1 de Agosto

Sábado XVII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 1 agosto 2026

Mt 14, 1-12

         El breve diálogo entre el tetrarca Herodes y sus oficiales da pie a la narración de la muerte del Bautista. Herodes no está tranquilo, y tiene miedo por haberle dado muerte, influido por cierta doctrina de la resurrección (la farisea, con su elemento de poderes-potencias, que hacen del resucitado su instrumento) que le hace ver en Jesús a un Juan Bautista activado por fuerzas supramundanas.

         Tetrarca es el nombre dado a este Herodes II de Judea (o Herodes Antipas), por ser el gobernante de una 4ª parte del territorio de su padre (Herodes I de Judea, el Grande). En el v. 9, se le llama también rey, designación que enlaza su figura con la de su padre (Mt 2, 3).

         Mateo va a exponer cómo ha sucedido la muerte de Juan Bautista: éste ha reprochado a Herodes su adulterio, y según la ley judía tenía prohibido casarse con la que había sido mujer de su hermano Filipo (Lv 20,21; 18,16).

         En efecto, el 1º marido de Herodías era hermanastro de Herodes II Antipas. Y Filipo el tetrarca, hermano también de Herodes, se había casado con Salomé, hija del 1º matrimonio de Herodías. El punto que interesa a Mateo es que la unión de Herodías con Herodes II era adulterina. Pero el miedo al pueblo impide a Herodes matar a Juan, lo mismo pasará a las autoridades judías respecto a Jesús (Mt 26, 3-5).

         Desde el punto de vista narrativo, el episodio no presenta dificultad. Hay que preguntarse, sin embargo, si Mateo no le da un sentido teológico. De hecho, la imagen del adulterio es la consagrada en los profetas para la infidelidad a Dios (Mt 12, 39). El episodio presenta además paralelos con el de la hija de Jairo, y a la dualidad padre/hija corresponde aquí la de madre/hija. De hecho, a la thygater (lit. hija; Mt 9,18; 14,6) se la llama en ambas ocasiones to korasion (lit. la muchacha; Mt 9,24-25; 14,11).

         El paralelo entre la hija de Jairo y la hija de Herodías hace probable que también ésta represente al pueblo de Israel, sometido a la autoridad de sus dirigentes (representados allí por Jairo, y aquí por Herodías). El sentido teológico sería, pues: los dirigentes judíos (Herodías) han dado su fidelidad a Herodes (que representa el poder tiránico y asesino), y con eso se han hecho infieles a Dios. Pues el pueblo (la hija) sometido a ellos se esfuerza también por complacer al poder (Herodes II), al carecer de iniciativa y decisión propia, y depender totalmente de los dirigentes (la madre).

         Juan Bautista denunció ese connubio ilegítimo entre los dirigentes judíos y Herodes II, y éste le contesta con su derecho a ejercer su mandato. La madre (los dirigentes) convencen a sus partidarios en el pueblo (la hija), y pide la muerte de Juan.

         La opinión popular está, pues, dividida. Por una parte, "la multitud" tiene a Juan por profeta. Y por otra parte, el pueblo (dócil a los dirigentes) se presta a su intriga política y pide la muerte de Juan (por denunciar la situación como contraria a la voluntad de Dios). La denuncia de Juan no era, pues, meramente moral, y según Flavio Josefo se debió a una razón de estado. En Mateo, los discípulos del Bautista llevan la noticia a Jesús (v.12).

         Herodes II, como antes su padre (Mt 2, 3), es presentado como figura paradigmática del poder, caracterizado por la violencia y el asesinato. Lo ocurrido con Juan hace anticipar a Jesús su agenda, retirándose (v.13) y pasando a las tierras paganas (v.22) de Tiro y Sidón (Mt 15, 21) y Cesarea de Filipo (Mt 16, 13), para anunciar a continuación su subida a Jerusalén (Mt 16, 21).

Juan Mateos

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         Los versículos de hoy nos transportan a un momento concreto de la vida de Jesús: la muerte violenta de Juan el Bautista, por parte de Herodes. La Pasión de Juan es una reliquia que se mantiene en la memoria del pueblo y de su escuela, y viene a ser significativa en la ruta a seguir por Jesús, incluso prefigurándola.

         Como vimos en el texto anterior, la visita de Jesús a su pueblo inicia un cambio de dirección en su vida, a partir del cual el profeta de Nazaret irá derivando su destino hacia el destino del resto de profetas de Israel. El martirio de Juan hace tomar conciencia del peligro que le amenaza, y esboza ya algunos rasgos alusivos a la pasión de Jesús.

