13 de Agosto

Jueves XIX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 13 agosto 2026

Mt 18, 21-35

         Se discutía mucho en el AT sobre el número de veces que había que perdonar, y solía proponerse el nº 4 como cifra máxima. Pedro va más allá, pero se mueve aún en el plano de la casuística. La pregunta de Pedro se refiere directamente al v. 15. La respuesta de Jesús juega con el nº 7 propuesto por Pedro, aludiendo al Cántico de Lamec: "Si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete" (Gn 4, 24). El perdón debe extenderse hasta donde llegó el deseo de venganza.

         Por esto el reinado de Dios "se parece a un rey que quiso saldar cuentas con sus empleados" (vv. 23-27). El sentido de la parábola es claro, y gira en torno a los empleados (lit. sirvientes). En la concepción de la corte oriental, donde el rey era señor absoluto, todos los miembros de la corte, por alta que fuera su categoría, se consideraban siervos del rey (1Sm 8,14; 2Re 5,6). En este pasaje, un siervo que debía millones al rey era ciertamente un personaje importante.

         "Algún dinero" alude a los 100 denarios, sabiendo que 1 denario era el jornal diario de un obrero. El término miserable (lit. sirviente malo) no tiene relación con lo que sigue (donde no se habla más de actividad), y concuerda mejor con el contexto (idea de mezquindad) que con la traducción malvado.

         Nótese la oposición entre v. 27 ("tuvo lástima") y el v. 34 ("se indignó"). El v. 35 aplica el principio general enunciado en Mt 6,14. "Perdonar de corazón" está en relación con la 6ª bienaventuranza (Mt 5, 8), y la moraleja de la parábola es la siguiente: si Dios perdona graciosamente las mayores deudas, nadie puede aducir razón válida para negar a otro el perdón (Mt 5, 9.48).

         Cuando terminó estas palabras, "pasó Jesús de Galilea al territorio de Judea del otro lado del Jordán". Continúa el viaje a Jerusalén, mencionado en Mt 16,21. Después del discurso de las parábolas (Mt 13, 1-35), Jesús no vuelve a enseñar a las multitudes, pero las cura (Mt 14, 14).

Juan Mateos

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         La presente sección se abre enunciando un principio básico de la vida cristiana: la reconciliación y el perdón. El lector del evangelio ya lo conoce por otras palabras de Jesús (Mt 5, 23) y la oración específicamente cristiana, el Padrenuestro, lo recuerda constantemente.

         La oferta de Pedro de perdonar 7 veces responde a la enseñanza de Jesús, y contrasta con la séxtuple venganza de Caín (Gn 4,15; Lv 26,21). La respuesta de Jesús de perdonar 70 veces 7 contrasta con la venganza de Lamec (Gn 4,24). El nº 7 y sus múltiplos son símbolo de plenitud. En el reino de Dios, el perdón ilimitado ha de ocupar el puesto de la venganza. La contrapartida del principio pagano de la venganza sin límite es el principio cristiano del perdón ilimitado.

         La parábola que viene a continuación es una aclaración práctica y concreta del principio enunciado. La venganza era una ley sagrada en todo Oriente; el perdón era humillante. La parábola es un drama en 4 actos: deuda, misericordia, crueldad y justicia. Un hombre debía 10.000 talentos, una suma exorbitante que el auditorio de Cristo no podía imaginar. La conclusión: se trata de una deuda impagable. El acreedor ordena vender todo cuanto se tiene incluyendo la familia.

         Ser vendido como esclavo por deudas no era infrecuente en la antigua Mesopotamia, pero ese procedimiento era utilizado con mayor frecuencia como castigo, más que para el pago de deudas. Sin embargo, el rey atiende la súplica y perdona. El deudor perdonado se convierte en deudor despiadado que ante su compañero deudor de algo insignificante en comparación con lo que se le había perdonado lo mete en la cárcel después de casi ahogarlo.

         El hecho de no mostrar misericordia donde él la había recibido lleva a que la misericordia del rey sea revocada, y el siervo inmisericorde es entonces entregado a los verdugos (v.34) hasta que pague esa deuda imposible de saldar. En síntesis, la idea es que la soberanía de Dios exige que la misericordia divina sea la medida del perdón en nuestras relaciones con los demás.

Fernando Camacho

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         En el pasaje de hoy se nos aclara y recalca algo muy importante: la pertenencia al reino de Dios se obtiene a través de un perdón sin límites, tomando como ejemplo al mismo Dios (cuya oferta de gracia desborda todo cálculo humano). No hay lugar para la venganza personal, porque uno siempre vive en el amor misericordioso del Padre (Is 40,2; 43,25), y por tanto debemos reflejar ese amor misericordioso a los demás.

