5 de Octubre

Lunes XXVII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 5 octubre 2026

Lc 10, 25-37

         Jesús no debía hablar demasiado de la otra vida, de la vida eterna, cuando tanto un jurista o maestro de la ley como un dirigente de Israel le formulan la misma pregunta: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?" (v.25). Y se la formuló para ponerlo a prueba, y atraparlo con esa pregunta.

         El jurista estaba molesto porque Jesús no hablaba a la gente de lo que él cree esencial para un buen judío, y que era el centro de su religión: los 10 mandamientos, contenida en las 2 tablas de la ley de Moisés. Ésa era la ley fundamental de Israel, como lo es la constitución para las naciones modernas. Y siendo Israel una teocracia, parece obvio que constitución era igual a ley de Dios.

         Jesús no se deja atrapar, y hace que sea el propio jurista quien se dé la respuesta: "¿Qué está escrito en la ley?" (v.26). La recitación del Shemá Israel (lit. Escucha, Israel) es perfecta, como quien recita el Credo.

         El jurista no se contenta con recitar largo y tendido el encabezamiento solemne del Deuteronomio: "Amarás al Señor tu Dios" (Dt 6, 5). Sino que añade una breve referencia al prójimo (la 2ª tabla de la ley), sacada del Levítico: "Y a tu prójimo como a ti mismo" (Lv 19, 18). No basta con recitar de memoria y con los labios, es preciso ponerlo en práctica. Quien cumple la ley tiene garantizada la vida eterna.

         Pero entonces, ¿qué ha venido a hacer Jesús, si no ha venido a hablarnos de la otra vida? La respuesta la reserva Lucas para el final de la estructura, cuando, en la perícopa gemela, un dirigente de Israel le formulará la misma pregunta. Pero no anticipemos. Primero es preciso asimilar las enseñanzas que encierran las secuencias que componen esa gran estructura.

         La secuencia que ahora examinamos tiene forma de tríptico. Acabamos de ver la hoja izquierda. En el centro se encuentra la parábola. En la hoja derecha, la enseñanza o moraleja. El jurista que quería atrapar a Jesús se ha quedado atrapado en su propia trampa ("queriendo justificarse"): ha recitado demasiado bien los mandamientos.

         Jesús lo ha invitado a hacer, y cuando se trata de hacer no hay más remedio que tener en cuenta al prójimo. Y el jurista pretende escurrirse: "Y ¿quién es mi prójimo?" (v.29), como diciendo: Esto es un asunto de difícil resolución. Por eso Jesús le propone una parábola.

Josep Rius

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         El centro de la parábola de hoy de Jesús es "un hombre". Lucas ha escogido el término hombre, y no otro de los muchos posibles, y lo acompaña del indefinido ("uno, cierto"). Por tanto, este individuo personifica la humanidad y, en concreto, la qué está de vuelta en sentido figurado: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó" (v.30b).

         "Bajar de Jerusalén", siendo Jerusalén el término sacro empleado para designar la institución judía y, en especial, su templo, la expresión tiene sentido negativo. El alejamiento del templo se paga muy caro, y puede significar la pérdida de la propia vida, desde el punto de vista judío. Lucas lo expresa en imágenes: "Lo asaltaron unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon dejándolo medio muerto" (v.30c).

         Se explica así que, bajando por aquel camino (sin que se diga que "bajen de Jerusalén") un sacerdote del templo, y un levita o clérigo perteneciente a la misma alcurnia, uno y otro den un rodeo y pasen de largo (vv.31-32). Su comentario sería unánime: Le está bien empleado, por abandonar las prácticas religiosas, él se lo ha buscado!

         Lucas hace coincidir fortuitamente (explicitado en el texto) 3 individuos que representan a otros tantos estamentos: los 2 primeros están estrechamente vinculados al templo, mientras que el 3º, un samaritano, representa al pueblo más odiado por un judío religioso.

         En los 2 primeros hay coincidencia con el desgraciado, pero sólo material: "Coincidió que bajaba por aquel camino un sacerdote; igualmente un clérigo, que llegó a aquel lugar". Mientras que el 3º va derecho: "Un samaritano, que hacía su camino, llegó adonde estaba el hombre" (v.33).

