19 de Octubre

Lunes XXIX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 octubre 2026

Lc 12, 13-21

         Se presenta hoy la interpelación de "uno de la multitud" interesado en cuestiones de herencia, secuela del falso valor del dinero: "Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia" (v.13). De nuevo podría sorprendernos este requerimiento, si interpretásemos las advertencias anteriores contra el fariseísmo en sentido moralizante.

         Esta interpelación central revela que el problema de fondo es la cuestión del dinero (medios, posición social, eficacia). Que no se trata de una herencia en sentido figurado, lo evidencia la respuesta de Jesús y la parábola con que la apoya. La multitud que, aunque presente, había sido dejada de lado constantemente por Jesús, interviene por medio de alguien que la representa. Este lo considera un maestro, y le pide que ejerza como árbitro (v.14).

         En 1º lugar, Jesús no viene a echar remiendos al sistema, y su magisterio no va en la línea de los rabinos de Israel. Y la respuesta, en 2º lugar, se dirige a todos: "Guardaos de toda codicia, pues aunque uno ande sobrado de dinero, la vida no depende de los bienes" (v.15). La interpretación de la parábola se halla en la acomodación que hace de ella el último versículo: "Eso le pasa al que amontona riquezas para sí y no es rico para con Dios" (v.21).

Josep Rius

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         Jesús no ha venido al mundo a dirimir los litigios jurídicos entre las personas, y por eso hoy se niega a poner su autoridad en favor de una u otra opción, tanto en el orden familiar como social. Él viene a salvar a los hombres (a todos, y de forma íntegra) y a encender en el mundo el fuego del amor. Y con esa salvación y ese amor debería resolverse cualquier litigio entre hermanos, entre ellos mismos (1Cor 6, 1-11).

         El hombre se halla siempre tentado a buscar su salvación en los bienes, en las posesiones, a poner en las riquezas su seguridad. Por eso el discípulo debe estar siempre en guardia contra esta tentación insidiosa. Los bienes no aseguran ni la misma vida, y menos aún la salvación.

         El hombre de la parábola dialoga consigo mismo, pero este diálogo falla en el orden de la salvación, al faltarle interlocutores (Dios o los demás). Querer resolver su destino a solas es insensato, y sólo el que atesora bienes que sean valores ante Dios y para los hermanos, se muestra cuerdo y saca provecho para un futuro definitivo (Mt 6, 19-21).

Juan Mateos

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         Jesús no acepta hoy la mediación que le ofrecen, y no quiere hacer de juez entre 2 hermanos que sólo tienen de ello el nombre. Ser hermano es, ante todo, compartir lo que se tiene y lo que se es, y uno de los dos quiere quedarse con lo que pertenece a los dos. No obstante, Jesús no se inhibe y quiere enseñar cuál es el camino para que esto no suceda.

         Pocos textos como éste reflejan la inmensa pobreza de un rico, la gran soledad de quien se creía tenerlo todo, la inseguridad de quien piensa que sus posesiones le garantizan no sólo el presente, sino el futuro, el egoísmo de quien podía permitirse el lujo de ser generoso y ayudar con sus bienes a los demás y sólo sueña en acumular para sí y darse la buena vida, aunque los otros no tengan ni para comer.

         Jesús se muestra, por su parte, realista. Y para él, los bienes no son malos ( pues son necesarios para la vida), pero sí pueden convertirse en perversos cuando crean división entre hermanos. Y para explicarlo mejor, les pone la Parábola del Rico Insensato.

         El rico de la parábola es paradigma de todos los ricos, pues los bienes que posee ("una gran cosecha") no parece que fuesen suyos ni el fruto de su trabajo, al comenzar la parábola con estas palabras: "Las tierras de un hombre rico dieron una gran cosecha".

         Las tierras son de Dios y no pertenecen a nadie, y por tanto tampoco al rico. Eso sí, Dios ha dejado esas tierras a la humanidad para que la "domine y multiplique" (Gn 1, 28), con la condición de que la comparta (según la legislación del Deuteronomio, que el rico debía conocer) con el pobre, el huérfano, la viuda y el extranjero ( esto es, con los seres desvalidos y desamparados).

         Pero el rico, que se supone miembro del pueblo de Dios, no tiene esta idea, y su problema se reduce a cómo almacenar una cosecha tan grande, acumulando sin compartir. Pero no acumular como hizo José en Egipto (que ahorró en bonanza para luego repartir en sequía), sino acumular para sí, para darse una buena vida y garantizarse el futuro.