         Hemos visto cómo las parábolas del cap. 13 han señalado la dura realidad, y el significado de los fracasos de la Palabra en el mundo. Inmediatamente después viene el fracaso de Jesús en su propia tierra (en Nazaret), y ahora entre la autoridad oficial Galilea, en la persona de Herodes II Antipas.

         No obstante, los fracasos en Nazaret y ante Herodes no son de la misma naturaleza, pues en Nazaret suponía la negativa de sus familiares y amigos (rechazo a la fe), mientras que la oposición de la corte judía venía de políticos corruptos y paganizados (complot de asesinato).

         En efecto, los antecedentes de la muerte del Bautista (al igual que será la de Jesús) están llenos de motivaciones muy complejas, y también razones políticas y económicas. A lo que había que unir la astucia de una mujer rencorosa, que conocía las debilidades de un Herodes sin carácter.

Fernando Camacho

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         Escuchamos hoy que el momento en que Herodes oye hablar de Jesús, y su reacción al respecto: "Este es Juan el Bautista, a quien yo mandé decapitar". Efectivamente, Herodes está convencido de que Juan ha resucitado, y por eso en él (confundiéndolo con Jesús) actúan fuerzas milagrosas. Y es que Juan le había dicho a Herodes que no le era lícito quedarse con Herodías, y ésta consiguió que lo encarcelaran y decapitaran.

         Aparece aquí la figura de la mujer para guardar la imagen del rey, así como la maldad de las mujeres (madre e hija), que se confabulan para quitarse de encima esa palabra que atormenta e intranquiliza sus conciencias. La hija saca a relucir sus encantos en la danza, así como su belleza y agilidad de movimientos. Y la madre coloca su astucia para dar el golpe certero. La belleza se confabula para dar muerte a Juan Bautista, y mostrar su cabeza como un trofeo.

         También Judit se valió de su belleza en el AT, y decapitó a Holofernes para salvar a la religión del sistema corrupto. En el caso presente, la cabeza de Juan se exhibe como trofeo del triunfo del sistema corrupto sobre la religión.

Emiliana Lohr

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         Leemos hoy que Herodes oyó lo que se contaba de Jesús, y dijo: "Ese es Juan Bautista, que ha resucitado". En realidad, Herodes no tenía buena conciencia, porque había mandado decapitar al profeta, pero seguía temiendo por ello un castigo divino. Y sin llegar siquiera a conocerlo, parece ver en Jesús una reviviscencia de aquél que había mandado decapitar. Se trata, pues, de una conciencia supersticiosa, que sólo se fija en las intervenciones milagrosas de Dios, o en aquellas que puedan influir en su modo de vida.

         Pero no basta creer en lo "maravilloso", para creer verdaderamente en Dios. Pues, como sigue diciendo el texto, Herodes había mandado prender a Juan "a causa de Herodías, mujer de su hermano Felipe", cuando Juan le dijo que no le era lícito tenerla por mujer.

         "El evangelio no es neutro", nos repiten el papa y los obispos. Y frente a ciertos grandes problemas, el evangelio toma posición, con el riesgo que eso supone de conducir a los creyentes al martirio. Pero así lo hace la Iglesia, en su compromiso por el concepto de persona, en su compromiso con la verdad, la justicia social, la salubridad de la moral. Danos el valor de decir la verdad, cueste lo que cueste.

         El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en público, y le gustó tanto a Herodes que juró darle lo que pidiera. Y aquella muchacha, instigada por su madre, no lo dudó: "Dame, ahora mismo, en una bandeja, la cabeza de Juan Bautista" (el más "grande de todos los profetas" según las palabras de Jesús).

         ¿Cómo es posible, Señor, que tus amigos estén tan a menudo a la merced de los corruptos de este mundo? ¿Por qué tus amigos parecen todos fracasar, humanamente? Mientras que siguen triunfando los impíos, y aquellos que se mofan de las leyes elementales de la justicia y de la moral.

         El misterio de tu cruz está ya presente en esa cárcel en la que se corta la cabeza del Bautista, en esa corte escandalosa donde baila una mozuela descarada, en ese festín abominable en el cual, y mientras se sirven los mejores vinos, se presenta la cabeza de un hombre en una bandeja cincelada.

Noel Quesson

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         A Jesús le espera el mismo destino que a su precursor, Juan el Bautista, pues un profeta auténtico no sólo es rechazado en su tierra (como decía Jesús ayer), sino que ese rechazo termina, casi siempre, con la muerte.

