6 de Mayo

Miércoles V de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 6 mayo 2026

Jn 15, 1-8

         Qué hermosa la comparación con la que hoy describe Jesús la unión de los discípulos con él. Él es la vid, la cepa. Los fieles son los sarmientos. De la vid pasa la savia (o sea, la vida) a los sarmientos, si permanecen unidos a la vid. Si no, quedan secos, no dan fruto y se mueren. El verbo permanecer, en griego menein, aparece 68 veces en los escritos de Juan, y 11 de ellas lo hacen en este cap. 15.

         Dios Padre es el viñador, el que quiere que los sarmientos no pierdan esta unión con Cristo. Ésa es la mayor alegría del Padre: "que deis fruto abundante". Incluso, para conseguirlo, a veces recurrirá a la poda, "para que dé más fruto".

         De entre las varias comparaciones que tienen como clave la vid y la viña, respecto al pueblo de Israel como viña plantada por Dios (en la que éste se queja amargamente de que la viña no da frutos, y los malos viñadores son castigados porque no pagan al dueño), ésta de la cepa y los sarmientos es la que más íntimamente describe la unión vital de Cristo con sus seguidores.

         La metáfora de la vid y los sarmientos nos recuerda, por una parte, una gozosa realidad: la unión íntima y vital que Cristo ha querido que exista entre nosotros y él. Una unión más profunda que la que se expresaba en otras comparaciones: entre el pastor y las ovejas, o entre el maestro y los discípulos. Es un trasvase íntimo de vida desde la cepa a los sarmientos, en una comparación paralela a la de la cabeza y los miembros, que tanto gusta a Pablo. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que esta comunión la realiza el Espíritu:

"La finalidad de la misión del Espíritu Santo es poner en comunión con Cristo para formar su cuerpo. El Espíritu es como la savia de la vid del Padre que da su fruto en los sarmientos" (CEC, 1108).

         Esta unión tiene consecuencias importantes para nuestra vida de fe: "El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante". Pero, por otra parte, también existe la posibilidad contraria: que no nos interese vivir esa unión con Cristo. Entonces no hay comunión de vida, y el resultado será la esterilidad. Y esto porque "sin mí no podéis hacer nada", y "al que no permanece en mí, lo tiran fuera y se seca".

         En resumidas cuentas, "igual que el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí". Es bueno que hoy nos preguntemos: ¿por qué no doy en mi vida los frutos que seguramente espera Dios de mí? ¿Qué grado de unión mantengo con la cepa principal, Cristo?

José Aldazábal

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         El evangelio de Juan nos presenta hoy a Jesús como vid verdadera. En varias ocasiones hemos reflexionado sobre esta alegoría. Hoy podemos acentuar este versículo: "El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada".

         La relación personal con Jesús es fructífera. Hace un par de días, le oí decir a una señora mayor esta frase: "Fulano de tal irradia energía positiva". Me extrañó muchísimo porque, dada su edad y formación, no creo que la señora conozca la psicología transpersonal de la new age. Me parece que, sirviéndose de una frase que se va haciendo común, quería decir que esa persona transmitía los frutos propios del Espíritu (amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad...).

         No tengamos miedo a las palabras. Si realmente estamos unidos a Jesús por la fe y los sacramentos, también nosotros podemos emitir este tipo de energía positiva. Y entonces notaremos que no es necesario que hagamos muchas cosas para ser eficaces, sino que basta que seamos lo que somos. La autenticidad es como el aire puro que oxigena los ambientes contaminados.

         Sin estar unidos personalmente a Jesús, lo que hacemos con nuestras solas fuerzas es estéril. Puede que sirva para maquillar un poco la realidad en la que nos movemos, pero no para transformarla. ¿No explica esto, en buena medida, muchos de nuestros fracasos evangelizadores? Creemos que las personas y las situaciones van a cambiar en la medida en que nosotros nos esforzamos para que así sea. Pero a menudo olvidamos que sólo Jesús cambia.

         Lo que no descubrimos serenamente en el vértigo de la actividad lo vamos descubriendo a veces a través de la pedagogía del fracaso. Todos los caminos son buenos si nos llevan a la fuente.

Gonzalo Fernández

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         Jesús se define hoy como la vid verdadera (la cepa, el tronco), mientras a sus discípulos los llama los sarmientos (las ramas) que deben estar unidos a la vid para poder dar fruto y no llegar a ser cortadas. Es decir, la razón de ser del discipulado está en que reciba de Jesús su forma de ver, de pensar y de actuar, de tal manera que corra por su vida la vida del Maestro, como corre por las ramas la savia del tronco.

