1 de Septiembre

Martes XXII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 1 septiembre 2026

Lc 4, 31-37

         La intervención de ayer de Jesús en la Sinagoga de Nazaret había resultado contraproducente, y tuvo como resultado su expulsión de la ciudad. Hoy vemos a Jesús en la Sinagoga de Cafarnaum, centro de su actividad durante la etapa de su vida en Galilea y lugar donde la gente acudía para oír la palabra de Dios y sentirse liberados por unos instantes.

         Pues bien, en esta sinagoga se encuentra Jesús, nada menos, que un hombre esclavizado por el demonio, que le enajena completamente la libertad y lo hace hablar como instrumento de otros. Este hombre, sorprendentemente, habla en plural, y lo que dice es compartido también por los presentes. Para él, Jesús no ha venido a liberarlos, sino a destruirlos. El hombre con el espíritu inmundo sabe que Jesús es el Mesías, que es el consagrado de Dios y que no sigue el camino del mesianismo político, sino que ha venido a liberar a todos, sin excepción.

         La liberación del endemoniado es prueba decidida del programa expuesto por Jesús en la Sinagoga de Nazaret. Él ha venido a liberar no sólo a pobres, ciegos y lisiados (cautivos del cuerpo), sino también a cuantos están esclavizados y alienados por el pecado (cautivos del espíritu).

         El Dios anunciado por el Mesías (por cierto, rechazado por los suyos) ha dejado ya de ser patrimonio de Israel, para convertirse en patrimonio de la humanidad, y en especial de esa multitud de desarraigados (materiales) y alienados (espirituales) que han perdido la capacidad de pensar por sí mismos y son esclavos del pecado (que hace perder la capacidad de pensar, y no sólo por sí mismo).

Ortensio Spinetoli

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         Jesús continúa hoy su enseñanza en un espacio más ventilado que el de Nazaret, el de la ciudad de Cafarnaum. Sigue frecuentando, eso sí, la sinagoga, con el fin de encontrar público a quien proclamar la buena noticia. Pero su enseñanza no es como la de los letrados (funcionarios de la palabra de Dios), a quienes no les va ni les viene nada. Y la gente se "quedaba impresionada por su enseñanza, porque hablaba con autoridad" (v.32). Habla por propia experiencia y con convicción; cree en lo que dice, y lo dice con fuerza, de tal manera que libera a quien lo escucha.

         Ante este seguimiento de la gente a Jesús, el demonio se pone en guardia, y envía a uno de sus poseídos a la sinagoga, para intentar cortar la sangría de clientela que estaba sufriendo. Sucedió, pues, que entró en la sinagoga "un hombre poseído por un demonio inmundo" (v.33).

         Un endemoniado es un hombre poseído por el demonio, que le enajena completamente la libertad y que le hace hablar como instrumento suyo (de ahí que hable en plural, porque quien habla no es el hombre sino el demonio).

         En concreto, el demonio dice a Jesús: "Déjanos en paz. ¿Qué tienes tú contra nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos?". Es decir, recuerda a Jesús su origen y su tradición familiar, tras lo cual le interpela: "Yo sé quién eres tú, el consagrado por Dios" (v.34). Lo que un día antes habían sacado los nazarenos a la luz (en Nazaret), hoy lo saca el demonio a la luz (en Cafarnaum), tratando de volver a provocar el fracaso en Jesús.

         Pero Jesús no se deja instrumentalizar. Libera con un conjuro al hombre poseído por aquella ideología de muerte y le devuelve su condición de hombre libre, que piensa por sí mismo. Este no es, de ninguna manera, un caso aislado. La gente no para de preguntarse: "¿Qué modo de hablar es éste, que con autoridad y fuerza da órdenes a los espíritus inmundos y salen?" (v.36).

         Efectivamente, el modo de hablar de Jesús es palabra que crea espacios de libertad, es palabra que al mismo tiempo que es pronunciada actúa y libera, es la Palabra ungida con el Espíritu creador de Dios que continúa el proceso de humanización del hombre en medio de tantos arribistas que se arrogan el poder de Dios en beneficio de sus intereses mezquinos. La noticia se esparce por todos los rincones de la comarca.

