13 de Junio
Sábado X Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 13 junio 2026
Mt 5, 33-37
Escuchamos hoy la 4ª antítesis de Jesús en torno a la ley del juramento (vv.33-37) y la ley del talión (vv.38-42), en el llamado Sermón de la Montaña.
El juramento es la prueba de la mentira, porque si no existiera la mentira, no habría necesidad alguna de acudir al juramento y el sí seria sí y el no sería no (v.37). El AT luchó contra la mentira legislando sobre el juramento y prohibiendo la mentira, al menos en este caso (v.33). Pero prohibir la mentira en el juramento es reconocer y tolerar su existencia fuera de él. Cristo va más allá que la ley judía cuando prohíbe la mentira en todas las circunstancias, haciendo así inútil el juramento.
En realidad, el juramento sacraliza la palabra humana relacionándola con un poder exterior, en la mayoría de los casos divino. Cuando recomienda la renuncia al juramento, Cristo rechaza esa alienación de la palabra humana; esta última dispone de suficientes medios (en particular, la lealtad y la objetividad) para valorizarse así misma sin tener que someterse a tutelas exteriores. Y si Dios está presente en la palabra humana, no lo es tanto por la invocación de su nombre como por la fuente misma de las sinceridad del hombre. Cristo no quiere un hombre esclavizado; le quiere erguido y fiel a sí mismo.
Maertens-Frisque
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Siguen las antítesis entre el AT y los nuevos criterios de vida que Jesús enseña a los suyos. Anteayer sobre la caridad (algo más que no matar); ayer sobre la fidelidad conyugal (corrigiendo el fácil divorcio de antes) y hoy sobre el juramento.
Jesús no sólo desautoriza el perjurio (lit. jurar en falso), sino que prefiere que no se tenga que jurar nunca. Que la verdad brille por sí sola. Que la norma del cristiano sea el sí y el no, con transparencia y verdad. Todo lo que es verdad viene de Dios. Lo que es falsedad y mentira, del demonio.
La palabra humana es frágil y pierde credibilidad ante los demás, sobre todo si nos han pillado alguna vez en mentira o en exageraciones. Por eso solemos recurrir al juramento, por lo más sagrado que tengamos, para que esta vez sí nos crean. Jesús nos señala hoy el amor a la verdad como característica de sus seguidores.
Debemos decir las cosas con sencillez, sin tapujos ni complicaciones, sin manipular la verdad. Así nos haremos más creíbles a los demás (no necesitaremos añadir "te lo juro" para que nos crean) y nosotros mismos conservaremos una mayor armonía interior, porque, de algún modo, la falsedad rompe nuestro equilibrio personal.
Hoy podríamos leer, en algún momento de paz (bastan unos 15 min), las páginas que el Catecismo de la Iglesia Católica dedica al 8º mandamiento: vivir en la verdad, dar testimonio de la verdad, las ofensas a la verdad, el respeto de la verdad (CIC, 2464-2513).
José Aldazábal
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Entre los judíos se emplea con frecuencia la palabra ala para indicar tanto juramento como maldición. El juramento es una afirmación por la que uno se desea a sí mismo un mal o desgracia, en caso de no decir la verdad o de no cumplir lo prometido. Quien jura espera de la divinidad que recaiga sobre él el efecto de la maldición. Así Jonatán le dice a David: "Mañana a esta hora sondearé a mi padre, a ver si está a buenas o a malas contigo, y te enviaré un recado. Si trama algún mal contra ti, que el Señor me castigue si no te aviso para que te pongas a salvo" (1Sm 20, 12-13).
En tiempos de Jesús se solía jurar no sólo invocando a Dios, sino también al cielo (lugar donde éste habita), a su nombre (que equivale a su persona), al templo (lugar de su presencia) o a los ángeles (sus servidores más cercanos). Por la Biblia sabemos que se juraba levantando la mano (Gn 14, 22), estrechándola (Job 17, 3) o poniéndola bajo el muslo de aquel a quien se prometía algo (Gn 24, 2). El libro del Eclesiástico (Eclo 23, 9-11) previene contra los juramentos hechos con ligereza, los rabinos trataban de remediar los abusos, los esenios lo consideraban ilícito y los fariseos establecieron una sutil casuística para mantener su validez.
Jesús no era partidario de los juramentos, pues las relaciones humanas deben estar regidas por la sinceridad; el juramento supone mala fe o falta de confianza en el otro, y esto viene de Satanás (que es, por naturaleza, embustero; Jn 8,44). Y la mentira no debe entrar en el corazón del ser humano ni regir las relaciones de unos con otros. En la comunidad cristiana y en las relaciones humanas, la regla debe ser la sinceridad, la limpieza de corazón. El juramento está de sobra, por tanto.
