1 de Abril
Miércoles Santo
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 1 abril 2026
Mt 26, 14-25
Al contrario que en Marcos, es Judas quien pide dinero por entregar a Jesús (v.14). Judas es el hombre que no ha hecho la opción por la pobreza (Mt 5, 3), y el afán de dinero lo ha llevado a traicionar el mensaje (Mt 13, 22). El precio que los sumos sacerdotes ponen a Jesús se encuentra en Zac 11,12. Las 30 monedas de plata eran el precio de un esclavo (Ex 21, 32).
La escena tiene lugar "el primer día de los ázimos" (fiesta de los panes sin levadura), la tarde de la víspera de Pascua. Son los discípulos los que recuerdan a Jesús que ha de ser preparada la cena. Jesús, consciente de que "su momento" (el de su muerte) está cerca, manda a todos los discípulos a dar el recado a un desconocido.
"Caída la tarde se puso a la mesa con los doce" (v.20). Los Doce se identifican con "sus discípulos". Se ve así el valor simbólico del número, que designa al grupo como el Israel mesiánico. Jesús anuncia la traición, provocando la tristeza y la inseguridad de ellos (v.21). Por su parte, "mojar en la misma fuente" era gesto de amistad e intimidad.
"El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, mas ¡ay de ese hombre que va a entregar al Hijo del hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido". Hay una clara oposición entre "el Hijo del hombre" y "ese hombre". E decir, entre el portador del Espíritu de Dios (Mt 3, 16) y el que carece de él.
Al entregar al Hijo del hombre a la muerte, Judas elimina de sí mismo todos los valores propios del Hijo del hombre y pretende acabar definitivamente con ellos. Renuncia para siempre a su plenitud humana. Prefiere el dinero a su propio ser. La vida del hombre es un camino hacia la plenitud. Quien renuncia a ella se condena él mismo al fracaso, y "más le valdría no haber nacido".
Entonces reaccionó Judas, el que lo iba a entregar, diciendo: "¿Acaso soy yo, rabbí?". Jesús respondió: "Tú lo has dicho" (v.25). Jesús va estrechando el círculo de los posibles traidores ("uno de vosotros"; v.21, y "uno que ha mojado en la misma fuente que yo"; v.23). A la primera denuncia todos reaccionan, excepto Judas. Ellos, consternados, empezaron a replicarle uno tras otro: "¿Acaso soy yo, Señor?" (v.22).
A la segunda, Jesús se ve forzado a reaccionar: "Tú lo has dicho" (v.25). Sin reproche alguno, Jesús identifica al traidor, aunque no necesariamente a los oídos de todos. Es su último esfuerzo para que Judas tome conciencia de lo que va a hacer y recapacite.
Juan Mateos
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El evangelio de hoy nos propone tres consideraciones.
La 1ª consideración es que, cuando el amor hacia el Señor se entibia, entonces la voluntad cede a otros reclamos, donde la voluptuosidad parece ofrecernos platos más sabrosos pero, en realidad, condimentados por degradantes e inquietantes venenos.
Dada nuestra nativa fragilidad, no hay que permitir que disminuya el fuego del fervor que, si no sensible, por lo menos mental, nos une con Aquel que nos ha amado hasta ofrecer su vida por nosotros.
La 2ª consideración se refiere a la misteriosa elección del sitio donde Jesús quiere consumir su cena pascual (la "casa de Fulano") y el momento de celebrarla ("mi tiempo está cerca").
El dueño de la casa, quizás, no fuera uno de los amigos declarados del Señor; pero debía tener el oído despierto para escuchar las llamadas interiores. El Señor le habría hablado en lo íntimo (como a menudo nos habla), a través de mil incentivos para que le abriera la puerta. Su fantasía y su omnipotencia, soportes del amor infinito con el cual nos ama, no conocen fronteras y se expresan de maneras siempre aptas a cada situación personal.
Cuando oigamos la llamada hemos de rendirnos, dejando a parte los sofismas y aceptando con alegría ese "mensajero liberador". Es como si alguien se hubiese presentado a la puerta de la cárcel y nos invita a seguirlo, como hizo el ángel con Pedro diciéndole: "Rápido, levántate y sígueme" (Hch 12, 7).
La 3ª consideración nos la ofrece el traidor que intenta esconder su crimen ante la mirada escudriñadora del Omnisciente. Lo había intentado ya el mismo Adán y, después, su hijo fratricida Caín, pero inútilmente. Antes de ser nuestro exactísimo Juez, Dios se nos presenta como Padre, que no se rinde ante la idea de perder a un hijo. A Jesús le duele el corazón no tanto por haber sido traicionado cuanto por ver a un hijo alejarse irremediablemente de él.