         Pedro introduce el tema de cuántas veces hay que perdonar, Jesús responde que 70 veces 7; es decir, siempre; porque siempre tenemos necesidad del perdón divino.

         En este contexto Jesús pronuncia esa parábola paradójica, en la que todo parece desproporcionado: la disparatada deuda del 1º servidor y donde no tiene ninguna posibilidad de que la devolviera, pese a su promesa de hacerlo junto con su crueldad para con el compañero que tiene con él una deuda insignificante y que se podía pagar fácilmente.

         Lo que queda claro es que la condición esencial para el perdón divino es que nosotros perdonemos a nuestros prójimos, y con un perdón de corazón, como el perdón de Dios. Actuar con perdón es el estilo del reino de Dios. Negarse a perdonar nos sitúa fuera del Reino y, por consecuencia, fuera de la esfera del amor misericordioso de Dios.

         Esta parábola es un drama que se actúa continuamente pues el que queda impune de grandes actos de enriquecimiento ilícito quiere luego ahorcar a sus trabajadores que le deben cualquier cosa en comparación con lo robado o ganado ilícitamente. Esto lo vemos en la cuestión económica pero se da en todos los campos de las relaciones humanas. Un cónyuge, normalmente el varón por el machismo mundial que vivimos, engañando gravemente al otro, resulta que llega a lastimar y hasta matar al otro por una tontería que agiganta por los celos.

         Afortunadamente, con Dios no es así, y con él no podemos jugar. El es capaz de tomar todos nuestros pecados, nuestras deudas para obtener el perdón; pero no puede tolerar el abuso de que, siendo pecadores, nos neguemos a perdonar las mínimas ofensas que se nos hacen. Con esto podremos rezar con fuerza, conciencia y compromiso, aquella parte del Padrenuestro que dice "perdona nuestras ofensas, porque nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido".

Emiliana Lohr

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         Al comienzo del Discurso Comunitario de Jesús, fueron todos los apóstoles a hacer una pregunta a Jesús, aunque fuese Pedro quien la formulase (como parte del juego de esa colegialidad). El evangelio, discretamente, sugiere esa doble estructura esencial de la Iglesia.

         Pues bien, la pregunta de Pedro fue: "Señor, si mi hermano me sigue ofendiendo, ¿cuántas veces lo tendré que perdonar?". Decididamente, aquí cada uno iba a lo suyo. ¿O es que Pedro no había entendido todavía? ¿Es pues tan difícil entender que Dios es bueno, misericordioso, y que nosotros hemos de perdonar infinitamente?

         Por eso, Jesús le contesta: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete", con todo el simbolismo de las cifras (pues 7 es la cifra perfecta, y multiplicada por sí misma, hasta 70 veces, indica el infinito).

         Pedro creía ir ya muy lejos proponiendo hasta 7 veces. Pero para Jesús no hay tasas, y siempre hay que perdonar. Se dice muy aprisa que no se tiene nada que perdonar a nadie, que se es amigo de todo el mundo, que esta exigencia no nos concierne. O lo que es peor, se encuentran muchas razones egoístas y sutiles, o colectivas e ideológicas para justificar nuestro rechazo a perdonar. Pero, una vez más, el evangelio nos interpela a cada uno ¿Tendré suficiente valor para reconsiderar mi vida y poner nombres y rostros concretos a la parábola que estoy escuchando?

         "Un amo quiso saldar cuentas con sus empleados", explica Jesús a Pedro. Y le habla de una deuda de 10.000 talentos (es decir, muchos millones), de un pobre hombre que pide compasión, de un amo compadecido ("le perdona toda su deuda") y de una obvia conclusión: tal es Dios, infinito en su bondad y capaz de perdonar todo.

         En 1º lugar, contemplo detenidamente esa magnanimidad, esa generosidad inverosímil, esa renuncia del amo a sus derechos, ese perdón infinitamente propalado. Hoy, en nuestro mundo, los hombres van acumulando pecados. La deuda miserable seguirá creciendo. Y Dios, movido a compasión, una vez más "perdonará toda la deuda". Gracias, Señor.

         Y en esta marea de la humanidad pecadora, pienso en mi propia parte. Constantemente, yo mismo, soy perdonado, y obtengo la remisión de mi deuda personal. Y nada es capaz de hastiar a Dios. La fabulosa suma citada por Jesús no se debe al azar, sino que Dios hace lo que ningún acreedor es capaz de hacer.

