26 de Junio
Viernes XII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 26 junio 2026
Mt 8, 1-4
Al bajar Jesús del monte lo siguió un gran gentío. Todos los evangelistas notaron el éxito de la predicación de Jesús al comienzo de su vida pública, en el que "grandes muchedumbres" lo acompañaban en sus desplazamientos para escuchar su palabra y asistir a sus milagros.
En esto, se acercó a Jesús un leproso, y se puso a suplicarle: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Se trata del 1º milagro concreto relatado por Mateo.
Después del 1º gran discurso de Jesús (el Sermón de la Montaña), Mateo agrupará ahora una serie de milagros. Como ya lo había pedido a sus discípulos Jesús no se contenta tampoco con "hermosas palabras" sino que pasa a los hechos, salvando a algunas personas como símbolo y anuncio del final de los tiempos (en el que todo mal será vencido).
La elección de un leproso, para este 1º milagro, tiene su significación. Mateo escribía su evangelio para los judíos, y en ese contexto (cultural y religioso) la lepra era el mal por excelencia, como enfermedad contagiosa que destruía lentamente a la persona afectada, y que era considerada por los antiguos como un castigo de Dios, que debía excluir al castigado con la exclusión social (Dt 28,27-35; Lv 13,14).
El leproso era considerado impuro (al verse afectado por un interdicto, tabú que espantaba), y todo lo que tocaba pasaba a ser impuro. No podía participar ni en el culto, ni en la vida social ordinaria, y estaba prohibido tocarle.
Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: "Quiero, queda limpio". Y en seguida quedó limpio de la lepra. Me imagino la alegría de ese desgraciado al contacto de la mano de Jesús, tras no haber tocado a nadie desde hacía meses o años. Con su mano tendida, como signo de amistad, Jesús reintegra al pobre enfermo en la sociedad ordinaria de los hombres. Es la mano tendida de Jesús, gesto de victoria del amor y de maestría soberana. Señor, si quieres, puedes limpiarme, puedes limpiar el mundo.
Jesús le dijo: "Cuidado con decírselo a nadie. Pero ve a presentarte al sacerdote y ofrece el donativo que mandó Moisés, para que les conste". Se trata de una actitud constante de Jesús: no hacer propaganda en torno a sus milagros. Qué diferencia con los falsos taumaturgos y las sectas, que se valen de la atracción que tiene lo maravilloso (y falso) para abusar de la fe de las gentes sencillas, atraídas por todo lo que sobrepasa lo ordinario.
Noel Quesson
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La escena de hoy está separada de la anterior, como lo muestra la orden de Jesús al leproso: "Cuidado con decírselo a nadie" (algo que sería imposible con las multitudes delante). El leproso es el prototipo del marginado. La lepra, en sus múltiples variedades de erupciones de la piel (además de ser repelente por su apariencia), era considerada como causante de impureza religiosa. Es decir, el hombre afectado de tal enfermedad no podía tener acceso a Dios.
En Jerusalén, lugar del templo y del culto oficial, no tenían entrada los leprosos, pues de hacerlo harían impura la ciudad santa. Les estaba prohibido acercarse a los sanos. Y este hombre, sin embargo, ve en Jesús la posibilidad de salir de su marginación, y contra lo estipulado toma la iniciativa y se acerca a Jesús, pidiéndole sencillamente la salud.
El término que usa, limpiarse, tenía una triple acepción: 1º materialmente limpio o sucio, 2º médicamente limpio (de piel sana) o sucio (leproso), 3º religiosamente limpio/puro o sucio/impuro (aceptado o rechazado por Dios). Solamente las sacerdotes, mediante ritos en el templo, podían declarar al hombre libre de la impureza religiosa, después de constatar su curación física.
Un israelita observante habría expresado su rechazo por el leproso, distanciándose de él por temor a contraer impureza. La ley prohibía tocar a una persona impura (Lv 5, 3), pues su contacto transmitía impureza (Nm 5, 2) y podía propagar la marginación.
En lugar de rechazar al hombre, Jesús lo toca (violando la ley) y muestra que en nombre de Dios no se puede marginar al hombre. El resultado no es que Jesús quede impuro, sino que el leproso queda limpio. La violación de la ley ha permitido la curación del hombre, luego la ley era el obstáculo que impedía la relación humana y la relación con Dios. Jesús distingue entre la impureza física (la enfermedad) y la religiosa, y no acepta la 2ª.
La enfermedad no separa al hombre de Dios, porque no viene de él ni es efecto de un castigo divino o maldición, como se pensaba en el judaísmo. Jesús no quiere que se divulgue la noticia, pero recomienda al hombre que cumpla con los ritos de purificación, para que conste oficialmente su curación y pueda ser aceptado por la sociedad en que vive.
