14 de Agosto

Viernes XIX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 14 agosto 2026

Mt 19, 3-12

         Se le acercan hoy a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para tentarlo: "¿Le está permitido a uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?". La pregunta de los fariseos es directa; suponiendo la legitimidad del repudio (decisión unilateral del hombre que despedía a su mujer), piden a Jesús que se pronuncie sobre una célebre controversia entre los rabinos Hillel (que autorizaba el repudio por causas triviales) y Shammai (que exigía la infidelidad de la mujer). No buscan aprender de Jesús, sino ponerlo en una situación difícil.

         En lugar de ceñirse a un texto que sólo se refería a la cuestión práctica y legal del repudio, Jesús llama la atención de sus adversarios sobre otro pasaje de la Escritura donde se trata positivamente de la naturaleza del matrimonio, en el contexto de la creación del hombre y, por tanto, del plan primordial de Dios sobre él.

         El hombre siente por la mujer un amor preferente que deja en segundo término el del padre y la madre. La consecuencia de la unión es que hombre y mujer constituyen un solo ser (en hebreo sarx, que designa a la persona en cuanto mortal; Gn 1,27; 2,24). La consecuencia es clara: un hombre no puede anular la obra de Dios.

         Pero los fariseos insisten, y vuelven a la carga citando a Moisés (Dt 24, 1). La respuesta de Jesús es radical: Moisés cedió a la condición del pueblo oponiéndose al plan de Dios. Jesús identifica a los fariseos con el pueblo, haciéndolos exponente de su obstinación. No todo lo que se contiene en la ley responde a la voluntad de Dios, ni todos los pasajes de la Escritura tienen el mismo valor. Propone Jesús, por tanto, el ideal del matrimonio humano, según el plan inicial de Dios. La opción de amor que lo funda debe ser definitiva.

         Los discípulos protestan contra tal rigorismo, pues en esas condiciones el matrimonio no es ventajoso. Jesús comenta lo que acaban de decir y afirma que renunciar al matrimonio no es posible para todo hombre; hace falta un don especial para ello. Este puede identificarse con el deseo ardiente de dedicarse al trabajo por el reinado de Dios, con un sentimiento vivo de la urgencia de esa labor y encontrando en ella la plena realización humana.

         De hecho, la única razón que propone Jesús para abstenerse del matrimonio es el reinado de Dios, que, en su expresión plena, es la nueva sociedad humana que él viene a comenzar. También Jesús siente la urgencia de esa dedicación: por eso invita a ella a los que se sientan llamados.

Juan Mateos

*  *  *

         El texto de hoy se desarrolla conforme a un esquema binario propio de la literatura rabínica: un ajeno propone la cuestión o controversia. El maestro contesta o replica. El interlocutor es reducido al silencio; pero las palabras del maestro resultan insuficientes, poco explícitas, tal vez equivocadas. Ante la incomprensión, los discípulos ruegan al maestro que les aclare lo que ha dicho. Él les da otra explicación, y con ello su pensamiento es claro y definitivo.

         La doctrina sobre la unidad del matrimonio se expone a través de un esquema de controversia: "¿Es lícito despedir la mujer por algún motivo?". Los fariseos se refieren al derecho de repudio. La respuesta de Jesús se apoya en 2 pilares fundamentales, puestos en cada uno de los momentos de la controversia.

         En el 1º turno de la presente controversia, la respuesta será un axioma definitivo y absoluto: "Lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe". A quienes han preguntado si hay alguna causa que justifique repudiar a la propia esposa, se les contesta que ninguna.

         Los fariseos pasan entonces a la ofensiva, en un 2º turno de la controversia, y objetando con aire de victoria: "¿Cómo es, entonces, que Moisés prescribió entregar un acta de repudio?". De nuevo los fariseos quieren obtener de Jesús una declaración contra la ley de Moisés.

         La respuesta de Jesús es un ejemplo de comprensión con detenimiento de la palabra de Dios. Si el ordenamiento legal del repudio, atribuido a Moisés, había abierto un paréntesis, Jesús proclama que es hora de cerrarlo. El condicionamiento que lo determinó es el nuevo estilo de vida que Jesús les propone: el reino de Dios.

Fernando Camacho

*  *  *

         Jesús lanza hoy una verdadera llamada a favor de la indisolubilidad del matrimonio: "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Porque si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio". El conjunto del texto va, de modo manifiesto, en este sentido: la unión matrimonial transforma unos amantes, que podrían serlo sólo de paso, en compañeros de eternidad. ¡Lo que Dios ha unido!

         Pero "no todos pueden entender esto, sino sólo los que han recibido el don", concluye Jesús. Esa frase misteriosa de Jesús responde a una cuestión que expusieron los apóstoles: "El matrimonio, así concebido, es demasiado hermoso, demasiado difícil. Si esto es así, más vale no casarse. De ese modo, para Jesús la más alta concepción humana del amor conyugal es un don de Dios. La doctrina de Jesús no será entendida por todos.