Josep Rius

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         Nos dice el evangelio de hoy que Jesús enseñaba en la Sinagoga de Cafarnaum, y que todos "estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad". Estamos, pues, en los primeros días de la predicación pública de Jesús. Todos los evangelistas han subrayado la autoridad extraordinaria, el prestigio que emanaba de su persona y de su palabra.

         El ambiente judío de aquel tiempo estaba marcado por una gran influencia de las escuelas, de los grupos de escribas y letrados que se dedicaban a comentar la Escritura a fuerza de referencias bíblicas. Ahora bien, Jesús expone unos comentarios nuevos que no se refieren a ninguna escuela de pensamiento: del fondo de sí mismo surge un pensamiento magistral revestido de autoridad, y más que apoyarse en tradiciones de escuela, apela directamente a la conciencia de sus interlocutores.

         En la sinagoga había un hombre que tenía un demonio inmundo, y se puso a gritar a voces: "¿Qué tienes tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?". Un hombre poseído por un demonio es un esclavo del demonio, que hace (antes o después) lo que quiere ese demonio.

         El demonio es siempre hoy el que gravita sobre la libertad del hombre, para encadenarlo, para poseerlo. ¿Cuáles son mis alienaciones? ¿Qué es lo que me encadena? ¿Cuál es el mal que pesa sobre mi libertad? Costumbres o hábitos, pecados, aficiones...

         Tras lo cual, siguió diciendo el demonio a Jesús: "Sé muy bien quién eres: el Santo de Dios". El imperio del mal se ve, pues, amenazado, porque sabe que la santidad misma de Dios (la infinita perfección del amor) está entrando en liza, en el campo de batalla.

         Jesús le intimó: "¡Cállate la boca y sal de ese hombre!". El demonio tiró al hombre por tierra en medio de los asistentes, y salió de él sin hacerle ningún daño.

         Tal es el 1º milagro de Jesús relatado por Lucas, el del poseído en la sinagoga de Cafarnaum. Una liberación, un hombre encadenado que es libertado de la malévola influencia que pesaba sobre él. Un hombre que vuelve a ser normal, que vuelve a ser un hombre. Y todo "sin hacerle ningún daño". La fuerza malévola es verdaderamente dominada. El demonio ha encontrado a otro más fuerte que él: Jesús, desde el 1º día el Salvador.

         Todos quedaron estupefactos, y se decían unos a otros: "¿Qué tendrá esa palabra, que manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos?". En cuanto Jesús habla a las multitudes o a los demonios, es la autoridad y el poder de "su palabra" lo que choca. ¿Quién es, pues, este Jesús? Se creía conocerlo, pero se estaba equivocado respecto a él. No obstante durante treinta años, se le ha visto vivir. Se era su cliente, su vecino, su amigo, su primo.

         Así sucede a menudo: nos vemos obligados a abandonar un primer punto de vista que habíamos formado sobre alguien... para descubrir otro aspecto de su personalidad profunda. Señor, haznos disponibles.

         Nos dice el evangelio que la fama de Jesús "se extendía por toda la región". Hoy también Jesús está de moda, y la opinión pública le es favorable. Pero, ¿sabremos ir más allá de las publicidades superficiales para descubrirle, a él, en el secreto de su persona viviente?

Noel Quesson

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         Tras ser rechazado en Nazaret, Jesús va a Cafarnaum, y allí "habla con autoridad" a la gente, y despierta la admiración de todos. También hace allí Jesús su 1º primer milagro, liberando a un poseso de su mal. Predica y a la vez libera.

         La Buena Noticia es que ya está actuando en este mundo la fuerza salvadora de Dios. El mal empieza a ser vencido, y un exorcismo es la 1ª victoria de Jesús contra el Maligno. El demonio lo expresa certeramente: "¿Has venido a destruirnos?". Y protesta, porque (naturalmente) no quiere perder terreno.