Jesús distingue, pues, 2 aspectos de la ley: uno religioso (que él no acepta ni respeta) y otro social (como código de costumbres que organiza la sociedad). Y pide respeto a este 2º aspecto de la ley, para hacer posible la integración del hombre en su medio. Con su acción, niega Jesús el valor religioso de las prescripciones de la ley, y relativiza las instituciones israelitas.
Este episodio puede relacionarse con el compendio hecho por Jesús de la moral del AT (Mt 7, 12). Si la conducta prescrita por la Escritura puede resumirse en el buen comportamiento con los demás, caen por tierra todos los preceptos rituales que no tienen en cuenta la caridad. Nótese que antes del discurso no se mencionan leprosos entre los enfermos curados por Jesús (Mt 4, 24).
Juan Mateos
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El pasaje evangélico de hoy está en paralelo con Mc 1,40-45 y Lc 5,12-16. Una mirada de conjunto nos hace comprender el milagro junto a los 2 que vienen a continuación, realizados sobre un pagano (vv.5-13) y una mujer (vv.14-15). Es decir, sobre personas excluidas o marginadas, a las que se acerca Jesús y manifiesta la fuerza salvadora de Dios.
Tal como se desprende de las leyes levíticas, la lepra era considerada como una enfermedad que excluía de la vida social y religiosa tanto a personas como a animales. Además, la curación debía ser confirmada por el sacerdote (Lv 14, 2-32). La ley prohibía, a su vez, cualquier contacto físico con quien la padeciese.
La escena es muy escueta y se desarrolla de manera sencilla y clara, aunque no dejan de tener importancia sus elementos simbólicos. Parte del gran Discurso de la Montaña (Mt 5, 1-7), aunque la muchedumbre que sigue a Jesús en este momento parece ser distinta a la de aquel discurso (Mt 7,28; Mc 1,22; Lc 4,32).
A continuación se desarrolla la escena de la curación del leproso, en un marco de fe y de adoración de Jesús (es decir, de vinculación entre la persona de Jesús y su soberana autoridad manifiesta). Otro de los elementos importantes es la contraposición que se da entre las "fuerzas físicas" (incapaces de restaurar la condición del que se le acerca) y la manifestación de la identidad de Jesús.
El mandato de no decir nada a nadie es expresión del secreto mesiánico. Este secreto, que en Marcos es especialmente significativo, puede aludir a que Jesús no quería ser considerado como un Mesías político, aunque no le falta razón a quien considere esta prohibición como un recurso literario (para expresar que la verdadera identidad de Jesús sólo se manifiesta a partir de la resurrección).
Por último, la orden de presentarse al sacerdote "para que conste" (Mt 9,30; 12,16; Mc 7,36; Lc 14,2.4.32; 17,14) probablemente aluda a que se quiere dejar clara la identidad de Jesús ante los sacerdotes y los dirigentes que lo rechazan, aunque también se está aludiendo a la reincorporación a la sociedad del leproso.
Fernando Camacho
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Ayer terminamos de leer el Sermón del Monte, en el cap. 7 de Mateo. Ahora, con el cap. 8, iniciamos una serie de hechos milagrosos (exactamente 10) con los que Jesús corroboró su doctrina y mostró la cercanía del Reino de Dios. Como había dicho él mismo, a las palabras les deben seguir los hechos, a las apariencias del árbol, los buenos frutos. Las obras que él hace, curando enfermos y resucitando muertos, van a ser la prueba de que, en verdad, viene de Dios: "i no creéis a mis palabras, creed al menos a mis obras".
Esta vez cura Jesús a un leproso. La oración de este buen hombre es breve y confiada: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Y Jesús la hace inmediatamente eficaz. Le toca (y eso que nadie podía ni se atrevía a tocar a estos enfermos) y le sana por completo. La fuerza salvadora de Dios está en acción a través de Jesús, el Mesías.
Jesús sigue queriendo curarnos de nuestros males. Todos somos débiles y necesitamos su ayuda. Nuestra oración, confiada y sencilla como la del leproso, se encuentra siempre con la mirada de Jesús, con su deseo de salvarnos. No somos nosotros los que tomamos la iniciativa: tiene él más deseos de curarnos que nosotros de ser curados.
