19 de Junio

Viernes XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 junio 2026

Mt 6, 19-23

         Comienza la explicación del contenido de la 1ª bienaventuranza, que se extiende hasta el final del capítulo (v.34). En esta 1ª perícopa precisa Jesús que la pobreza propia del reino consiste en la renuncia efectiva a la riqueza. La riqueza "en el cielo" es Dios mismo (Mt 19, 21), y la acumulación de dinero y reino de Dios son incompatibles, pues el que acumula dinero está necesariamente apegado a él. El hombre se define por los valores que estima y las seguridades que busca; ellos orientan su vida y marcan su personalidad.

         Para traducir esta perícopa hay que interpretar los modismos semíticos que contiene. El 1º y más evidente es el "ojo perverso", que en hebreo significa la envidia (Mt 20, 15) o la tacañería (Dt 15,9; Eclo 14,10). Se le opone el "ojo simple" (Prov 11, 25) u "ojo generoso" (Sal 70, 2), que en hebreo significa la generosidad y el desprendimiento.

         La oposición entre tacaño y desprendido muestra que la perícopa se refiere al dinero, según el tema general de la sección (vv.19-34). El término lámpara, reasumido más adelante por luminosa, indica el valor positivo que la generosidad comunica al hombre (lit. cuerpo humano). El castellano, como el hebreo, asimila la generosidad a la luminosidad: espléndido, esplendidez. La esplendidez (fam. el ojo) da valor (fam. luz, lámpara) a la persona (fam. cuerpo). En contexto de tacañería, el anti-valor (fam. tinieblas) se expresa con el término miseria.

         Lo opuesto a acumular riquezas (vv.19-21) es compartir lo que se tiene, obra de la generosidad o esplendidez. El apego al dinero hace del hombre un miserable, mientras que el despego que se traduce en el don, que da valor a la persona. Jesús pone el valor de la persona en el desprendimiento, que manifiesta el amor, su falta de valor en la tacañería, que se cierra al amor. La generosidad es condición para la ayuda a los demás y para el cumplimiento de la pobreza a la que Jesús llama.

Juan Mateos

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         En el Sermón de la Montaña, Mateo recoge diversas enseñanzas de Jesús. Hoy leemos unas breves frases sobre los tesoros y sobre el ojo como lámpara del cuerpo.

         La 1ª de ella es "no amontonéis tesoros en la tierra", que la polilla y la carcoma destruyen o los ladrones pueden fácilmente robar. Jesús contrapone esos valores a los valores verdaderos y duraderos (los "tesoros en el cielo").

         La 2ª de ella es "la lámpara del cuerpo es el ojo". Nuestra mirada es la que da color a todo. Si está enferma (porque brota de un corazón rencoroso o ambicioso) todo lo que vemos estará enfermo. Si no tenemos luz en los ojos, todo estará a oscuras.

         Cada uno puede preguntarse qué tesoros aprecia y acumula, qué uso hace de los bienes de este mundo. ¿Dónde está nuestro corazón, nuestra preocupación? Porque sigue siendo verdad que "donde está tu tesoro, allí está tu corazón".

         Ya estamos avisados de que hay cosas que se corrompen y pierden valor y sin embargo, tendemos a apegarnos a riquezas sin importancia. Estamos avisados de que los ladrones abren boquetes y roban tesoros, y sin embargo seguimos confiando nuestros dineros a los bancos, y ahí está nuestro corazón y nuestro pensamiento (y a veces, nuestro miedo a perderlo todo).

         Sería una pena que fuéramos ricos en valores penúltimos, y pobres en los últimos.¡Qué pobre es una persona que sólo es rica en dinero! Los que cuentan no son los valores que más brillan en este mundo, sino los que permanecen para siempre y nos llevaremos "al cielo", nuestras buenas obras, nuestra fidelidad a Dios, lo que hacemos por amor a los demás. Y dejaremos atrás tantas cosas que ahora apreciamos.

         También podemos hacernos nosotros mismos la revisión de la vista a la que nos invita Jesús: ¿está sano mi ojo, o enfermo? ¿Veo los acontecimientos y las personas con ojos limpios, serenos, llenos de la luz y la alegría de Dios? ¿O bien con ojos viciados por mis intereses personales, o por la malicia interior o el pesimismo?

