27 de Junio
Sábado XII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 27 junio 2026
Mt 8, 5-17
Jesús vuelve hoy a Cafarnam, ciudad donde se había instalado (Mt 4, 13). La escena que sigue tiene relación con la anterior. El centurión pagano es también religiosamente impuro, por no pertenecer al pueblo de Israel. No se debía entablar conversación con paganos ni mucho menos ir a su casa (Hch 10, 28). El pagano ruega a Jesús por un criado que tiene en casa paralítico con grandes dolores.
Después del episodio del leproso, que muestra que Jesús no respeta las prohibiciones de la ley sobre lo impuro, hay que interpretar la reacción de Jesús como positiva: está dispuesto a ir a casa del pagano y curar al enfermo. La salvación que Jesús trae es universal y no reconoce fronteras entre hombres o pueblos.
El centurión, en su respuesta, se declara indigno de recibir en su casa a Jesús. Es consciente de su inferioridad como pagano, pero eso le da ocasión para mostrar la calidad de su fe. Acostumbrado a ser obedecido, ve en Jesús una autoridad absoluta capaz de sacar al hombre de la parálisis. No hay acción de Jesús con el enfermo, el centurión le pide solamente una palabra.
Alude Mateo a la misión entre los paganos, que, sin haber tenido contacto directo con Jesús, experimentan la salvación que de él procede. El hecho de no ir a la casa adquiere entonces todo su relieve. La presencia física de Jesús no es necesaria. La salvación de los paganos se realizará a través del mensaje.
La fe del pagano suscita la admiración de Jesús y da pie al contraste con la poca adhesión que encuentra en Israel. Jesús ve que su mensaje va a suscitar mejor respuesta entre los no judíos que entre los israelitas.
El banquete es símbolo del reino de Dios. La curación del criado del centurión va a mostrar que la salvación se extiende a los no judíos. Aparecen éstos en el Reino en unión con los 3 patriarcas, que presiden el banquete. Los paganos se incorporan al pueblo de Israel.
Los israelitas, que tenían derecho prioritario para entrar en el Reino, por su falta de fe, es decir, por no reconocer en Jesús al "Dios entre nosotros" (Mt 1, 23), serán excluidos del reino. "El llanto y el rechinar de dientes" es una figura usada por Mateo para indicar la frustración definitiva (Mt 13, 42). La fe en Jesús es condición necesaria y suficiente para ser ciudadanos del reino; se derriba la barrera entre Israel y los otros pueblos.
Jesús responde al centurión y su palabra tiene eficacia inmediata (v.13). En el contexto de la misión entre los paganos, Mateo muestra la eficacia del mensaje de Jesús para sacar al hombre de su estado sin esperanza.
Los versículos finales (vv.16-17) muestran el efecto de la palabra de Jesús, ya expuesto antes (vv. 8.13) a propósito de la curación del pagano y que se verificará después (v.32) con unos endemoniados también paganos. La fuerza de Jesús está presente en su palabra.
Juan Mateos
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El 1º cuadro de curaciones de Jesús, que se iniciaba ayer en la lectura evangélica, se cierra con el texto de hoy. Un texto en el que podemos distinguir 3 curaciones: la curación del criado del centurión (Lc 7,1-10; Jn 4,46-53), la de la suegra de Pedro (Mc 1,29-31; Lc 4,38-39) y la de otros enfermos (Mc 1,32-34; Lc 4,40-41).
El 1º milagro es el más extenso, y en él se desarrolla principalmente el tema de la fe, que es el constitutivo esencial del nuevo pueblo de Dios. Se pueden distinguir fácilmente 2 partes.
En la 1ª parte del 1º milagro, el lector se encuentra con que el tema aparentemente principal se convierte en secundario. La curación del siervo da paso al decisivo diálogo entre el centurión y Jesús. Éste, que desde el principio reconoce la autoridad de Jesús ("Señor"), expresa con sus palabras y actitud la autoridad que tiene Jesús sobre él (Lc 1,20.45; Mt 18,6).
