12 de Septiembre

Sábado XXIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 12 septiembre 2026

Lc 6, 43-49

         El relato del evangelio de hoy está compuesto por 2 unidades literarias. La 1ª unidad (vv.43-45) está compuesta por una serie de imágenes que pretenden ilustrar una advertencia de Jesús a sus discípulos sobre la necesidad de ser coherentes en la vida. Que no bastan las palabras para ser sus seguidores, que lo que cuentan son las acciones y no las palabras.

         Las palabras de Jesús se dirigen al corazón, el lugar donde se construyen las buenas o malas intenciones en las personas, para pedirle que hable y actúe en coherencia consigo mismo. Según el evangelio, hay una relación estrecha entre el centro de la persona (corazón) y el comportamiento externo (acciones), y por eso, "no hay árbol bueno que dé frutos malos, ni tampoco árbol malo que dé frutos buenos".

         El corazón, que es la sede de las decisiones, es el lugar en el que se juega la salvación de la persona, porque de allí provienen el amor o el odio (Mc 7, 14-23). De un buen corazón nacerá una praxis de amor.

         El criterio fundamental desde donde, según las palabras de Jesús, se debe discernir la vida de un cristiano será sobre todo sus frutos, porque "a cada árbol se le conoce por sus frutos".

         Dos comparaciones sirven a Jesús para explicar la importancia de las acciones humanas. Por una parte, la calidad del fruto nos dice de la calidad del árbol, por otra el tipo de fruto nos dice de dónde procede. Lo mismo sucede con nuestra vida, si está unida a Jesús y a su evangelio dará frutos buenos.

         La 2ª unidad (vv.46-49) está compuesta por una pequeña parábola cuyo mensaje es claro y directo: poner en práctica las palabras de Jesús es el fundamento más sólido de la vida del creyente, y el mejor criterio para distinguir al verdadero del falso discípulo.

         La parábola esta construida sobre la imagen de 2 hombres que construyen su casa, uno sobre la roca (como cimiento) y el otro sobre la tierra (sin cimientos). Los 2 hombres son discípulos de Jesús, y los 2 han escuchado sus palabras, pero sólo uno las ha puesto en práctica. La parábola nos invita a escuchar la Palabra, pero sobre todo a hacer de esta Palabra acciones concretas de vida.

Juan Mateos

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         La vida moral se verifica en sus frutos. La idea viene de la corriente sapiencial en la que el justo es comparado a menudo a un árbol que da frutos plenos de sabor, mientras que los demás árboles se vuelven estériles. El justo da buenos frutos porque está regado por las aguas divinas; sus frutos serán particularmente abundantes en la era escatológica.

         En efecto, el cristiano, como rama del árbol de vida que es Jesús produce los frutos del Espíritu mientras que el judaísmo se convierte en un árbol estéril.

         La imagen de la casa construida sobre la roca es fácil de comprender: el empresario impaciente se contenta con hacer reposar su casa sobre el mismo suelo o sobre la arena que recubre a la roca, sin preocuparse de cavar hasta ella. La imagen es similar a la de la semilla que penetra en la tierra o, al contrario, se queda en la superficie y muere (Lc 8, 5-8).

         El evangelio recuerda, pues, que sólo puede haber eficacia en el campo de la fe cuando se deja lugar a la Palabra en lo más profundo de uno mismo. Los cristianos están invitados a profundizar su fe, a no conformarse con una fe sociológica o de motivaciones insuficientes.

Maertens-Frisque

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         Continúa el evangelista con una serie de comparaciones para indicar quién es auténtico seguidor de Jesús y quién no. Es buen seguidor quien, como el árbol bueno, da frutos buenos, poniendo en práctica las palabras de Jesús, no el que lo invoca sin cumplir sus mandamientos.

         Para ser buen cristiano, hace falta dar 3 pasos: 1º acercarse a Jesús, entablando con él una relación de proximidad y empatía; 2º tener una actitud de escucha atenta de sus palabras; 3º llevar sus palabras a la vida, haciendo de ellas la meta de nuestro comportamiento.