         Hay, pues, una clara oposición entre el templo, que es el lugar por excelencia donde reside Dios (para un judío), y "aquel lugar" donde se encuentra el hombre (por lo visto, apóstata de la institución). El samaritano está ya habituado a la maldición que los judíos profieren contra quienes abandonan la ley y el templo (es un excomulgado), y por eso va directamente "adonde estaba el hombre", como si hubiese olido la desgracia que ha caído sobre el hombre que ha abandonado la religión. Se compadece de él, y no sólo lo cuida personalmente, sino que se preocupa de que luego otros se ocupen de él (vv.34-35).

         "¿Cuál de estos tres se hizo prójimo del que cayó en manos de los bandidos?", inquirió Jesús al jurista (v.36). El jurista quería escurrirse de amar al prójimo con la excusa de que es muy difícil de individualizar quién es y dónde se encuentra. Jesús le responde que el prójimo no se pasea por la calle, no lleva ningún distintivo: uno mismo se hace prójimo cuando se acerca a los más necesitados, cuando toma partido por el hombre a quien han pisoteado sus derechos y que ha sido reducido a una condición infrahumana.

         El samaritano, marginado él también por su condición religiosa heterodoxa, es capaz de sentir compasión por los proscritos por la institución oficial. No indaga en absoluto. Pasa a la acción y se vuelca haciendo el bien. El jurista no se atreve a pronunciar la palabra maldita ("el samaritano") y responde: "El que tuvo compasión de él". Jesús remacha el clavo: "Pues anda, y haz tú lo mismo" (v.37). Quien se compromete con su prójimo tiene la vida eterna asegurada.

Josep Rius

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         El jurista de la parábola de hoy anda preocupado por la vida definitiva, porque tal vez estuviera cansado de oír a Jesús hablar sólo de amor al hombre. Quienes, como él, no quieren comprometerse con el prójimo prefieren hablar de la otra vida, entendida como una droga que aliena de los deberes con la vida presente.

         Jesús, sin embargo, invita al jurista a mirar al más acá, al suelo donde se encuentra el prójimo, cuya situación hay que remediar. Por eso le hace 2 preguntas que tienen por finalidad llevarlo a la práctica del amor solidario. Y para ello le propone de modelo a un samaritano del que un judío no tenía nada que esperar, dada la rivalidad y enemistad que existía entre judíos y samaritanos.

         Y será precisamente este samaritano el que cargue al malherido sobre su propia cabalgadura, realizando siete acciones con él: 1º se conmueve, 2º se acerca 3º le venda las heridas 4º le echa aceite y vino, 5º lo monta en su propia cabalgadura, 6º lo lleva a una posada y 7º lo cuida.

         El nº 7 indica la serie completa, con lo que el evangelista indica que el samaritano hace todo lo que se debe hacer... y algo más, pues al día siguiente da 2 denarios de plata al posadero para que cuide del malherido, y si gasta algo más, le dice que "se lo pagará a la vuelta". Se preocupa no solo de remediar el mal presente del prójimo, sino de proveer para su futuro.

         La actuación del samaritano es hiperbólica y se presenta como una formulación extrema de lo que debe ser la actitud de solidaridad hacia el prójimo. Hay que hacer todo lo posible, hay que llegar hasta el extremo de lo imaginable. El samaritano traspasa los límites de lo razonable.

         La parábola representa el mundo al revés. Pues ya no se trata de saber quién es mi prójimo, como preguntaba el jurista, sino de cómo hacerse prójimo del otro, incluso cuando éste (como el judío malherido) no reclama auxilio. Esta parábola rompe los esquemas, pues la cuestión que Jesús plantea no es cómo identificar al prójimo, sino cómo hacerse y sentirse uno prójimo de los demás, aunque éstos sean enemigos. Mi prójimo puede ser tanto el que está cerca de mí como aquél al que yo me acerco. El sujeto al que debo amar es aquel que puede ser amado por mí.

Gaspar Mora

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         El relato evangélico de hoy comienza con un dialogo entre un maestro de la ley y Jesús. El maestro pregunta: ¿Qué debo hacer para conseguir la vida eterna?. Jesús le responde con otra pregunta: ¿qué dicen las Escrituras? El maestro responde con las palabras de uno de los textos más conocidos y venerados del AT, el Shemá Israel: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo".