         Esto supone muchos combates, día tras día. Y "habrá gentes que no se casarán, porque son incapaces por naturaleza, o porque han sido mutilados por los hombres". Pero los hay que no se casarán "por razón del reino de Dios". El que pueda con eso, que lo haga.

         Por 2ª vez, y sobre otro asunto, pero muy próximo en el fondo, aludes, Señor, a una cierta intuición misteriosa que es dada por Dios. Esa palabra de Jesús es abierta, hace alusión a una cierta afinidad, a una cierta capacidad de recibirla, a un carisma personal. No puede erigirse en ley general en la Iglesia, ni en el mundo; pero es un camino abierto, distinto del matrimonio: el celibato, la continencia voluntaria.

         Es muy notable la insistencia de Jesús en 2 puntos:

-la libertad que requiere esta decisión, que no es impuesta ni "por la naturaleza" ni por la fuerza;
-la motivación profunda de esta decisión voluntaria: el reino de Dios.

         A este respecto, dice Jesús que "hay quienes renuncian al matrimonio para comprometerse con el reino de Dios", teniendo como amor exclusivo a Dios. Así Jesús realza a un muy alto nivel el amor conyugal (dándole un horizonte eterno), y abre la hipótesis de un celibato de muy alto nivel, que tiene ese mismo horizonte.

         Como nota final introduce Mateo una breve excepción, al caso de separación conyugal: "Salvo en caso de unión ilegal". Mateo es el único evangelista que introduce ese paréntesis, en una frase de Jesús que no tolera ningún motivo de repudio. El término griego debería más bien traducirse por "en caso de impudicia", o "en caso de prostitución".

         Parece que lo que Mateo tiene aquí en cuenta es el caso de aquellos que vivían juntos sin estar casados. En ese caso no hay divorcio en sentido estricto sino más bien restablecimiento de una situación normal. La tradición ortodoxa oriental ve en ello, por el contrario, una base para permitir un nuevo casamiento al consorte que ha sido victima de un adulterio.

         Esta interpretación no la admite la Iglesia católica por lo menos como regla codificada por la ley; pero acepta que en lo concreto es la misericordia la que ha de resolver a veces ciertas situaciones excepcionales. Esto no hace mas que subrayar la indisolubilidad fundamental del matrimonio en su dinamismo normal: los dos serán uno, hasta que la muerte los separe.

Noel Quesson

*  *  *

         Terminado ya el Discurso Eclesial del cap. 18, siguen unas recomendaciones de Jesús en su camino a Jerusalén. Esta vez, sobre la célebre cuestión del divorcio.

         La pregunta no es acerca de la licitud del divorcio (que era algo admitido), sino sobre cuál de las 2 interpretaciones era más correcta: la de Hillel (que multiplicaban los motivos para que el marido pudiera pedir el divorcio, pues la mujer ni lo podía pedir), o la de Shammai (que sólo lo admitía en casos extremos, como en el caso de adulterio).

         Jesús deja aparte la casuística, y reafirma la indisolubilidad del matrimonio, recordando el plan de Dios: "Ya no son dos, sino una sola carne". Así pues, "lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre". Al negar el divorcio, Jesús restablece la dignidad de la mujer, que no puede ser tratada como lo era en aquel tiempo, con esa visión tan mercantil y machista.

         La excepción que admite Jesús ("no hablo del caso de prostitución"), no se sabe bien a qué se puede referir. Pero lo que sí queda claro es el principio de que "lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe".

         Cristo toma en serio la relación sexual, el matrimonio y la dignidad de la mujer. No con los planteamientos superficiales de su tiempo y de ahora, buscando meramente una satisfacción que puede ser pasajera. En el Sermón de la Montaña ya desautorizaba el divorcio, y hoy apela a la voluntad original de Dios, que comporta una unión mucho más seria y estable, no sujeta a un sentimiento pasajero o a un capricho.

         El plan es de Dios, y es él quien ha querido que exista esa atracción y ese amor entre el hombre y la mujer, con una admirable complementariedad y, además, con la apertura al milagro de la vida, en el que colaboran con el mismo Dios.

         Lo cual nos recuerda la necesidad de que lo tomemos en serio también nosotros, dentro de la comunidad eclesial: la preparación humana y psicológica del noviazgo, la boda, la convivencia posterior... El amor que quiere Dios es estable, fiel y maduro.

         Si el matrimonio se acepta con todas las consecuencias, no buscándose sólo a sí mismo, sino con esa admirable comunión de vida que supone la vida conyugal y, luego, la relación entre padres e hijos, evidentemente es comprometido, además de noble y gozoso. Como era difícil lo que nos pedía Jesús ayer: perdonar al hermano. Como es difícil tomar la cruz cada día y seguirle.