         Los frutos (las obras buenas) son los que darán el veredicto sobre la bondad o maldad de cada uno de nosotros, porque el modo de actuar revela la realidad interior de cada uno. Al final no cuentan las palabras, sino las obras. O la obra, esto es: el amor, la única obra que justifica la existencia humana, el único mandamiento que la regula. Jesús no busca admiradores ni adoradores, sino seguidores.

         Quien está cargado de buenas obras, pisa tierra firme; se parece a esa casa que ni la fuerza del caudal de un río desbordado puede echar por tierra porque ha sido construida sobre roca. Y sólo está bien construida la vida del cristiano si se cimienta en el amor sin medida, sin límites, hasta el enemigo, para romper la dinámica de la represalia y el odio.

         La vida cristiana no se basa en la adhesión teórica al mensaje de Jesús, sino en la fidelidad al mismo día a día. El éxito del mensaje depende de la actitud que cada uno tome ante él.

Fernando Camacho

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         Jesús nos enseña hoy que es el fondo del hombre lo que permite juzgar sus actos, al igual que la calidad del fruto depende de la calidad del árbol. De ahí que nos recuerde que "no hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Ni se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimia uva de los espinos". 

         El corazón humano, es decir, el interior profundo del hombre, es lo esencial. Pero también es necesario que los gestos exteriores correspondan a una calidad de fondo, o en el caso religioso provengan de una fe interiorizada.

         Señor, transforma mi corazón, ese centro profundo de mi personalidad. Y hazlo bueno, al igual que se dice de un fruto "¡qué bueno es!", o como se dice de un pan que es sabroso y gustoso. Que mi vida sea verdaderamente un buen fruto, del que los demás puedan alimentarse y gozarse.

         Que el hombre sea bueno, este es el plan de Dios. Pues como dice Jesús: "El hombre bueno, de la bondad de su corazón saca el bien. El que es malo, de la maldad de su corazón saca el mal". Y yo, ¿qué voy a sacar del tesoro de mi corazón? ¿Es mi corazón un tesoro de bondad? ¿Qué personas esperan algún bien de mí, alguna alegría? Ayuda, Señor, a todos los hombres a dar cosas buenas a sus hermanos. Porque "lo que rebosa del corazón, lo habla la boca".

         Se trata de la aplicación de la breve parábola precedente sobre el árbol y el fruto a la palabra del hombre: "¿Por qué me invocáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?". Una aplicación que, como se ve, parte o ha de partir de la oración. O dicho al revés: las oraciones que salen sólo de la punta de los labios no corresponden a nada. Decididamente, Jesús prefiere los actos buenos a las palabras pías.

         Si queremos que nuestras oraciones sean válidas, nuestra vida entera ha de ser también válida. Porque es del fondo del ser, y de lo hondo de la vida, y de la voluntad que procura complacer a Dios, de donde salen las verdaderas plegarias.

         Pero vayamos por partes, porque dice Jesús que "todo el que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone en obra". Se trata de una fórmula que Jesús utiliza para expresar la vida cristiana, a través de los matices de:

-la fe, concebida como una "vinculación a" la persona de Jesús,
-la oración, como "estar a la escucha de" la Palabra de Dios,
-la práctica religiosa, como un "poner en obra su" voluntad divina.

         ¿Me acerco yo a Jesús? ¿Y cómo se traduce eso, concretamente? ¿Oigo yo sus palabras? ¿O soy negligente en este punto? ¿Las pongo en práctica en mis comportamientos?

         Pues bien, ese poner en práctica a de ser similar a "aquel que edificaba una casa, que cavó, ahondó y asentó los cimientos sobre roca, para que cuando viniese una crecida, la tempestad no la tambalease".

         Jesús es una persona eficaz, que desea que nuestras vidas sean también eficaces. Dios quiere que nuestras obras sean logradas, que nuestra vida sea sólida. Para Jesús, esa solidez no existe más que si "uno se acerca a él, si se le escucha y si se pone en obra lo que él dice". La fe es una roca sólida, y un cimiento que permite construir.