         Pero aquel hombre, queriendo pasar por justo, plantea una nueva pregunta sobre quién es su prójimo y esta pregunta suscita como respuesta la parábola de Jesús.

         Los personajes de la misma han sido cuidadosamente elegidos. El hombre asaltado y golpeado es un judío, los que pasan de largo, un sacerdote y un levita, son expertos en la ley, mientras que el que ofrece ayuda gratuita es un samaritano. No olvidemos que entre judíos y samaritanos existía una inmensa hostilidad racial.

         Con la parábola el maestro de la ley había entendido la razón más honda de todo lo que Jesús hacía: el amor a Dios y el amor al prójimo, son una unidad inseparable, son el camino más seguro que nos lleva al Padre, más que todas las prácticas rituales y todos los sacrificios que se hacían en el Templo de Jerusalén.

         Había entendido el núcleo del conflicto que Jesús tenía con las autoridades judías, que daban más importancia a las prácticas religiosas que al compromiso con la vida, al culto que a la misericordia y la justicia. Había comprendido que el Dios del que Jesús hablaba era otro Dios, el Padre, al que le importa más la vida de sus hijos que los sacrificios o los ayunos o las oraciones rituales.

         Este amor misericordioso del Padre debe pasar por encima de cualquier otra consideración en la vida de los cristianos. En este gesto del samaritano, el de sentir compasión, la Iglesia debe reconocer un aspecto fundamental de su misión: la de tener un corazón compasivo, que se exprese en un amor eficaz, levantando a todos los hombres y mujeres que son víctimas de las estructuras injustas de nuestra sociedad.

Juan Mateos

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         La Parábola del Buen Samaritano es uno de los relatos más bellos y entrañables de los evangelios. En ella, el Señor nos enseña quién es nuestro prójimo y cómo se ha de vivir la caridad con todos. Muchos padres de la Iglesia, como San Agustín, identifican a Cristo con el buen samaritano.

         Jesús, movido por la compasión y la misericordia, se acercó al hombre, a cada hombre, para curar sus llagas, haciéndolas suyas (Mt 8,17; 1Pe 2,24; 1Jn 3,5). Toda su vida en la tierra fue un continuo acercarse al hombre para remediar sus males materiales o espirituales.

         Esta misma compasión hemos de tener nosotros de tal manera que nunca pasemos de largo ante el sufrimiento ajeno. Aprendamos de Jesús a pararnos, sin prisas, ante quien, con las señales de su mal estado, está pidiendo socorro físico o espiritual. En la caridad atenta, los demás verán a Cristo mismo que se hace presente en sus discípulos.

         Jesús nos enseña en esta parábola que nuestro prójimo es todo aquel que está cerca de nosotros (sin distinción de raza, de afinidades políticas, de edad) y necesita nuestro socorro. El Maestro nos ha dado ejemplo de lo que debemos hacer nosotros: una compasión efectiva y práctica, que pone el remedio oportuno, ante cualquier persona que encontremos lastimada por el camino de la vida.

         Estas heridas pueden ser muy diversas: lesiones producidas por la vida (la soledad, la falta de cariño, el abandono), necesidades del cuerpo (hambre, vestido, casa, trabajo), la herida profunda de la ignorancia y llagas producidas en el alma por el pecado (que la Iglesia cura con la confesión). Debemos poner todos los medios para remediar esas situaciones como Cristo lo haría, con verdadero amor, poniendo en ello el corazón.

         Buen samaritano es todo hombre que se para junto al sufrimiento de otro hombre. Dios nos pone al prójimo con sus necesidades y carencias en el camino de la vida, y el amor hace lo que la hora y el momento exigen. A todos hemos de acercarnos en sus necesidades, pero, porque la caridad es ordenada, debemos dirigirnos de modo muy particular a quienes están más próximos porque Dios los ha puesto o porque ha querido a través de las circunstancias de la vida que pasemos a su lado para cuidarles.

         Después de aconsejar que no indaguemos porqué otros no lo han hecho, especialmente si son heridas del alma, San Juan Crisóstomo dice en su Contra Iudeos: "Has de saber que cuando encuentras a tu hermano herido, has encontrado algo más que un tesoro: el poder cuidarle".

