27 de Julio
Lunes XVII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 27 julio 2026
Mt 13, 31-35
Escuchamos hoy la 2ª parábola de Jesús (Mc 4, 30-32). Comparada con la profecía de Ezequiel (Ez 17, 23), a la que se enlaza por la mención de los pájaros, muestra su sentido polémico: el reinado de Dios no será un gran cedro que domina a todos los árboles del bosque, sino un modesto arbolito que sube por encima de las legumbres de un huerto. No procederá de lo ya existente ("el cogollo del cedro"; Ez 17,22), sino de será de planta nueva.
Para ponderar la pequeñez de algo se comparaba con el grano de mostaza. Contraste entre la pequeñez de la semilla y el árbol que resulta. A este modesto árbol confluirán los pueblos paganos ("los pájaros").
Jesús se opone así frontalmente a la esperanza de grandeza y de dominio universal propia del mesianismo nacionalista. Israel no dominará a las demás naciones, ni el reinado de Dios tendrá en la historia la figura de un gran imperio. Por eso habla en parábolas, porque la multitud, imbuida de nacionalismo, no podría aceptar la exposición abierta de esta realidad.
Tres sata (lit. medio quintal) hace referencia al saton, medida de unos 14 kg. Luego tenemos que, en total, de un pellizco de levadura salieron 42 kg de harina. En la traducción se ha buscado un equivalente aproximado que dé la sensación de gran cantidad. "Tres medidas", sin indicar de algún modo su gran capacidad, no expresaría la oposición que establece el texto, paralela a la del grano de mostaza con el árbol que resulta. Se trata de la eficacia de la levadura en la masa, que nos viene a decir que todo acabará por realizarse.
La pequeñez del grano de mostaza y la levadura y su efecto desproporcionado coinciden con lo expresado en Mt 5,17. Todo se realizará a partir de los mandamientos mínimos. La levadura no se confunde con la masa, pero actúa sobre ella. Esta parábola completa la del grano de mostaza. No solamente hay hombres que acuden al reino, sino que la presencia de éste influye en toda la humanidad, hasta llevarla a su madurez.
La mujer mete (lit. ocultó) la levadura en la masa. Es decir, el reinado de Dios actúa desde dentro de la humanidad misma, desde lo más profundo de ella. Así como la parábola anterior se fijaba sobre todo en su aspecto externo y visible, ésta considera su acción invisible, a la que no se puede poner límite y que no puede constatarse hasta el final. Refleja un poco la situación y el optimismo de la parábola de la semilla y la tierra (Mc 4, 26-29), pero a nivel global.
En el hecho de que Jesús hable en parábolas a las multitudes ve Mateo el cumplimiento de la Escritura (Sal 78, 2), cuyo valor veterotestamentario es profético (Mt 5,17; 11,13). La mención de las parábolas y de las multitudes cierra la inclusión abierta en Mt 13,3. La razón de este hecho es la aducida antes por Jesús mismo: las multitudes están incapacitadas para recibir el mensaje claramente, debido a la ideología mesiánica nacionalista que espera la restauración gloriosa del reino de Israel. Las "cosas escondidas" corresponden al secreto del reino (Mt 13, 10). Nunca se había dado una revelación semejante del reinado de Dios.
Estas parábolas revelan un concepto de Dios muy diferente del que aparece en el AT. No es el Dios triunfador, sino el Dios humilde; dentro de la historia su obra no es esplendorosa, sino modesta (mostaza); no se hace sin obstáculos, sino entre ellos (cizaña). El amor es al mismo tiempo fuerte y débil. Termina aquí la instrucción a las multitudes.
Juan Mateos
* * *
A la imagen del campo sembrado se añaden hoy las parábolas del granito de mostaza y de la levadura. El Señor vuelve a permitirnos una ojeada en las escondidas células del crecimiento del reino de Dios. En el silencio vemos las manos eternas de Dios en plena obra de la redención del mundo.
La simiente ha sido echada. Vino Cristo, el Verbo divino del Padre, y se hizo semilla fértil en el desolado campo del mundo. La tierra recibió su cuerpo sacrificado y la semilla de su sangre rindió el uno por mil. Su palabra cayó en la esponjosa tierra de los corazones y dio infinitos frutos de sazón. Nosotros nos hallamos en pleno milagro de este crecimiento, como imagen y semejanza del mundo espiritual. De una sola simiente, Cristo hace crecer la plenitud de su cuerpo místico (la Iglesia), y hace crecer en ramas sin número el árbol del reino de Dios en la tierra.