José Aldazábal

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         Las palabras de hoy de Jesús se comprenden a la luz del misterio de la muerte. Cuando llega la hora de partir y nos encontramos con que es muy, muy poco el equipaje que podemos llevar. Sin este horizonte de finitud y de final resulta incomprensible una restricción a nuestra capacidad de gozar el mundo o de llenarnos de bienes y de poder.

         De lo cual podemos aprender algo muy profundo: la vida cristiana es un navegar sobre la verdad de nuestra muerte, o más hondamente, sobre la verdad de nuestra condición finita, ligada sin embarga y sostenida por el amor gratuito de Dios.

         Los "tesoros en el cielo" no son "escapes de la tierra", entonces, sino expresiones naturales de una vida que toma conciencia de su propio límite y se concentra entonces en aquello que realmente permanece y vence al tiempo. Vivir, para el cristiano, no es aplazar la muerte, sino vencerla.

         Respecto al "amontonad tesoros en el cielo", "en el cielo" quiere decir en Dios. Lo que es invertido en Dios, tiene su valor duradero. ¿Qué clase de tesoros son? En 1º término la entrega del corazón a Dios, y en 2º lugar todo lo que el discípulo hace con la intención de servir realmente a Dios.

         Si el ojo está sano, vemos bien, si el ojo está enfermo, nos vemos rodeados de tinieblas. Si tu ojo, tu mirada, está puesta en Dios, que es la luz y fuente de toda luz, se iluminará el misterio de la oscuridad humana. Si no lo tienes puesto en Dios, vivirás en tinieblas, dentro del misterio de tu propia oscuridad.

Nelson Medina

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         Jesús nos da hoy una llamada de atención a la hora de discernir nuestra espiritualidad. El que estima algo como un tesoro, no necesita que lo fuercen a buscarlo. Por eso Pablo nos quiere llevar por sobre todo al conocimiento de Cristo (Ef 4, 19). Una vez puesto el corazón en él, es seguro que el mundo ya no podrá seducirnos.

         Estas palabras se refieren a la recta intención o simplicidad del corazón, tan fundamental según toda la Escritura. Como dice San Bernardo: "Dios no mira lo que haces, sino con qué voluntad lo haces". O como dijo el mismo Jesús, en otra ocasión: "La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo está claro, todo tu cuerpo goza de la luz. Pero si él está turbio, tu cuerpo está en tinieblas" (Lc 11, 34).

         Nuestro ojo verá bien, y servirá para iluminar todo nuestro ser, esto es, para guiar toda nuestra conducta, si él a su vez es iluminado por esa luz de la sabiduría divina, que no está hecha para esconderse (v.33). Esa sabiduría es la que está contenida en la Palabra de Dios, a la cual la misma Escritura llama "antorcha para nuestros pies" (Sal 118, 105).

         Entonces, cuando nuestro ojo iluminado ilumine nuestro cuerpo, será capaz de alumbrar a los demás (v.36). Así, pues, el candelero (v.33) somos nosotros los llamados al apostolado. Jesús nos previene a la hora de tomar por luz, guía o maestro lo que no sea verdad comprobada (v.35). Es decir, que no nos entreguemos ciegamente al influjo ajeno.

Patricio García

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         Las situaciones de impotencia ponen en peligro la autoestima. En dichas situaciones se presenta la necesidad de revalorización de ésta. Se presentan delante de cada una diversas posibilidades para lograr ese objetivo. Frecuentemente el camino elegido asume la forma de una búsqueda de la afirmación propia por medio de la acumulación.

         Frente a este riesgo que amenaza a todo integrante de la comunidad cristiana, las palabras de Jesús se dirigen a determinar el valor del tesoro en que el ser humano puede colocar el sentido de la vida (y de esa forma, a precisar la posibilidad auténtica de realización humana).

         Desde esta perspectiva se coloca el planteamiento en que el problema debe situarse contraponiendo los tesoros de la tierra y los tesoros del cielo (vv.19-20). Desde esta definición, se sacan las consecuencias en base al recurso a los órganos físicos del cuerpo humano (vv.21-23), profundizando el sentido de las búsquedas humanas y situándolas en relación con los valores que surgen de las actitudes frente a los bienes.