Francisco Fernández

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         A pesar de que Jesús ha anunciado a los suyos que será entregado a la muerte, éstos no han entendido todavía su lenguaje y siguen aferrados a categorías humanas, pensando cuál de entre ellos será el más grande, el primero, el más poderoso. Piensan todavía en una sociedad jerarquizada en la que hay primeros y últimos. En esa sociedad ellos aspiran a ocupar los primeros puestos, a mandar y a dominar; de ningún modo, a servir.

         Y Jesús aprovecha una vez más la ocasión para intentar que cambien su modo de pensar y, consiguientemente, de actuar. Y lo hace con un gesto fácil de comprender. Se fija en un chiquillo, lo pone a su lado y les dice que deben acogerlo como si se tratase de él mismo o de Dios. Jesús se identifica totalmente con este chiquillo, de manera que todo el que se ponga al servicio de los que no cuentan como este chiquillo, lo están acogiendo a él y a su Padre.

         Ser cristiano consiste en liberarse del deseo de ser el más importante, el más fuerte, el primero, el que cuenta y aquél con quien siempre se cuenta, para pasar a ocupar los últimos puestos por libre decisión, poniéndose al servicio de aquellos que no pintan nada en la sociedad. Jesús y Dios mismo se han identificado con ellos hasta el punto de que quien sirve a éstos, está sirviendo a Dios; en esto consiste en realidad el verdadero culto cristiano.

         Quienes actúen así, aunque no sean del grupo de discípulos, están con Jesús. Todos aquellos que se dedican a la liberación del hombre, desde abajo, están con Jesús y su causa. Como aquel que echaba demonios en nombre de Jesús y los discípulos trataban de impedírselo, porque no pertenecía a su grupo. Qué poco habían comprendido. No sabían, o no quería saber, que todo el que presta un servicio al hombre está a favor de Jesús y es ya de los suyos, pues ha comprendido el núcleo fundamental de su mensaje.

Fernando Camacho

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         Escuchamos hoy cómo un doctor de la ley le preguntó a Jesús: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar vida eterna?". ¿Me hago yo también esa misma pregunta? ¿Qué respuesta personal y espontánea daría yo a esa pregunta? La vida, sí, la vida eterna, pues si nuestra vida terminara con la muerte, seríamos los más desgraciados de los hombres.

         Jesús le pregunto: "¿Qué está escrito en la ley?". Y en lugar de contestar a la pregunta del jurista, Jesús le propone a su vez otra pregunta, obligándole a tomar posición. Ciertamente, la vida eterna no es una pregunta que los demás puedan resolver en mi lugar.

         El jurista contestó: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda la mente. Y a tu prójimo como a ti mismo". Y Jesús le dijo: "Bien contestado. Haz eso y tendrás la vida".

         El doctor de la ley citó Dt 6,5 y Lv 19,18: Amar a Dios y amar al prójimo. Lo cual no es nada nuevo ni original, pues todas las grandes religiones tienen en común esa base esencial, y eso formaba ya parte del AT. Pero ¿quién es mi prójimo? Porque es ahí donde empieza toda la novedad revolucionaria del evangelio.

         Lucas nos aporta aquí un relato escenificado por Jesús, y es el único evangelista que nos ha comunicado esa página admirable que, de otra parte, está en la línea recta de todo el evangelio: el amor al prójimo, para Jesús, ha de llegar hasta el enemigo. Es preciso recordarlo.

         "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó", comienza diciendo Jesús, que continúa añadiendo que a ese hombre "lo asaltaron unos bandidos y lo dejaron medio muerto, al borde del camino". Tras lo cual, describe Jesús que "pasó por allí un sacerdote, un levita y un samaritano". Ya habíamos visto anteriormente (Lc 9, 52-55) cuán detestados eran los samaritanos.

         ¿Y quién de estos tres te parece que fue prójimo? Jesús da completamente la vuelta a la noción de prójimo. El legista había preguntado "quién es mi prójimo" (en sentido pasivo), y en ese sentido mi prójimo son los demás. Pero la pregunta de Jesús no va por ahí, sino que directamente interpela: "¿De quién te muestras tú ser el prójimo?" (en sentido activo). Y en este sentido, somos nosotros los que estamos o no próximos a los demás. El prójimo soy yo, cuando me acerco con amor a los demás.

