25 de Junio

Evangelio del Sábado XII

Mt 8, 5-17
Mercabá, 25 junio 2022

            El evangelista narra que al entrar Jesús en Cafarnaúm un centurión romano se acercó a él para interceder por su criado, al que tenía en cama paralítico y con grandes sufrimientos. Llama la atención que un militar del ejército invasor se acerque a un judío, miembro del pueblo sometido, para pedirle un favor. Lo hace sin exigencias, limitándose a notificarle la situación del enfermo para el que pide su intervención.

            Jesús le responde con toda naturalidad, como si la condición del centurión pagano no significara ningún inconveniente: Voy a curarlo. E inmediatamente reacciona el solicitante, consciente de la situación y pretendiendo allanar las cosas: Señor, le dice, ¿quién soy yo para que entres bajo mi techo? Basta que los digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque también yo vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; a mi criado: «Haz esto», y lo hace.

            Se dirige a Jesús con sumo respeto, lo llama Señor, y sabiendo que un judío puede tener motivos fundados (= religioso-legales) para no entrar en casa de un pagano, quiere evitarle problemas. Sea ésta u otra la razón, el caso es que aquel centurión se declara indigno de tener a Jesús bajo su techo, pues se trata de la casa de un pagano, es decir, de un pecador. Y él es consciente de ello.

            Se trata de una nueva muestra de humildad. Ya era un acto de humildad acercarse a Jesús, un judío, para pedirle un favor; ahora se refuerza aún más esa humildad al considerarse indigno de su presencia en casa. El centurión tiene un sentido muy realista de la situación; lo que demuestra que humildad es realidad. Pero además muestra tener una gran fe en él: Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano.

            Confía tanto en el poder de su palabra, que no tendría que tener necesidad siquiera del contacto físico para obtener el beneficio solicitado. Aquel centurión había oído hablar de Jesús y de su poder milagroso para curar; de lo contrario, no habría acudido a él. Tal vez le había visto actuar con sus propios ojos, acercarse a un ciego o a un sordo, tocarle, pronunciar una palabra y devolverle la vista o el oído. Ahora entiende que no necesita siquiera la cercanía del enfermo, el contacto físico con él, para devolverle la salud. Su palabra, incluso en la distancia, es suficientemente poderosa para lograr el efecto curativo.

            Y así se lo hace saber. Él vive en la disciplina militar: acata órdenes y da órdenes. Y cuando da órdenes a sus subordinados, estos las ejecutan, porque su palabra tiene eficacia, como la tiene también la palabra de sus superiores en él. Pues cuánta mayor eficacia habrá de tener la palabra “misteriosa” de un profeta como Jesús, que ya ha demostrado en numerosas ocasiones su capacidad de mando o su eficacia sobre los espíritus inmundos o las fuerzas de la naturaleza.

            Se trata, pues, de alguien que confía en el poder de la palabra dicha con autoridad y que a Jesús le concede mucha autoridad, al menos en materia de salud. Por eso, le basta con su palabra para que su criado recobre la movilidad. Si él le dice: «Levántate», su criado se levantará; porque la palabra de Jesús tiene más fuerza que la suya propia, que también tiene fuerza para mover a sus soldados.

            Cuando Jesús, nos dice el evangelista, oyó esta declaración de intenciones, quedó admirado, y no era para menos: admirado por aquel de quien procedían, admirado por su fuerza de convicción. Y dijo a los que le seguían, con afán de instruir: Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de Oriente y de Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos.

            Son palabras muy elogiosas y consoladoras para un pagano, que es colocado por encima del judío en aquello en lo que el judío debiera estar muy por encima del pagano. Jesús manifiesta no haber encontrado entre los israelitas, pueblo elegido de Dios, una fe como la de este militar extranjero y pagano. Por eso profetiza que vendrán muchos de lejos, de Oriente y de Occidente, y ocuparán puestos de honor en el Reino de los cielos; porque para ocupar este rango sólo se requiere tener fe, la fe que ha mostrado tener el centurión de Cafarnaúm.

            Jesús, que tan bien conoce el corazón humano, se dejó admirar sin embargo por esta fe. Si nos ceñimos al texto evangélico, tenemos que pensar que realmente le sorprendió la actitud confiada y humilde de aquel centurión. Hay actitudes que realmente sorprenden al descubrirlas en ciertas personas, porque no esperábamos encontrarlas en ellas. Pero Dios hace continuamente milagros. Por eso podemos ver cambiar la actitud de muchas personas a las que creíamos muy alejadas de Dios o incapaces de hacer una obra buena o de compadecerse mínimamente de alguien.

            Hay actitudes que nos sorprenden por su bondad o por su fe procediendo de quien proceden. Pero insisto. Dios puede cambiar los corazones con relativa facilidad. Nuestra fe no tendría que resultar sorprendente a ninguno de los que nos contemplan, porque estamos bautizados, porque somos cristianos, porque acudimos a misa y procuramos hacer el bien, y sin embargo quizá mereciera la pena que alguna vez provocáramos sorpresa o admiración por nuestra fe, por el grado de fe que manifestamos tener, por la calidad de esa fe.

            La fe, como la del centurión, tiene un enorme componente de confianza: confianza en la bondad, en el poder o  en la eficacia de alguien, confianza en Dios. Sin confianza no podemos andar por la vida. Es imposible moverse permanentemente en la arena movediza de la sospecha o de la desconfianza.

            Pero hay hombres y situaciones que no pueden garantizar nuestra confianza, porque se muestran tan frágiles como nosotros a la hora de afrontar el problema. Entonces, ¿en quién confiar? Sólo Dios es fundamento suficiente de nuestra confianza. Sólo Él puede sostener últimamente nuestra fe. Y sólo esta fe le permitirá actuar en nuestro favor y en el de todos aquellos por quienes intercedemos.

            El centurión mereció oír finalmente de labios de Jesús la confirmación del milagro que llevaba a cumplimiento su deseo y petición: Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído. Y como los deseos del que tiene autoridad son órdenes, se cumplió: en aquel momento su criado se puso bueno. Había bastado la palabra de Jesús para cuya realización se requería únicamente la fe que implora o la fe del que implora.

            A continuación, y estando en casa de Pedro, curará a la suegra de éste que estaba en cama con fiebre. Y más tarde, a otros. Para ello no tenía que recurrir a otro medio terapéutico que su palabra: una palabra de efectos maravillosos, que expulsaba a los espíritus de los endemoniados y curaba a todos los enfermos que le llevaban.

            En tales realizaciones –como subraya el propio evangelista- se estaba cumpliendo una palabra profética, concretamente la de Isaías: Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades. Pero habrá una manera aún más severa (para él) de cargar con nuestras dolencias, que no es otra que la manera crucificada; pues es en la cruz donde él carga realmente y de modo más comprometido con nuestras enfermedades.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 25/06/22     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A