         Rico como era, aquel personaje se había imaginado que el bien más preciado (la vida) también era de su propiedad. Y lo que fue creado para amar, en humanidad y felicidad, aquel rico lo convirtió en egoísmo, reduciéndose a sí mismo a un ser solitario. Ni tenía ya siquiera con quien hablar, pues la parábola termina con un monólogo en el que su personalidad se desdobla en dos: "Entonces se dijo".

         Y como está solo, no consulta con nadie y vive centrado en sí mismo, es Dios mismo quien interviene en la parábola ( la única vez que lo hace Dios en una parábola) para decirle: "Insensato, esta misma noche te van a reclamar la vida. Lo que tienes preparado, ¿para quién va a ser?".

          Muerto el solitario rico, tal vez la cosecha volvería a ser propiedad estatal, que por ley judía tenía que repartir entre el pueblo necesitado. Toda una utopía que casi nunca se cumple. Pero, ¡qué actual es este viejo evangelio!

Bruno Maggioni

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         La Parábola del Rico Insensato (vv.16-21) pertenece, sin duda, a una tradición muy antigua, puesto que figura también, según una versión más primitiva, en el apócrifo Evangelio de Tomás (n. 63). La discusión, en cuyo contexto Lucas ha situado esta parábola (vv.13-14), es también muy antigua, pero probablemente es propio de Lucas el haberla unido a la parábola mediante el añadido del v. 15.

         La discusión entre Jesús y los 2 hermanos les lleva a un problema de herencia. El mayor querría sin duda conservar intacta la herencia para sí (según la costumbre) y el menor, posiblemente, querría recibir su parte (Lc 15, 11-13). Jesús interviene en esta discusión para decir que él no intenta en absoluto ejercer una justicia distributiva. La razón que invoca para ello (v.14) es evidente: no ha recibido mandato alguno de la autoridad competente para tratar estos asuntos.

         Esta discusión adquiere todo su relieve, pues, dentro del cuadro de las reflexiones de Cristo acerca de su misión: él acepta el ser juez a la manera que lo es el Hijo del hombre, pero esta justicia no se parece en nada a la justicia distributiva de los hombres (Mt 20, 1-15), sino que es una justicia que justifica (que salva) y signo de un amor gratuito.

         Nos encontramos aquí en un contexto escatológico, en el que Cristo dice, al menos negativamente, lo que no será su juicio. Él niega a sus discípulos el derecho de sacralizar aquello que no debe ser sacralizado. Pero Lucas entiende este incidente en su sentido más moral, y preocupado por la dificultad de los ricos (para vivir la vida evangélica) intenta convencer a sus lectores de los peligros que encierra el uso del dinero.

         Añade, entonces, el v. 15, en el que Jesús da una segunda razón para negar el derecho a juzgar; los bienes de la tierra no tienen la suficiente importancia como para requerir su juicio de Hijo del hombre. Para adornar esta explicación introduce la parábola del rico insensato añadiéndole, además, una conclusión muy significativa en el v. 21 ("para él" y "para Dios").

         Pero no debemos pensar que Lucas proponga únicamente una moral de pobreza sin un horizonte escatológico. Jesús no quiere inculcar en sus auditores ricos el miedo a una muerte repentina e individual que acabaría con todas sus esperanzas. En realidad, la muerte de la que se trata aquí se refiere a la catástrofe escatológica y al juicio que ha de seguirle.

         La lección que se debe sacar es, pues, evidente: querer apoyarse en sus riquezas precisamente cuando tan solo el apoyarse en Dios podrá salvar a los hombres de la catástrofe, es una actitud insensata (en el sentido bíblico de la palabra, como incapacidad de reconocer a Dios y de unirse a él; Sal 13,1).

         Nos encontramos, pues, lejos de la doctrina terrena y moralizadora propuesta por el AT (Dt 6,10-13; Sab 16,20-21; Eclo 11,10-19). El relato de Lucas eleva la cuestión a un plano escatológico, y preconiza una actitud que sea signo del Reino y que sea la que haya de contar a partir de ahora (alcanzando así la concepción moral de Ef 4, 30-5, 2).

