24 de Enero

Evangelio del Martes III

Mc 3, 31-35
Mercabá, 24 enero 2023

           El evangelio de Marcos nos presenta en este pasaje a un Jesús buscado por unos y acompañado por otros. Al parecer, su intención es hacernos ver que, para Jesús, la verdadera familia es la de aquellos que escuchan su palabra porque desean conocer la voluntad de Dios y cumplirla. El Maestro se encuentra reunido con un grupo de personas en el interior de una casa. La reunión se ve interrumpida por la llegada de otro grupo que reclama su atención. Se trata de "su madre y sus hermanos", que desde fuera lo mandan llamar.

           Por madre y hermanos de Jesús hemos de entender su familia biológica o familia constituida por lazos de sangre. Pero el término "hermanos" no significa en este contexto "hijos de la misma madre", sino parientes próximos. Al menos así lo ha entendido la tradición de la Iglesia en consonancia con la fe en la perpetua virginidad de María –virgen también post partum-. Lo que aquí interesa resaltar es el contraste que establece Jesús entre esa familia, su familia de consanguíneos, y aquella otra en la que él se inserta, conformada por los que escuchan la palabra de Dios.

           La gente que tenía sentada a su alrededor informó a Jesús de la llegada de sus familiares, que no se limitan a esperar, sino que demandan su atención: Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. La respuesta de Jesús, por muy conocida que nos resulte, no deja de conmover nuestra sensibilidad. Parece que una madre y unos parientes próximos merecen una cierta deferencia en el trato. Por eso resulta desconcertante la reacción de Jesús ante este imprevisto: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando la mirada por el corro, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.

            Aquella respuesta tuvo que desconcertar a todos, incluida su propia madre. ¿No estaba menospreciando el lazo natural que le unía a estas personas? Ésta es quizá la primera impresión que dejan las palabras de Jesús. En realidad estaba valorando muy por encima de los vínculos de consanguinidad esos otros vínculos de unión surgidos de la relación con la palabra de Dios que latía en él. El deseo de conocer la voluntad de Dios, que era al mismo tiempo interés por su palabra, creaba unos lazos de unión –una comunión- mucho más fuertes que los de la propia sangre. Jesús equipara tales vínculos a los que se dan en el interior del mismo núcleo familiar: ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.

            Es tal la importancia que Jesús concede a esta palabra que encarna la voluntad de Dios que allí donde ella se proclama y es acogida surgen relaciones familiares, brota la familia cristiana. Se trata, evidentemente, de una familia no sólo congregada en torno a la Palabra, sino confeccionada por la misma Palabra que hace de los interrelacionados "hermanos y madres" de Jesús y, por tanto, miembros de la misma familia.

           Jesús pronunció su veredicto paseando la mirada por el corro; por tanto, designando a los que se hallaban a su alrededor como "su familia". La otra, la familia biológica había quedado atrás o "afuera", en un segundo término. Si quería seguir siendo su familia tendría que incorporarse a esta nueva relación o discipulado exigido por su misión mesiánica.

           A María, su madre biológica, la veremos también entre sus discípulos, a la escucha de su palabra. ¿Cómo no iba a prestar atención a la palabra de su Hijo la que había escuchado con tanta seriedad las palabras del ángel en la Anunciación? ¿Cómo no iban a calar en su interior las palabras de gracia salidas de labios de su Hijo la que había sido colmada de gracia desde el momento de su concepción?

           María es madre de Jesús por doble motivo: por haberle concebido y engendrado (corporalmente) y por haber acogido (anímicamente) la palabra de Dios. En realidad, lo engendró porque antes acogió la palabra que le proponía la maternidad virginal. Su respuesta es de todos conocida: He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra. Por eso no es extraño que, para Jesús, esta acogida de la palabra sea principio de un parentesco de superior categoría al de la sangre o meramente natural. La connaturalidad con esta palabra (de origen divino) crea vínculos familiares.

           Son los vínculos de amor que se establecen entre los moradores del Reino de los cielos y que se perpetuarán eternamente, vínculos más robustos que los que instaura la sangre, la amistad, el interés común o el mero afecto humano. ¡Ojalá que estemos tan cerca de Jesús y que apreciemos de tal manera su palabra que merezcamos ser considerados por él como "su madre y sus hermanos"!

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 24/01/23     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A