         Pero "ese mismo empleado, el mismo que fue tan generosamente tratado por su amo, exige a uno de sus compañeros una ínfima deuda de 100 denarios" (medio euro). Entonces el amo le dijo: "¡Miserable! Yo perdoné toda tu deuda. ¿No podías tú tener también compasión de tu compañero?".

         Para Jesús, el deber del perdón mutuo se funda en el hecho que todos, nosotros mismos, somos beneficiarios del perdón de Dios. Se perdona realmente a los demás, a todos aquellos que nos ofenden, cuando se es consciente de ser uno mismo un perdonado. Una vez más, es a Dios que hay que mirar, si queremos llegar a ser capaces de reconciliación sincera.

Noel Quesson

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         Si ayer nos hablaba Jesús de la corrección fraterna, hoy nos da las consignas para el perdón. La propuesta de Pedro ya parecía generosa (perdonar hasta 7 veces), pero Jesús va mucho más allá: 70 veces 7.

         La parábola exagera a propósito la deuda perdonada al 1º empleado (ingente) y la no perdonada al 2º empleado (ínfima). Pero el contraste sirve para destacar el perdón que Dios concede y la mezquindad de nuestro corazón, porque nos cuesta perdonar una insignificancia.

         Lo propio de Dios es perdonar, y eso mismo han de hacer los seguidores de Jesús. El aviso es claro: "Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano". Es el nuevo estilo de vida de Jesús, ciertamente más exigente que el de los 10 mandamientos del AT.

         ¿No es demasiado ya perdonar 7 veces? ¿Y no será una exageración lo de 70 veces 7? ¿No estaremos favoreciendo que reincida el ofensor? ¿Y dónde queda la justicia? Pero Jesús nos dice que sus seguidores deben perdonar. Como él, que murió perdonando a sus verdugos. Pedro, el de la pregunta de hoy, experimentó en su propia persona cómo Jesús le perdonó su pecado.

         En el Padrenuestro, Jesús nos enseñó a decir: "Perdónanos, como nosotros perdonamos". En el Sermón de la Montaña nos dijo lo de ir a reconciliarnos con el hermano antes de llevar la ofrenda al altar y lo de saludar también al que no nos saluda. Ser seguidores de Jesús nos obliga a cosas difíciles. Recordemos que una de las bienaventuranzas era: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia".

         El gesto de paz antes de ir a comulgar tiene esa intención: ya que unos y otros vamos a recibir al mismo Señor, que se entrega por nosotros, debemos estar, después, mucho más dispuestos a tolerar y perdonar a nuestros hermanos.

José Aldazábal

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         Adeudamos tanto a Dios que nos es imposible pagarle, somos unos deudores insolventes. La lista de beneficios que nos otorga es incontable: nos creó con preferencia a muchos otros, nos dio una alma inmortal, irrepetible, destinada, junto con nuestro cuerpo, a ser eternamente feliz en el cielo. Le debemos la conservación en la existencia, pues sin él volveríamos a la nada, las cualidades del cuerpo y del espíritu, la vida y todos los bienes que tenemos.

         Por encima de este orden natural, estamos en deuda con él por el beneficio de la encarnación de su Hijo, por la redención, por la filiación divina. Le debemos el don inmenso de ser hijos de la Iglesia, de los sacramentos, de la comunión de los santos, por los beneficios del cielo, de los ángeles y de María Santísima.

         "Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo", le dice el siervo a su rey cuando quiso arreglar cuentas con él (Mt 18, 23-25) Con Cristo, y unidos a él, podemos decir: "Todo te lo pagaré". La misa es la más perfecta acción de gracias que puede ofrecerse a Dios, y a pesar de nuestra poquedad, ofrecemos al Padre el sacrificio del Hijo y uniremos nuestra personal oblación.

         Debemos ser agradecidos con Dios en todo momento y circunstancia, aun cuando nos cuente entender algún acontecimiento. Porque un golpe, cuando viene de un Padre, es también prueba de amor, que quita nuestras aristas para acercarnos a la perfección.

         Esta actitud agradecida con Dios, debemos trasladarla a nuestra vida corriente para mostrarnos agradecidos por tantos servicios que recibimos en nuestra vida familiar y social. Como también hemos contraído deudas con Dios por nuestros pecados y faltas de correspondencia, quiere que perdonemos las ofensas que los demás puedan hacernos, que en realidad son pequeñeces en relación con nuestras ofensas a Dios. Cuando perdonamos y olvidamos, imitamos al Señor, pues como dice San Juan Crisóstomo, "nada nos asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos al perdón".