         Textos como el de hoy han servido a los padrea de la Iglesia para atacar el terrible poder del dinero. Pero no porque el dinero sea algo diabólico, sino porque es diabólico el uso que el hombre hace de él. Tampoco es un poder que esclavice de por sí, sino que es el hombre quien se hace esclavo suyo, o quien lo utiliza para tiranizar a sus hermanos.

         El dinero está bien utilizado cuando retribuye el trabajo del hombre, hace avanzar a la economía, permite el progreso feliz y armonioso de las personas, y ayuda a los más desvalidos. Eso ayuda a hacer prosperar una nación, y posibilita la colaboración en la promoción del Tercer Mundo.

         Pero el dinero es algo satánico cuando el hombre, al servirse de él, no tiene otro horizonte. O cuando el dinero se convierte en el depositario estatal. En este aspecto el evangelio del rico que amontona tesoros adquiere un matiz muy actual, cuando contemplamos los innumerables graneros en donde los estados engordan a costa de los ciudadanos.

Maertens-Frisque

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         No me gusta nada ir a dar un pésame ni las cámaras mortuorias con su olor a flores marchitas. Sin embargo, hoy me toca detenerme ante el catafalco del rico de la parábola. Porque se trata de uno que está lustroso y bien lleno, como diría el salmo. Y uno que ayer mismo soñaba con agrandar sus graneros. ¡Pobre necio! Pero permitid que me retire ya, pues se acercan los herederos, igualmente llenos y lustrosos.

         La verdad es que todos ellos son más necios que malos. Y es su necedad y la vaciedad de su vida lo que tenemos que denunciar. El dinero se necesita para vivir, pero nuestro héroe, en vez de hacer fructificar sus bienes, los ha enterrado. Sí, es un hombre estúpido, que encierra su cosecha en sus graneros, como si el grano no estuviera hecho para el pan y para la siembra. En definitiva, ese hombre no amaba la vida, sino su panza y barriga.

         Bloquear la vida: ése es el gran pecado. Y el dinero no es aquí más que un símbolo, con que ese hombre creía que podía comprar la vida, encerrarla y dominarla. Pensaba amañar la vida, pero es la vida la que se le escapa.

         Pablo denuncia ese mismo mal que roe el corazón del hombre: "Estabais muertos en medio de la concupiscencias de vuestra carne, siguiendo las apetencias de la carne y de los malos pensamientos". Se trata del círculo infernal del tener, del poder y del saber, cuyo resultado es idéntico: la vida queda encadenada. De ahí que diga Jesús: "Necio, esta misma noche te reclamarán el alma". El grano está hecho para el pan y para la siembra, la religión para el hombre; el don de la vida está hecho para vivir de él.

         Lo que nos propone el evangelio es una cura de alta montaña: "Buscad las cosas de arriba". En el fondo, ni el trabajo ni el capital son la última palabra sobre el hombre; tanto el uno como el otro se quedan sin respuesta ante la muerte, y la muerte es la mayor cuestión que persigue al hombre. "Estabais muertos, pero Dios misericordioso nos vivificó en Cristo". Habéis resucitado, y lo que ahora se necesita es vivir.

         En cuanto a vuestro dinero, esto es algo que hay que hacer fructificar para mayor gloria de Dios, porque "estabais muertos y ahora estáis vivos". Hermanos, haced una cura de alta montaña, respirad bien hondo el aire puro de Dios que es su Espíritu, el Espíritu de un mundo nuevo, un mundo al revés, ¡el mundo de arriba!

Marcel Bastin

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         La parábola que hoy Jesús nos presenta tiene su presentación, su desarrollo y su conclusión (y hasta su moraleja). Una lección, pues, completa, independiente, una unidad didáctica en sí misma.

         Como el capitalismo moderno, que necesita siempre crecer y ampliar mercados, acumular reservas, el protagonista de la parábola también tuvo que destruir sus graneros porque se le quedaban pequeños, para reconstruirlos en mayor escala. Y soñaba con que llegara el día en que poder decirse a sí mismo: "Tengo acumulado para muchos años, así que me ha llegado la hora de derrochar y gozar: come bebe y pásalo bien".

         Pero se introduce un factor inesperado, que irrumpe en dirección contraria: "Esa misma noche, Dios le pidió su alma". Una vida exitosa aparentemente, pero realmente fracasada. O pasarse la vida acumulando para perderlo todo en un momento.