Pero hay algo más, se trata de un extranjero que pone la fe en Jesús cuya respuesta le permite expresar por un lado su concepción de la fe ("basta que lo digas de palabra"), basada en el conocimiento que él tiene de la autoridad (si él puede gobernar por la autoridad que un hombre le ha dado, con más razón lo hará Jesús cuya autoridad le viene de Dios) y por otro lado la actitud del creyente ("no soy digno").
En la 2ª parte del 1º milagro Mateo aprovecha para exponer la intrínseca relación entre la fe en Jesús y la pertenencia al Pueblo de Dios (Mt 1, 15). En oposición se encuentran la fe de un pagano y la de los descendientes de Abraham. El acceso a la salvación no depende de la identidad nacional. La promesa hecha realidad en Jesús se convierte en juicio condenatorio (al desenmascararse la incredulidad de los judíos).
Algunos detalles a tener en cuenta son, por ejemplo, las palabras de Jesús "voy a curarlo", que pueden también interpretarse como una pregunta negativa (¿es que voy a ir yo a curarlo?). Es muy interesante la alusión a los tiempos mesiánicos como un banquete que aparece en los profetas (Is 25,6; 55,1-2; Sal 107,3). En Mateo los gentiles desplazarán a los judíos. Esto es expresado con imágenes duras ("echar fuera", "las tinieblas"), algunas de las cuales aluden a la exclusión definitiva de las promesas ("llanto y rechinar de dientes") como queda atestiguado ya en el AT (Sal 35,16; Job 16,9).
El 2º milagro que nos presenta el evangelio de hoy se narra de forma mucho más breve. Al tema expuesto anteriormente se añade una nota significativa: la fe como servicio. Tal vez porque se quiera subrayar esto desaparecen todos los intermediarios.
Los 3º milagros narrados tienen el carácter de resumen de la actividad de Jesús. Destaca en ellos la fuerza de su palabra. Lo más interesante de esta última parte es la cita de Isaías (Is 53, 4) que hace el evangelista. En Mateos solemos encontrar citas de reflexión o probativas (introducidas, a veces, por la expresión "esto sucedió para que se cumpliera lo dicho") después de los principales acontecimientos que se narran (Mt 1,22; 2,15.17.23; 4,14; 8,17; 13,35; 21,4; 27,9), bajo el principio de que Jesús venía a cumplir las profecías mesiánicas. Aquí su objetivo es presentar a Jesús como el siervo sufriente que carga con las enfermedades del pueblo (Mt 1, 21).
Fernando Camacho
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Al entrar Jesús en Cafarnaum se le acercó un centurión (capitán del ejército romano) que "le rogó diciendo". El milagro de ayer había ido a parar a un miembro del pueblo de Dios (excluido por su lepra), mientras que el milagro de hoy va a parar a un pagano. ¡Todo un programa! El movimiento misionero de la Iglesia ya está presente. La salvación de Dios no está reservada a unos pocos. Dios ama a todos los hombres; su amor rompe las barreras que levantamos entre nosotros.
Jesús hace su segundo milagro en favor de un capitán del ejército de ocupación. En efecto, los romanos eran mal vistos por la población judía, y muchos judíos escupían al suelo cuando los veían a lo lejos, en señal de desprecio. Señor, es a este centurión despreciado que vas a escuchar, complacer y alabar. Prescindes del qué dirá la gente, no aceptas nuestras divisiones ni nuestros racismos ni estrecheces de corazón. Tu corazón es universal, misionero.
Según parece, el centurión se acercó a Jesús y le dijo: "Señor, mi criado está echado en casa con parálisis, sufriendo terriblemente". Todo un ejemplo de plegaria, pues este hombre no sólo expone la situación, sino que describe la dolencia y habla en favor de otro (de su criado).