         Por el contrario, el que no pone en práctica se parece a "aquel que edificó una casa sobre tierra y sin cimientos", y que cuando vino la tempestad "se derrumbó, y provocó una destrucción completa en aquella casa". Severa advertencia de Jesús, para los que no practican.

Noel Quesson

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         Las comparaciones que ponía Jesús, tomadas de la vida diaria, eran muy expresivas para transmitir sus enseñanzas. Y también las 2 comparaciones que nos pone hoy: la del árbol que da frutos buenos o malos, y la del edificio que se apoya en roca o en tierra.

         En cuanto a la comparación del árbol, los árboles se conocen por sus frutos y no por su apariencia, y de ahí que las zarzas no den higos (por ejemplo). Pues así son las personas, viene a decir hoy Jesús: "El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal".

         En cuanto a la comparación del edificio, el futuro de un piso depende en gran parte de dónde se apoyan sus cimientos, de si lo hace sobre roca, o sobre tierra (pues en el 1º caso la casa aguantará embestidas, y en el 2º caso no). Pues lo mismo viene a pasar a las personas, viene a decir hoy Jesús: que según construyan su personalidad, sobre valores sólidos o sobre apariencias, así será su futuro, e incluso casi su destino.

         Qué sabiduría y qué retrato tan exacto de nuestra vida nos ofrecen estas frases: "Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca". Cuando nuestras palabras son amargas, es que está rezumando amargura nuestro corazón. Cuando las palabras son amables, es que el corazón está lleno de bondad y eso es lo que aparece hacia fuera. Tenemos motivos de examen de conciencia, al final del día, si recordamos las varias intervenciones que hemos tenido durante la jornada.

         Lo mismo con el otro símil de la construcción. A veces el edificio de nuestra personalidad (la fachada exterior) aparece muy llamativo y prometedor. Pero no hemos puesto cimientos, o los hemos puesto sobre bases no consistentes (el gusto, la moda, el interés) y no sobre algo permanente (la palabra de Dios). ¿Nos extrañaremos, pues, de que llegue un día en que estos edificios (nuestras propias vidas, que parecían seguras) se derrumben y desplomen?

         Siempre estamos a tiempo para corregir desviaciones. ¿Cómo tenemos el corazón? ¿Es estéril, malo, lleno de orgullo? Entonces nuestras obras serán estériles y malignas. ¿Trabajamos por cultivar sentimientos internos de misericordia, de humildad, de paz? Entonces nuestras obras irán siendo también benignas y edificantes. Tenemos que cuidar y examinar nuestro corazón, que es la raíz de las palabras y de las obras.

         También podemos hacernos la pregunta de cómo construimos nuestro porvenir. Sea cual sea nuestra edad, ¿podemos decir que estamos poniendo la base de nuestro edificio en valores firmes, en la palabra de Dios? ¿O en modas pasajeras y en el gusto del momento? ¿Cuidamos sólo la fachada o sobre todo la interioridad?

José Aldazábal

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         Hoy el Señor nos sorprende haciendo publicidad de sí mismo. No es mi intención escandalizar a nadie con esta afirmación, pues es nuestra publicidad terrenal lo que empequeñece a las cosas grandes, y es el prometer que dentro de unas semanas una persona gruesa pueda perder 5 ó 6 kg usando un determinado producto-trampa (u otras promesas milagrosas por el estilo) lo que nos hace mirar a la publicidad con ojos de sospecha.

         Mas cuando uno tiene un producto garantizado al 100% (como el Señor), y no vende nada a cambio de dinero (sino que solamente nos pide que le creamos, tomándole como guía y modelo de un preciso estilo de vida), entonces esa publicidad no nos ha de sorprender, y nos parecerá la más lícita del mundo. ¿No ha sido Jesús el más grande publicitario al decir de sí mismo "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6)?

