17 de Junio
Miércoles XI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 17 junio 2026
Mt 6, 1-6.16-18
Enuncia hoy Jesús un principio general: las obras de piedad no deben practicarse para ganar prestigio ni para adquirir privilegios, pues quienes así obran se privan de la comunicación divina, y hacen cesar la relación de hijo-Padre con Dios. Y aporta el por qué: porque (como en Mt 5,12) la recompensa consiste en el ejercicio del reinado de Dios. En cuanto a las dikaiosune (lit. obras de piedad), éstas deben ser insertadas en el contexto de la fidelidad del hombre a Dios (Mt 3,15; 5,20), expresadas según la norma farisea de limosna, oración y ayuno.
La 1ª obra de piedad es la limosna. Y en ella alude Jesús al hipócrita que finge estar ejecutando una acción que no corresponde a su actitud interior. Pues la limosna practicada para obtener buena fama entre los hombres obtiene un premio humano: la fama. Mientras que la limosna que pide Jesús no debe llevar publicidad alguna, sino quedar "en lo escondido", en la esfera del Padre. Su recompensa es la comunicación personal del Padre. Excluye Jesús todo interés torcido en la ayuda al prójimo (Mt 5, 7.8), según corresponde a "los limpios de corazón". Su premio será la experiencia de Dios en la propia vida (Mt 5, 8).
La 2ª obra de piedad es la oración. Y en ella alude Jesús a la oración de los hipócritas, que pretendía exhibir ante los demás una piedad personal de forma inútil, pues no obtiene la comunicación divina ("ya han recibido su recompensa"). Pues la oración que pide Jesús ha de realizarse en lo más profundo del hombre, donde no llega la mirada de los demás: "tu cuarto" (lo más retirado de la casa) y "tu puerta" (donde se echa la llave). Se trata de metáforas para designar lo profundo de la interioridad, pues el Padre que "está en lo escondido" (en paralelo con "vuestro Padre que está en los cielos"; v.1).
En cuanto al lugar de Dios, los término empleados por Jesús designan la esfera divina, indicando tanto su trascendencia ("el cielo") cuanto su invisibilidad ("lo escondido"). La oración que se hace en lo profundo obtiene el contacto con el Padre, mientras que la palabrería indica falta de fe. El hecho de que el Padre sepa lo que necesita el que ora, muestra que la oración dispone al hombre para recibir los dones que Dios quiere concederle.
La 3ª obra de piedad es el ayuno. Y como en los 2 apartados anteriores (vv.2-4.5-6), opone aquí Jesús el ayuno sincero a la conducta de los hipócritas, que con su aspecto descuidado dan a entender que están ayunando, con objeto de ser admirados por los hombres. El ayuno que pide Jesús ha de hacerse en secreto, dedicándolo sólo al Padre (no a los hombre) y en íntima actitud. Por ser privación de alimento (fuente de vida), el ayuno es símbolo de solidaridad con el dolor de la muerte, y se solidariza con la tristeza.
Juan Mateos
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El evangelio de hoy hace referencia a 2 de las principales obligaciones religiosas de la piedad judía: la limosna (vv.1-4) y la oración (vv.5-6) Con estas prácticas piadosas el judío lograba la justificación con Dios (es decir, se hacía justo delante de él, restableciendo la alianza). Mientras que con la limosna cristiana, el ser humano se abre al prójimo en la caridad, y con el ayuno dispone su espíritu a la comunión con Dios.
El v. 1 da la clave de la nueva interpretación propuesta por Jesús en relación con estas prácticas religiosas: "Cuidado con practicar las buenas obras ("vuestra justicia") para ser vistos por la gente; porque entonces vuestro Padre del cielo no os recompensará" (v.1). Para Jesús, la práctica religiosa tiene valor solamente cuando se hace exclusivamente por amor a Dios, y lleva a crecer únicamente en relación con él. La espiritualidad cristiana está fundada, pues, en la interioridad, allí donde el ser humano es realmente él mismo.