         Pues bien, "así es el que amontona para sí mismo y no trabaja para Dios". Una parábola, pues, muy adecuada para la cultura occidental, la civilización que más valoró en su momento el trabajo, el esfuerzo, la previsión... y hoy día la acumulación.

         Y no sólo en la tradición histórica, sino en el presente más actual: ganar más, y concentrar ese capital, a pesar de la extensión de la pobreza en el mundo. La única diferencia con el protagonista de la parábola es que para nuestro ser humano actual nunca llega el momento de sentirse satisfecho, y decide que hay que descansar.

         La pregunta de Jesús vale igualmente para hoy. No es que no sea valioso y necesario el trabajo la creación de bienes. Lo que Jesús denuncia es el hacer consistir la vida en una desenfrenada carrera por conseguir más y más dinero. Es una pregunta muy semejante a aquella otra: "¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde uno a sí mismo?".

Severiano Blanco

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         Lucas es el único, de entre los 4 evangelistas, que nos relata el pasaje presente, en que uno del público se acerca y le pide a Jesús: "Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia".

         El derecho de sucesión estaba regido, como siempre en Israel, por la ley de Moisés (Dt 21, 17). Pero se solía pedir a los rabinos que hicieran arbitrajes y dictámenes periciales. En este caso una persona va a Jesús para que influya sobre su hermano injusto.

         Jesús le contestó Jesús: "¿Quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?". Notemos bien este rechazo. Se ha pedido a Jesús asumir una tarea temporal, y él ha rehusado. Es una tentación constante de los hombres pedir al evangelio una especie de garantía, una sacralización de sus opciones temporales, una anexión del evangelio a su partido o a su interés. De ahí la razón de ese rechazo: el evangelio no ha recibido ningún mandato, ni de Dios ni de los hombres, para tratar de esos asuntos temporales.

         El Concilio Vaticano II ha insistido varias veces sobre ese principio esencial de una autonomía relativa de las instituciones temporales: "Es de suma importancia distinguir claramente entre las responsabilidades que los fieles, ya individualmente considerados, ya asociados, asumen, de acuerdo con su conciencia cristiana y de los actos que ponen en nombre de la Iglesia en comunión con sus pastores" (GS, 76).

         Y no deja de repetir a los laicos que se atengan a su conciencia y a su propia competencia: "Que los cristianos esperen de los sacerdotes la luz y el impulso espiritual, pero no piensen que sus pastores vayan a estar siempre en condiciones de tal competencia que hayan de tener al alcance una solución concreta e inmediata por cada problema, aun grave, que se les presente" (GS, 43).

         Volviendo a Jesús, éste dijo dirigiéndose a la multitud: "Tened cuidado y guardaos de toda codicia, porque la vida de una persona, aunque ande en la abundancia, no depende de sus riquezas". Está claro que Jesús no renuncia a decir algo sobre asuntos temporales, y por eso recuerda un principio esencial. Se mantiene a ese nivel y deja a los jueces y magistrados que hagan la aplicación al caso concreto. Y les propuso esta parábola:

"Un hombre rico, cuyas tierras dieron una gran cosecha, decidió derribar sus graneros y construir otros más grandes para almacenar más grano y provisiones. Se dijo: Tienes reservas abundantes para muchos años. Descansa, come, bebe y date la buena vida. Pero Dios le dijo: Estás loco, porque esta misma noche te van a reclamar la vida".

         Tenemos aquí en profundidad, la razón por la cual varias veces Jesús ha rehusado intervenir en lo temporal: que el horizonte del hombre no se acaba aquí abajo. No obstante, "esa otra parte" de la vida del hombre (la parte esencial para Jesús) es fácilmente olvidada en beneficio de la vida temporal ("come, bebe, date la buena vida").

         Por esa otra visión de la vida Jesús sí que ha tomado siempre partido, y ha movilizado a todos los que quieren hacerle caso. El hombre que olvida o descuida esa parte de la vida es "un insensato", dice Jesús.

         Eso le pasa al que amontona riquezas "para sí" y no es rico "para Dios". El uso que hacemos del dinero lo cambia todo: quien lo usa "para sí" está loco, y quien lo usa "para Dios" es sabio. Fórmula lapidaria que condena cualquier egoísmo o esclavitud a consecuencia del dinero.

