27 de Noviembre

Evangelio del Domingo I Adviento

Mt 24, 37-44
Mercabá, 27 noviembre 2022

           Iniciamos un nuevo Año litúrgico con un nuevo Adviento: a la espera de la venida del Señor. Y puesto que el esperado, y al mismo tiempo deseado, es el Señor de nuestra memoria, de nuestra experiencia y de nuestros anhelos, merece la pena que avivemos el deseo del encuentro por llegar, no del encuentro ya acontecido. Es lo que hemos pedido en la oración colecta de este primer domingo: "Aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro con Cristo que viene, acompañados por las buenas obras (no hay mejor acompañamiento que éste), para que merezcan poseer en su día el reino eterno".

           El encuentro es posible porque Cristo ha venido en la Navidad; forma parte, pues, de nuestra historia; pero también porque sigue viniendo en sus expresiones sacramentales, esto es, en su palabra viva, presente, activa, en el pan de la eucaristía, en el necesitado de nuestra atención caritativa, en la Iglesia en la que se prolonga; semejante venida supone su victoria sobre la muerte, su resurrección, y su permanencia "espiritual" en medio de nosotros, algo que confirma su palabra: Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Pero del que ha venido y del que viene también esperamos una venida que aún no se ha producido: su venida en gloria.

           El carácter futurizo de esta venida (= parusía) hace de nuestra vida en este mundo un permanente Ad-viento (más allá del tiempo litúrgico que prepara la Navidad), que es un vivir pendientes de esta venida, más aún, deseosos del encuentro a que nos da acceso esta venida. Así, el horizonte del Adviento se amplía a toda la vida, haciendo de ésta una vida ad-venticia. Y como no sabemos el día ni la hora en que habrá de producirse, hemos de mantenernos en vela. Sólo así podremos evitar que nos pille desprevenidos, distraídos, impreparados. Esta es la gran advertencia del tiempo de Adviento: estad en vela, porque no sabéis el día ni la hora. Pero de la Navidad sí conocemos al menos el día celebrativo, puesto que se trata de un hecho pasado. En cambio, de la venida esperada (la venida en gloria) no disponemos más que de algunos signos precursores difíciles de localizar y determinar.

           Jesús describe ese día de fecha desconocida acudiendo a la historia, a lo que pasó en tiempos de Noé. Algo semejante pasará cuando venga el Hijo del hombre. ¿Y qué pasó en tiempos de Noé? Que un diluvio de inmensas proporciones arrasó con todos los habitantes de la tierra, exceptuando a los pocos supervivientes que se refugiaron en el Arca construida por Noé.

           En las grandes catástrofes, al menos en las que preceden al fin de los tiempos, siempre suele haber supervivientes. Sucederá -dice Jesús- que, de esos dos hombres que estén en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán. Esto es lo que ha venido sucediendo hasta ahora en guerras, epidemias, accidentes masivos, terremotos, huracanes, erupciones volcánicas, etc. A unos se los llevan (de la tierra de los vivos) y a otros los dejan (con su susto, su pena, su perplejidad, su dolor, su trauma o su tetraplejia), sin saber muy bien el criterio empleado en la selección: no siempre quedan los mejores, ni los más jóvenes, ni los más sanos, ni los más útiles, ni los más inteligentes. Aquí la muerte se presenta sin avisar o sin dar tiempo a escapar de sus garras, de la manera más sorpresiva e inesperada. Aunque la vida es tan frágil que cualquier agente patógeno o agresión externa puede acabar con ella, nada hacía suponer que la pudiéramos perder en ese instante.

           Este carácter de levedad, de incertidumbre, de fragilidad de la vida de la que estamos en posesión sin ser sus propietarios es lo que refuerza la advertencia evangélica: estad en vela, aguardando al dueño de la vida, al único que puede señalarle sus límites, dispuestos a devolverle lo que es suyo, porque él nos lo dio. La vida se puede perder o entregar de diferentes maneras: o resistiéndonos a entregarla (lo cual es finalmente inútil), porque vemos en quien nos la exige a un ladrón que viene a quitarnos injustamente lo que es nuestro más que al dueño que reclama lo que es suyo; o resignándonos a perder aquello sobre lo que no tenemos pleno dominio; o entregándola con gozo al que consideramos que es su dueño y al mismo tiempo nuestro benefactor y amigo, sabiendo que Él nos dará todavía una vida de cualidad infinitamente superior: una vida eterna, a diferencia de esta vida temporal, tan precaria y escurridiza.