         Ordinariamente pensamos que estar unidos a Jesús significa conocer todos sus secretos teológicos. Es decir, ser fuertes y abundantes en doctrina. Y no es precisamente esto lo que el evangelio nos plantea. Beber o chupar savia de Jesús es asimilar su modo de pensar, que es semejante al del Padre, y hacer las obras que él hace.

         Esto implica comprender el análisis que Jesús hizo de la sociedad de su tiempo, las motivaciones que tuvo para iniciar su actividad, la posición que tomó frente a las estructuras de poder de su momento y, sobre todo, definirse por el sujeto de su acción pastoral que fueron los pobres, oprimidos y marginados.

         Quien entienda la posición de Jesús, comprenderá que él se hace presente siempre en un pueblo concreto. De este Jesús concreto es del que hay que tomar la savia, savia de pueblo pobre y oprimido. Y con esta savia fructificaremos para este pueblo en frutos de igualdad, de solidaridad y de liberación.

         Aprendamos del árbol, en el que, a pesar de que todas sus ramas están pegadas al tronco, no hay ninguna rama igual a las otras. La unidad la da la savia, pero las ramas dan la diversidad, la riqueza y la belleza. Nos corresponde ser sarmientos pegados a una vid. Pero tengamos claro que la vid (que es Dios Padre y que es Jesús) toma cuerpo y forma en cada pueblo y cultura. Somos ramas de un Cristo hecho vida en cada pueblo.

José A. Martínez

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         Hoy contemplamos de nuevo a Jesús rodeado por los apóstoles, en un clima de especial intimidad. Y en ese clima, él les confía las últimas recomendaciones, como eso que se dice en el último momento, justo en la despedida y con una fuerza especial, como de si de un postrer testamento se tratara.

         Nos los imaginamos en el cenáculo. Allí Jesús les ha lavado los pies, les ha vuelto a anunciar que se tiene que marchar, les ha transmitido el mandamiento del amor fraterno y los ha consolado con el don de la eucaristía y la promesa del Espíritu Santo (Jn 14). Metidos ya en el cap. 15 de Juan, encontramos ahora la exhortación a la unidad en la caridad.

         El Señor no esconde a los discípulos los peligros y dificultades que deberán afrontar en el futuro, y por eso les dice: "Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán" (Jn 15, 20). No obstante, esto no les ha de acobardar ni agobiar, pues a pesar del odio del mundo Jesús les enviará un Defensor, que les garantiza la asistencia en todo aquello que ellos le pidan, sabiendo también que el propio Jesús rogará al Padre por ellos (por todos nosotros) en su oración sacerdotal (Jn 17).

         Nuestro peligro no viene de fuera, por tanto, y la peor amenaza puede surgir de nosotros mismos si falta el amor fraterno entre los miembros del Cuerpo Místico de Cristo y si falta la unidad con la cabeza de este cuerpo. La recomendación es clara: "Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos. Y el que permanece en mí da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5).

         Las primeras generaciones de cristianos conservaron una conciencia muy viva de la necesidad de permanecer unidos por la caridad. He aquí el testimonio de un padre de la Iglesia, San Ignacio de Antioquía: "Corred todos a una como a un solo templo de Dios, como a un solo altar, a un solo Jesucristo que procede de un solo Padre". He aquí también la indicación de Santa María, madre de los cristianos: "Haced lo que él os diga" (Jn 2, 5).

Antoni Carol

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         En el evangelio de hoy Jesús se presenta como la vid verdadera, y la comunidad de discípulos como los sarmientos. Esta es una de las imágenes más significativas del AT (Sal 80,8-16; Is 5,1-7; Jer 5,9-11; Ez 15,1-6). Nos muestra la preocupación de Dios por su pueblo y el proceso educativo que es necesario para que el pueblo madure sus frutos.

         El evangelio destaca la vinculación de la comunidad de discípulos a Jesús. Este es un proceso pedagógico que requiere mucha atención y cuidado. No toda rama frondosa y brillante da buenos frutos. Es necesario que cada rama esté vinculada estrechamente al tronco. De allí recibe la savia para dar un fruto abundante. Las ramas deben ser "podadas y limpiadas" para que sus retoños maduren sanos.

         De igual manera, en la comunidad de discípulos es necesario un atento cuidado al proceso de maduración de cada persona. La vinculación personal con Jesucristo, tanto afectiva como intelectualmente, es el entronque necesario para mantener viva la fe del creyente.

         Todo el cuidado está dirigido no a la propia contemplación, sino a la verdadera configuración del discípulo con Cristo, para así "llegar a ser verdaderos discípulos".

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 06/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A