         El ser humano busca su seguridad, y de ella espera una existencia lo más larga posible. Por ello se vuelve a los bienes materiales que puedan ofrecerle esa seguridad. La existencia se convierte en acumulación de bienes materiales. Este atesoramiento se revela como ilusorio en cuanto estos bienes están expuestos a un doble peligro derivado de la naturaleza misma de las cosas adquiridas (la polilla y la herrumbre) y de la actuación de la codicia de los semejantes ("ladrones que excavan y roban").

         Frente a esos bienes perecederos, Jesús propone la búsqueda de bienes que no corren el mismo riesgo. Se trata de los "tesoros del cielo", cuya existencia no sufre esas amenazas.

         Del tipo de bienes elegidos depende la naturaleza de la vida humana. El ser humano puede colocar su corazón (v.21) en cosas que no pueden superar el paso del tiempo y que arrastran también su vida en su desaparición, o puede adquirir permanencia y vencer el desgaste de los días colocando su tesoro en valores permanentes.

         El ojo es familiarmente expresión externa del deseo interno del corazón, y a partir de éste último puede ser considerado como enfermo o como sano. La codicia causa la enfermedad del ser humano porque desnaturaliza el sentido de las cosas materiales a las que considera solamente como objeto de apropiación. Su finalidad es determinar el sentido de todo deseo auténtico y cuando está viciado sume en oscuridad toda la vida. La codicia falsea el sentido de la vida y lleva a una existencia de tinieblas.

         Por el contrario, el ojo sano suministra la posibilidad de la realización de la propia existencia en sabiduría. La vida se entiende como búsqueda apasionada de los bienes permanentes, de los valores del "reino de Dios y su justicia", únicos que pueden construir una vida en verdadera seguridad.

         A una comunidad que estaba fuertemente tentada a dirigir sus preocupaciones a la obtención de riquezas (se mencionan en el evangelio banqueros, grandes cantidades de dinero, compra y venta) se recuerdan los únicos valores dignos de justificar el compromiso total de la propia vida.

Confederación Internacional Claretiana

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         Las sentencias que nos presenta el evangelio de hoy pueden ser situadas en 2 grupos: el tesoro (vv.19-21) y la mirada (vv.22-23). Estos versículos constituyen un perfecto paralelismo con la contraposición entre "no atesoréis en la tierra" y el "atesorad en el cielo" y los del siguiente paralelismo, con la oposición "mirada pura" y "luz sombría".

         Los primeros versículos apelan a la sana razón humana: no vale la pena acumular riquezas. La polilla (un insecto que designa la destrucción terrena) se comerá lo que está guardado. De esta manera el texto se refiere a la destrucción de arcas donde se guarda toda clase de objetos. La apertura de boquetes por los ladrones no debe hacer pensar necesariamente en dinero enterrado (como era frecuente en Israel), pues la referencia está hecha sobre aquello que puede irrumpir inesperadamente y acabar con aquello en lo que hemos puesto toda nuestra seguridad y confianza.

         Jesús acepta la tendencia innata del hombre a acumular. Pero nos dice dónde debemos invertir nuestro dinero, nos aconseja como debemos hacerlo. Jesús nos dice que coloquemos nuestro capital en el banco de Dios, donde no roban los ladrones y donde el dinero produce al máximo. Así pues, el texto invita positivamente a acumular tesoros celestiales, asumiendo plenamente la idea de la recompensa que se obtiene invirtiendo en el cielo a través de la limosna y ayudando a los necesitados con buenas acciones.

         Los versículos siguientes (vv.22-23) son una exhortación a la generosidad. Están construidos utilizando una imagen o metáfora si nos atenemos al contenido que se transmite a través de la figura ojo. Puede ser un símil: al ser humano le pasa lo que al cuerpo: si el ojo está sano, todo el cuerpo se encuentra bien.

         Esta frase tan extraña se puede entender si tenemos en cuenta que, para los judíos, el ojo sano equivale a la generosidad, y el ojo enfermo a la tacañería. Por eso algunos proponen esta otra traducción que empalma muy bien con el tema que venimos comentando: "La esplendidez da el valor a la persona. Si eres espléndido, toda tu persona vale; en cambio, si eres tacaño, toda tu persona es miserable. Y si por valer tienes sólo miseria, ¡qué miseria tan grande!".

         Jesús nos hace una fuerte llamada, por tanto, a despojarnos de los falsos tesoros (fuente de preocupaciones) y a poner toda nuestra confianza en Dios (sin límites ni condiciones).

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 19/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A