Noel Quesson

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         Alguien le pide hoy a Jesús que intervenga en una cuestión de herencias, y Jesús contesta que él no ha venido a eso, rehusando así hacer de árbitro en asuntos de política o economía. Lo que le interesa a Jesús es evangelizar, y llamar la atención sobre los valores más profundos. De ahí que su respuesta a los hermanos peleados por la herencia sea genérica: "Guardaos de toda clase de codicia".

         Tanto la codicia y avaricia, cuanto el afán inmoderado de dinero, o los peligros de la riqueza, es uno de los asuntos que más veces trata Lucas en su evangelio. Tal vez, cuando Lucas escribía, en la Iglesia se había introducido esa mentalidad pagana, y había debido crear algunos inconvenientes. De ahí que Lucas siempre enfatice la pobreza evangélica (y radical) predicada por Jesús, y enseñada de forma muy particular a los suyos.

         La parábola de hoy es sencilla pero muy expresiva. Uno se imagina al buen terrateniente gordo y satisfecho con su cosecha, haciendo planes para el futuro. Jesús le llama necio. Pero no porque esté rechoncho o enjoyado, sino porque ha sido estúpido a la hora de almacenar lo que un día le quitarán, y se quedará sin nada ante los demás y ante Dios. Y cuando se presente con las manos vacías en la presencia de Dios, ¿de qué le habrá valido sacrificarse y trabajar tanto?

         Una de las idolatrías que sigue siendo actual, en la sociedad y también en algunos cristianos, es la del dinero. Apliquémonos la lección, porque aunque no seamos ricos con los graneros llenos, nuestra codicia puede estar ambicionando dinero, o prestigio, o ser influyentes, o una ideología. Todo eso son idolatrías, porque ponemos nuestra confianza en ello y no en Dios.

         Ya nos dijo Jesús que "es imposible servir a dos señores, al dinero y a Dios", y que "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos". ¿Y por qué? Porque el rico está cargado con demasiado equipaje, como para tener agilidad de movimientos.

         La ruina del buen hombre de la parábola nos puede pasar a nosotros, pues "así sucederá al que amasa riquezas para sí, y no pone su riqueza en Dios". El pecado no es ser rico, ni preocuparse del futuro, sino no confiar en Dios y cerrarse a los demás. Ser ricos ante Dios significa dar importancia a aquellas cosas que sí nos llevaremos con nosotros en la muerte: las buenas obras.

         En concreto, el haber sabido compartir con otros nuestros bienes sí que es una riqueza que vale la pena ante Dios. El examen final será "me diste de comer" o "no me diste de comer". Y el no hacerlo (como fue el caso del rico Epulón) es, para el evangelio, la mayor necedad. No se nos invita a la pereza, y el mismo Jesús ya nos advirtió de ello en la Parábola de los Talentos (que hay que hacer fructificar). Pero sí que se nos invita a no fiarnos de las riquezas, porque hay cosas más importantes que el dinero, como el la vida humana y la vida cristiana.

José Aldazábal

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         La tentación de entrada, al evangelio de hoy, es la de decir "esto no va conmigo, y eso va dirigido para los que son ricos de verdad, y los que tienen millones guardados en el banco". Por eso creo yo que el pasaje de hoy se conoce como la Parábola del Rico Necio, o del rico que no sabe que lo es y debería saberlo.

         Aunque sea incómodo decirlo, debemos ser conscientes de que nosotros pertenecemos a la categoría de los ricos, de los que viven sobrados y en la abundancia. Tenemos muchos bienes almacenados para muchos años, y no tenemos nada de qué preocuparnos. De ahí que nuestra actitud sea la de "túmbate, come, bebe y date la buena vida".

         Pero no nos avergoncemos de eso, porque Jesús no nos quiere condenar por eso. Eso sí, él nos avisa del peligro que nos acecha: "Tened cuidado y guardaos de toda codicia, porque aunque uno ande sobrado, la vida no depende de los bienes".

         Eso es. La vida y la muerte no dependen de los bienes que tengamos. Y el problema no tener bienes, sino ¡cómo repartirlos! El problema es amontonar riquezas para sí, y no haberlas amontonado para Dios.