         Por eso debo preguntarme quién es mi prójimo, y quiénes son los despreciados, los mal considerados, los difíciles de amar que quizás se encuentren en el camino que yo también voy haciendo. El samaritano, al ver a aquel hombre lastimado, "sintió lástima, se acercó a él, le vendó las heridas, lo montó en su propia cabalgadura y lo llevó a una posada". Tras lo cual le dice Jesús: "Anda, haz tu lo mismo". Es decir, ama, y no filosóficamente sino con actos eficaces y concretos.

Noel Quesson

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         Hoy un maestro de la ley plantea a Jesús una pregunta que quizás nos hemos formulado más de una vez: "¿Qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?" (v.25). Era una pregunta que iba con segundas, pues quería poner a prueba a Jesús. El maestro responde sabiamente lo que dice la ley, es decir, "amar a Dios y al prójimo como a uno mismo" (v.27).

         La clave es amar. Si buscamos la vida eterna, sabemos que "la fe y la esperanza pasarán, mientras que el amor no pasará nunca" (1Co 13, 13). Cualquier proyecto de vida y cualquier espiritualidad cuyo centro no sea el amor nos aleja del sentido de la existencia. Un punto de referencia importante es el amor a uno mismo, a menudo olvidado. Solamente podemos amar a Dios y al prójimo desde nuestra propia identidad.

         El maestro de la ley va más lejos todavía y pregunta a Jesús: "Y ¿quién es mi prójimo?" (v.29). La respuesta llega a través de un cuento, de una historia corta sin formulaciones complicadas, pero con un gran contenido.

         El modelo de prójimo es un samaritano, es decir, un marginado y excluido. Un sacerdote y un levita pasan de largo al ver al hombre apaleado y malherido, mostrando que los que deberían estar más cerca de Dios (el sacerdote y el levita) son los que más lejos están del prójimo.

         El maestro de la ley evita pronunciar la palabra samaritano, para indicar a quien se comportó como prójimo del hombre malherido. Y se limita a decir: "El que practicó la misericordia con él" (v.37). Pero la propuesta de Jesús es clara: "Vete y haz tú lo mismo".

         La conclusión de Jesús no es la conclusión teórica de un debate, sino la invitación a vivir una realidad: el amor, el cual es mucho más que un sentimiento etéreo, pues comporta eliminar las discriminaciones sociales y ha de brotar del corazón de la persona. San Juan de la Cruz nos recuerda que "al atardecer de la vida te examinarán del amor".

Luis Serra

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         La de hoy es una de las páginas más felizmente redactadas y famosas del evangelio: la Parábola del Buen Samaritano, que sólo nos cuenta Lucas. Una parábola en que la pregunta del letrado es ya un buen comienzo: "¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?".

         En un 1º momento, Jesús remite al letrado a la ley del AT, y a unas palabras que los judíos repetían cada día: "amar a Dios y amar al prójimo como a ti mismo" (Dt 6,5; Lv 19,18). Y con ello, Jesús consigue hacer que el letrado llegue a la conclusión, por sí mismo, del mandamiento fundamental del amor.

         Ante la siguiente pregunta, Jesús concreta más quién es el prójimo, a través de una parábola expresiva en que quedan muy mal parados el sacerdote y el levita (ambos judíos, y oficialmente buenos) y queda muy bien el samaritano (un extranjero, con quien los judíos no se trataban; Jn 4,9).

         Ese samaritano tenía buen corazón, y al ver al pobre desgraciado abandonado en el camino le da lástima, se acerca, le venda, le monta en su cabalgadura, le cuida, paga en la posada y le promete que volverá. Y todo eso con un desconocido. ¿Dónde quedamos retratados nosotros? ¿En los que pasan de largo, o en el que se detiene y emplea su tiempo y dinero para ayudar al necesitado?

         ¡Cuántas ocasiones tenemos de atender o no a los que encontramos en el camino: familiares enfermos, ancianos que se sienten solos, pobres, jóvenes parados o drogadictos que buscan redención! Muchos no necesitan ayuda económica, sino nuestro tiempo, una mano tendida, una palabra amiga. Al que encontramos en nuestro camino es, por ejemplo, un hijo en edad difícil, un amigo con problemas, un familiar menos afortunado, un enfermo a quien nadie visita.