         A Herodes II Antipas, tetrarca de Galilea, hijo de Herodes I el Grande (el de los inocentes de Belén), lo que oye contar de Jesús le recuerda a Juan el Bautista. No tiene la conciencia tranquila, porque le había hecho matar en la cárcel, por instigación de Herodías.

         La figura del Bautista es recia y admirable, en su coherencia, en la lucidez de su predicación y de sus denuncias. También en eso es precursor de Jesús, valiente y comprometido, diciendo la verdad aunque desagrade. Es figura, también, de tantos cristianos que han muerto víctimas de la intolerancia por el testimonio que daban contra situaciones inaguantables. Los profetas mudos prosperan, mientras los auténticos suelen terminar mal.

         Jesús nos dijo que debíamos ser luz y sal y fermento de este mundo. Es decir, profetas. Pero profetas son los que interpretan y viven las realidades de este mundo desde la perspectiva de Dios. Por eso, muchas veces, tienen que denunciar el desacuerdo entre lo que debería ser y lo que es, entre lo que Dios quiere y lo que los intereses de determinadas personas o grupos pretenden.

         Un cristiano deberá estar dispuesto a todo. Ya anunció Jesús a los suyos que serían llevados a los tribunales, que serían perseguidos y asesinados. Como a él. Y sin embargo, vale la pena ser coherentes y dar testimonio del mensaje de Jesús en nuestro mundo, empezando por nuestra familia, grupo o pueblo.

José Aldazábal

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         La historia de la decapitación del Bautista no parece un plato de buen gusto para amenizar las vacaciones. Tiene, eso sí, los ingredientes de un buen thriller, para pasar el tiempo. Pero, ¿qué puede decirnos a estas alturas?

         Lo que más me llama la atención no es la historia del martirio en sí misma (a la que más adelante me referiré), sino el hecho de que el virrey Herodes confunda a Jesús con Juan. La confusión sólo es posible cuando se da un gran parecido entre 2 personas, y en ese sentido sí que Jesús se parece a Juan, así como Juan se parecía a Jesús. De hecho, no hubo mayores que ellos, entre los nacidos de mujer.

         Pero el verdadero parecido es el que empieza a gestarse aquí, pues la muerte de Juan es un anticipo de la muerte de Jesús. Ambos son encarcelados injustamente, ambos sufren un proceso trucado y ambos rubrican con su sangre la verdad de Dios.

         ¿No os parece que cada vez que celebramos el martirio de un discípulo de Cristo tocamos el núcleo mismo de nuestra fe? Hoy también se dan martirios. Lo que ocurre es que, en algunos contextos, estamos tan acostumbrados a casar el evangelio con tantas cosas que nadie se molesta en perseguirnos. Podemos ser cristianos y sentirnos cómodamente instalados en el campamento capitalista o en las avenidas del hedonismo. Nadie nos va a perseguir si no nos siente como una amenaza.

         No es que tengamos que ir blandiendo la espada de la verdad como si fuéramos sus dueños, pero toda vida que se deja iluminar por la verdad desenmascara las sombras. De hecho, cada vez que los cristianos se arriesgan a adentrarse en los territorios oscuros, lo pagan con su vida. Dar la vida es la única manera de "dar vida".

Gonzalo Fernández

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         El evangelio de hoy nos presenta el ejemplo de Juan el Bautista, que muere como había vivido siempre: fiel a la verdad. Desde el principio se presenta como el profeta del Mesías, sin aprovechar el prestigio adquirido ni las circunstancias históricas para recibir honores que no le correspondían. Ahora es encarcelado y decapitado por defender otra verdad: la ilicitud de la relación entre Herodes y Herodías.

         Además de Juan el Bautista, tengo el ejemplo de tantos mártires (desde los primeros siglos hasta hoy) que han dado su vida por defender la verdad. Y tantos otros que han sido perseguidos, injuriados o despreciados, simplemente por ser cristianos. A ellos se suman muchos más que han salido a otras tierras (o se han quedado donde estaban) para propagar la verdad, siendo (al igual que los mártires) testigos de la verdad.

         Jesús, hoy más que nunca te hacen falta testigos de la verdad: testigos tuyos, pues tú eres la Verdad (Jn 14, 6). Hacen más falta que nunca, pues el problema ya no es que la gente no conozca la verdad porque nunca la ha oído, sino que no la conoce porque no quiere conocerla. Se lavan las manos como Pilatos, mientras se excusan diciendo: ¿Qué es la verdad? (Jn 18, 38). Y ese relativismo les deja indefensos ante las pasiones y defectos más viles, llegando a perder lo que hacía más humano al hombre: la libertad.