         Los contemporáneos de Jesús unían lo físico y lo espiritual. La causa del mal de una persona (corporal, anímico, espiritual) la atribuían normalmente a los espíritus malignos. Sea cual sea el origen de estos males, Jesús libera a toda la persona: a veces le cura de su enfermedad, otras de su posesión maligna, otras de su muerte, y sobre todo, de su pecado.

         Hay una visión integral de la persona: de sus males y de su salvación. El Señor Resucitado quiere seguir liberándonos a nosotros de nuestros males. ¿Cuáles son nuestros demonios particulares? ¿Somos esclavos de las envidias, miedo, depresiones, egoísmo, materialismo? Jesús está siempre dispuesto a curarnos.

         Cuando se nos dice, al invitarnos a comulgar en la misa, que él es "el que quita el pecado del mundo", entendemos que Jesús nos quiere totalmente libres, en el sentido más pleno de la palabra. Pero también quiere que colaboremos con él en la curación de los demás. La fuerza curativa de Jesús pasó a su comunidad: por eso Pedro y Juan curaron al paralítico del templo "en nombre de Jesús".

         La Iglesia, sobre todo por sus sacramentos, pero también por su acogida humana, por su palabra de esperanza, por su anuncio de la buena noticia del amor de Dios, debería estar curando males y posesiones de todos. Repartiendo esperanza, liberando de esclavitudes y venciendo al mal.

José Aldazábal

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         Hoy vemos cómo la actividad de enseñar fue para Jesús la misión central de su vida pública. Pero la predicación de Jesús era muy distinta a la de los otros maestros y esto hacía que la gente se extrañara y se admirara. Ciertamente, aunque el Señor no había estudiado (Jn 7, 15), desconcertaba con sus enseñanzas, porque "hablaba con autoridad" (v.32). Su estilo de hablar tenía la autoridad de quien se sabe el "santo de Dios".

         Precisamente, aquella autoridad de su hablar era lo que daba fuerza a su lenguaje. Utilizaba imágenes vivas y concretas, sin silogismos ni definiciones; palabras e imágenes que extraía de la misma naturaleza cuando no de la Escritura.

         No hay duda de que Jesús era buen observador, hombre cercano a las situaciones humanas: al mismo tiempo que le vemos enseñando, también lo contemplamos cerca de las gentes haciéndoles el bien (con curaciones de enfermedades, con expulsiones de demonios...). Leía en el libro de la vida de cada día experiencias que le servían después para enseñar. Aunque este material era tan elemental y “rudimentario”, la palabra del Señor era siempre profunda, inquietante, radicalmente nueva, definitiva.

         La cosa más grande del hablar de Jesucristo era el compaginar la autoridad divina con la más increíble sencillez humana. Autoridad y sencillez eran posibles en Jesús gracias al conocimiento que tenía del Padre y su relación de amorosa obediencia con él (Mt 11, 25-27).

         Es esta relación con el Padre lo que explica la armonía única entre la grandeza y la humildad. La autoridad de su hablar no se ajustaba a los parámetros humanos; no había competencia, ni intereses personales o afán de lucirse.

         Se trataba de una autoridad, la de Jesús, que se manifestaba tanto en la sublimidad de la palabra o de la acción como en la humildad y sencillez. No hubo en sus labios ni la alabanza personal, ni la altivez, ni gritos. Mansedumbre, dulzura, comprensión, paz, serenidad, misericordia, verdad, luz, justicia... fueron el aroma que rodeaba la autoridad de sus enseñanzas.

Joan Bladé

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         Después del incidente en la sinagoga de Nazaret, Jesús se desplaza a Cafarnaum, donde fue acogido y recibido de un modo diferente. En Cafarnaum también predicó Jesús en una sinagoga, en día de sábado. Pero los habitantes de esta ciudad, a diferencia de sus paisanos, no reaccionaron mal ante su modo de proceder con autoridad.