Carlo Gallucci

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         El Señor decide hoy no entrometerse en las cosas temporales, respecto a 2 personas que se disputaban una herencia. ¡Qué ocasión habría tenido aquí Jesús para intervenir como se lo pedían, si hubiera querido ganar influencia e imponer su Reino en este mundo!" (Mt 11,12; Jn, 6,15; 18,36). De acuerdo con esta directiva, la Iglesia prohíbe que sus ministros se mezclen en tales asuntos (2Tim 2, 4; 1Tim 3,8), o como dice San Ambrosio: "Con razón rehúsa ajustar diferencias mundanas el que había venido a revelar los secretos celestiales".

         Jesús condena hoy el atesorar ambiciosamente, porque como dice San Pablo "los que quieren ser ricos caen en la tentación y en el lazo de muchas codicias necias y perniciosas, que precipitan a los hombres en ruina y perdición" (1Tim 6, 9), así como se desordenan en orden a la economía salvífica (1Tim 9, 17).

         Hiriente parábola, dicha para despertar a cualquier alma dormida sobre el montón de trigo de sus graneros. Casi toda la Biblia, y todo el evangelio, se expresan en términos que aluden a la tensión en que vive el ser humano: pecado y gracia, amor y desamor, verdad y mentira, coherencia e incoherencia, egoísmo y generosidad, cautela y despreocupación. En todo ser humano luchan 2 fuerzas o inclinaciones contrarias: el bien (virtud) y el mal (vicio). Lo 1º salva, y lo 2º condena.

         Necesito pan, y debo buscarlo porque eso es un deber. Pero no debo amontonar el grano para que se pudra, máxime si otros se mueren de hambre. Está bien que ahorre para mi futuro y para el de los míos, pero ¿qué sentido tiene programar sólo mis gozos y placeres del cuerpo, privándome de las alegrías y gozos del espíritu solidario, caritativo, benefactor y justo?

Gaspar Mora

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         Jesús, aunque no quieres dar normas concretas para resolver cada problema económico y social ("¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?"), sí quieres dar hoy unas normas generales que guíen la moralidad de nuestras acciones.

         Lo mismo sigue haciendo la Iglesia cuando propone sus directrices sobre doctrina social. Unas directrices que no son recetas para cada caso, sino puntos de referencia morales que pueden seguirse de diversas maneras. En todo caso, corresponde a la sociedad, y no a la Iglesia, decidir cómo aplicar esas guías morales en cada caso.

         En concreto, Jesús, hoy me hablas de uno de los pecados capitales: la avaricia, que va contra el 10º mandamiento. Un 10º mandamiento que, según el Catecismo de la Iglesia, "prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Y prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales" (CIC, 2536).

         Por eso, tu consejo de hoy, Señor, es claro: "Guardaos de toda avaricia". El avaro nunca se contenta con lo que tiene, porque su único fin está siempre en poseer más. Y como ese fin que no llega nunca, el avaro nunca es feliz, y sigue perdiendo absurdamente su vida en una continua búsqueda por acaparar dinero y poder.

         Jesús, yo también he de luchar contra la avaricia. ¿Sé dejar a otros lo mío cuando lo necesitan? ¿Me creo necesidades por lujo, capricho, vanidad o comodidad? ¿Dónde tengo puesto el corazón? O lucho por despegarlo de las cosas materiales, o acabaré siendo avaricioso.

         Jesús, el hombre de la parábola se trazó el siguiente plan de vida: "Descansa, como, bebe y pásatelo bien". No parece que haya nada incorrecto en ninguno de estos objetivos personales. Sin embargo, tú le llamas insensato. No es que sea malo descansar, comer o pasárselo bien. El problema es que eso era lo único en lo que aquel hombre de la parábola pensaba, vaciando su vida del resto de felicidades. Por tanto, su vida estaba vacía espiritualmente, y tampoco era rico ante Dios.

         Jesús, tú me has enseñado muchas veces que "no se puede servir a dos señores: a Dios y a las riquezas" (Mt 6, 24). No es que la riqueza sea mala. Se puede hacer mucho bien o mucho mal con los bienes de la tierra. Depende de dónde se ponga el corazón: si lo pongo en servir a Dios (en ser rico ante Dios), o si lo pongo en los bienes materiales. Por eso, la medida de la riqueza espiritual no la da el tener más o menos dinero, sino el tener más o menos amor a Dios y a los demás.