         Hoy afirma que quien "venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica" es prudente, "semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca" (vv.47-48), de modo que obtiene una construcción sólida y firme, capaz de afrontar los golpes del mal tiempo.

         Si, por el contrario, quien edifica no tiene esa prudencia, acabará por encontrarse ante un montón de piedras derruidas, y si él mismo estaba al interior en el momento del choque de la lluvia fluvial, podrá perder no solamente la casa, sino además su propia vida.

         Pero no basta acercarse a Jesús, sino que es necesario escuchar con la máxima atención sus enseñanzas y, sobre todo, ponerlas en práctica, porque incluso el curioso se le acerca, y también el hereje y el estudioso. Pero será solamente acercándonos, escuchando y, sobre todo, practicando la doctrina de Jesús como levantaremos el edificio de la santidad cristiana, para ejemplo de fieles peregrinos y para gloria de la Iglesia celestial.

Raimundo Sorgia

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         Cristo nos enseña que la misericordia de Dios es más fuerte que la dureza del pecado. Podríamos pensar, leyendo superficialmente este pasaje, que tendrían razón los que piensan en la predestinación eterna, que si hemos nacido zarza no hay nada que hacer; por más que nos matemos trabajando por ser buenos, ¿para qué, si al fin y al cabo me condenaré? Soy árbol malo y no bueno. Estoy condenado a chamuscarme eternamente en el infierno.

         Pero esto sería tan absurdo como haber venido el mismo Verbo de Dios al mundo y haber sufrido tremendamente por unos pocos afortunados. A Dios no le importa dejar 99 ovejas por 1 oveja que se le escapa del redil; a Dios no le importa esperar toda una vida por el hijo que se le ha ido de su casa; a Dios no le importa llenar de besos y celebrar con fiesta grande al que parecía muerto por el pecado.

         Nuestro Dios es un Dios de tremenda misericordia. Ya lo dice el mismo Cristo en el pasaje antes leído: "¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?". Él vino para que el hombre tenga vida eterna en él. Él nos enseña el camino, y de nuestra parte está el hacerle caso o no.

         Si eres un árbol malo (porque pocos podemos gloriarnos de dar buenos frutos) mira a Cristo, comienza a edificar sobre su roca, deja que él arregle las cosas, colabora activamente con la gracia. Él lo hará todo, si le dejas. Y de zarza llegarás a ser deliciosa higuera, y darás frutos de salvación.

         Si Dios ya hubiera dispuesto quién se salva y quién no, habría mandado a sus ángeles a sacar la cizaña del trigo y a quemarla. Pero ha dejado el campo sin tocar porque espera tu respuesta a su amor. Está esperando que le des permiso para que edifique un grandioso palacio inamovible en la roca de su corazón, y llegues a ser un delicioso árbol para los demás. ¿Podríamos ser tan obstinados en cerrar las puertas a un Dios que no se cansa de buscar a su oveja perdida?

Clemente González

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         El Señor es el que edifica nuestra vida como una morada digna para él. Sabemos nosotros la fuerza de nuestras palabras y de nuestras obras. Podremos aparentar ser personas rectas; sin embargo nuestras palabras y lo que hagamos manifestarán qué clase de personas somos realmente. Hoy el Señor nos reúne para alimentar nuestra vida, nuestro corazón, con su Palabra, que, como una buena semilla, es sembrada en nosotros para que produzca abundantes frutos de salvación.

         El Señor quiere que nos hagamos uno con él en la participación de su cuerpo y de su sangre, y que seamos signo de unidad y no de división. Los que participamos de la mesa del Señor no podemos vivir divididos a causa de nuestros egoísmos.

         El amor fraterno debe ser el 1º fruto de nuestra unión a Cristo, pues quien odia a su hermano es un mentiroso cuando dice que ama a Dios. No nos convirtamos en destructores de la Iglesia, más bien construyámosla mediante una vida recta, que propicie la alegría y la paz entre nosotros.