         En la sinagoga se hallaba un hombre endemoniado, y empezó a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé quién eres: tú eres el Santo de Dios". Y Jesús se enfrenta al endemoniado, que lo ha reconocido, que sabe quién es Jesús. Pero ¿qué clase de endemoniado era éste?

         Los endemoniados eran frecuentes en el tiempo de Jesús. Había espíritus de locura, sordera, mudez, epilepsia, fiebre... y también espíritus de mentira, engaño e impureza. Jesús increpa al demonio, y el demonio sabe que se encuentra frente al "santo de Dios".

         Jesús le ordena que salga y el demonio arrojó al hombre al suelo y huye. La gente se asombra ante el poder de Jesús y en lugar de sentir terror o rechazo como lo hicieron sus paisanos de Nazaret, proclaman por todas partes la noticia de su poder milagroso.

         En este texto descubrimos cómo las palabras de Jesús están llenas de eficacia y fuerza contra el mal que esclaviza a este hombre. Y esto se debe a que Jesús es el "santo de Dios". La gente quedó aterrada y se decían unos a otros: "¿Qué significa esto? ¿Con qué autoridad y poder manda a los demonios?".

         Nadie podía parar aquel hablar y hablar buscando una explicación. Y sólo había una: que estaban ante una nueva manera de enseñar; con hechos, con poder de Dios. Jesús hablaba y sucedía lo nuevo: el hombre quedaba liberado del mal que lo esclavizaba. Sus hechos mismos eran su enseñanza. Había anunciado que el plazo para el mal ya se había vencido, y que Dios estaba llegando para reinar y aquel hombre liberado del demonio era el testimonio de la verdad de su anuncio.

José A. Martínez

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         Una de las estrategias más astutas del demonio, y que usa con gran habilidad sobre todo en nuestros días, es hacernos creer que no existe. Hoy se busca explicar muchos de los efectos que el demonio produce en el hombre por medio de la psicología y otras ciencias afines. Sin embargo el demonio es una realidad que atenta contra nuestra vida eterna y contra nuestra felicidad en este mundo.

         El juego de la ouija, la lectura de las cartas, consultar adivinos, poner nuestra confianza en el horóscopo, no son un juego pues pueden abrir la puerta para que Satanás pueda operar con mayor facilidad en la vida del hombre y destruirlo.

         La fe es la barrera que pone a raya la obra del demonio de manera que solo pueda entrar en relación con nosotros por medio de la tentación. Por ello cuando nosotros buscamos el conocimiento al margen de Dios estamos debilitando este escudo protector.

         No abras la puerta de tu corazón a lo que puede destruir tu felicidad en esta vida y en la otra. Sólo en Dios encontrarás la respuestas a tu vida. Ora, lee la Sagrada Escritura, busca vivir en gracia y serás feliz.

Ernesto Caro

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         El texto evangélico, hablando de la "autoridad de Jesús" en sus palabras y acciones, nos trae a la memoria grandes momentos de la vida del Señor: momentos de oración, momentos de ejercicio del perdón y  de la misericordia, momentos de búsqueda del alma perdida, momentos de ternura en sus sentimientos, y también momentos en que la autoridad de su palabra y de su poder taumatúrgico sorprenden a los hombres.

         La autoridad de Jesús era la propia del poseído por Dios, la propia del Hijo que siempre hace la voluntad del Padre, la propia del Enviado a la misión de salvarnos. No es extraño, Señor Jesús, que sorprendas a las gentes por el imperio con que hablas, y que los demonios tiemblen ante ti. Porque tú eres voz de hombre y voz de Dios, en tono de amor y misericordia. ¡Bendito seas por siempre!

         En efecto, Jesús es sencillez y poder, autoridad y humildad, motivo de admiración y raíz de contradicción, Hijo del Padre e Hijo del hombre, vía de salvación y ocasión de tropiezo. Nos es imposible  conocerle en profundidad, y no podemos prescindir de él. ¡Bendito seas, Señor!