Pablo Cardona

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         La liturgia de hoy nos invita a contemplar una injusticia: la muerte de Juan Bautista. Y a la vez, a descubrir en la palabra de Dios la necesidad de un testimonio claro y concreto de nuestra fe, para llenar de esperanza el mundo.

         Os invito a centrar nuestra reflexión en el personaje del tetrarca Herodes. Realmente se trata de un contratestigo, pero nos ayudará a destacar algunos aspectos importantes para nuestro testimonio de fe, en medio del mundo. En efecto, Herodes "se enteró de la fama de Jesús" (v.1).

         Esta afirmación remarca una actitud aparentemente correcta, pero poco sincera. Es la realidad que hoy podemos encontrar en muchas personas, que ha oído hablar de Jesús pero que pasa del compromiso e incluso de una simpatía personal hacia él.

         Es necesario que demos una respuesta correcta a esta situación, casi siempre frenada por vagas informaciones (como fue el caso de Herodes, que creía ver en Jesús a Juan el Bautista, mezclando todo eso con la resurrección de entre los muertos; v.2). De veras que echamos en falta en el mundo más afirmaciones como aquella de Pedro en Cesarea de Filipo: "Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo" (Mt 16, 15-16).

         Porque esa afirmación no deja lugar a dudas, ni al miedo ni a la indiferencia. Sino que abre la puerta a un testimonio fundamentado en el evangelio de la esperanza. Es lo que dijo Juan Pablo II en su Iglesia en Europa:

"Con toda la Iglesia, invito a mis hermanos y hermanas en la fe a abrirse constante y confiadamente a Cristo y a dejarse renovar por él, anunciando con el vigor de la paz y el amor a todas las personas de buena voluntad que, quién encuentra al Señor conoce la Verdad, descubre la Vida y reconoce el Camino que conduce a ella".

Joan Pulido

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         Herodes oía con agrado a Juan, pero no le obedecía. Su corazón, pues, estaba dividido. Herodes oía a Juan y su conciencia despertaba en lucidez; oía a Herodías, su amante, y se embriagaba en pasión. Forcejeaba entre la lucidez y la pasión, se dividía entre lo que podía disfrutar ya en las delicias de su amorío turbio, y lo que le daría paz para mañana y siempre, en la dulzura de una conciencia limpia. Estaba dividido.

         Y de su división nació muerte. De su división salió la división entre el cuerpo y la cabeza de Juan. Incapaz de obedecer a su amigo, lo mató. Incapaz de escucharlo, le silenció. Incapaz de seguirlo, lo detuvo primero en la cárcel y lo encerró después en las paredes de la muerte.

         También a nosotros nos acecha el mal del corazón dividido. Tenemos el corazón dividido cuando empezamos a escoger qué nos gusta o qué nos conviene de la enseñanza de la Iglesia. Estamos divididos cuando aplaudimos al papa y no le hacemos caso. Nos tienta la división cuando hacemos una moral para uso propio o cuando defendemos ciertos principios en ciertos ambientes mientras callamos, como cómplices, ante otras personas.

Nelson Medina

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         La anécdota dolorosa que nos cuenta el evangelio de hoy, refiriéndose a la muerte ignominiosa de Juan el Bautista, se presta a reflexiones múltiples.

         Juan denuncia la inmoralidad en que vivían Herodes y Herodías, y Herodes sobrelleva la denuncia de Juan con cierta serenidad y comprensión. En cambio, Herodías mantiene ardiendo el fuego de su pasión contra el profeta, y por eso comete la barbaridad de pedir su cabeza como trofeo de danza para su hija.

         ¿Cuántas cabezas humanas caerán también hoy (en Europa, África, América, Asia) al filo de la espada, de la guillotina, de la injusticia, de la miseria consentida... porque no estamos dispuestos a aceptar honradamente el imperio de la justicia, la solidaridad y la paz?

Dominicos de Madrid

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         El relato de la muerte del Bautista (vv.3-11) ha sido colocado en un marco que señala su conexión con Jesús (vv.1-2.11). Debemos, por tanto, ensayar 1º la comprensión del texto que se refiere a la ejecución del Bautista, y seguidamente situarla en referencia a la actuación de Jesús desde donde adquiere la plenitud de sentido.

         Al inicio y al final del pasaje, se hace mención a la cárcel. Se relata 1º el encarcelamiento de Juan con su motivo, y el intento homicida del rey con el motivo que impedía su realización (vv.3-5). Y luego se relata la fiesta del cumpleaños de Herodes, el baile de la hija de Herodías y su petición (vv.6-8), y el cumplimiento de la promesa del rey y la entrega de la cabeza del Bautista a la joven y a su madre (vv.9-11).