Jesús nos toca con su mano, como al leproso. Nos toca con los sacramentos y a través de la mediación eclesial. Nos incorpora a su vida por el agua del bautismo, nos alimenta con el pan y el vino de la eucaristía, nos perdona a través de la mano de sus ministros extendida sobre nuestra cabeza. Los sacramentos, como dice el catecismo, son "fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante, acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, obras maestras de Dios en la nueva y eterna alianza" (CIC, 1116).
Además, tenemos que ser nosotros, como Jesús, cercanos con el que sufre, extendiendo nuestra mano hacia él, tocar su dolor y darle esperanza, ayudándole a curarse. Somos buenos seguidores de Jesús si, como él, salimos al encuentro del que sufre, y hacemos todo lo posible por ayudarle.
José Aldazábal
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Después de la extensa Instrucción del Monte, la fuerza de Jesús se revela a través de las curaciones y exorcismos, reunidos en sus capítulos siguientes. De este modo, el Reino anunciado con palabras tiene una incidencia concreta en la realidad de los hombres, liberándolos del pecado y de sus consecuencias. Los milagros son acciones portentosas y concretas de misericordia, pero sobre todo son el sello de autenticidad de las palabras de Jesús.
Con la narración de hoy comienza una serie de 3 milagros. En los 3 Jesús se acerca a personas excluidas o marginadas (un leproso, un pagano y una mujer) y muestra que la fuerza salvadora de Dios no tiene fronteras. Mateo subraya en las palabras del enfermo una confianza total en Jesús. Y Jesús trata de cumplir todos los requisitos para que el enfermo fuese reintegrado en la sociedad, con una sanación total que le devolviera la alegría de vivir y de convivir.
Cuando leo en el texto que "Jesús extendió la mano y lo tocó" (v.3) me siento admirado ante la cercanía humana de Jesús, y el dominio de sí mismo para acoger a las personas más repugnantes que podían existir.
Carlos Latorre
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El evangelio de hoy nos muestra un leproso lleno de dolor y consciente de su enfermedad, que acude a Jesús pidiéndole: "Señor, si quieres puedes limpiarme" (v.2). También nosotros, al ver tan cerca al Señor y tan lejos nuestra cabeza, nuestro corazón y nuestras manos de su proyecto de salvación, tendríamos que sentirnos ávidos y capaces de formular la misma expresión del leproso: "Señor, si quieres puedes limpiarme".
Ahora bien, se impone una pregunta: Una sociedad que no tiene conciencia de pecado, ¿puede pedir perdón al Señor? ¿Puede pedirle purificación alguna? Todos conocemos mucha gente que sufre y cuyo corazón está herido, pero su drama es que no siempre es consciente de su situación personal. A pesar de todo, Jesús continúa pasando a nuestro lado, día tras día (Mt 28, 20), y espera la misma petición: "Señor, si quieres".
No obstante, también nosotros debemos colaborar. San Agustín nos lo recuerda en su clásica sentencia: "Aquél que te creó sin ti, no te salvará sin ti". Es necesario, pues, que seamos capaces de pedir al Señor que nos ayude, que queramos cambiar con su ayuda.
Alguien se preguntará: ¿Por qué es tan importante darse cuenta, convertirse y desear cambiar? Sencillamente porque, de lo contrario, seguiríamos sin poder dar una respuesta afirmativa a la pregunta anterior, en la que decíamos que una sociedad sin conciencia de pecado difícilmente sentirá deseos o necesidad de buscar al Señor (a la hora de formular una petición de ayuda).
Por eso, cuando llega el momento del arrepentimiento, el momento de la confesión sacramental, es preciso deshacerse del pasado, de las lacras que infectan nuestro cuerpo y nuestra alma. No lo dudemos: pedir perdón es un gran momento de iniciación cristiana, porque es el momento en que se nos cae la venda de los ojos. ¿Y si alguien se da cuenta de su situación y no quiere convertirse? Dice un refrán popular que "no hay peor ciego que el que no quiere ver".
Xavier Romero
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Una condición importante se presenta en este leproso que recibe la sanación física: Cree que Jesús puede curarlo. Se trata del 1º paso en el proceso de su sanación: creer. Y Jesús, quién nunca duda en concedernos un deseo, si esa es la voluntad de su Padre, cura al leproso. Es interesante ver cómo Jesús aprovecha la oportunidad para una sanación completa, la física y la social.
Tener lepra en aquellos tiempos era una condición para ser marginado socialmente, y aislado del resto de personas. Pero Jesús restablece la dignidad de esta persona ante la sociedad le pide que vaya a presentarse al sacerdote (tal y como era la costumbre según la ley de Moisés) y presentara la ofrenda correspondiente a su sanación.