         Claro que resulta más cómodo seguir nuestro camino y hacer como que no hemos visto, porque seguro que tenemos cosas muy importantes que hacer. Eso les pasaba al sacerdote y al levita, pero también al samaritano: y éste se paró y los primeros, no. Los primeros sabían muchas cosas. Pero no había amor en su corazón.

         El buen samaritano por excelencia fue Jesús, que no pasó nunca al lado de un necesitado sin dedicarle su atención y ayudarle eficazmente. Ahora va camino de la cruz, para entregarse por todos, y nos enseña que también nuestro camino debe ser como el suyo, el de la entrega generosa, sobre todo a los pobres y marginados. Al final de la historia, el examen versará sobre eso: "Me disteis de comer, me vestisteis, me visitasteis".

José Aldazábal

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         El seguimiento de Jesús tiene exigencias reales, y no sólo implica un compromiso con los pobres, sino que debe ser consecuencia de un crecimiento personal, y de una mayor conciencia de uno mismo. El evangelio de hoy nos trae la parábola que comúnmente hemos llamado Parábola del Buen Samaritano.

         El problema del texto que analizamos, no es la vida eterna. Si este texto lo analizamos desde el problema del más allá, pierde su valor real y su sentido en las páginas del evangelio de Lucas. Por tanto, hay que partir de otro hecho más delicado, que palpamos todos los días en la vida de la Iglesia: quienes no quieren comprometerse con el hermano necesitado, mientras siguen hablando sin parar de la vida eterna (como si ese tema nos alienara de la vida presente).

         Por tanto, no es válido hablar del más allá (de la vida eterna), si la historia del más acá (los desórdenes, la deshumanización) nos resbala, como si ésta no fuese también una obra de Dios. Para explicar esto, Jesús coloca hoy un ejemplo concreto, y aclara que lo más importante es hacer del hoy presente una verdadera experiencia de vida eterna. Frente a la realidad del hermano que sufre, Jesús acusa a los que quieren pasar por alto ese dato, sin importarle el sufrimiento de los demás.

         En el relato presente, Jesús deja bien en claro que solamente los que experimentan en su propia vida la marginación y la exclusión (el samaritano), son los que sentirán compasión del sufrimiento y miseria de sus hermanos (el hombre apaledado). No podemos seguir pensando en el más allá si con ello nos estamos zafando del compromiso concreto de la vida. El cristiano tiene como tarea principal trabajar por este mundo, para dejarlo un poquito mejor de como lo encontró.

Severiano Blanco

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         El evangelio de Jesús suele tener un tono exigente, pero es profundamente liberador. En el caso de hoy, también apela a la inteligencia de las personas ("¿qué os parece?") y a su libertad ("si quieres"). Jesús tiene toda la autoridad del mundo para imponer el evangelio por ley, pero no lo hace para que nosotros no creamos que esto es cuestión de ordeno y mano, eliminando así el procedimiento de la debilidad y el poder de la seducción.

         Lo comprobamos en el evangelio de hoy, en que más que la Parábola del Buen Samaritano (siempre hermosa e interpelante) me llaman la atención las preguntas de Jesús, sobre todo 3: "¿Qué está escrito en la ley?", ¿Qué lees en ella?", ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Y también 2 recomendaciones: "Haz esto y tendrás la vida", "Anda, haz tú lo mismo".

         Jesús no cuenta la parábola para humillar al maestro de la ley, sino para conectar con lo mejor de ese hombre, para abrirle un horizonte más amplio, para hacerle ver la buena noticia, con la que "tendrá vida".

         ¡De qué manera tan distinta sonaría el evangelio en nosotros si surgiese de este modo, y no como un arma arrojadiza al servicio de nuestros intereses, por nobles que aparezcan!

Gonzalo Fernández

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         Jesús, tu respuesta al doctor de la ley es clara: he de amar a Dios con toda mi alma con todas mis fuerzas y con toda mi mente, y al prójimo como a mí mismo. "Haz esto y vivirás", me repites ahora. Pero ¿cómo puedo amar a Dios sobre todas las cosas? Y, ¿quién es mi prójimo? Porque, a veces, me quedo en la teoría o en el sentimiento, y no me esfuerzo en cumplir estos dos mandamientos de los cuales, como dices en otra ocasión, penden toda la ley y los profetas (Mt 22, 40). Como decía San Alfonso Mª de Ligorio:

"Si nosotros pues deseamos agradar enteramente al corazón de Dios, procuremos no solamente conformarnos en todo a su santa voluntad, sino aún más, uniformarnos a ella, si se me permite hablar así. La palabra conformar quiere decir que nosotros unimos nuestra voluntad a la de Dios, pero uniformar significa más, que de dos voluntades hacemos una, de tal manera que solamente queremos lo que Dios quiere, que solamente permanece la voluntad de Dios y que ella es la nuestra" (Conformidad con la voluntad de Dios, 69).