Dominicos de Madrid

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         Después de haber ofrecido una síntesis de la predicación de Jesús, Lucas intenta ahora ofrecernos un ensayo de su actividad taumatúrgica: es un modo muy plástico para dar un contenido a la expresión extremadamente sintética de los dichos y hechos de Jesús (Hch 1, 1).

         En este pasaje se dice explícitamente que Jesús no sólo enseñaba con autoridad (v.32) sino que también mandaba a los espíritus (v.36). De este modo, con una idéntica expresión, se caracterizan a ejemplo de los dichos los hechos de la vida del Salvador.

         "Con autoridad y con poder". El poder (dynamis) del Espíritu está en Jesús (Lc 4, 1.18) y lo hace fuerte contra Satanás (Lc 4, 1-13). Es sintomático que la actividad taumaturga de Jesús comienza con un exorcismo. Se delinea así desde el principio la lucha abierta contra Satanás.

         Es considerado que los demonios, especialmente en el evangelio según Marcos, son los teólogos de Jesús (esto en cuanto hacen afirmaciones positivas, enunciando algunos títulos cristológicos en torno a su persona). Aquí encontramos igualmente una confirmación: "Yo sé quien eres tú: el santo de Dios" (v.34).

         Según la tradición judía, las fuerzas demoníacas debían ser derrotadas en la era mesiánica: puede darse, por tanto, que el exorcismo fuese considerado como un testimonio a favor del mesianismo de Jesús. Es lo que Lucas querría aquí explicar.

         Una actualización de nuestro texto podría enmarcase en la dinámica lucana de la historia de la salvación. La Iglesia es continuadora de la obra de Jesús. También nosotros (comunidad cristiana) hemos recibido el don del Espíritu que nos capacita para perpetuar las palabras y las acciones de Jesús a lo largo de la historia.

         Toda acción que se oriente al bien de la persona humana, sea el que sea, entronca necesariamente con la acción transformadora, rehabilitadora y liberadora iniciada por Jesús y se constituye en una pieza que completa el impresionante mosaico de esta historia salvífica.

Confederación Internacional Claretiana

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         Jesús viene de enfrentar la oposición de sus paisanos, que en Nazaret le han desafiado pidiéndole signos espectaculares para creer en él (Lc 4, 3). Jesús no se había dejado tentar, y salió (bajo amenazas de muerte, eso sí) hacia Cafarnaum. Cafarnaum era una ciudad cosmopolita, cercana a una importante ruta comercial, y su población era una mezcla de diversas nacionalidades.

         Al llegar a Cafarnaum, Jesús entra en la sinagoga, y allí se pone a hablar a una multitud de judíos y prosélitos, que admiran la autenticidad y convicción de su mensaje. Jesús era todo lo contrario de los funcionarios de la sinagoga. Éstos predicaban y enseñaban sin pasión, como parte de un empleo. Jesús, en cambio, interpreta la Escritura con la fuerza del Espíritu (Lc 4, 16).

         De entre los asistentes se levanta un hombre y, como endemoniado, lo amenaza en nombre de la multitud. Ve el nuevo camino propuesto por Jesús como una amenaza contra las expectativas nacionalistas. Los demonios que poseen a las personas sólo les dejan ver la violencia como camino para liberarse de la opresión romana.

         Jesús confronta al demonio de la violencia que atormenta la conciencia del hombre. Entonces el hombre cae al piso, porque pierde el falso apoyo de éste demonio. De ahora en adelante, el hombre, liberado del demonio, tendrá que ponerse de pié apoyado en la enseñanza de Jesús. Esta le permitirá cambiar la mentalidad endemoniada por una mentalidad libre, abierta al Espíritu de Dios.

         Hoy vivimos con la mente enajenada por ideologías que no permiten descubrir el peligro de la violencia que crece en una espiral incontenible. La palabra de Jesús nos llama a que no caigamos fascinados por el monstruo de la muerte sino que lo enfrentemos con una propuesta de vida y justicia.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 01/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A