Jesús sabía que esta acción devolvería también la sanación en el aspecto social, el cuál también es importante en el mundo en que vivimos. Jesús recupera nuestra dignidad como hijos de Dios, pero también como miembros de una sociedad, como seres humanos que necesitamos vivir en comunidad y ser aceptados por la misma.
Gracias, Señor, por tu sanación completa, que me integra a la vida espiritual y social con la misma condición de ser hija amada por Dios.
Miosotis Nolasco
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No hay duda que la vida de los hombres está llena de sufrimientos más o menos visibles, físicos, mentales, morales. El leproso del evangelio de hoy es una de estas miserias. Drogas, matrimonios deshechos, suicidios, abusos, enfermedades y un sin fin de desgracias. Para muchas personas muchas de estas realidades son hechos de cada día. Sin embargo, ellas mismas saben que a pesar de ello se debe ir adelante en la vida lo mejor posible.
Por eso, Jesús pone en sus manos este elenco de desdichas y lo transforma en gracias y en bendiciones. Realiza milagros para que veamos que es capaz de darnos una vida que no sólo es sufrimiento sino que también hay consuelos físicos y morales que, son más profundos porque tocan el alma misma. Para esto ha venido a esta vida, para traernos un reino de amor y unión.
Basta que nosotros usemos correctamente nuestra libertad para que se realicen todas las gracias que Cristo quiere darnos. Basta confiar en él, en su palabra que nos habla del Padre misericordioso e interesado por nuestra felicidad.
Buenaventura Acero
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En tiempos de Jesús, la persona que era considerada impura era relegada a vivir fuera de la ciudad, y la desobediencia a esta norma costaba la vida. Lo único que podía esperar un impuro era la muerte. Lo hecho por Jesús con el leproso puede entenderse como un deseo de cambiar el sistema de pureza e impureza por la práctica del amor. Con este gesto, Jesús descalifica toda ley que deshumanice las personas. Lo que resulta en el fondo de todo es el anhelo de Jesús por demostrar que es posible liberarse de la ley injusta que margina a los más débiles.
La enseñanza que este texto trae a la comunidad es la manera como Jesús cuestiona la ley al no respetar la ley de la pureza. Tocar al leproso y luego enviarlo al templo se entiende que ya el papel de esta institución ha quedado relegado a la parafernalia del legalismo. El leproso va al templo para ser borrado de la lista de impuros y poder transitar libremente sin temor. Allí van a notar que su purificación se ha dado en la calle, fuera de la institución y por alguien que no es sacerdote, lo cual convierte al templo en un espacio muerto.
En este texto llama la atención la manera como suceden los hechos. Se presentan de forma que hacer ver los errores cometidos por los responsables del templo. Ellos se reservaban el derecho de declarar impuros e impuros a los pobres que no tenían con qué pagar la curación de sus enfermedades. Este método inhumano era consecuencia de las inexistentes garantías sociales propias de una sociedad injusta que no atiende las necesidades básicas de los pobres; entonces la coartada de los poderosos era la de declarar impuras a las personas a las que se desecha.
Gaspar Mora
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Asistimos hoy a uno de los ejemplos en los que se puede apreciar claramente quién fue Jesús. E incluso el leproso del pasaje sabe con certeza que Jesús puede curarlo. Si bien no podemos decir que ya hubiera reconocido que él era Dios, ha visto en él la presencia poderosa de Dios; por ello le dice: "Si tú quieres".
Es importante, por tanto, que de vez en cuando también nosotros nos repreguntemos: ¿Cuál es la imagen que nos hemos formado de Jesús? ¿Es para nosotros verdaderamente Dios, el Dios verdadero para el que nada es imposible? La respuesta es importante pues, si verdaderamente consideramos a Jesús, al que proclamamos como nuestro Señor, verdaderamente Dios, entonces su palabra tiene poder, sus promesas se realizan, su presencia es verdadera todos los días junto a nosotros, su cuerpo y su sangre están presentes en todos los altares.
Si lo reconocemos como verdadero Dios, nuestro trato con él estará basado en la confianza amorosa, pues sabremos que "si él quiere", todo cuanto nos es necesario, nos será dado, como testimonio de su amor. Pongamos nuestras necesidades ante él diciendo con humildad: "Señor, si tú quieres".
Ernesto Caro
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El sentido de las palabras con autoridad, pronunciadas en la montaña, se concretan en las acciones realizadas con autoridad relatadas en los cap. 8-9. Las acciones poderosas de estos capítulos pertenecen a 2 categorías: los relatos vocacionales (que suscitan el seguimiento) y las señales milagrosas (que sofocan los males). Y en eso se ocupará el evangelista Mateo a lo largo de los siguiente capítulos (en bloques de 3-4 episodios por capítulo).