La justicia de la tradición bíblica abarcaba una gama de comportamientos que iban más allá de la distribución de los bienes entre los hombres, y el tsadiq (lit. justo, en hebreo) era comúnmente asociado con el hombre piadoso (Sal 32, 6.11). En esta misma línea, el término dikaiosyne (lit. justicia, en griego) designaba la religiosidad. En la expresión "practicar la justicia", típica del evangelio de Mateo, la piedad es presentada desde un punto de vista exterior.
Respecto a la práctica de "dar limosna" (poiein elemosynen, lit. "hacer un acto de misericordia"), ésta se había convertido, en algunos círculos fariseos, en una oportunidad para hacerse notar ante los demás, y provocar la aceptación popular. Algo que Jesús califica de hipócrita (ypokrites, lit. actor de teatro).
Las sentencias de Jesús no critican los actos de beneficencia a los demás, sino el modo de realizarlos, con el cual se pervierte la práctica religiosa. De ahí que Jesús diga: "Cuando des limosna no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para ser alabados por los hombres" (v.2). El "tocar la trompeta" es una expresión metafórica que indica "hacer publicidad" o "llamar la atención". Precisamente, la intención de ser visto y honrado por los demás (en el momento de hacer limosna) es lo que deforma esta práctica piadosa.
Según Jesús, el gesto de beneficencia orientado a la autoglorificación no sobrepasa a su propio autor, ni el instante en que fue producido: "Os aseguro que ya han recibido su recompensa" (v.2). Pues su intención interior (la vanagloria) ha desnaturalizado totalmente el gesto, y éste no llegó a abrirse ni a Dios ni a los demás. Y así, un gesto destinado a realizar la justicia se ha convertido en un acto de negación de la justicia (comprendida ésta como justa relación con Dios).
A esta deformación de la obra piadosa, Jesús contrapone un actuar totalmente centrado en Dios (el Padre), tal como lo subraya su sugestiva expresión: "Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha" (v.3). No se trata de una simple llamada a la modestia, o a una cierta reserva ética (que sería aceptada incluso en algunos círculos sociales), sino que se trata de una exhortación a vivir el acto de beneficencia exclusivamente delante de Dios, en forma íntima y personal. Con razón añade Jesús inmediatamente: "Así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará" (v.4).
Desde esta perspectiva evangélica, la recompensa no es una especie de salario o paga que el ser humano recibe por los méritos que ha acumulado (a través de sus obras de piedad), sino de la misma relación filial con Dios (que será eficaz y definitiva en el juicio último). La relación con el Padre, y la orientación escatológica de los actos, dan valor al proceder de los discípulos, aún cuando tales actos nos se diferencien materialmente de las prácticas piadosas de la religiosidad judía.
Los vv. 5-6 tratan de la oración, cuya propuesta de Jesús alcanza su momento culminante y su expresión más lograda. Y como en el caso de la limosna, también la oración del discípulo debe estar siempre exenta de todo exhibicionismo y búsqueda de gloria personal: "Cuando oréis no seáis como los hipócritas, a los que les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que los vea la gente. Pues ss digo que ya han recibido su recompensa" (v.5).
Dentro del ambiente judío, el apelativo hipócritas empleado por Jesús iba dirigido a los profesionales de la religión: los escribas, que deseaban ser admirados en sus manifestaciones religiosas, en las asambleas sinagogales y en los lugares más públicos de la ciudad ("las esquinas de las plazas"). Y a ese exhibicionismo, que tendía a instrumentalizar la relación con Dios, contrapone Jesús una oración realizada en el lugar más escondido de la casa: "Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará" (v.6).
Lo que da valor religioso a la oración no es el lugar o el modo de practicarla, sino la relación profunda (personal y genuina) que a través de ella se establece con el Padre.
Fernando Camacho
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Jesús exige a los suyos autenticidad, y que no practiquen el bien "delante de los hombres", "ni para ser vistos por ellos", sino solamente delante de Dios, que es quien conoce nuestras intenciones. Y esto lo concreta en 3 direcciones, que abarcan toda nuestra vida: la relación con Dios (la oración), la relación con los demás (la caridad) y la relación con nosotros mismos (el ayuno). Aspectos en los que siempre se sigue la misma dinámica:
-al
dar limosna, no para que los demás se enteren, sino para que Dios se fije en
nosotros;
-al rezar, no para que los demás se den cuenta de que rezamos, sino para tener
un encuentro con Dios;
-al ayunar, no para buscar el aplauso o la admiración de los demás, sino por
amor a Dios.