         El origen del enfrentamiento es, según Mateo, la trasgresión por parte de Herodes de la Torah: "Si uno toma a su cuñada es una inmundicia" (Lv 20, 21). Se trata de Herodes II Antipas, el tetrarca o gobernante de la 4ª parte del territorio de su padre (Herodes I el Grande), al que el relato lo asocia calificándolo como rey. El texto presenta a la otra persona (la adúltera) como mujer de Filipo (deforma inexacta, ya que el 1º marido de Herodías parece haber sido un tal Herodes, hermanastro de Filipo).

         Flavio Josefo asigna otro motivo a la decisión del rey: el miedo de un competidor. Ambos motivos pueden conciliarse si tomamos en cuenta la opinión de la gente, que "tenían a Juan por profeta" (v.5). La condena de Juan es, por tanto, otro caso típico del enfrentamiento entre reyes y profetas. Herodes, al igual que su padre), encarna el símbolo del poder tiránico, causa de violencia y de asesinato a los mensajeros de Dios.

         El relato adquiere pleno sentido gracias a la íntima unión con la actuación de Jesús, que (como el Bautista) es también "profeta despreciado" (Mt 13,57; 27,9-10). Se prolonga así la identificación entre Jesús y Juan, consignadas en sus respectivas apariciones (Mt 3, 1.13). Y esto lleva a Herodes a plantearse la identidad de Jesús a partir de sus acciones respecto a Juan.

         Esta íntima asociación de ambos personajes, hace que la muerte del Bautista sea presentada como anticipo del camino de sufrimiento de Jesús, pues Cristo experimentará la suerte de aquel a quien había definido como profeta (Mt 11, 9-10.13). La gente los considerará tales a ambos (en Mt 21,26 respecto a Juan; en Mt 21,46 respecto a Jesús). Igualmente, el verbo detener para describir el prendimiento del Bautista (v.3) será también utilizado en la pasión de Jesús (Mt 26, 48.50.55.57; 27,2).

         Podemos entonces comprender anticipadamente el sentido de la muerte de Jesús, a partir de la muerte del Precursor. La profecía ejercida en un mundo injusto deberá contar con la hostilidad de déspotas y tiranos. El fin de los dotados de ese don sólo puede ser el enfrentamiento con los opresores y, por consiguiente, conduce frecuentemente al martirio. En la suerte del Bautista y de Jesús, sin embargo, se delinean los rasgos del Reino anunciado. Es la Vida de Dios, que se manifiesta en la fidelidad de sus enviados hasta la muerte.

Confederación Internacional Claretiana

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         Juan Bautista corrió la misma suerte que la mayoría de profetas de Israel, y la intransigencia de los gobernantes lo condujo inevitablemente a la muerte. El Bautista murió como un profeta por denunciar la mala vida de la corte judía, así como anunciar la inminente ira de Dios ante esa corrupción.

         Juan Bautista es el último profeta del AT, que desde sus inicios (en el desierto) se opuso a la corrupción de comportamientos (en la ciudad), y no paró de llamar a la conversión. Quería así devolver a Israel al auténtico espíritu del Éxodo, liberando a la nación del pecado (y sobre todo de la esclavitud al pecado, personificada en Herodes y Herodías). Una vez muerto, sus discípulos corren a llevar la noticia a Jesús (1º profeta del NT).

         La comunidad de discípulos de Jesús es muy cercana al grupo de discípulos de Juan. De hecho, Jesús y Juan coinciden en muchos puntos de vista, en su acción profética (lo que lleva a que Herodes a entender la acción de Jesús como una reencarnación de la de Juan). De hecho, todo el relato acerca de la muerte de Juan hace patente la difícil situación en que Jesús realiza su misión, y muestra la suerte de los profetas verdaderos (que cuestionan a los gobernantes y pervertidos).

         Los profetas suelen decir cosas molestas, pero desgraciadamente suelen decir siempre la verdad, incluso en los momentos más convenientes. No obstante, nosotros siempre encontramos alguna razón, para decir que ése no era el mejor momento, o cualquier otra excusa parecida. Y eso que reconocemos la verdad. Es decir, reconocemos que tenemos un lado oscuro en nuestra vida, pero no nos gusta que nos lo hagan ver. Y así, nunca hay tiempo para escuchar lo que dice el profeta. O, como hizo Herodes, matamos al profeta, para no oír su voz.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 01/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A