El Señor no trae porque sí a colación la imagen del crecimiento natural. Poco a poco y en silencio, la Iglesia de Cristo crece, crece la obra de la redención, crece el reino de los redimidos; como también (poco a poco) va creciendo la semilla, y en silencio echa un brote, y éste crece. No en una sola noche se ha levantado allí el árbol; únicamente al cabo de muchos años, si alzamos los ojos y nos fijamos en él, exclamamos: ¡Cuán grande se ha hecho!
Y lo mismo sucede cuando una mujer mezcla la levadura entre la masa de la blanca harina: va expansionándose poco a poco, hasta que por fin la fermenta toda y la masa del pan ya está lista. Así también obran en el mundo la palabra redentora y la fuerza santificante de Cristo. Despacio y en silencio hacen las veces de una levadura.
Pero debemos volver a detenernos y decirnos maravillados: mas ¿cómo sale un pan tan sabroso del asqueroso salvado del mundo? El reino de Dios va creciendo despacio. Todo lo grande crece en el silencio: como el pan en los labrantíos. No hace ningún rumor.
Entonces, ¿qué podemos nosotros hacer? Porque nuestro obrar nada consigue, pues la simiente germina, y el pan crece; Dios lo obra. Dejarle hacer reverentes y en silencio; ser tierra abierta para él, para su majestuosa y siempre operante fuerza; quitar del paso lo que pudiera obstaculizar esta fuerza, sanear la tierra; eso es todo.
De mil maneras se nos comunica, bajo sagrados signos, la fuerza del Señor. Y nosotros no debemos hacer más que dejarla obrar, sin ponerle obstáculo alguno en el camino. Dios obra por sus sacramentos y éstos no son nada fuera de lo normal: un granito de mostaza, un poco de levadura. Pero realizan lo mayor que realizarse puede: transformar el mundo.
Ellos llevan a cabo la redención y echan los cimientos del eterno reino de la paz. Dios obra y la Iglesia crece. Basta que creamos y nos hallemos dispuestos. Que siempre "suspiremos por aquello por lo cual en verdad vivimos" (Oración de Postcomunión), que nos abramos a la operación misteriosa de Dios. Que no cavilemos, que no vayamos con preguntas, que no queramos hacer nada solos o por nuestras propias fuerzas. Vaca Deo et videbis, o como dice el salmo responsorial de hoy: "Tómate tiempo, está libre para Dios, y verás. Verás y admirarás la gloria de su obra y su crecer silencioso en los suyos" (Sal 45, 11).
He aquí la lección que la parábola evangélica nos da en sus imágenes. La realidad práctica nos la muestra la epístola. Pablo ve verificada en sus tesalonicenses la parábola del granito de mostaza y de la levadura. Les ha dado el evangelio: no como una pura enseñanza de palabra humana, antes bien como fuerza y espíritu de Dios (1Tes 1, 2-10). Y ellos ¿que han hecho? Lo dice el apóstol: han cumplido una sola obra, la obra de la fe.
Emiliana Lohr
* * *
Ahora Jesús contesta directamente a la pregunta de por qué les habla por medio de parábolas. Lo hace refiriéndose a las palabras del profeta Isaías, que se citan inmediatamente con bastante extensión (Mt 13, 14). El profeta había recibido directamente de Dios el encargo de endurecer el corazón de este pueblo.
Este corazón está maduro para la completa aniquilación, porque es obstinado, nunca siguió realmente el llamamiento de Dios ni obedeció al Señor de la Alianza. La aniquilación empieza con el endurecimiento del corazón, que ya no puede oír ni entender, y por consiguiente no puede capacitarse para la curación. Dios encarga al profeta que anuncie el juicio sobre el pueblo. Juicio que ya tiene lugar con sus palabras.
Se tiene que conocer este punto de partida para comprender la respuesta de Jesús. Sólo un desengaño que perduró a través de los siglos, y una desobediencia que se había ido acumulando, hacen que llegue a ser comprensible este juicio de Dios, pronunciado por el profeta contra el pueblo.
Jesús había empezado de nuevo y acabada de proclamar el mensaje de la gracia. Cualquiera podía acercarse y nadie estaba excluido. Pero también aparece en la generación de Jesús el misterio de la obstinación. Sólo un pequeño grupo se le había unido y había creído en él. Pero los demás han visto y, sin embargo, no han visto; han oído y sin embargo, no han entendido.