Francisco Fernández

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         Muchas veces se piensa que perdonar es un sentimiento. Sin embargo, la realidad es que es un acto de la voluntad. Las ofensas recibidas, crean un sentimiento el cual, generalmente, queda fuera de nuestro control. Este sentimiento generara actitudes como respuesta a la herida. Por ejemplo, no sentiremos deseos de saludar o de convivir, incluso pueden nacer el deseo de venganza.

         En este ejemplo que nos pone Jesús vemos que lo importante fue la actitud, que es una acto de la voluntad. El rey quiso perdonar y perdonó, es decir lo dejó libre. El otro por el contrario dio rienda suelta a sus sentimientos y actuó equivocadamente encerrando en la cárcel a su compañero.

         El perdón es una decisión que nos lleva, aun en contra del sentimiento (deuda) que permanece en nosotros, a cambiar nuestra actitud hacia la persona que nos ha ofendido. La reacción humana es la de actuar negativamente hacia la persona que nos ofendió, la gracia, que apoya nuestra decisión, nos lleva a actuar de una manera sobrehumana y a mostrar una actitud positiva (que puede empezar con una sonrisa).

         Si no dejas que el sentimiento crezca (reforzándolo con tus actitudes) la gracias de Dios y tu esfuerzo cotidiano hará que pronto desaparezca incluso el sentimiento causado por la ofensa.

Ernesto Caro

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         El tema del texto de hoy está centrado en el contexto de ayer: el cómo la Iglesia debe reaccionar con el hermano que ofende a otro. Y esa es la cuestión que Pedro plantea a Jesús: ¿El perdón tiene un límite? ¿Cuántas veces tenemos que repetir el proceso de perdón? ¿Hasta 7 veces?

         La Parábola del Siervo Despedido, con la que Jesús responde a la pregunta de Pedro, no responde a la cuestión de cuántas veces hay que perdonar, sino a cuál es el fundamento del perdón cristiano. La parábola la podemos dividir en 3 momentos, aunque el aspecto más llamativo de la 1ª escena es la suma inimaginable adeudada, que el rey perdona de sopetón.

         En la 2ª escena se subraya el contraste con la anterior, repitiendo el mismo esquema narrativo con la misma súplica, pero sobre todo subrayando la desproporción que hay entre la 1ª deuda y la 2ª y en la actitud que toma el siervo a quien se le ha perdonado la deuda. La 3ª escena esta construida sobre la intervención de los otros compañeros que advierten la injusticia de su compañero y se lo comunican al rey.

         En los oídos de todos los que escuchan la parábola queda resonando la pregunta del rey, que resume toda la enseñanza de la parábola: "¿No debías haber perdonado a tu compañero como yo te perdoné a ti?". Por eso el perdón dentro de la Iglesia ha de ser ilimitado. Quien haya experimentado la misericordia del Padre, no puede andar calculando las fronteras del perdón y de la acogida al hermano.

Confederación Internacional Claretiana

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         Los seguidores de Jesús ubican el perdón de las ofensas en el campo legal y casuístico. Están preocupados por los límites de la actitud fraterna. Pedro propone un número elevado de oportunidades de perdón, considerando que ésta es una actitud noble. Jesús le corrige su perspectiva legalista, y en lugar de 7, es mejor 70 veces 7.

         En el AT el número 77 representaba la venganza de los hijos de Caín. Jesús cambia los términos, y convierte el número de la venganza en símbolo de la reconciliación. Luego propone una parábola que muestra la deficiente actitud de los que están pendientes de contabilizar la misericordia, el perdón y la fraternidad.

         En la parábola, el rey se compadece del siervo importante, pero éste es incapaz de tener la misma actitud con el siervo más humilde. Su corazón estaba endurecido por la ambición y por esto no correspondió al gesto generoso del rey. La conclusión es importante: si se perdona de corazón, como hace Dios, no se contabiliza la misericordia, pues el ofendido es quien busca al agresor para mostrarle el error con una actitud fraterna. De este modo se rompe la cadena de la violencia interminable simbolizada en la venganza de los hijos de Caín (Gn 4, 24).

         Hoy el mundo enfrenta un ambiente de intolerancia, violencia e irrespeto a los derechos humanos. Esta cadena se hace interminable porque los agredidos buscan venganza por su propia mano y hacen crecer la espiral de violencia. Ocurre igual que con los hijos de Caín, si uno es agredido la venganza es siete veces peor que la ofensa. Nosotros, como cristianos, necesitamos enfrentar este gesto irracional e inhumano con una actitud que llame a la reconciliación y el respeto.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 13/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A