         Al paso del tiempo no podemos vivir a la deriva. Los que no tienen un rumbo definido en su vida no pueden decir que están extraviados o perdidos. ¿Qué somos actualmente? ¿Qué cimientos tiene nuestra vida? Puede ser que iniciemos muchas cosas y fácilmente las abandonemos no sólo por falta de una sana disciplina, sino porque no sabemos lo que realmente pretendemos.

         Contemplar hacia el horizonte y vernos realizados de alguna forma nos pone en camino. De lo contrario, el futuro nos encontrará desprevenidos y nos derrumbaremos estrepitosamente en la decepción y en la depresión. El Señor no sólo nos quiere en diálogo llamándolo a él Señor, y hermano a nuestro prójimo. Sino que nos quiere cercanos unos a otros, e identificados con él.

         Mientras la palabra de Dios no transforme nuestra vida, y mientras la palabra de nuestro prójimo no nos ponga en camino para remediar sus males no podemos decir que realmente vivimos con firmeza nuestra fe. Si hemos entrado en comunión de vida con el Señor no nos quedemos en una fe de labios para afuera; si somos hijos de Dios que sean nuestras obras las que manifiesten lo que realmente llevamos en nuestro corazón.

         Roguémosle al Señor que nos conceda la gracia de saber escuchar su Palabra y ponerla en práctica, para que no sólo nos llamemos hijos de Dios, sino que lo seamos en verdad.

Bruno Maggioni

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         La pregunta de Jesús en el evangelio de hoy no pierde actualidad: "¿Por qué me decís Señor, Señor, y no hacéis lo que yo os mando?". El Génesis nos relata con primorosa belleza el poder que reside en la palabra de Dios: "Dijo Dios... y fue así" (Gn 1, 6-7.9.11). Lo propio de la creación es precisamente eso: no hay ruptura, no hay solución de continuidad entre la palabra pronunciada y la obra realizada.

         Cristo, en cambio, detecta ahora una situación diferente. Ahora sucede que Dios habla y nada sucede. Es ante todo una afrenta a Dios. Nuestra rebeldía es como un modo de decirle que él no es nuestro creador o nosotros no somos sus criaturas.

         Hay otra cosa interesante en el texto de hoy. El mismo Señor nos hace ver que hay una continuidad entre el corazón y la boca, pues enseña que "la boca habla de lo que está lleno el corazón". Esto, que es verdad en el hombre, semejanza de Dios, es verdad de modo eminente en Dios, de quien el hombre ha sido hecho imagen. Es decir: la boca de Dios no habla otra cosa sino lo que tiene su corazón.

         Es lo mismo que leemos en el evangelio de Juan: "Nadie ha visto jamás a Dios, sino el unigénito Dios, que está en el seno del Padre. Él lo ha dado a conocer" (Jn 1, 18). Cristo, palabra del Padre, es también la expresión del ser íntimo del Padre, de modo que nada más cabe conocer de Dios sino lo que podemos saber a través de Cristo y en Cristo.

Nelson Medina

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         De la abundancia del corazón habla la boca. Cada árbol se conoce, si es bueno o malo, por sus frutos. Aquello que hacemos y hablamos manifiesta qué clase de gente somos. No basta llamar Señor, Señor a Jesús para decir que somos sus discípulos.

         Si en verdad hemos asentado firmemente en él nuestra vida, permanezcámosle fieles en el testimonio que demos a través de nuestro trabajo a favor del evangelio tanto con nuestras obras como con nuestras palabras. Probablemente lleguen momentos muy arduos que quisieran desanimarnos en este trabajo.

         Sin embargo sólo una fe verdadera, sólo una esperanza intensa y sólo un amor ardiente al Señor podrá impedir que nos derrumbemos; pues como decía Pablo, "¿quién podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?". Pero Dios, que nos ama, hará que salgamos más que victoriosos de todas estas pruebas.

         Procuremos, con la ayuda de Dios, que nuestra fe no se nos quede en puras exterioridades, sino que lo que hagamos externamente sea consecuencia de haber aceptado al Señor en nuestra propia vida.