Una vez más, Jesús pone una serie de comparaciones que pueden parecer paradójicas si se toman al pie de la letra, pero que indican muy bien su invitación a una autenticidad interior:
-cuando
hacemos limosna, "que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu
derecha";
-cuando oramos, "entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu
Padre";
-cuando ayunamos, "perfúmate la cabeza y lávate la cara".
Se trata de un programa serio de vida cristiana, que nos indica el estilo de nuestro seguimiento de Jesús. No se trata de no hacer limosna ni oración comunitaria ni ayuno. Sino de no buscar, en todo ello, las apariencias y la ostentación.
Si actuamos así, no buscando por hipocresía el aplauso de los demás (como los fariseos), sino tratando de agradar a Dios con sencillez y humildad, lo tendremos todo: Dios nos premiará, los demás nos apreciarán porque no nos damos importancia y nosotros mismos gozaremos de mayor armonía y paz interior.
Lo que cuenta en nuestra vida no es la opinión que los demás puedan tener de nosotros, sino lo que piensa Dios, que nos ve por dentro. Se repite para nosotros la afirmación de Jesús: "Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará".
José Aldazábal
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Nos anuncia hoy Jesús un principio general: "Evitad hacer el bien delante de la gente para que os vean; de lo contrario, el Padre que está en los cielos no os dará ningún premio". Esta frase es central para entender todo lo que sigue. Jesús no está en contra de las obras de piedad; al contrario, quiere que sus discípulos las practiquen. Con lo que no está de acuerdo Jesús es con el modelo como las llevan a cabo los fariseos: para tener buen reconocimiento ante los demás. Una vez enunciado este principio, Jesús lo aplica a los 3 casos: limosna, oración y ayuno.
La limosna (vv.1-4). Practicar justicia es el término técnico para designar la limosna, la cual se daba a los pobres conforme al criterio de cada persona porque no había una forma organizada de asistencia social. Por eso se insistía tanto en las obras benéficas. De este modo se llegó a abusar de la práctica de la limosna instrumentalizándola para favorecer la propia imagen pública. Mateo califica de hipócritas tales acciones, reprocha a los que dan limosna sólo por apariencia y no por amor al prójimo, sino por amor a sí mismos.
La oración (vv.5-6). Las palabras sobre la oración siguen el mismo esquema que las referentes a la limosna. La oración en público se hacía en determinados momentos del día; el judío piadoso se detenía en cualquier lugar en donde se encontraba y recitaba de pie las oraciones. La instrucción positiva ("entra en tu cuarto") tiene como significado extremar con imágenes la actitud correcta en la oración, ya que ésta puede convertirse en un recurso para mostrarse como piadoso ante los demás. La oración debe dirigirse a Dios, al Padre que recompensará la oración correcta.
El ayuno (vv.16-18). En el AT, el ayuno aparecía relacionado con el arrepentimiento (el Día de la Expiación) y el luto (en los funerales). El ayuno consistía en abstenerse de alimentos durante todo el día, y la desfiguración del rostro formaba parte del ritual (de duelo o luto), echándose sobre sí el "saco y las cenizas". Al igual que lo ocurrido con la limosna y la oración, también este tipo de ayuno es reprobado por Jesús, por tratarse de un mera exhibición social externa, y no corresponder al ámbito espiritual de Dios.
Severiano Blanco
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No. No es que Jesús pretenda confundirnos, ni que se contradiga hoy cuando dice, aunque parezca decir lo contrario: "Que los hombres no vean vuestras buenas obras" (v.6). Por tanto, deberá tratarse de algo más profundo, de lo que hoy Jesús nos está hablando: no hacer el bien (para ser admirados, lo cual sería egoísmo), sino por amor gratuito.