En el 1º de esos bloques se relatan sucesivamente 3 curaciones, de las que son beneficiarios un enfermo de lepra, el siervo de un centurión y la suegra de Pedro. Pues como relata en otro momento el evangelista, “él tomó nuestras dolencias y quitó nuestras enfermedades" (Mt 8, 17).
La categoría a la que pertenecen los curados revela el carácter universal de la acción de Jesús. Sucesivamente se presenta a un judío (debe presentarse al sacerdote), a un pagano (miembro de la casa de uno de los miembros de las tropas de ocupación) y a un miembro de la comunidad eclesial (la suegra cuyo yerno, que en Mc y Lc es Simón, aquí recibe su nombre eclesial de Pedro).
El 1º de los milagros, relatado hoy, se presenta en íntima conexión con el Sermón de la Montaña, gracias a la circunstancia descrita en el v.1: "Al bajar del monte". Como todo relato de milagro es la verificación del poder de Jesús como mensajero de Dios. El beneficiario en este caso, como en repetidos pasajes del relato evangélico, es un enfermo de lepra.
La naturaleza de la enfermedad ha colocado a la persona al margen de la vida social del pueblo. Las enfermedades de piel, normalmente consideradas como lepra, habían dado origen a una complicada legislación, uno de cuyos puntos fundamentales era el aislamiento del enfermo. En torno a este caso, como en otros casos semejantes en que la enfermedad puede suscitar una cierta repugnancia, surgen tabús y prejuicios a lo largo de toda la historia humana.
Jesús se aparta decididamente de estos prejuicios. Deja acercarse al leproso (v.2) y lo toca (v.3) colocándose así El mismo en situación de impureza. Frente a la ecuación de enfermedad, pecado, demonio, presente en el pensamiento de sus contemporáneos, Jesús considera la enfermedad como un signo y no como consecuencia de la existencia del pecado en el mundo. Por ello no teme el contacto con el enfermo, más aún presenta ese contacto como la única forma de actuación del Reino.
Esta palabra poderosa de Jesús enmarca el Reino como superación de toda marginación. Por ello el leproso debe ir a presentarse al sacerdote para que sean reconocidos sus derechos de plena reintegración al pueblo.
Jesús revela la salvación mesiánico ligada a la actuación del Servidor Sufriente (que, considerado como pecador, llevaba sobre sí los pecados causados por el egoísmo de los seres humanos). Entrando en íntima comunión con un enfermo de lepra, Jesús muestra que el auténtico camino de salvación sólo puede realizarse en la superación de toda marginación. De esa forma, se señala también el camino que deberá recorrer todo discípulo llamado a su seguimiento.
Confederación Internacional Claretiana
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El evangelio del Reino (cap. 5-7) no sólo es proclamado por Jesús, sino confirmado con obras (cap. 8-9), porque la salvación de Dios se revela por signos y palabras. Y la misma multitud que en el Sermón de la Montaña ha sido testigo de las palabras de Jesús, lo es ahora de la manifestación por las obras. El contenido básico de esta sección consta de 10 milagros.
El 1º milagro es la curación de un leproso. Según la mentalidad judía, el leproso era impuro (por su enfermedad) y transmisor de la impureza, por lo cual quedaba excluido del acceso y pertenencia al pueblo elegido. El leproso quedaba fuera de la sociedad porque ésta era temerosa de verse físicamente contagiada y religiosamente contaminada. Él estaba obligado a avisar a gritos su presencia (para que nadie se acercara a él) y tenía que vivir segregado (de forma maldita, y como castigado por Dios).
Según la doctrina oficial judía, no había para el leproso posibilidad de acceso a Dios ni a su Reino. Pero el mensaje de Jesús se convierte para él en un horizonte de esperanza. El deseo de salir de su miseria y marginación vence el temor de infringir la ley y se acerca a Jesús. Su actitud es de humildad, súplica y confianza en el poder de Jesús; sólo quiere que lo limpie. Desea que elimine la barrera que lo separa del amor de Dios y le impide participar en su Reino. Esta es la reacción de los marginados, de los empobrecidos, a la proclamación de Jesús.
Con la curación del leproso, Jesús denuncia la mentalidad estrecha de los judíos, que marginaba, excluía y generaba la muerte. Con esta curación, Jesús afirma su defensa de la vida y su lucha por la dignidad de todo hombre, sacudiendo de paso los cimientos teológicos del judaísmo (basados en el legalismo y en la observancia ciega de la ley).
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act:
26/06/26
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