José A. Martínez

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         Para hacer el mal, no necesitamos que otro nos lo indique, y nos basta con dar de lo propio. En cambio, nada podemos para el bien si no imploramos al Padre que nos dé de su santo Espíritu. Confrontado también en el evangelio de Juan:"Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Quien permanece en mí, y yo en él, lleva mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5). Como dice el magisterio de la Iglesia:

"Cumplen su voluntad y no la de Dios cuando hacen lo que a Dios desagrada. Mas cuando hacen lo que quieren hacer para servir a la divina voluntad, aunque gustosos hagan lo que hacen, ello es siempre por el querer de Aquél por quien es preparado y ordenado lo que ellos quieren" (Denzinger, 196).

         La fe firme que nunca vacila es la que se apoya sobre las palabras de Jesús como sobre una roca que resiste a las tormentas de la duda porque dice: "Sé a quien he creído, y por su causa padezco estas cosas. Mas no me avergüenzo, puesto que sé a quién he creído, y estoy cierto de que él es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día" (2Tim 1, 12).

         Los que escuchan la Palabra y no la guardan como un tesoro demuestran no haberla comprendido, según Jesús nos enseña: "Sucede a todo el que oye la palabra del reino y no la comprende, que viene el maligno y arrebata lo que ha sido sembrado en su corazón: éste es el sembrado a lo largo del camino. Pero el sembrado en tierra buena, éste es el hombre que oye la palabra y la comprende: él sí que fructifica y produce ya ciento, ya sesenta, ya treinta" (Mt 13, 19-23).

Severiano Blanco

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         Respecto a la 1ª parte del evangelio de hoy, destacaría que toda planta buena, árbol bueno y vida buena, da frutos buenos. Y que viendo los frutos de cada uno, se sabrá cómo son sus raíces, corazón y alma. Respecto a la 2ª parte, diría que toda planta, árbol o vida, que está fundamentada en la roca de Cristo, está sana y es buena.

         En mí está la semilla, porque Dios la ha sembrado en mi campo. Y él mismo quiere verla crecer, desarrollarse y fructificar. Lo único que me pide a mí es que cuide el jardín, que arranque la cizaña, y que escarde las hierbas malas.

         Feliz de mí si, cuando Dios mira su obra (que es mi vida) la encuentra hermosa y floreciente, capaz de acoger a los pájaros, de alimentar al mendigo, de alegrar la tarde sombría de algún corazón que sufre.

Dominicos de Madrid

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         Jesús está ubicado en las afueras de Cafarnaum. Su enseñanza se desplaza a las periferias, a los lugares de trabajo de los campesinos y empleados. El centro, la sinagoga, ha sido adversa para con él; por eso, el campo y el suburbio se convierten en el escenario de la acción de Dios. El andar en la periferia lo hace sensible a la situación de los marginados. A éstos el aparato legal los ha dejado maltrechos y en su conciencia se minusvaloran. Sin embargo, Jesús reconoce en ellos los valores del Reino.

         El pueblo, los discípulos y toda la cohorte de enfermos, pecadores y menesterosos en medio de las inevitables ambigüedades de todos los seres humanos, rebosan de amor a Dios y al prójimo. Y esa actitud de sus corazones es la que Jesús valora en ellos, pues medio de su ignorancia y simpleza, son capaces de dar los buenos frutos del Reino.

         La palabra en ellos puede encontrar un terreno abonado, una tierra fértil donde los valores del Reino crecerán. Es decir, personas que han construido sobre la roca del amor y del servicio el edificio de su fe. Por eso, en el día de la tormenta no los vencerá el abatimiento ni la adversidad.

         Hoy Jesús nos convoca a ser casa construida sobre la roca de la solidaridad, árbol de excelentes frutos, corazón que rebosa misericordia. De lo contrario, nosotros y todas nuestras comunidades andaremos dando palos de ciego sin acertar a descubrir la verdadera dirección del Reino de la vida.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 12/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A