Jesús contestó: "Yo mismo iré y le curaré". Pero el centurión le dijo: "Señor, yo no soy quién para que entres bajo mi techo, pero basta una palabra tuya para que mi criado se cure".
¡Qué ejemplo de humildad y discreción! Este romano es muy consciente de que la ley judía le rechaza, y por eso no quiere poner a Jesús en un entredicho. Y por delicadeza, le invita simplemente a que visite su casa. Además, subraya el valor de la palabra, y entrega toda la autoridad a Jesús.
Al oír esto, Jesús se admiró y dijo a los que le seguían: "En verdad os digo que en ningún israelita he encontrado tanta fe". Se trataba, sin embargo, de una fe muy elemental, una fe principiante, inicial. Este hombre no da ningún contenido doctrinal a su fe, es un simple afecto global a Jesús. Pero Jesús sabe apreciar esta fe inicial. Señor, ayúdanos a saber ver y apreciar los más mínimos inicios de la fe en el corazón de nuestros hermanos.
Noel Quesson
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Ayer leíamos la curación del leproso, cuando Jesús bajaba del monte de las bienaventuranzas. Y hoy escuchamos 2 milagros más, en favor del criado de un centurión (de su hijo enfermo) y de la suegra de Pedro.
El militar es romano, de la potencia ocupante. Y Jesús viene a decir que la gracia depende de Dios y no de si uno es judío o romano, sino de su actitud de fe. Y el centurión pagano da muestras de una gran fe y humildad. Jesús alaba su actitud y lo pone como ejemplo: la salvación que él anuncia va a ser universal, no sólo para el pueblo de Israel. Ayer curaba a un leproso, a un rechazado por la sociedad. Y hoy atiende a un extranjero. Jesús tiene una admirable libertad ante las normas convencionales de su tiempo. Transmite la salvación de Dios como y cuando quiere.
Con la suegra de Pedro no dice nada, sencillamente, la toma de la mano y le transmite la salud. Y así "se le pasó la fiebre". Jesús sigue con su actitud de cercanía y solidaridad con nuestros males, y sigue cumpliendo la profecía ya anunciada por Isaías: "Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades".
Jesús quiere curarnos a todos de nuestros males. ¿Será un criado o un hijo el que sufre, o nosotros los que padecemos fiebre de alguna clase? Jesús nos quiere tomar de la mano, o decir su palabra salvadora, y devolvernos la fuerza y la salud. Nuestra oración, llena de confianza, será siempre escuchada, aunque no sepamos cómo.
Antes de acercarnos a la comunión, repitamos una vez más las palabras del centurión de hoy: "No soy digno de que entres en mi casa, pues una palabra tuya bastará para sanarme". La eucaristía quiere curar nuestras debilidades, y por eso toma las palabras del centurión y las pone en nuestra boca. Y así, Jesucristo entra en nuestra casa y se nos hace alimento, comunicándonos vida. Pues "el que come mi carne permanece en mí y yo en él, y el que me come vivirá de mí, como yo vivo de mi Padre".
José Aldazábal
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En el evangelio de hoy vemos cómo un centurión romano siente una profunda estima hacia su criado. Y se preocupa tanto de él, que es capaz de humillarse ante Jesús y pedirle: "Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos" (v.6).
Una solicitud por los demás, especialmente para con un siervo, que obtiene de Jesús una pronta respuesta: "Yo iré a curarle" (v.7). Y todo desemboca en una serie de actos de fe y confianza. El centurión no se considera digno y, al lado de este sentimiento, manifiesta su fe ante Jesús y ante todos los que estaban allí presentes, de tal manera que Jesús dice: "En Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande" (v.10).