         Podríamos completar hoy nuestra escucha de la Palabra bíblica leyendo lo que el Catecismo dice sobre "el matrimonio en el Señor" (CIC, 1612-1617), pues valora el matrimonio cristiano desde su simbolismo del amor de Dios a Israel y de Cristo a su Iglesia, y alude también (con la cita de ese pasaje de Mt 19) a la cuestión del divorcio.

         La lección de la fidelidad estable vale igualmente para los que han optado por otro camino, el del celibato. De eso habla hoy Jesús cuando afirma que hay quien renuncia al matrimonio y se mantiene célibe "por el Reino de los Cielos". Como hizo él y como hacen los ministros ordenados y los religiosos, no para no amar, sino para amar más y de otro modo. Para dedicar su vida entera (también como signo) a colaborar en la salvación del mundo. El celibato lo presenta Jesús como un don de Dios, no como una opción que sea posible a todos.

José Aldazábal

*  *  *

         El divorcio no sólo separa al esposo de la esposa, sino que separa culturas, cosmovisiones y religiones. En América Latina, por lo menos, hay un hecho comprobado: los protestantes de todas las denominaciones (incluyendo los que se quieren llamar simplemente cristianos) alegan que su único apoyo es la Biblia, y van contradiciendo esta tremenda afirmación con hechos tan concretos como desautorizar a Jesucristo en esta materia tan clara del divorcio.

         Jesús lo dijo claro: "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". Pero es cosa comprobada que un altísimo porcentaje de quienes huyen de la Iglesia Católica, y se van a los grupos protestantes, están en situación práctica de adulterio. Es triste decirlo, pero hay que decirlo con claridad, porque han desobedecido y contradicho a Jesús, y luego se elevan en preciosas alabanzas y sentidas canciones, con predicaciones que tocan el corazón.

         Jesús fue claro, y no podemos confundir (malintencionadamente) la ternura de Cristo con laxismo en Cristo, ni podemos revolver (irresponsablemente) las afirmaciones sobre la misericordia de su corazón con los caprichos y las debilidades alocadas de nuestros propios corazones.

Nelson Medina

*  *  *

         "¿Es mejor no casarse?", preguntó Pedro a Jesús. Y Jesús respondió: "Es mejor no casarse". No obstante, esta enseñanza no todos la comprenden. Porque es mejor "no casarse" si lo que se va a hacer es un paripé, o si se infravalora esa exquisita alianza que Dios llamó matrimonial, y bendijo desde el principio. Quien ha sido llamado a la vida matrimonial no puede tomar dicha alianza como si fuese un experimento. Es lo que explicó el propio San Juan de la Cruz, que al hablar del amor unitivo entre Dios y la persona humana nos hace una descripción sobre la alianza matrimonial:

"En la alianza matrimonial sucede como cuando en tierra corre un río y cae sobre él la lluvia del cielo; una vez unidas las dos aguas es imposible separarlas. Unidos por Dios el hombre y la mujer son una sola carne. Por eso, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre".

         Luego tenemos 2 cosas: así como es Dios quien llama a este servicio de amor matrimonial, así es Dios quien llama a un amor indiviso a él y a su Iglesia, para convertir a los suyos en testigos de su evangelio, como signo vivo del amor salvador de Dios en el mundo y su historia.

         Muchos no entenderán esto, sólo aquellos a los que realmente Dios se lo haya concedido. Conforme a la llamada recibido por Dios, vivamos nuestro amor fiel y fecundo desde el cual sea posible construir el reino de Dios en el mundo, y en cada uno de nuestros hogares.

         Dios llama a cada uno a un estado de vida que debe ser siempre fecundo, portador de vida. Aquellos que realizan su vida en la unión matrimonial son hechos, por Dios, una sola carne. Esto se convierte en una realidad suprema en el hijo de ambos, el cual llevará siempre el cuerpo y la sangre de sus padres, prolongándolos en la historia.

         Amar y velar por ese hijo es velar y preocuparse por uno mismo. De ese hijo sus progenitores jamás podrá retirar lo que a cada uno le pertenece. Así, en la alianza matrimonial, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre, y no sólo en el hijo, sino en aquellos que lo engendraron. Sólo la persona inmadura es incapaz de aceptar o conservar un compromiso de tal magnitud.

         Quien permanece célibe por el Reino de los Cielos lo entrega todo para colaborar en el engendramiento de los hijos de Dios, por quienes velará y luchará como lo hacen los padres con sus hijos. Y esto no sólo con sus oraciones, sino con su cercanía, haciendo suyas las esperanzas, angustias y tristezas de todos lo que Dios puso en sus manos para que ninguno se les pierda.