Así pues, ya está dictada la sentencia contra ellos, así como antes contra la generación de los profetas. No se les anuncia abiertamente el misterio, sino con un encubierto lenguaje en parábolas, porque han permanecido estériles y han desperdiciado la oportunidad. Así se vieron las cosas más tarde: las comunidades creyentes, que habían conocido el misterio real de Jesús después de su resurrección, volvieron sus ojos a los tiempos de Cristo.
Pero el conocimiento pleno propio de aquellas comunidades no es adecuado para medir aquella predicación en parábolas, que, naturalmente, se limita a insinuar y envuelve su contenido en imágenes. Los judíos de aquel tiempo no eran dignos de este conocimiento, porque no habían creído.
De aquí conocen los fieles (y ello puede servirles de ejemplo) que la misma Palabra que trae la vida, puede convertirse en perdición. La ocasión desperdiciada puede tener consecuencias irreparables para la vida. La decisión ya se abre camino al primer momento en que uno se abre con prontitud o se cierra con dureza de corazón.
En estos versículos Jesús dirige la palabra directamente a los discípulos llamándolos dichosos. Sus ojos son felices, porque ven , y sus oídos lo son, porque oyen. Hay una doble acción de ver y oír. Es una percepción óptica y acústica de la realidad que muchos profetas y justos desearon ver y oír. ¿Qué cosa? En 1º lugar la actuación preparatoria del Bautista y luego el mismo Jesús con la proclamación de su mensaje, las señales prodigiosas y las palabras llenas de Espíritu. La realidad del Reino de Dios, su venida misericordiosa y su manifestación en obras y palabras.
Jesús les llama dichosos porque han encontrado el camino y las huellas. Han encontrado el propio, el verdadero objetivo, no solamente para su vida personal y para su última consumación, sino el objeto final del mundo y de la historia. Hay pocas palabras de Jesús que irradien y resplandezcan como éstas. Es el tiempo de la consumación, tiempo decisivo y tiempo de gracia, tiempo de la visitación de Dios, única e irrepetible.
En esta actitud de conciencia se hace presente el Señor. Podemos decir que quien se ha hecho cargo de esto y, en consecuencia, puede aplicarse a sí mismo estas palabras, es también dichoso: el que ve y conoce, el que oye y entiende. Dichoso el que cree y ha experimentado en Jesús el misterio de Dios.
Fernando Camacho
* * *
Se nos propone hoy una parábola del reino de Dios... del rey de la humanidad, de hombres sometidos a su proyecto de amor, de inteligencias humanas dejándose iluminar por la sabiduría divina, de corazones humanos dejándose inflamar por el don de Dios. De vez en cuando, es necesario soñar en ese reinado de Dios, en ese éxito de la obra de Dios. Pero, ¿por qué, Señor, el mundo está tan lejos de ese hermoso proyecto?
Pues bien, ese Reino se parece "a un grano de mostaza, que un hombre siembra". Hay que haber hecho esta experiencia: tomar una semilla y sembrarla. No hay nada como esta experiencia vital para comprender la potencia escondida de la vida. Aparentemente hay poca diferencia entre una semilla y una piedrecita. Pero si pongo las 2 en la palma de mi mano, sé que una es un germen viviente, de la que saldrá un brotecillo verde, mientras que la otra es un pedazo de muerte.
Siendo la más pequeña de las semillas, cuando crece, sale por encima de las hortalizas y se hace un árbol, hasta el punto que vienen los pájaros a anidar en sus ramas. La ley del crecimiento, y la ley de la paciencia, es la ley esencial de la vida.
¿Por qué Señor el mundo parece tan alejado de tu Reino? ¿Qué hay que pensar Jesús del pequeño número de los que te siguen realmente? ¿Es digno de Dios y de todo el trabajo que tú te has tomado para salvarnos, contar sólo con esos 12 hombres que te siguen? Toma en tu mano, dice Dios, la más pequeña de todas las simientes: ¡así es el Reino! Las pequeñas cosas son a veces grandes, a los ojos que saben ver.
No son las apariencias las que cuentan. Jesús veía el gran árbol que estaba ya presente en la palabra que él sembraba. Señor, ayúdanos a ver el esplendor, la fecundidad y la belleza de la vida, que se preparan hoy en la pequeñez y la modestia algunos granos de mostaza. Que yo, como tú, pueda contemplar los pájaros que anidarán mañana, y que cantarán en el árbol salido de esa semilla.