         Un corazón que ama desordenadamente las cosas de la tierra está como sujeto por una cadena. Jesús, para amarte de verdad, necesito tener el corazón libre, despegado, capaz de volar. Si mi cabeza y mi corazón no van más allá de las preocupaciones materiales (de lo que tengo, de lo que puedo gastar, de las vacaciones), estoy encarcelado espiritualmente. Ayúdame, Jesús, a guardarme de toda avaricia, y a tener libre el corazón para ser más generoso con los demás y con Dios.

Pablo Cardona

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         ¿En qué consiste la codicia? En un gusano pequeño, que se introduce secretamente en una manzana sin que te percates, y que al cabo de un tiempo, cuando ya no se puede hacer nada, la ha podrido al completo.

         El hombre codicioso es un hombre infeliz. Quizás nadie le ha enseñado a disfrutar de los pequeños detalles que se nos regalan cada día, y por eso experimenta un enorme vacío interior, y cree (al principio ingenuamente, después compulsivamente) que será feliz el día que consiga rellenar ese vacío con los objetos de su deseo (una casa nueva, un coche, un cuadro caro). Trastornado por esta fe vana, el codicioso se embala en un sistema de vida enfermizo, cuya enfermedad le impide disfrutar.

         En buena medida, el estilo de vida que hoy se nos vende (el que sustenta la economía de mercado) es el estilo del codicioso insaciable, antesala de la depresión y del sinsentido. ¡Estamos atrapados en una fábrica de depresivos!

         El evangelio de hoy es una alarma que nos abre los ojos, y nos muestra a las claras la insensatez del camino codicioso. También nos pone delante otro estilo de vida no basado en la acumulación sino en la capacidad de saborear la vida. Jesús es tan feliz que no necesita codiciar nada, y es tan feliz que quiere compartir con nosotros su secreto. ¿Seremos capaces de caer en la cuenta de esta propuesta de Jesús, como propuesta de vida sencilla y feliz?

         Lo mejor de nuestra vida no es lo que ha conseguido nuestro esfuerzo personal (lo siento por el mito americano del self made man), sino de lo que recibimos con gratitud. Donde hay gracia hay gratitud, y donde hay gratitud hay gratuidad. ¡Y luego dicen que lo cristiano ha pasado de moda! A veces, en lo más sustancial, el evangelio es un camino por estrenar.

Gonzalo Fernández

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         El Señor explica hoy una parábola sobre un hombre rico que obtuvo una gran cosecha, hasta el punto que no cabía en sus graneros. Su horizonte se reducía a administrar la abundancia, en comer y beber. Se olvidó de la inseguridad aquí en la tierra y su brevedad. Dios se presentó de improviso en la vida de este rico labrador y lo llamó a cuentas.

         La necedad de este hombre consistió en haber puesto su esperanza, su fin último y la garantía de su seguridad en algo tan frágil y pasajero como los bienes de esta tierra, por abundantes que sean. El amor desordenado ciega la esperanza en Dios, que se ve entonces como algo lejano y falto de interés. La legítima aspiración de tener lo suficiente para la vida y la familia, no deben confundirse con el afán de tener más a toda costa. Nuestro corazón ha de estar en el cielo, y la vida es un camino que hemos de recorrer.

         La Escritura nos amonesta con frecuencia a tener nuestro corazón en Dios (1Pe 1, 13). San Pablo afirma que "la avaricia está en la raíz de los males" (1Tim 6, 17). El desorden en el uso de los bienes materiales puede provenir de la intención (cuando se desean riquezas como bienes absolutos) o de los medios que se emplean para adquirirlas (con posibles daños a terceros, a la propia salud, o a la atención que requiere la familia).

         También el desorden se manifiesta en la manera de usar de ellas: en provecho propio, con tacañería, sin dar limosna. El amor desordenado a los bienes materiales es un fuerte obstáculo para seguir al Señor. El desprendimiento y el recto uso de lo que se posee, es un medio para disponer el alma a los bienes divinos.

         Si estamos cerca de Cristo, poco nos bastará para andar por la vida con la alegría de los hijos de Dios. Lejos de él, nada bastará para llenar un corazón siempre insatisfecho.

         Cristo nos enseña continuamente que el objeto de la esperanza cristiana no son los bienes terrenos. Cristo mismo es nuestra única esperanza (1Tim 1, 1), y nada más puede llenar nuestro corazón. Junto a él encontraremos todos los bienes prometidos, que no tienen fin.