Raimundo Sorgia
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El mal es un misterio. Y más aún si ese mal consiste en haber recibido la sublime gracia de tener tan cerca al Señor de la gloria. Estamos ante lo que nos supera. Y no debe extrañarnos. El pecado es en sí irracional, incomprensible. No busca sino lo contrario al bien del hombre. Es una destrucción.
Judas, uno de los doce, amigo íntimo del Señor, que le acompañó por tres años, que vio muchos milagros, que saboreó sus divinas palabras; que pudo tocarlo, palparlo, mirarlo, conocerlo y, quizás, amarlo. Esa ceguera le bajó los ojos a la tierra, a sus propios intereses, tal vez de orden meramente político, inmediato, material y no trascendente, espiritual como exigía el mandato del amor. Dejó de creer. Y porque de creer dejó, también de esperar y, sobre todo, de amar que es el corazón del cristianismo. Salió resuelto a entregarlo.
La traición vino no en un momento. Fue la traición de una conciencia deformada paulatinamente, poco a poco, comenzando en las cosas pequeñas hasta terminar en el pecado más grande.
Hasta qué punto llega el mal a torcer los ojos, lo vemos en su hipocresía durante la cena pascual. Sabía que le entregaría. ¿Has visto a Jesús reprochárselo abiertamente? No, sino que parece esperar el cambio. ¿Lo echó de la cena como quien se lo merecía por lo que haría? Le permitió aún escuchar sus divinas palabras a ver si recapacitaba. No quiso romper su corazón ya endurecido por el diablo con palabras fuertes ciertamente, pero que parecen las más adecuadas para él.
Lo dejó actuar libremente porque libre quiso el Creador a su criatura. Sólo así podía garantizar el verdadero amor. Y Judas no cambió. No reconoció su pecado. Se obstinó. Tuvo el Señor que decirle lo que haría. Y ni con eso se ablandó el corazón, duro por el pecado.
Ya sabemos el resto. Lo que no sabemos es si dentro de nosotros pueda haber algún Judas traidor de Cristo. Seamos sinceros y no nos engañemos ni engañemos a los demás. Ante Cristo, preguntémosle: "¿Soy yo maestro?".
Edgar Pérez
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Indudablemente que la traición de Judas tuvo motivaciones políticas. Él, como el resto de los apóstoles, esperaba de Jesús la instauración del reino de Dios en este mundo y soñaba, al igual que los hijos del Zebedeo, ocupar un puesto de prestigio. Creía que se trataba de un reino como los de este mundo.
Judas no era más interesado o bastardo que el resto de los Doce, pues todos eran iguales y todos acabaron abandonando a Jesús o negándole. Ninguno de ellos había experimentado todavía la conversión.
Judas, a diferencia de los otros, quiso provocar la llegada de ese reino denunciando a Jesús para obligarle a actuar. Jesús, estando ante una situación extrema, haría llegar sus huestes celestiales y expulsaría de una vez por todas al invasor e instauraría el nuevo régimen.
La traición de Judas es presentada por el cristianismo como el más genuino pecado. Me atrevo a afirmar que cuando el hombre enmienda la plana a Dios, cuando cree que sabe más que Dios, cuando decide en nombre de Dios y pretende hacerle actuar, cae en pecado. Como cuando uno no ha vivido y sufrido la conversión, tampoco puede dar frutos de evangelio.
El demonio nunca tienta a querer cosas malas, sino a querer cosas buenas pero por el camino inadecuado. Pecado es procurar conseguir cosas buenas por camino equivocado. Piensa en lo que quieras y lo verás, como en el dinero, por ejemplo. Desear poseer dinero, medio para el bienestar y el crecimiento, no es pecado. Lo malo es desearlo por la vía inadecuada: el robo.
Matamos a Cristo cada vez que lo traicionamos, actuando por nuestra cuenta y riesgo, solidarizándonos con el pecado.
Benjamín Oltra
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Uno de los valores fundamentales del cristianismo es la amistad. En el evangelio de Juan Jesús llega a decir: "Ya no los llamo siervos sino amigos".
En este mismo evangelio, referido este mismo pasaje que hoy nos presenta la Escritura, Jesús moja un pan y se lo da a Judas, signo de profunda amistad. Esto es algo que Judas, por más confundido que hubiera estado sobre la identidad de Jesús, nunca entendió. Había estado con él 3 años y no había llegado ni siquiera a tenerlo como amigo.