Más allá de "hacer el bien", el evangelio nos propone "ser buenos", pues las solas buenas obras pueden ser equívocas cuando vienen motivadas por oscuros deseos (de vanagloria, dominación...). E incluso porque muchas buenas razones pueden llevar a justificar "hacer mal el bien". Decía el genio Pascal que "nunca hacemos tan perfectamente el mal, como cuando lo hacemos de buena fe". La visibilidad de la caridad no debe tener otra intención que el dar toda la gloria a Dios y que los hombres glorifiquen al Padre que está en los cielos.
Sólo Dios conoce nuestras intenciones reales. Y ante su mirada de Padre tendremos que reconocer que, en muchas ocasiones, nuestras caridades ofenden y hacen daño. Lo advertía seriamente aquel santo curtido en la áspera caridad que fue San Vicente de Paúl, con afiladas palabras: "Recuerda que te será necesario mucho amor para que los pobres te perdonen el pan que les llevas".
Porque dar es, según el hebreo, "hacer justicia", y restablecer un poco de equilibrio en la distribución de los bienes. Y por eso, quien tiene debe dar, reparando así en algo las injusticias. Pero no debe dar para ser causa de injusticia, sino para liberarse a sí mismo del mal. Lo cual se consigue cuando se elimina el cálculo o la posible ganancia: "Que no sepa tu mano izquierda". Esto es, dar sin pensarlo demasiado.
Pero como esto no es fácil para nosotros, necesitamos orar y pedir. De esta manera el Señor apuntala en nuestra conducta esa revolución mansa y amorosa, que empieza por el propio corazón. En el mundo hay demasiados revolucionarios que quieren cambiarlo todo menos a ellos mismos. Y este ha de ser el primer cambio. De ahí que tengamos que ser ejemplares, porque en nosotros mismos va a mirarse el mundo.
Estemos muy vigilantes ante la vanagloria, y llevemos una vida cristiana invisible. Aprendamos a hacer el bien sin ponerle nuestra firma, sin salir en la foto, sin hacérselo saber a los otros (normalmente, cargando tintas), sin búsquedas de protagonismos, sin convertirnos en cazadores de recompensas.
Difundamos, por el contrario, una cultura de la caridad "sin denominación de origen", el anonimato de la humildad. Y hagamos así que sólo el Padre (que está en los cielos) lleve las cuentas del amor. Hacerlo así puede que nos seque la boca y nos parezca masticar un estropajo. Pero al final, muchos entenderán y glorificarán al Padre, y nosotros gozaremos de su bienaventuranza.
Juan Carlos Martos
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Hoy Jesús nos invita a obrar para la gloria de Dios, con el fin de agradar al Padre (que para eso mismo hemos sido creados). Así lo afirma el Catecismo de la Iglesia: "Dios creó todo para el hombre, pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación". Éste es el sentido de nuestra vida y nuestro honor: agradar al Padre, complacer a Dios. Éste es el testimonio que Cristo nos dejó. Ojalá que el Padre celestial pueda dar de cada uno de nosotros el mismo testimonio que dio de su Hijo en el momento de su bautizo: "Éste es mi Hijo amado en quien me he complacido" (Mt 3, 17).
La falta de rectitud de intención sería especialmente grave y ridícula si se produjera en acciones como son la oración, el ayuno y la limosna, ya que se trata de actos de piedad y de caridad, es decir, actos que per se son propios de la virtud de la religión o actos que se realizan por amor a Dios.
Por tanto, "no practicad vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial" (v.1). ¿Cómo podríamos agradar a Dios si lo que procuramos de entrada es que nos vean y quedar bien (lo 1º de todo) delante de los hombres? No es que tengamos que escondernos de los hombres para que no nos vean, sino que se trata de dirigir nuestras buenas obras directamente y en 1º lugar a Dios.
No importa, ni es malo, que nos vean los otros, pues podemos edificarlos con el testimonio coherente de nuestra acción. Pero lo que sí importa (y mucho) es que nosotros veamos a Dios tras nuestras actuaciones. Por ello, debemos "examinar con mucho cuidado nuestra intención en todo lo que hacemos, y no buscar nuestros intereses, si queremos servir al Señor", como decía San Gregorio Magno.