Podemos preguntarnos qué mueve a Jesús para realizar el milagro. ¡Cuántas veces pedimos y parece que Dios no nos atiende!, y eso que sabemos que Dios siempre nos escucha. ¿Qué sucede, pues? Creemos que pedimos bien, pero, ¿lo hacemos como el centurión? Su oración no es egoísta, sino que está llena de amor, humildad y confianza. A este respecto, dice san Pedro Crisólogo: "La fuerza del amor no mide las posibilidades. El amor no discierne, no reflexiona, no conoce razones. El amor no es resignación ante la imposibilidad, no se intimida ante dificultad alguna". ¿Es así mi oración?
La respuesta del centurión es inmediata: "Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo" (v.8). Esa fue la respuesta del centurión. ¿Son así mis sentimientos? ¿Es así mi fe? Porque "sólo la fe puede captar este misterio, esta fe que es el fundamento y la base de cuanto sobrepasa a la experiencia y al conocimiento natural", como decía San Máximo. Si es así, también escucharás: "Vete, y que te suceda como has creído". En aquella hora, "quedó curado el criado" (v.13).
Xavier Jauset
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La curación del criado del centurión es un texto clave en la presentación de la buena nueva que hacen los evangelios. El interlocutor de Jesús es un pagano. Mateo insiste en su fe ejemplar y con este motivo anuncia la participación de todos los pueblos en la salvación que Jesús trae a esta tierra, mientras que muchos integrantes del pueblo elegido quedarán fuera por su falta de fe.
El centurión romano es un profesional de las armas, pertenece a un ejército de ocupación, se encuentra destacado en un control de rutas importante, pero es un hombre que se preocupa por los que están a su servicio y sintoniza con sus sufrimientos. Un buen ejemplo esa fe hecha solidaridad con el débil. Al oírlo, "Jesús se quedó admirado y dijo a los que le seguían: Os aseguro que jamás he encontrado en Israel una fe tan grande” (v.10).
Carlos Latorre
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Con tanta fe como humildad el centurión romano del evangelio de hoy dijo una hermosa profesión de fe: "Yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano". Y aunque se creía indigno, recibió elogio de Jesucristo, que con su palabra de admiración lo hizo digno no sólo de aquel milagro esperado sino también digno de habitar para siempre las páginas del evangelio, junto a nuestro Salvador. Jesús lo hizo digno.
El centurión estaba seguro del poder de Jesús. Miraba a Jesús como uno que tiene autoridad en su palabra, pues entendía que la enfermedad y el mal tenían que obedecer a Cristo así como los soldados de un regimiento obedecen a su general. Este tipo de fe trasciende el hecho puntual de la enfermedad de aquel criado. Es verdaderamente una manera de mirar el mundo.
Si Cristo es el gran comandante de todas las fuerzas del universo, si la enfermedad y el mal finalmente tienen que obedecer a su palabra, entonces debemos entender que todo mal tiene un lugar y un sentido dentro del conjunto de un plan más amplio que nosotros no vemos pero que nuestro rey y emperador (Dios) sí está viendo. Es maravilloso entender esto.
Nelson Medina
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El texto que nos presenta hoy Mateo está dividido en 3 partes (vv. 5-13, vv. 14-15, vv. 16-17), que expresan cómo la salvación no sólo llega a Israel, sino también al mundo pagano.
Los vv. 5-13 contienen el diálogo entre Jesús y un oficial de la legión romana en Cafarnaum. Estos oficiales o centuriones estaban al frente de un grupo de 100 hombres y estaban a cargo de pequeños puestos locales de guarnición. El centurión pide a Jesús la curación de uno de sus hombres que está paralítico, sufriendo mucho.
Jesús quiere ir a curarlo, pero el centurión no se lo permite, pone toda su confianza en el poder de Jesús, su palabra le basta, no necesita manifestaciones extraordinarias ni grandes acciones que corroboren su capacidad de obrar la salvación. Él mismo toma su propia posición como ejemplo ilustrativo: tiene hombres bajo su autoridad y ellos le obedecen instantáneamente.
De esta manera el centurión hace entender que si la disciplina militar es capaz de conseguir que las cosas se hagan en virtud de una palabra, lo más seguro es que Jesús lo puede todo con la autoridad que ha recibido de Dios.