El Reino de los Cielos se parece también "a la levadura que mezcló una mujer en 40 gr de harina, hasta que toda la pasta hubo fermentado". ¡Es la misma desproporción! ¡Una pizca de levadura, minúscula, mezclada en más de 40 kg de harina! Mirado exteriormente el ministerio de Jesús aparece como insignificante.
Pero Jesús veía más allá, Jesús tenía unas miras más amplias y veía el final de los tiempos, cuando "Dios será todo en todos", cuando toda la pasta habrá fermentado, cuando toda la humanidad habrá sido transformada desde el interior en la plenitud de los tiempos.
Pero, ¿cómo trabajar ahora en vistas a ello? En 1º lugar, ¿soy levadura? ¿Soy amor, a imagen de Dios? Y en 2º lugar, ¿estoy escondido en, y mezclado en el mundo que hay que transformar? Porque un hombre y una mujer que se han dejado transformar en levadura (y esconder en la pasta humana) llegan a ser, según Jesús, una fuerza de vida que se comunica a todo el ambiente en que se hallan inmersos. El amor que habita en un ser, la fe que da sentido a su vida elevan insensiblemente, lentamente, invisiblemente, a todos los que toca.
Noel Quesson
* * *
Estamos todavía en el capítulo de las parábolas de Jesús: esta vez, 2 muy breves, la del grano de mostaza y la de la levadura en el pan. Un grano de mostaza se convierte en una planta respetable. La intención es clara: Dios parece elegir lo pequeño e insignificante, pero luego resulta que, a partir de esa semilla, llega a realizar cosas grandes. La levadura también es pequeña, pero puede hacer fermentar toda una masa de harina y permite elaborar un pan sabroso.
Se trata del estilo de Dios. No irrumpe espectacularmente en el mundo, sino a modo de una semilla que brota y germina silenciosamente y se convierte en planta. Como la levadura, que, también silenciosamente, transforma la masa de harina.
Esta manera de actuar de Dios, a partir de las cosas sencillas, se ha visto sobre todo con Jesús. Se encarnó en un pueblo insignificante (al lado de Egipto, Grecia o Roma) y se valió de personas sin gran cultura ni prestigio (no recurriendo a los sumos sacerdotes o doctores de la ley). Pero el Reino que él sembró, a pesar de que fue rechazado por los dirigentes de su tiempo, se ha convertido en un árbol inmenso, que abarca toda la tierra, transformando la sociedad y produciendo frutos admirables de salvación.
También en nuestros días tenemos la experiencia de cómo sigue obrando Dios. Con personas que parecen insignificantes. Con medios desproporcionados. Con métodos nada solemnes ni milagrosos, pero eficaces por su fuerza interior. Y suceden maravillas, porque lo decisivo no son los medios y las técnicas humanas, sino Dios, con su Espíritu, quien da fuerza a esa semilla o a esos gramos de levadura.
La eucaristía que celebramos es algo muy sencillo. Unos cristianos que nos reunimos, que escuchamos lo que Dios nos quiere decir, y realizamos ese gesto tan sencillo y profundo como es comer pan y beber vino juntos, que el mismo Jesús nos ha dicho que son su Cuerpo y Sangre. Pero esa eucaristía es como el fermento o el grano que luego fructifica (debería fructificar) durante la jornada, transformando nuestras actitudes y nuestro trabajo.
Tal vez nos gustarían más las cosas espectaculares. Pero "el Reino está dentro" (Lc 17, 20), y no fuera. Y si le dejamos, produce abundante fruto y transforma todo lo que toca.
Como es increíble lo que puede producir un granito pequeño sembrado en tierra, es increíble y esperanzador lo que puede hacer la semilla del Reino (la Palabra de Dios, la eucaristía) en nuestra vida y en la de los demás, si somos buen fermento y semilla dentro del mundo.
José Aldazábal
* * *
La dinámica de Dios es distinta a la dinámica de los seres humanos. Nosotros estamos acostumbrados a deslumbrarnos ante los grandes acontecimientos, y despreciamos la fuerza de lo pequeño. En cambio, el proceder de Dios es diferente: se manifiesta siempre en lo que no cuenta. De ahí que al ser humano le cuesta mucho descubrir por dónde va Dios, y pretende encontrarlo aplicando sus propios criterios.