Es triste que muchos cristianos padezcan de este mismo mal y no sepan valorar la amistad, ni de Jesús, ni muchas veces de aquellos con los que comparten su vida (papás, hermanos, compañeros). Cuando uno no es capaz de desarrollar una amistad, es la persona más vacía y solitaria, pues el verdadero amor es el del amigo. Esta ausencia, lleva al hombre, como llevó a Judas, a cometer las acciones más tristes del mundo.
No dejemos solo a Jesús en esta Semana Santa. Démonos un tiempo para participar, sobre todo de la fiesta de la Pascua el sábado por la noche. Mostrémosle que verdaderamente lo tenemos como amigo.
Ernesto Caro
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Judas que no había hecho opción por la pobreza a pesar de haber seguido a Jesús y ser uno de los Doce, por ambición le pone un valor a Jesús: 30 monedas de plata, que los sumos sacerdotes acceden a reconocerle cuando Jesús esté en su poder.
El día de la Pascua había llegado y Jesús se proponía celebrarla con sus discípulos, que en este caso son los Doce. Se reúnen los que simbolizan el Israel mesiánico (recuérdese el valor de los 12 tribus del Israel terrestre).
Jesús le anuncia la traición, y ante la tristeza e inseguridad de sus discípulos, les da una señal: "Uno que ha mojado en la misma fuente que yo me va a entregar". Mojar en la misma fuente era un signo de amistad y de intimidad. Judas se identifica a sí mismo ("¿soy yo acaso, maestro?"), y comprende el mensaje. Toma el pan, lo moja, lo come y sale.
¿Soy yo acaso, maestro? podríamos exclamar también nosotros. Entre las treinta monedas que suenan en el bolsillo de Judas está también mi contribución; también yo he pagado. Judas es la evidencia de todas mis traiciones. No obstante, lo que me salva de la desesperación es el eco del nombre que absorbe y neutraliza por completo el sonido siniestro del beso del traidor: ¡Amigo!
Al retirarse Judas del cenáculo, los once y con ellos yo, estaban convencidos de que Judas traicionaba porque ellos lo habían traicionado. Más aún; ellos lo habían abandonado, su corazón estaba vacío de amor y por eso pudo entrar en él Satanás, como nos dice el evangelio de Juan. Si el corazón de Judas hubiese sido vigilado constantemente, si lo hubiese sostenido el amor de los demás apóstoles, ¿hubiera sido entonces posible que Satanás tomara posesión del mismo?
Más todavía. Los apóstoles, a pesar de la comida sobrenatural que Jesús les había preparado precisamente en aquel momento, se quedaron tranquilamente cada uno en su sitio, no se movieron para salir en busca de Judas. ¿Esperaría Jesús esta segunda traición? Los amigos habían traicionado al traidor.
Si la eucaristía no nos lanza fuera del cenáculo de nuestras acostumbradas devociones, si no nos impulsa a realizar alguna acción imprevisible, a tomar alguna iniciativa que parezca absurda y loca, malgastamos esa comida. La traición a los hermanos coincide con la traición al pan de vida.
Nos horrorizamos y nos preocupamos por la indignidad anterior a la comunión. Es temerario presentarse sucios ante la mesa eucarística. Con todo, también hay una indignidad posterior, tan temeraria como aquella, cuando no damos testimonio de la común-unión que hemos realizado con el Señor, cuando nos hacemos indignos de ese alimento que nos ha alimentado.
Quedarnos seguros, protegidos, mientras que Judas está afuera, de noche, concluyendo su negocio con el dinero entre las manos es hacernos cómplices de su traición. La villanía, las traiciones, las bajezas se van acumulando y empujando cada vez más la costra humana hasta que logran encontrar el punto débil por donde revientan. Ese punto es Judas.
Pero, ¿quién se atreverá a decir que ese nombre tan siniestro no incluye nuestro propio nombre? Cristo sigue traicionado. Las 30 monedas se han ido acumulando hasta llegar a formar un grueso capital. Por eso el campo de sangre ocupa hoy tan amplias dimensiones.
Cristo está en agonía hasta el final de los siglos y él sigue esperando que alguno de los suyos se levante y salga fuera, en la mitad de la noche, para ayudar al traidor y decirle que el Señor lo ama, que lo considera su amigo. Quizás entonces las monedas de la traición caigan sobre el suelo produciendo un rumor de fiesta.
Dominicos de Madrid
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Ante los discípulos que preguntan el lugar de la celebración, Jesús ordena ir a "casa de Fulano". La indeterminación quiere señalar que se trata de todo aquel que se siente implicado en la historia de la pasión, A él, Jesús se dirige para anunciarle que va a "celebrar la Pascua con sus discípulos".