Antoni Carol
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Leyendo el evangelio hoy, tal vez algo de nuestro corazón esté próximo a cambiar. Tal vez. Ciertamente las palabras de Jesús seguirán resonando en nuestro corazón. Y ¿cómo no continuarán siendo válidas en nuestro tiempo aquellas máximas de Jesús que él pronunció en el Sermón del Monte. ¿Qué nos propone hoy?
Quien dé limosna (dice Jesús) debe hacerlo de manera que los otros no se den cuenta de ello. Pues si dan para ser vistos y estimados, Jesús les dice que ya han recibido su recompensa. Porque su obra no ha sido hecha ante los hombres para irradiar a Dios, sino para admirar las excelencias humanas.
Y no basta con que la buena acción pase inadvertida para el prójimo, pues hay más: "Que tu mano izquierda no vea lo que hace la derecha". El hombre no debe contemplar, por tanto, lo que ha hecho, complaciéndose en ello. Sino que debe despedir al espectador que hay en él, y quitarle toda subsistencia a la obra realizada.
Hay que velar, por tanto, por un extremado pudor, a la hora de realizar alguna obra para Dios. Pues esa delicadeza sublime de intenciones es la que ha de irradiar a Dios a los demás, y no la obra exterior. Y por eso hay que ser muy trasparentes, y preferir hacer las obras de Dios con discreción (en tu cuarto, en la soledad, cerrando puertas...), para que sea Dios quien refleje lo que él quiera, sobre esa acción realizada. Como decía Jesús, "brille así vuestra luz ante los hombres, de tal manera que, a través de vuestras buenas obras, den gloria a Dios". Se nos podrá pedir mucho, pero más no. De este modo, y sólo de este modo, crecerá el Reino de Dios.
Patricio García
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Probablemente la limosna, la oración y el ayuno sean las obras de piedad que tengan más fuerza en la presencia del Señor. Unas obras que, por otro lado, son sumamente alabadas en la Escritura. Y que, cuando se hacen con fe y con amor, logran muchas cosas, para Dios y de Dios.
De la limosna se llega a decir que "borra la multitud de los pecados". La oración, hecha con sencillez, amor y humildad, nos hace entrar en una relación de intimidad con Dios (y hecha en nombre de Jesús, "logra para nosotros todo lo que pidamos"). El ayuno "mueve el corazón de Dios" para que sea misericordioso para con nosotros, de tal forma que nos libra de grandes catástrofes, o nos perdona cuando pareciera que teníamos perdido el juicio y éramos dignos de condena.
Por eso la vanagloria se presenta como el peor de los enemigos de la virtud, al lograr que todo se diluya en un aplauso humano y que muchos, en lugar de recibir la irradiación de Dios (que indaga en lo secreto), se queden sin ella. Aprendamos de estas obras de piedad a recibir, no tanto la gloria humana, sino al mismo Dios, que se entrega en lo secreto.
Los cristianos debemos vivir intensamente nuestra unión con el Señor por medio de la oración, saliendo de ella decididos a trabajar por el bien de los hermanos. Pero sabiéndonos pecadores, y reconociendo que hay muchas cosas de las que tenemos que ayunar y renunciar.
¿Y qué recompensa busco ante cada una de las acciones que realizo? ¿O cuáles son mis intenciones detrás de cada una de ellas? Estas son las preguntas que Jesús me hace el día de hoy. ¿O es que busco la aprobación y el afecto, y que la gente diga qué buena es Miosotis? ¿O no será mi necesidad de querer controlar, inclusive hasta al mismo Dios? Busquemos en silencio el verdadero significado de nuestras acciones. Presentémoselas a Dios y solo él las purificará y las hará aceptables ante él.
Miosotis Nolasco
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Tras establecer las leyes fundamentales que rigen las relaciones sociales entre los seres humanos, Jesús pasa a proclamar las leyes que se refieren a la relación con Dios. En el mismo plano que las anteriores ellas también pertenecen al ámbito de la justicia (mencionada al comienzo de las 2 series de obligaciones, en Mt 5, 20 y Mt 6, 1).
La forma de entablar la relación con Dios surge de la intimidad familiar, conforme a su atributo de Padre. Y consiguientemente desde esa intimidad se deriva la confianza y sobre todo la sinceridad. Para ello se pasa a examinar sucesivamente la forma de actuar los 3 pilares de la piedad judía de la época: limosna, oración y ayuno.
