17 de Enero

Evangelio del Domingo II

Jn 1, 35-42
Mercabá, 17 enero 2021

           Algunos de los que después se incorporarán al discipulado de Jesús, como Andrés, hermano de Simón, habían sido antes discípulos del Bautista, es decir, habían iniciado el seguimiento de un maestro portador de un mensaje profético y salvífico. Eran personas con inquietud religiosa; cabría decir que naturalmente predispuestas a una posible llamada del Mesías. No es extraño, pues, que cuando Juan, su maestro e introductor en la vida del espíritu, les hace fijar su mirada en el que pasaba delante de ellos y recibía el calificativo de Cordero de Dios, emprendan su seguimiento como imantados por su figura singular.

           Cordero de Dios era una denominación de grandes resonancias bíblicas. El cordero pascual, ofrecido en sacrificio, era el signo más elocuente de la Pascua judía, esto es, del paso liberador de Dios por las tierras de la esclavitud (Egipto).

           La sangre del cordero degollado, rociando las jambas de las puertas, era la señal que habría de tener en cuenta el ángel exterminador para no sembrar de muerte tales lugares: una especie de salvoconducto para los elegidos de entre los moradores de esa tierra azotada desde algún tiempo atrás por incesantes calamidades (las plagas de Egipto). Decir de un hombre que es el Cordero de Dios era reservarle un papel singular en la historia de las intervenciones salvíficas del mismo Dios: otra manera de calificar al Mesías, que habría de derramar su sangre en sacrificio para beneficio de muchos. También esta sangre habrá de sellar una alianza, la nueva y eterna alianza de Dios con su pueblo.

           No sabemos el alcance que aquellos discípulos de Juan concedieron a las palabras de su maestro referidas al todavía desconocido personaje que pasaba por su lado; el caso es que, tras escuchar, estas palabras delatadoras, iniciaron el seguimiento de Jesús. Éste, al ver que lo seguían, se volvió a ellos y les preguntó: ¿Qué buscáis? Porque era evidente que algo buscaban: un sentido para sus vidas, una respuesta a sus interrogantes, una salvación anhelada. Ellos se limitaron a contestarle: Rabí, ¿dónde vives?

           En el deseo de conocer su vivienda latía el deseo de conocerle a él. La vivienda es el lugar de la propia intimidad y de la expresividad más espontánea, donde uno no siente la necesidad de simular ni alegrías ni tristezas, el lugar que muestra nuestros propios gustos y preferencias, el lugar al que sólo tienen acceso familiares, amigos e invitados, el lugar del reposo y del proyecto. Conocer este lugar es sin duda conocer en gran medida a sus moradores. Por eso, quizá sea ésta la razón de ser de la pregunta: la necesidad del conocer al que repentinamente se había convertido en objeto de su deseo. Y como Jesús entiende que no le preguntan por una simple dirección, les invita a pisar el suelo de su casa: Venid y lo veréis.

           Ellos acogieron la invitación con alegría: Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron él aquel día. La visita se convirtió en estancia y el encuentro "casual" en amistad prolongada. Aquel momento fue para ellos el inicio de una larga e ininterrumpida relación de amistad y discipulado que cambiaría el rumbo de sus vidas.

           Pero la cosa no quedó ahí. Andrés, que era hermano de Simón, se dirigió de inmediato a su hermano con esta noticia: Hemos encontrado al Mesías. A Simón le bastó aquel testimonio para dejarse conducir hasta él. El testimonio de una experiencia o encuentro personal venido de personas creíbles suele ser el camino más eficaz para el apostolado. Y es que entonces como ahora estamos más necesitados de testigos que de maestros. Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, porque Cefas, es decir, Pedro será el nombre que identifique su futura misión, la de ser cimiento o piedra basilar de su Iglesia. El nuevo nombre, Pedro, nacía al servicio de la nueva función que habría de desempeñar como pastor de la congregación de los creyentes en Cristo. El que le imponía el nombre era consciente de esta encomienda.

           Jesús había respondido a la inquietud (y búsqueda) de aquellos hombres que salieron tras él estimulados por las palabras de su maestro, Juan, con una invitación (venid y lo veréis) a compartir con él su propia experiencia mesiánica. Andrés invita a su hermano a hacer el mismo camino: ven y verás al Mesías encontrado. También Simón Pedro fue, vio, se dejó imponer un nombre nuevo y se quedó, agregándose al número de los discípulos de Jesús.

           La incorporación al discipulado acontece por la vía de la invitación (ven) a hacer una experiencia (y verás) que acaba reteniendo al invitado como discípulo junto a su maestro. La invitación entra de lleno en una cadena de transmisión que va de testigo a testigo y que no debe interrumpirse, porque el testimonio, como el agua del río, debe llegar a su desembocadura final o hacia ese último rincón del orbe en el que todavía sea anunciable esta noticia de alcance universal que es el evangelio aportado por el Cristo enviado por Dios como Salvador.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 17/01/21     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A