La Pascua se realiza "al caer la tarde" (v.20) como en la 1ª multiplicación (Mt 14, 15) y como en la sepultura de Jesús (Mt 27, 57). Jesús nos alimenta con su entrega. Una nueva Pascua, en la que se realiza la institución de la eucaristía y la muerte de Jesús, sustituye a la pascua oficial judía.
En medio de este ofrecimiento de vida para los discípulos, Jesús anuncia la presencia de las sombras de la traición que provoca en cada uno de ellos tristeza e inseguridad.
El gesto de amistad e intimidad de Jesús ("mojar de la misma fuente") no exime de esa dolorosa posibilidad. De esta forma la amistad se transforma en oposición entre "este hombre" y "ese individuo". La acción de este 2º, motivada por su amor al dinero, elimina todos los valores ofrecidos por el 1º.
La figura de Judas es un llamado a la reflexión para todo discípulo de Jesús. La entrega-donación absolutamente gratuita de Dios y de su Hijo, se transforma en entrega-traición, venta que minusvalora el don por un precio irrisorio. La codicia es el motor, capaz de transformar la amistad en voluntad opuesta al querer de Dios y en frustración de la vida.
Ahondar en la traición de Judas nos trae la ventaja de que nos remueve el fondo de traición que todos llevamos dentro y nos enfrenta con lo más sucio de nuestro interior. Toda traición hay que ligarla a un proyecto. En la medida en que alguien deje de estar de acuerdo con el proyecto en el que venía o se creía comprometido, no tiene inconveniente en traicionarlo. Por eso, entrar a ciegas en un proyecto o entrar en el mismo sin entender sus principios o su finalidad, es preparar traiciones en cadena.
Aunque el proyecto de Jesús tiene un contenido divino, por reflejar la propuesta de Dios y por recibir de Él su fuerza, está sometido a las leyes del comportamiento humano. Dios no puede tocar la libertad, para evitar que su proyecto sea traicionado. Él acepta esta posibilidad. Tal es el precio de la libertad. Jesús aceptó estar sometido a la posibilidad de la traición.
La pregunta de Judas ("¿seré acaso yo, maestro?") y la respuesta de Jesús, quedarán para siempre como una prueba del respeto por la libertad humana de parte de Dios, y una muestra de la malicia y de la astucia de que viene revestido todo intento de traición.
La traición no ha estado ni estará ausente del cristianismo. Somos seres humanos. Pero la comunidad cristiana debe cuidar de que el proyecto de Jesús sea claro y explícito para todos sus participantes. Así no habrá sorpresas. El hecho de ser cristianos por herencia y no por lucha, traerá siempre el riesgo de no identificarse con las exigencias del Reino. Y cuando aparezcan los intereses personales o de grupo, necesariamente aparecerá la traición.
Un cristianismo sin la claridad que exige el proyecto de Jesús y sin procesos de asimilación del mismo, será una mina de traiciones, desilusiones y amarguras. Aunque justifiquemos la traición, frente a ella nuestra alma quedará siempre herida.
Confederación Internacional Claretiana
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Somos muy capaces de justificar nuestros actos de modo que todos aparecen como buenos y necesarios. Incluso cuando cometemos actos tan viles como traicionar a nuestros amigos o traicionarnos a nosotros mismos. Siempre encontramos alguna razón seria, importante, profunda, que justifica nuestra acción en nombre del bien.
No obstante, al final se reciben "treinta monedas de plata". Al final, Judas vende a su Maestro. O mejor, se vende a sí mismo. En esas treinta monedas de plata no está el precio de Jesús sino el precio de la dignidad de Judas.
No nos escandalicemos, sino simplemente miremos a nuestra historia personal. Si somos sinceros, seguro que encontramos más de un episodio en el que también hemos vendido nuestra dignidad. Incluso por menos valor. No somos quien para criticar a Judas. Algo de él hay en todos nosotros.
Menos mal que nuestra dignidad no depende de nuestro personal valor, sino del don de Dios Padre. Menos mal que el precio de Jesús no está marcado por el dinero que Judas recibió por su traición. Menos mal que Jesús, el hombre libre, no se dejó llevar por los acontecimientos, sino que fue capaz de convertir la traición en entrega.
A Jesús no le quitaron la vida sino que la dio voluntariamente. De esa manera nos reconcilió con nuestro Judas personal, y nos hizo comprender la inmensidad del amor de Dios que se manifestaba en su propia entrega.
Servicio Bíblico Latinoamericano
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