         Los mismos medios materiales pueden ser objeto de la virtud de la esperanza en la medida que sirvan para alcanzar el fin humano y sobrenatural del hombre: No los convirtamos en fines. Nuestra Señora, esperanza nuestra, nos ayudará a poner el corazón en los bienes que perduran: ¡en Cristo!

Francisco Fernández

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         La vida no depende de las riquezas, y llegado el momento de partir de este mundo todos esos bienes acumulados se quedarán aquí, y los disfrutarán quienes no los ganaron con el sudor de su frente. ¿Por qué, entonces, no disfrutarlos honestamente, y compartirlos ya en vida con los que nada tienen? El Señor nos dice al respecto: "Ganaos amigos con los bienes de este mundo".

         Desde ese criterio, todo eso que dimos en vida nos será devuelto, y con creces, en las moradas eternas. El amor que nos lleva a partir nuestro propio pan para alimentar a los hambrientos, a vestir a los desnudos, o a procurar una vivienda digna a los que viven en condiciones infrahumanas, son los bienes acumulados que nos hacen ricos a los ojos de Dios.

         Si vivimos así, en un amor comprometido hacia los demás, al final serán nuestras las palabras del Señor: "Muy bien, siervo bueno y fiel, entra a tomar posesión del gozo y de la vida de tu Señor".

José A. Martínez

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         La existencia cristiana, desde su comienzo, tiene adversarios que acechan a todos los que quieren asumirla. Algunos ya desde ese momento inicial se dejan arrebatar la Palabra sembrada en ellos y destinada a fructificar en su corazón y en el de todos los hombres.

         Pero las amenazas no se reducen a este momento inicial, sino que acompañan al creyente a lo largo de toda su existencia, con amenazas que, desde el exterior, que llevan a considerar una pérdida el seguimiento de Jesús.

         Uno de los mayores obstáculos para la producción de los frutos espirituales reside en la adopción de un estilo de vida basado en la búsqueda de posesión (dinero, lujos, placeres...), que está presente en el entorno y con el que el cristiano debe realizar su misión.

         Este entorno exterior puede ir introduciéndose en la vida interior del creyente, y el contagio de esos valores puede ser una amenaza real para la vida cristiana. Sólo la actitud de "un corazón noble y generoso", junto a una fidelidad constante y sin límites, puede asegurar la llegada a la meta de la vida cristiana.

Confederación Internacional Claretiana

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         La última parte de la instrucción a los discípulos, antes de comenzar la enseñanza a las multitudes, tiene que ver con un asunto muy debatido: el dinero, que tiene en cada uno de nuestros países un típico nombre popular.

         El dinero ha sido siempre una fuente de conflictos, y tiende a ponerse por encima de los derechos humanos, con tal de apoderarse de un capital. Así, los empleados públicos se corrompen dando y recibiendo sobornos, los candidatos a altos cargos del estado reciben dineros de dudosa procedencia, y numerosos fondos destinados a obras sociales van siendo aserruchados por las diversas dependencias burocráticas, hasta llegar a su destino muy disminuidos, si es que llegan.

         De este modo la sociedad se convierte en un mercado donde se negocia con la honestidad, la justicia y el derecho. La ambición, al acaparamiento y el enriquecimiento se tornan entonces, en la medida de toda acción interhumana dando al traste con los grandes valores que deben sostener la sociedad.

         En medio de este imperio del dinero, Jesús clama por una comunidad fraterna donde se respete el derecho y la dignidad de las personas. Para llegar allá, es necesario cambiar nuestra actitud ante el dinero. Es necesario dejarlo de considerar el bien supremo, el mayor valor. Es necesario no creer que su poder es omnipotente y superior a la acción de Dios.

         En pocas palabras, Jesús nos pide que pongamos a Dios y su evangelio como supremo valor de nuestra vida, y que le quitemos ese lugar al dinero. De esto depende la salvación, pues, ¿qué saca el ser humano con atesorar bienes y capitales si a cambio lo único que obtiene es explotación, marginación y la destrucción de la naturaleza?

         La comparación que Jesús propone para comprender la ficción que en nuestras mentes crea la riqueza, nos debe ayudar a comprender que el mayor bien humano es la vida en sí misma. Y que ésta no se alcanza acumulando cosas, sino ganando espacios donde ella florezca en todo su esplendor: una sociedad justa, un ser humano nuevo, una naturaleza respetada y protegida.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 19/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A