Sin embargo, nuestra sociedad está instalada en la apariencia de verdad o en la falsedad. La publicidad, que todos los días nos asedia desde la televisión, la prensa y la radio, es engañosa; por razones de competitividad se nos aconseja no fiarnos de nadie, no manifestarnos como somos ante los demás, no ser ingenuos. Y es que el ser humano (en lugar de hermano) se ha convertido en lobo para el ser humano. Y ante el lobo todas las precauciones que se tomen son pocas.
¡Qué descarriados vamos! ¡Qué lejos estamos de ser limpios de corazón!. Cuando digan sí sea un sí, y cuando no, un no; lo que pasa de ahí es cosa del Maligno. Esto es lo propio de las personas adultas, de las personas de palabra, que se decía antes, de los discípulos de Jesús que practican la sexta bienaventuranza: "Dichosos los limpios de corazón, porque esos verán a Dios".
Fernando Camacho
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Continuando con el análisis del texto que iniciamos el pasado jueves, decimos que la cuarta antítesis acerca de una nueva manera de pensar con relación a la mentalidad de los letrados y fariseos sobre la ley, no es una formulación directa de la ley, sino una alusión al texto que prohíbe "pronunciar el nombre del Señor, tu Dios, en falso" (Ex 20, 7).
La formulación de Mateo no distingue entre votos y juramentos; prohíbe jurar en falso y manda a que se cumplan los votos. Jesús prohíbe en particular el falso juego que consiste en sustituir el nombre de Dios por algo que es menos sagrado. Cuando se menciona un objeto sagrado en un juramento, es como si se usara el nombre divino. De igual manera, tampoco se debe jurar por sí mismo.
De esta manera, el texto llama la atención sobre el juramento como algo contrario a los principios éticos que Jesús le está enseñando a sus discípulos. El discípulo debe inspirar confianza por sí mismo y no ha de estar ligado a ninguna otra cosa en la que tenga que afirmar su palabra. El discípulo no necesita del juramento porque lleva a Dios en sí, el juramento supone rebajar a Dios, haciéndolo intervenir en asuntos humanos.
Jesús exige la veracidad absoluta de la palabra humana. Eliminó la distinción entre las palabras que tienen que ser verdaderas y aquellas que no lo son. Para Jesús no hay dos géneros de verdad entre los hombres. El hombre está ligado a Dios en toda su vida cotidiana sin restricción alguna.
Al igual que en las otras antítesis, la formulación de Jesús es paradójica. Se quiere que la prohibición de jurar en falso sirva para asegurar la veracidad en aquellas situaciones en que se exige una afirmación o negación. En la nueva ética de Jesús, la veracidad debe quedar asegurada no mediante un juramento, sino por la integridad interior de la persona. El juramento, dadas las implicaciones de mendacidad y falta de confianza, no puede tener lugar en una sociedad que no acepta el mal como algo que se da por supuesto.
Hoy, en medio de tanta falsedad, de tanta mentira y engaño, donde las componendas y las falsas jugadas se hacen en beneficio de intereses egoístas que atentan contra la vida de los demás, los cristianos estamos llamados a denunciar y desenmascarar con la verdad del evangelio aquellas situaciones injustas donde se pone el nombre de Dios como testigo y garante del buen obrar.
Juan Mateos
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El evangelio de hoy nos ofrece otra antítesis entre el AT y el NT, en la que se contrapone la normativa legal de Moisés y la nueva y radical interpretación que Jesús propone. En este caso se trata de los juramentos y los votos que la ley recomendaba cumplir con fidelidad (Lv 19,12; Ex 20,7; Num 30,3; Dt 23,22; Sal 50,4).
La propuesta evangélica excluye cualquier tipo de juramento: "Yo os digo que no juréis en modo alguno, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es el estrado de sus pies, ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran rey. Ni siquiera jures por tu cabeza, porque no puedes cambiar de color ni uno solo de tus cabellos" (Mt 5, 35).
Con el juramento la persona abusaba, en cierto modo, de la autoridad de Dios. Era como querer subsanar con la intervención de Dios la deficiencia de la veracidad de las propias palabras y compromisos. Jesús prohíbe cualquier tipo de juramento. El discípulo cristiano debe expresarse a través de un lenguaje sincero y coherente, sin necesidad de acudir a ningún otro subterfugio para demostrar su veracidad.