José A. Martínez

*  *  *

         La enseñanza de Jesús sobre el matrimonio (vv.4-12) responde a una cuestión de los fariseos sobre el sentido en que se debe entender el repudio de la propia mujer (v.3). Esta pregunta quiere poner en claro lo legislado en la ley: "Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa" (Dt 24, 1).

         Pero más allá de la interpretación, la pregunta de los fariseos esconde la intención de obligar a que Jesús tome partido por un criterio más riguroso o por otro más complaciente y, por consiguiente, que cause el desagrado de los partidarios de la otra sentencia.

         Las opiniones en conflicto eran las de aquellos que admitían el repudio por cualquier motivo y las de quienes sólo lo permitían en los casos de mala conducta probada o sólo en los casos de adulterio.

         Jesús va a trascender los límites de la discusión casuística y va a plantear el problema en el marco del reinado de Dios y de la exigencia de comprensión que éste requiere (v.12). Por ello, más allá de la legislación del Horeb, se remonta directamente al acto creador de Dios. Combinando Gn 1,27 con Gn 2,24, determina Jesús que el amor entre hombre y mujer tiene su fuente en Dios, y que por consiguiente unifica y no puede separar. La voluntad creadora de Dios coloca a hombre y mujer bajo el mismo yugo (v.6).

         Remontándose al origen (v.24), exige Jesús la indisolubilidad absoluta matirmonial, en el sentido de Malaquías: "Porque el Señor dirime tu causa con la mujer de tu juventud, a la que fuiste infiel, aunque era compañera tuya, esposa de alianza. Uno solo los ha hecho de carne y espíritu, ese uno busca descendencia divina" (Mal 2, 14-15). El matrimonio, por tanto, es expresión de la alianza divina.

         Esta respuesta de Jesús suscita la oposición de los que plantearon la pregunta apoyados en la autoridad de Moisés. A ella, Jesús señala que la concesión mosaica deriva de la "dureza de corazón" del pueblo ya que voluntad divina manifestada por los textos del Génesis no ha sido modificada.

         La unión matrimonial no se anula por la infidelidad aunque parece admitir ciertos casos que permiten la separación ("no hablo de unión ilegal"). Sin embargo, la radicalidad de la exigencia de Jesús sigue firme aunque parecen haber existido concesiones en la Iglesia de Mateo como en la Iglesia de Pablo respecto al cónyuge no creyente (1Cor 7, 15).

         Frente a esta exigencia los propios discípulos de Jesús reaccionan enérgicamente. Y ante esta reacción, como ante las exigencias del desprendimiento de los bienes que viene a continuación (Mt 19, 25-26), Jesús afirma que lo que parece imposible para los hombres es posible para quien acepta el reino de Dios. La 3ª categoría de eunucos mencionada en Gn 19,12 señala a todos aquellos que en las condiciones mencionadas anteriormente no pueden realizar el acto procreador.

         De esa forma, las duras exigencias derivadas del amor que se presentan como imposibles para el hombre, pueden ser cumplimentadas cuando se recibe el reino de Dios como una gracia.

Confederación Internacional Claretiana

*  *  *

         Los fariseos se acercan a Jesús para ponerlo a prueba en el conocimiento de la ley. Pero Jesús no se limita a salir al paso, pues el asunto no es la exactitud de la ley sino el valor de las personas. Efectivamente, en la sociedad judía de la época, los varones tenían todas las ventajas, eran los propietarios de la tierra, de los bienes y de sus esposas. Podían despedirlas cuando quisieran y, muchas veces, sin causa justificada. Estas mujeres quedaban entonces en la más absoluta pobreza y corrían el peligro, si no se casaban pronto, de perder toda su dignidad.

         Ante tal actitud, lo importante no es la ley de Moisés sino la dignidad de las personas, especialmente de las mujeres. La ley puede ser manipulada al acomodo de quienes quieren sacar ventajas. La ley no muestra necesariamente el verdadero plan del Dios para los seres humanos.

         Jesús insiste en que el sentido de que la creación llama a la igualdad entre las personas y que el matrimonio no es ocasión para sacar ventaja. Ante esta respuesta tan clara y tajante, los discípulos se preguntan por el provecho del matrimonio. Jesús de nuevo les sale al paso con una respuesta novedosa: el celibato es un don de Dios que debe estar al servicio del Reino, de lo contrario, sería simplemente una soltería mal empleada.

         Las leyes hoy siguen siendo ventajosas para los varones. Se ha avanzado mucho en la igualdad entre los sexos pero todavía falta mucho camino por recorrer y muchas realidades que transformar. Pues, la cultura occidental sigue aferrándose a un machismo desconsiderado y a un desprecio por la diferencia. Jesús nos llama a valorar a las personas conforme el plan de Dios, a no buscar ventajas en la relación de pareja y a considerar el celibato como un servicio al Reino.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 14/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A