáculos, revistas y programas de televisión que vemos, y de nuestras conversaciones. Sería bueno que hoy nos preguntásemos qué tipo de alimentos estamos dejando entrar en nuestro corazón.

         Si alguna vez te has enfermado del estomago, sabes muy bien que lo que entra en el hombre no toca la vida, aunque sabes que influyen en la vida diaria, haciendo sentirse más cansado de lo ordinario. Lo que realmente te toca directamente no es la comida que te hace engordar y basta, sino algo que es llamado pecado. Éste realmente sí hace destrozos en el alma.

         No sé si te has dado cuenta de lo mal que uno se siente cuando hace algo que no quieren tus padres, o cuando haces que sabes que está mal. La verdad es que cuando yo he hecho algo que Dios no quería me he sentido fatal al día siguiente, porque allí no estaba la felicidad.

         La cuestión está en saber qué está mal o no para ser realmente felices y actuar con la convicción de estar haciendo siempre el bien. Tú puedes hacer siempre el bien, evitando aquello que sabes que está mal y que puede dañarte y dejar una marca para toda tu vida: la infelicidad.

Rodrigo Escorza

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         El evangelio de hoy es una continuación de la crítica que Jesús hacía a los fariseos y una defensa a sus discípulos y de la religiosidad auténtica. Y confecciona una lista de 13 productos (los robos, los homicidios, los adulterios, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, la envidia, la difamación, el orgullo, la frivolidad) viciados por defecto de fábrica, que es el corazón, y que nos recuerda aquellas obras de la carne de las que nos habla el apóstol Pablo (Gál 5, 19).

         Las cosas no son puras o impuras, sagradas o profanas, en sí mismas, sino a través del corazón del hombre, a cuya libertad queda el mal o buen uso de ellas en referencia a Dios. Los fariseos se escandalizaban por las palabras de Cristo, al dar prioridad al corazón sobre las apariencias.

Segundo Vicente

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         Jesús continúa insistiendo en lo que es verdaderamente importante para la vida del hombre. Lo exterior es importante, pero lo es más el interior. Ahora bien, ¿qué es lo que sale de hombre? Sin lugar a dudas lo que hemos metido. En otra ocasión dijo Jesús: "De la boca sale lo que abunda en el corazón", y además "el árbol bueno no puede dar frutos malos".

         Con esta instrucción no solo declara lícitos todos los alimentos, sino que nos previne del tipo de alimentos que verdaderamente pueden dañar al hombre y son aquello con los que alimentamos nuestro corazón (es decir nuestra imaginación, pensamiento, memoria, sentimientos).

         Por ello, tengamos cuidado del tipo de espectáculos, revistas y programas de televisión que vemos, y de nuestras conversaciones. Sería bueno que hoy nos preguntásemos qué tipo de alimentos estamos dejando entrar en nuestro corazón.

Ernesto Caro

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         El texto evangélico de hoy está ligado profundamente con el texto que la liturgia nos propuso ayer. El trabajo de Jesús consistió en formar la conciencia de los que habían aceptado seguirle y por lo tanto no podía permitir que los delegados del grupo de los fariseos y de los escribas, terminaran pisoteando todo lo que a él le había costado formar al grupo de sus discípulos.

         Jesús ve agotado todos los caminos, y descubre la dureza de corazón y de conciencia de aquellos que encuentran en la ley el justificante más claro para sostener el sistema desequilibrado e inhumano que venía imperando en la sociedad judía.

         Por eso Jesús desenmascara la hipocresía de los escribas y de los fariseos y da una norma mayor. Declara que en el exterior no hay nada impuro, y con esta sentencia le quita el veto a tantos alimentos y a tantas relaciones interpersonales que, según la tradición, estaban cargados de impureza ritual.

         La sentencia de Jesús de hoy ("nada de lo que hay afuera puede volver impuro al ser humano, mientras lo que está en el fondo del corazón humano  sí puede volver a una persona impura") crea un gran conflicto en aquellos que fueron a sonsacarle. Jesús pone al descubierto, de esta forma, la injusta tradición que ellos venían sosteniendo, y desenmascara toda la cadena de muerte espiritual que el legalismo había impuesto en medio del pueblo.

         Nosotros también tenemos hoy el compromiso de ir purificándonos en el interior de nuestra vida y de ir llenando de contenidos de justicia y de verdad todos los ritos externos que podamos hacer, y esto es válido también para nuestras celebraciones litúrgicas, muchas veces tan pegadas a la rúbrica y cargadas de tanta parafernalia, pero lejanas de la justicia y de la verdad y muchas veces alejadas de la vida del pueblo.

Confederación Internacional Claretiana

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         En este fragmento del evangelio Jesús se dirige a sus discípulos para que entiendan cómo lo externo no puede dañar al ser humano, sino sólo lo que éste guarda en su corazón.

         Quiere que les quede clara la idea de que la fuente principal del Reino es el interior del ser humano, su corazón, su conciencia, su voluntad, la adhesión profunda a su proyecto, lo que hoy llamaríamos "nuestra opción fundamental". Nada externo a ésta puede pervertir al ser humano. Si está sano en su juicio, si sus valores son los del reino de Dios verá el mundo desde esa perspectiva y así actuará. Tal vez flaquee, se sienta cansado, temeroso, pero su corazón no le permitirá actuar contra sus principios. Estando puro el interior la impureza exterior no tendrá cabida.

         En su caminar, Jesús se encontraba con hombres y mujeres que les tocaba vivir en medios donde la perversión, la avaricia y otros pecados los rodeaban; pero como su conciencia no estaba impura, Jesús pudo construir con ellos espacios nuevos. Al tocar con sus palabras los corazones de estas personas hallaba respuesta, porque tenían en su interior los valores del Reino, soñaban con ellos. A pesar del camino que les tocó vivir, su corazón permanecía sano.

         Lo externo puede ser dañino pero no dañara al ser humano si se tiene una conciencia capaz de transformar lo impuro en puro, capaz de darle otro sentido a lo que lo aleja de Dios para usarlo como elemento de acercamiento.

         Jesús tiene un corazón comprometido con el reino de Dios. Esto lo lleva a caminar guiado por él. Se pasea por todos los lugares, dialoga con todas las personas, pero no se daña su interior por que él está claro en la misión encomendada. Las circunstancias que vive, le sirven para crecer en el compromiso que ha adquirido. Todo lo externo pasa a través del filtro de su corazón: las leyes, las perversidades del ser humano... Pero su conciencia que es buena pone esto al servicio del Reino, y le da una nueva razón desde su interior.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 11/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A