Esa sinceridad fundamental en la relación religiosa debe impedir la instrumentalización de la práctica religiosa. Por ello aquí también se contraponen 2 formas de actuación. La 1ª consiste en actuar delante de las personas para ser notados por ellas (v.1) al sonar de la trompeta en lugares públicos (v.2) y mostrándose en los lugares públicos (v.5). La 2ª consiste en una actuación que se realiza en lo escondido (v.4), en una habitación interna de la casa con la puerta cerrada (v.6), lugares a los que se dirige la mirada del Padre.
De esta forma se describen no tanto los lugares más o menos secretos de una actuación sino que se trata de purificar la motivación de la acción. No se prohíbe que las buenas obras sean conocidas sino se busca purificar la motivación de modo que ellas no se realicen en vistas del aplauso y la consideración de los semejantes. Este aplauso y aprobación humana funciona ya en el presente como retribución e impide todo otro tipo de retribución, en este caso, la de Dios.
Por el contrario, la justicia que se exige a los miembros de la comunidad está ligada íntimamente a los intereses de Dios y debe buscar en él la aprobación que surge de su amor de Padre. La limosna, oración y ayuno sólo pueden ser eficaces si son capaces de sacar al ser humano del propio egoísmo, de los propios intereses o de la búsqueda de ventajas y privilegios propios. Pero cuando no se realizan con este espíritu encierran aún más en sí mismo, y por consiguiente alejan del objetivo para el que han sido propuestas.
La salida realizada en lo externo, ante la opinión pública, en los lugares públicos ha impedido la otra salida hacia el Padre que sólo puede realizarse en el olvido de sí mismo, en el desconocimiento de una mano de la actuación de la otra y en el lugar más recóndito de la casa.
Esta diafanidad de la relación religiosa implica a toda la persona en las prácticas consideradas y no pueden ser fruto de una actuación externa a la persona, a una máscara en que la persona (como en el teatro) es definido por una máscara. Hipocresía y sinceridad se oponen y están al origen de 2 formas de práctica religiosa. Pueden conducir a la autenticidad personal que sólo se realiza en el ámbito íntimo de la relación con el Padre o pueden conducir a la manipulación de Dios que es utilizado al servicio de los propios egoísmos e intereses.
La advertencia de Jesús sigue siendo válida en un mundo donde muchas veces la religiosidad sirve para enmascarar el olvido de Dios y la justicia del Reino.
Confederación Internacional Claretiana
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Entre las mediaciones que utilizaba la ley judía para obtener gracia y perdón de los pecados estaban la limosna, la oración y el ayuno. Estas mediaciones habían sido convertidas por el legalismo en elementos de vanidad y ostentación. Con ello habían perdido su verdadero sentido, que era el de ser simples mediaciones para que el perdón y el amor de Dios acontecieran y así quedaran perdonados los pecados. Pero ¿cómo puede ser mediación de gracia algo que se hace por vanidad? ¿Cómo va a recompensar Dios lo que se hace esperando la paga de la alabanza, si ya esta alabanza se convierte en la recompensa esperada?
Una vez más, la esencia de la gracia se nos hace manifiesta: el amor gratuito de Dios no puede manifestarse cuando el hombre ha llenado su interior de interés, de vanidad y de autoalabanza. Jesús no anula las mediaciones, pues sabe que el ser humano las necesita (porque a través de ellas compromete su espíritu y su corporalidad, que deben ir siempre unidos). Pero sí trata de purificar las mediaciones a través de las cuales se va a canalizar la religión, para que ésta no se salga fuera del camino de salvación.
Las mediaciones religiosas (limosna, oración, ayuno) reciben su valor del contenido espiritual e interior que tengan sus intenciones. Por eso la oración salva cuando somete nuestro ser a Dios, la limosna cuando destruye nuestro egoísmo y lo transforma en generoso, y el ayuno cuando sujeta a la carne (y sus tendencias atrapadoras) y la hace participe del vuelo del espíritu.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act:
17/06/26
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A L
M
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R C A B A
M U R C I A
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