El profeta del AT buscaba a Dios en la tormenta o el relámpago, pero sólo lo encontró en la brisa suave. Un gran edificio comienza en la base, un gran discurso comienza con una palabra, los grandes movimientos sociales empiezan por ser la idea de unos cuantos que poco a poco van contagiando a otros. Jesús sabe que el Reino no se instaura a partir de un acontecimiento extraordinario, sino a partir de la vida cotidiana vivida en la dimensión de la justicia y del amor.
El grano de mostaza es insignificante pero tiene por dentro la capacidad de producir la vida. Al estar dentro de la tierra tiene la fuerza suficiente para irrumpir, brotar hacia arriba y convertirse en árbol y poder abrigar a los pájaros del cielo. Pero este proceso requiere de tiempo. A veces somos demasiado impacientes y más aún en estos nuestros días en que se espera eficiencia, rendimiento y utilidad en el menor tiempo posible. Los avances tecnológicos han encontrado la forma de acelerar muchos procesos. Nos hemos vuelto más impacientes, hemos ido perdiendo la capacidad de esperar.
Quien acepta el Reino de los Cielos debe comenzar desde lo de simple e insignificante, pero apuntando con fuerza hacia el ideal de mejorar la capacidad de producir, de mantener y de recrear la vida en el amor y en la justicia. La comparación de la levadura es semejante a la del grano de mostaza aunque también tiene sus diferencias. Ambos nos indican lo que sucede al interior de las personas, recordándonos que la fuerza que transforma y hace crecer viene de dentro. Pero también es un reto para los cristianos, que deben ser como el grano de mostaza y la levadura, para el mundo.
Gaspar Mora
* * *
El reino de Dios se inició entre nosotros como la más pequeña de las semillas (a causa del poquito número de los que al principio creyeron). Y sólo pertenecen a él los de corazón humilde, pues como dice Pablo, "cuando somos débiles es cuando somos fuertes, ya que no trabajamos nosotros, sino la gracia de Dios con nosotros" para el bien de todos.
Unidos a Cristo, purificados de nuestros pecados y llenos del Espíritu Santo, el Señor quiere que en verdad seamos fermento de santidad en el mundo para que poco a poco vayamos ganando a todos para Cristo. La vida recta, la justicia con la que vivamos, la preocupación por el bien de todos, especialmente de los más desprotegidos, nuestra honestidad ante la corrupción que ha dominado muchos ambientes, harán que no sólo proclamemos el evangelio con los labios, sino también con nuestras obras, con nuestras actitudes y con nuestra vida misma.
Esta sinceridad de nuestra fe, y el no crear una dicotomía entre fe y vida harán que incluso aquellos que se han alejado del Señor se unan a la Iglesia, encontrando en ella no sólo refugio, sino el lugar desde el cual puedan manifestar su compromiso no sólo con Dios, sino también con el hombre.
Cuando el sembrador siembra la semilla en el suelo y la cubre de tierra pareciera que esa semilla ha sido vencida por la muerte. Sin embargo, al paso del tiempo de esa semilla germinará una nueva vida, que, con los debidos cuidados, producirá un fruto abundante. Cuando Cristo nos dice que el reino de Dios ya está entre nosotros nos habla de su vida frágil, rechazada y perseguida por aquellos que no le pertenecen a Dios.
Cristo es el reino de Dios entre nosotros. Él, en un aparente fracaso, fue sepultado, pero al 3º día resucitó glorioso para que nosotros tengamos vida y vida en abundancia. Este es el fruto de esa pequeña semilla sembrada en tierra. Él no volverá al cielo con las manos vacías, sino con las manos llenas, llevando consigo a todos aquellos por quienes él entregó su vida.
Y hoy nos reúne el Señor para celebrar este misterio de vida que nos ofrece convertido en Pan de Vida eterna para nosotros. La levadura que fermenta la eucaristía para que sea Pan de Vida es el mismo Espíritu de Jesús. Quienes nos alimentamos de él somos transformados en él.
Lidia Alcántara
* * *
Cada una de las parábolas de Jesús busca ilustrar por medio de imágenes algo que sobrepasa a nuestro limitado conocimiento. Por ello Jesús siempre dice: "Es semejante a", y con ello nos da una idea de que es o significa el Reino. Jesús hoy propone 2 ideas que están unidas por el termino: Crecer. El Reino no es algo estático, sino es algo vivo y que se desarrolla (imagen del árbol) y tiene que abarcarlo todo (imagen de la levadura).