En la perspectiva evangélica, el juramento es sustituido por la transparencia y la llaneza del lenguaje. La palabra del discípulo debe ser sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Un lenguaje veraz, serio y sincero, pues "lo que pasa de ahí, viene del Maligno" (v.37). Del Maligno viene la mentira, las palabras insinceras y el lenguaje doble e incoherente.
Emiliana Lohr
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Hoy continúa Jesús comentándonos los mandamientos. Los israelitas tenían un gran respeto hacia el nombre de Dios, una veneración sagrada, porque sabían que el nombre se refiere a la persona, y Dios merece todo respeto, todo honor y toda gloria, de pensamiento, palabra y obra. Por esto (teniendo presente que jurar es poner a Dios como testigo de la verdad de lo que decimos) la ley les mandaba: "No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos" (Mt 5, 33).
Pero Jesús viene a perfeccionar la ley (y, por tanto, a perfeccionarnos a nosotros siguiendo la ley), y da un paso más: "No juréis en modo alguno: ni por el cielo, ni por la tierra" (Mt 5, 34). No es que jurar, en sí mismo, sea malo, pero son necesarias unas condiciones para que el juramento sea lícito, como por ejemplo, que haya una causa justa, grave, seria (un juicio, pongamos por caso), y que lo que se jura sea verdadero y bueno.
Pero el Señor nos dice todavía más: "Sea vuestro lenguaje: Sí, sí; no, no" (Mt 5, 37). Es decir, nos invita a vivir la veracidad en toda ocasión, a conformar nuestro pensamiento, nuestras palabras y nuestras obras a la verdad. Y la verdad, ¿qué es? Es la gran pregunta, que ya vemos formulada en el evangelio por boca de Pilato, en el juicio contra Jesús, y a la que tantos pensadores a lo largo de los tiempos han procurado dar respuesta. Dios es la Verdad.
Quien vive agradando a Dios, cumpliendo sus Mandamientos, vive en la verdad. Dice al respecto el Cura de Ars: "La razón de que tan pocos cristianos obren con la exclusiva intención de agradar a Dios es porque la mayor parte de ellos se encuentran sometidos a la más espantosa ignorancia. Dios mío, cuántas buenas obras se pierden para el cielo". Hay que pensar en ello. Nos conviene formarnos, leer el evangelio y el catecismo. Después, vivir según lo que hemos aprendido.
Jordi Pascual
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La 4ª antítesis de Jesús, entre el AT y el NT, no alude a una formulación directa de la ley, sino al texto que prohíbe "pronunciar el nombre del Señor, tu Dios, en falso" (Ex 20, 7). La formulación de Mateo no distingue entre votos y juramentos; prohíbe jurar en falso y manda que se cumplan los votos. Jesús prohíbe en particular el falso juego que consiste en sustituir el nombre de Dios por algo que es menos sagrado.
De esta manera el texto llama la atención sobre el juramento como algo contrario a los principios éticos que Jesús les está enseñando a sus discípulos. El discípulo debe inspirar confianza por sí mismo y no ha de estar ligado a ninguna otra cosa en la que tenga que afirmar su palabra.
Al igual que en las otras antítesis, la formulación de Jesús es paradójica. Se quiere que la prohibición de jurar en falso sirva para asegurar la veracidad en aquellas situaciones en que se exige una afirmación o negación. En la nueva ética de Jesús, la veracidad debe quedar asegurada no mediante un juramento, sino por la integridad interior de la persona. El juramento, dadas las implicaciones de mendacidad y falta de confianza, no puede tener lugar en una sociedad que no acepta el mal como algo que se da por supuesto.
Hoy, en medio de tanta falsedad, de tanta mentira y engaño, donde las componendas y las falsas jugadas se hacen en beneficio de intereses egoístas que atentan contra la vida de los demás, los cristianos estamos llamados a denunciar y desenmascarar con la verdad del evangelio aquellas situaciones injustas donde se pone el nombre de Dios como testigo y garante del buen obrar.
Severiano Blanco
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La 4ª antítesis se refiere al ámbito del juramento, objeto de la consideración del Decálogo (Ex 20,7; Dt 5,11; Lv 19,12 y Num 30,3). Estas formulaciones no prohíben la práctica común existente no sólo en Israel sino en casi en todos los pueblos. Por el contrario, quieren asegurar un legítimo recurso a Dios en el que, invocándolo como garantía, se pueda asegurar la sinceridad de la palabra pronunciada. Dicha práctica engloba la relación con Dios y la relación con los seres humanos. Se recurre a Dios para garantizar la verdad de la propia palabra frente al semejante.