         Jesús, amarte con toda mi alma, con toda mis fuerzas y con toda mi mente, no significa sentir una atracción sensible (como la que puede darse entre los novios) sino identificarme con tu voluntad hasta en los detalles más pequeños: querer siempre lo que tú quieras. Por eso, he de preguntarte muchas veces: ¿Qué quieres Señor de mí? ¿Cómo quieres que haga este trabajo o que enfoque aquel problema?

         Cumples un plan de vida exigente, madrugas, haces oración, frecuentas los sacramentos, trabajas y estudias mucho, eres sobrio, te mortificas.... pero notas que te falta algo. Pues bien, amigo, yo te animo a que lleves a tu diálogo con Dios esta consideración: la santidad es la plenitud de la caridad, y por ello has de revisar tu amor a Dios y a los demás. Quizás descubras entonces, escondido en tu alma, que no eres buen hijo, buen hermano, buen compañero, buen amigo, buen colega. Y que, por tanto, no estás en el camino de la santidad.

         Querido amigo, tú te sacrificas en muchos detalles personales, y por eso estás apegado a tu yo, sin vivir para Dios ni para sus hijos, sino sólo para ti.

         Jesús, si mi amor a ti no tiene consecuencias reales y concretas en el servicio a los que me rodean, aunque haga oración y frecuente los sacramentos, aún me falta algo. Por un lado, no muy lejos de mi camino hay gente que está necesitada: marginados, enfermos, gente mayor o sin trabajo.

         Y sobre todo, Jesús, si realmente te quiero, sabré descubrir en mi propio camino gente que necesita de mi ayuda: un rato de compañía, una sonrisa, unas palabras de comprensión. Ayúdame, Jesús, a descubrir oportunidades para servir a los demás. Sólo así estaré avanzando en mi camino de santidad, que es la plenitud de la caridad.

Pablo Cardona

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         Al término del diálogo mantenido con su interlocutor, emplaza hoy Jesús a éste a seguir un camino bien preciso: ser samaritano que se acerca a la gente malherida, tirada en la cuneta, marginada. Son palabras que hemos de acoger a escala personal, parroquial, eclesial. Nuestra vocación es la de ser personas samaritanas, parroquias samaritanas, Iglesia samaritana.

         Decir te amo, por tanto, no es suficiente, sino que es necesario un amor manifiesto, a través de nuestras acciones y actitudes. El verdadero amor muestra siempre interés por la otra persona (compasión, acercamiento), y es capaz de comprometer hasta sus propios recursos (tiempo, dinero, viajes) con el fin de mostrar con claridad su amor.

         Quien ama siempre tiene tiempo para la otra persona, que en este caso es la persona amada. Si quieres saber quien te ama de verdad, evalúa estos 3 elementos: quién se interesa por ti, quién es capaz de comprometer su vida por ti, y quien hace un pequeño espacio para decirte "hola, ¿cómo estás?". Hagamos ese proceso a la inversa, y estaremos amando a nuestro prójimo.

Pablo Largo

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         Amar al prójimo es procurar su bien, fortalecerle cuando sus manos se han cansado o sus rodillas han empezado a vacilar, tenderle la mano cuando lo vemos caído en algún pecado o en alguna desgracia, dejar nuestras seguridades para ofrecérselas y hacerle recobrar su dignidad; en fin, nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos. Y es muy fácil amar a quienes nos hacen el bien; y es muy fácil, también, solucionar el problema que nos causan nuestros enemigos acabando con ellos.

         Así, sólo puede considerarse nuestro prójimo el cercano a nosotros y a nuestro corazón, aquel que no nos causa penas, dolores, angustias, aquel que no se ha levantado en contra nuestra para dañarnos, pues, si lo ha hecho, no será nuestro prójimo, sino nuestro enemigo.