           Sólo con esta conciencia podemos dar, y antes ofrecer, con gozo la vida en posesión, aunque no sin cierta resistencia, puesto que también opera nuestro instinto de conservación y nuestro apego a la misma, al que consideramos su dueño y dador. Así entendida, la muerte ya no es simplemente el momento en que nos vemos privados de la vida, ya sea ésta de mejor o de peor calidad, sino el momento transitorio que nos da acceso a una vida más plena, sin sufrimiento y sin desorden, una vida en gloria en compañía de nuestro Señor resucitado y ascendido a la derecha del Padre. A cambio de esa vida para la que el Señor nos pide un acto de confianza (fe), se nos pide la ofrenda (entrega) de esta vida en un acto supremo de obediencia. Y para prepararnos a este acto de abandono está el Adviento.

           No nos preparamos viviendo en la inconsciencia de esta venida que pone límite a nuestra vida en este mundo, pues la venida que clausurará el ciclo temporal de este universo que fue puesto en marcha hace unos 13.700 millones de años, no deja de anticiparse en la muerte individual que substrae del espacio-tiempo a todo aquel que ha sido sorprendido por la misma. En cualquier caso no podemos vivir como si la vida careciera de límites o como si la muerte no fuera a acontecer nunca en nuestras vidas. Puesto que somos conscientes, hemos de vivir con conciencia de nuestra realidad vital. Por eso san Pablo recomienda con acierto: Daos cuenta del momento en que vivís: vivid conscientes del momento en que vivís, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer: ¿porque ahora estamos más cerca del final?, ¿porque tras haber avanzado por el camino de la fe estamos más próximos a la madurez?, ¿porque el Señor no tardará en llegar y con él la liberación de cuanto nos ata en este mundo?

           En cualquier caso el tiempo fluye y no es inagotable, como tampoco lo es el hidrógeno que arde en las estrellas; el tiempo tiene término. La noche está avanzada y el día se echa encima. Quien pone límite a la noche es el día, y ese día está al caer. Podrá tardar meses o años, pero para el individuo humano, para cada uno de nosotros, no tardará muchos años, centenares o miles de años. Y como lo que va quedando atrás es la noche, san Pablo recomienda dejar con ella, atrás, las actividades de las tinieblas que engendran daño y desorden, y pertrecharnos con las armas de la luz. Las armas sirven para combatir y la luz para dar muerte a las tinieblas o hacer que éstas se desvanezcan. Las armas de la luz nos son entregadas para combatir el poder de las tinieblas.

           Tales armas son esas virtudes humanas y cristianas que nos permiten enfrentar el mal que hay en nosotros y en el mundo. Pues ¿qué mejor coraza o escudo que la fortaleza, la paciencia, la castidad, la esperanza cristianas? ¿Y qué mejor espada que la palabra que brota de la fe y del amor cristianos? Con el pertrecho de tales virtudes estaremos preparados para mantenernos ajenos a las actividades de las tinieblas y alejados del desenfreno a que conduce la insubordinación de nuestros apetitos de placer, poder o tener: comilonas, borracheras, lujurias, riñas, pendencias, etc.

           Es, según san Pablo, lo que hay que desterrar de la vida de un cristiano. Para ello hay que prestar atención al cuidado del cuerpo, procurando que no fomente los malos deseos, pues el cuidado corporal, aunque legítimo, puede despertar el desorden que acompaña al mismo cuerpo con sus tendencias y tenencias insatisfechas. En fin, que estar en vela es estar pendientes de ese día o de esa venida que cierra nuestro ciclo temporal y nos muestra nuestro destino definitivo, que ojalá sea un destino salvífico, pues en semejante venida, la que es objeto de nuestra esperanza, no llega otro que el Salvador del mundo y de cada uno en particular. Y ¿qué otro puede ser más deseado que el que se presenta como nuestro Aliado y Salvador?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 27/11/22     @tiempo de adviento         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A