La actitud del centurión causa admiración en Jesús y su respuesta pone en contraste la incredulidad de los judíos con la fe del pagano carente de toda instrucción. Esta fe que Jesús exige es un impulso de confianza y de abandono por el cual el hombre renuncia a apoyarse en sus pensamientos y sus fuerzas, para abandonarse a la palabra y al poder de Aquel en quien cree.
De igual manera, la sentencia en tono escatológico que Jesús pronuncia, quiere comparar la alegría del tiempo mesiánico con la imagen de un banquete donde los gentiles serán admitidos a sentarse junto con los verdaderos israelitas en la misma mesa del banquete mesiánico preparado por Dios.
En los vv. 14-15 encontramos la curación de la suegra de Pedro. El texto dice que se encuentra postrada en cama y con fiebre, pero no dice que esté enferma y que Jesús la sanó. Sólo insiste que ella tiene fiebre y que esta fiebre le impide toda actividad y en particular el servicio a los demás, característica de los que siguen a Jesús, servicio que ejercerá apenas la fiebre desaparezca. Liberar de la fiebre significa capacitar para el servicio, para el seguimiento, para asumir la causa de Jesús en la construcción de su Reino a través del amor entre los miembros de la comunidad.
En los vv. 16-17, el texto nos dice que Jesús expulsó a los espíritus de los endemoniados y sanó a los enfermos, tomando nuestras flaquezas y cargando con nuestras enfermedades. Jesús sana y libera sin poner condiciones. Curar equivale a procurar un remedio en el ámbito de la vida física. No incluye una solución radical a la situación de empobrecimiento que genera la estructura social, porque la solución sólo se dará cuando se construya una nueva sociedad.
Mientras tanto, Jesús no se desentiende del dolor de los hombres, por eso los sana y los libera de los malos espíritus asumiendo el papel de Mesías, "tomando sobre sí nuestros dolores nos rescató con su propio sufrimiento expiatorio".
Confederación Internacional Claretiana
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Estos versículos nos relatan 2 milagros de Jesús, la curación del criado del centurión y la curación de la suegra de Pedro. Dos milagros realizados a personas excluidas por la ley, menospreciadas por el rol que desempeñan en la sociedad. El verdadero milagro en estos acontecimientos es la liberación de los seres humanos al sentir la presencia de Dios cercana a ellos.
El centurión que pide a Jesús que sane a su siervo, consciente de ser pecador y excluido por la ley judía, se declara indigno. Pero es un hombre lleno de fe, cree en la misericordia y el poder de Jesús, y por eso se atreve a dirigirse a él.
El otro milagro es realizado en una mujer enferma y mayor. El texto no recrea mucho el acontecimiento, pero cuenta cómo Jesús se acerca a ella y la cura; al sentirse sana, la mujer se incorpora al grupo. Ese mismo día curó a varios enfermos.
Lo milagroso de los milagros es la liberación profunda de la humanidad. A través de ellos se realiza también una verdadera sanación más allá de la enfermedad física: Jesús demuestra con ellos que para Dios no hay marginados. El centurión, la mujer y los otros enfermos que le traían recibían a Jesús como una revelación que los curaba, les devolvía la vida activa, los ponía en pie, los incorporaba a la comunidad, los humanizaba. Al sanar Jesús a la mujer, relegada por el mero hecho de ser mujer, la incorpora al grupo, la hace compañera de apostolado, activa su espíritu para ponerla al servicio de la Iglesia.
La fe abre las puertas que conducen a la cercanía de Dios y de su Hijo. Sin la fe es posible el milagro de descubrir a Dios en el interior de los seres humanos. Jesús con sus milagros sana a la humanidad desde dentro, quita las barreras que pone la exclusión y la marginación, acerca al ser humano a Dios. El milagro de los milagros es la mirada amorosa de Dios a la humanidad, que busca su liberación.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act:
27/06/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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