         En su hijo Cristo Jesús, Dios ha salido al encuentro de su prójimo, de aquel que jamás ha sido expulsado de su corazón. Y su cercanía ha sido hacia los pobres, hacia los marginados, hacia los despreciados y, sobre todos, hacia los pecadores, aun cuando sus pecados puedan haberse considerado demasiado graves.

         Amó tanto a la humanidad frágil y pecadora, que se desposó con ella y cargó sobre sí sus pecados clavándolos en la cruz y derramando su sangre para que fuesen perdonados. Así puede presentar a su esposa, que es la iglesia, ante su Padre, libre de pecado y adornada con las arras del Espíritu Santo.

         En la Parábola del Buen Samaritano de hoy, el Señor nos manifiesta el gran amor que nos tiene, para que vayamos y hagamos nosotros lo mismo.

Dominicos de Madrid

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         Nuestra comunión con Dios está esencialmente ligada al lugar en que buscamos la realización de esta comunión. La parábola nos presenta los 2 ámbitos en que puede situarse esta búsqueda, y nos enseña que la respuesta adecuada a la cuestión no puede ser reducida al ámbito de la participación cultual.

         En continuidad con la línea profética de Israel, la respuesta de Jesús nos indica la vaciedad de las compensaciones cultuales que nacen de un corazón reducido a la presencia divina del templo. Sacerdote y levita son los exponentes de esa concepción, en que la preocupación cultual ofusca el acercamiento al ámbito de lo divino y de lo humano, e impide descubrir al Dios verdadero, el Dios de la vida.

         En la parábola de Jesús, el samaritano estaba imposibilitado a participar en el Templo de Jerusalén, y sin embargo es el único capaz de comprender y dar la respuesta a lo que Dios estaba pidiendo: la atención al hombre apaleado del camino.

         Las acciones del samaritano, nacidas de la compasión ante el hombre golpeado por los bandidos, lo colocan en la participación de los bienes de Dios, y se convierte así en ejemplo que debe seguir incluso todo fiel judío, si quiere ser auténtico discípulo de Dios.

         El "vete y haz tu lo mismo", dirigido por Jesús a este maestro judío, se convierte en invitación a la rectificación y purificación del culto religioso, a menudo oscurecido por la búsqueda de la pureza y participación cultual.

Confederación Internacional Claretiana

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         La Parábola del Buen Samaritano pone como modelo de ser humano a un hombre que era despreciado en la cultura israelita de la época. Esta contradicción se propone resaltar el valor de la vida humana por encima de cualquier diferencia cultural, étnica o política.

         Un escriba preocupado por quién debe ser objeto de nuestra bondad y quién no, se dirige a Jesús para plantearle este dilema. La respuesta de Jesús no se dirige a solucionar esta falsa oposición, sino que se dirige a las más profundas opciones humanas, aquellas que compartimos con Dios.

         En la parábola de Jesús, 3 personajes (un levita, un sacerdote y un samaritano) encuentran a un hombre herido y abandonado en el camino, y tienen que discernir si optan por seguir su propio camino o se ponen en lugar del otro, y se acercan al camino del otro.

         Los 2 primeros personajes (el levita y el sacerdote) optan por seguir su camino, indiferentes y sin pensar en otra cosa que en su función religiosa. El 3º de ellos (el samaritano) opta por auxiliar a aquel hombre, sin importarle de qué religión es, o qué nacionalidad tiene, o a qué raza pertenece. Para el samaritano, lo importante es que ese herido moribundo es un ser humano, y está necesitado de compasión. Y por por tanto, sabe dejar sus diretes religiosos (los samaritanos, y su culto a Jacob) por atender en ese momento las necesidades humanitarias.

         La parábola elimina el falso dilema de a quién debo o a quien no debo hacer el bien. La parábola plantea una opción por defender la vida de todo ser humano, como un valor absoluto por encima de todo credo y toda religión.

         Toda esta enseñanza se puede resumir en el conocido adagio popular: "Haz el bien sin mirar a quién". Pues lo absoluto de Dios es la vida del ser humano. Por tanto, se deben superar las diferencias étnicas, patrióticas o de cualquier índole, a la hora de aceptar al enfermo y abandonado, como prójimo que me está hablando de parte de Dios.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 05/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A