Pero la enseñanza de Jesús quiere profundizar esta relación y exigir la radical sinceridad de las palabras disuadiendo de la búsqueda de esa garantía. El "Yo os digo" es continuado por una prohibición absoluta de la práctica en cuestión: "No juréis en absoluto". De esa forma, Jesús, nuevo legislador se coloca a contracorriente de la práctica israelita de la época. Incluso en los ámbitos más críticos (como el de los esenios), no era inusual confirmar sus resoluciones con el recurso al juramento.
La prohibición se fundamenta en la necesidad de fundamentar una vida en sinceridad por parte de los miembros de la Iglesia. Todo juramento esconde frecuentemente una falta de diafanidad en la relación comunitaria.
En una sociedad de engaños y de subsiguientes desconfianzas la garantía divina implicada en el juramento pretende asegurar la mínima autenticidad necesaria para el desarrollo de la vida social. Pero, a la vez, esa pretensión es signo de una falta de veracidad en la relación normal con el prójimo. De allí que esta prohibición se identifica con la exigencia de la sinceridad de cada una de las palabras que deban pronunciarse. La fórmula usada en los tribunales "sí, sí, no, no" (del v.37) debe extenderse a los restantes ámbitos de la vida.
De esa forma, la relación comunitaria puede recuperar un fundamento, sin el cual sólo puede existir disolución y disgregación. Más allá de esa sinceridad fundamental sólo reina la mentira que siempre tiene origen en el Maligno.
La propia palabra debe encerrar dentro de sí la garantía de un compromiso personal, sin subterfugios ni engaños. La palabra es vínculo importante en la comunicación humana y Jesús, pone en guardia contra la falsía que amenaza esa relación y que, buscando otras garantías de credibilidad, falsea también la religión religiosa con el recurso a Dios.
Por ello no sólo se prohíbe invocar el nombre de Dios sino también toda otra realidad que siempre está situada en relación a él y que implica la referencia a él. Por ello Mateo presenta cuatro ejemplos de juramento encubierto que se deben también evitar. Ni el cielo, ni la tierra, ni Jerusalén, ni la propia cabeza deben ser presentadas como garantía de la veracidad de las propias palabras.
En los 3 primeros casos (vv.34-35), se consigna su íntima referencia al ámbito divino, en el último caso se muestra la impotencia del ser humano que impide presentar la propia cabeza como garantía de verdad, y detrás de esa impotencia, se muestra también su dependencia con aquel ámbito. Surge así la exigencia de una vida expresada con la sinceridad de las propias palabras, como una única forma de realizar una vida en comunión con Dios y con los seres humanos.
Confederación Internacional Claretiana
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El tema del juramento era algo muy serio en la tradición judía. Jurar en nombre de Dios suponía un compromiso que obligaba gravemente a cumplir lo jurado "al pie de la letra", incluso aunque en algún caso resultara aberrante. Los judíos, por eso, no acostumbraban a jurar "por el nombre de Dios", sino por sus equivalencias, como por el templo, el cielo, la tierra, la cabeza... para así considerarse más fácilmente eximidos de esa obligación tan ineludible.
Jesús vio detrás de esto una hipocresía, porque aunque no pronunciaran el nombre de Dios, de igual manera estaban siendo falsos e inconsecuentes. Jurar en vano va a equivaler a poner a algo, o al mismo Dios, como testigo de lo que es falso.
La sociedad hipócrita del tiempo de Jesús estaba erigida sobre la mentira y el engaño. Sus líderes estaban metidos en ese conjunto y hacían de ello un gran negocio. Para los jerarcas era de vital importancia que Dios no fuera visto como incompatible con esta situación. En nombre de ese dios se llevaban a cabo aberrantes injusticias, de las que los sacerdotes del templo se estaban haciendo corresponsables.
Los cristianos de las futuras generaciones reciben de Jesús el ejemplo de no hablar más de lo necesario, y de llamar a las cosas por su nombre ("al pan, pan y al vino, vino", como dice el refrán español). Todo comentario que pase de ahí y todo disimulo de la verdad será considerado pecaminoso. Y de ahí que Jesús sentencie: "Yo os digo: no juréis en absoluto".
Hay que darle a la palabra todo su valor, sin necesidad de más aditamentos: que el sí sea sí y el no sea no, todo lo demás "procede del mal". Si la sociedad se construye en la verdad, la palabra basta. En una sociedad igualitaria se tratará por todos los medios de que las palabras sean el reflejo fiel de lo que haya dentro del corazón de cada persona. "Tú eres tu palabra", dice la sabiduría guaraní.
Servicio Bíblico Latinoamericano
Act:
13/06/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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