Las 2 ideas tienen en común que comienza con algo muy pequeño pero que termina por abarcarlo todo y ser la casa de todos. A veces, pensando en nuestros ambientes poco cristianos, podríamos sentir la tentación de decir: "Todo mi esfuerzo por instaurar los valores del Reino en mi medio (escuela, oficina, barrio...) es tan poco". Pues bien, Jesús te dice que tú eres ese grano de mostaza, y que tu acción en ese ambiente es como la levadura. Si eres fiel y constante, el grano crecerá y la levadura terminará por fermentar a toda la sociedad.
La obra de Dios siempre empieza con poco. Nuestra evangelización empezó con sólo 12 hombres que, actuando como levadura, llagaron a impregnar a toda la sociedad con los valores del Reino. Tú y yo, a pesar de nuestra pequeñez y miseria, podemos ser también los elementos para que el Reino llegue a abarcarlo todo. ¡Ánimo!
Ernesto Caro
* * *
Lo significativo de las 2 parábolas de hoy no está precisamente en asegurar la grandeza futura del Reino ni mucho menos en simbolizar su actual pequeñez. Lo que nos quieren expresar las parábolas es que el Reino, una vez que se ponga en movimiento, él mismo se desarrollará desde la pequeñez hasta la grandeza total, porque tiene una fuerza interior que nada ni nadie podrá frustrar.
La Parábola del Grano de Mostaza no llama la atención sobre el largo proceso de crecimiento de la planta; pasa sin transición de la siembra, realizada en malas condiciones, a la planta en plena madurez. Con esto deberíamos entender que el sentido de crecer que expresa la parábola no tiene que ver con el proceso biológico interior sino con el aumento de volumen, de extensión, de fuerza.
En este sentido, la pequeñez del grano simboliza la precariedad actual del Reino, y la planta llegada a su pleno crecimiento representa al Reino en su manifestación definitiva y pujante. Esta pequeña semilla que se hace un árbol con ramas poderosas que sirven de cobija para las aves del cielo, está bien escogida para anunciar la grandeza futura del Reino sembrado en la pequeñez por Jesús.
La Parábola de la Levadura, en su introducción, es igual que la parábola anterior, una fórmula redaccional. El término de comparación no se toma (como en las 3 parábolas anteriores) del trabajo agrícola, sino de la experiencia casera, ofrecida por la levadura cuando se amasa el pan. Moler el trigo y amasar el pan era oficio propio de mujeres; por eso la parábola habla de levadura que una mujer, tomándola, la metió en 3 medidas de harina, hasta que todo queda fermentado.
"Tres veces una medida de harina" es una gran cantidad de masa, que se pone en contraste con el poquito de la levadura. La pequeñez de la levadura no será impedimento para que fermente toda la masa; de la misma manera, el Reino, inaugurado en la debilidad, fermentará un día toda la masa de la humanidad.
Confederación Internacional Claretiana
* * *
El reino de Dios se manifiesta de manera muy sencilla, es una realidad casi imperceptible. Sin embargo, a medida que crece muestra sus frutos. Las 2 parábolas de hoy ilustran esta verdad.
El grano de mostaza simboliza el proyecto de Jesús. La mostaza es un arbusto que no les quita la luz a las demás plantas de la huerta. En él tienen cabida las aves que vienen de lejos. Así es el reino de Dios. Una nueva realidad que no sofoca a las demás. Se manifiesta con sencillez y deja espacio para que coexistan otras alternativas. Una nueva realidad donde tienen espacio todos los seres humanos. La imposición, la opresión y la marginación están lejos de su proyecto.
La levadura no es nada comparada con la cantidad de harina. Sin embargo, bastan unos cuantos gramos de ésta para fermentar muchos kilos. La presencia del Reino, en medio de la Iglesia, es capaz de transformar a la masa de personas. El talante del Reino es sumamente discreto pero eficaz. Es una acción invisible a los ojos de los espectadores pero transforma lentamente toda la realidad.
Nosotros aspiramos a que nuestras obras, comunidades e iglesias sean grandes conglomerados que den respuesta a todo. La propuesta de Jesús apunta en sentido contrario. La comunidad de discípulos no es un imperio, ni un árbol que tape el huerto de la creación. La Iglesia, donde se hace efectivo el Reino, es un espacio donde los seres humanos pueden llegar a ser personas. Allí van creciendo sin oprimir a los demás y se abren para que otros hombres y mujeres también crezcan.
Muchas veces queremos signos portentosos. Sin embargo, la acción del Reino es discreta, y no está sujeta a nuestra voluntad. Irrumpe allí donde hay hombres de buena voluntad, dispuestos a vivir como hijos de Dios.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act:
27/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()