7 de Agosto

Evangelio del Domingo XIX

Lc 12, 32-48
Mercabá, 7 agosto 2022

           Probablemente la frase que mejor resuma el texto evangélico de hoy sea ésta: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Es sin duda una invitación a la vigilancia: estad en vela, estás preparados, estad como los que aguardan a que su señor vuelva. Esta vigilancia exige atención y lucidez: atención a lo que realmente importa, a lo que se aguarda, a lo que mantiene viva nuestra espera; y lucidez para ver, o mejor, para poder esperar lo que aún no se ve.

           Nosotros, en cuanto cristiano-católicos, somos hombres y mujeres de fe. No prestaríamos atención a estos textos si no tuviéramos un mínimo de fe. Pero ¿qué es la fe? Según el autor de la carta a los Hebreos, fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve.

           Luego la fe tiene mucho que ver con lo que se espera y con lo que no se ve, es decir, con lo que aún no se tiene (puesto que se espera) y con lo que aún no se domina, ni siquiera con la vista. Pero es seguridad: una seguridad que se adquiere cuando depositamos nuestra confianza en algo o en alguien: en el suelo que pisamos, en las personas con las que convivimos, en el médico que nos ausculta y nos receta, en el farmacéutico que nos proporciona las medicinas, en el conductor que nos traslada de lugar, en los señalizadores del tráfico...

           Sin este ejercicio de confianza, sin esta seguridad básica en nuestro entorno vital, no podríamos vivir. Y aquí hay un ejercicio de fe mantenido. Tomamos el barco o el avión porque tenemos la certeza de que nos llevará a buen puerto. Aquí, la fe se apoya en la experiencia de lo que sucede de ordinario, aunque el buen funcionamiento de las cosas (incluido el movimiento regular de nuestro planeta alrededor del sol) nadie puede garantizarlo al cien por cien.

           Algo similar sucede con la fe en Dios y en sus promesas. No hay evidencias, ni siquiera de la existencia de Dios. El objeto de la fe es precisamente lo que no se ve. Pero, aunque no haya evidencias, hay signos y razones que nos permiten depositar nuestra confianza en Él, y adquirir esa seguridad o certeza de la que vive el creyente; porque el verdadero creyente está más seguro del Dios en el que cree que del suelo que pisa o de la mujer con la que vive.

           La carta a los Hebreos no se limita a definir la fe, sino que presenta con admiración el ejemplo de personas recordadas por su fe. Entre ellos se cuenta Abrahán, que por fe obedeció a la llamada de Dios y salió hacia la tierra prometida sin saber adónde iba. En esta obediencia y en este salir "sin saber" hay ante todo confianza, un fiarse enteramente de Aquel que llama e invita a salir hacia una Tierra ignorada: prometida, pero desconocida (como el cielo); una confianza, la de Abrahán, que fue puesta a prueba cuando se le exigió el sacrificio de Isaac, su hijo único, y destinatario de la promesa.

           Dar muerte a Isaac, además de ser un homicidio de carácter sagrado, como los sacrificios humanos inmolados a los dioses, era quedarse sin descendencia y eliminar de este modo al mismo destinatario de la promesa que dependía de este primer eslabón. Pero la confianza de Abrahán era tal que no cerraba la puerta a una ulterior intervención de Dios, capaz incluso de resucitarlo de entre los muertos después de haberle sido sacrificado. Era rocambolesco, pero posible; porque a Dios nada le es imposible. Esta es la fe de un auténtico creyente. Abrahán superó la prueba a base de confianza. Y es que la fe permite esperar contra toda esperanza, porque al fin y a la postre todo se hace depender de Dios, el que todo lo puede.

           El mismo Dios tiene mucho que ver en esta actitud de confianza que es la fe, pues la fe es don de Dios, como la vida misma. Por eso hemos de agradecerle que Él mismo haya propiciado, al ponernos en un determinado lugar, el alumbramiento de esta confianza en Él. Nuestra fe ha sido prácticamente heredada, al menos inicialmente. Sólo después ha podido convertirse en opción. Y lo que se hereda es casi un regalo, una pura recepción. Para ser heredero no hay que hacer ningún mérito, no hay que trabajar; basta con mantener el lazo familiar que nos da derecho a la herencia; basta con no ser desheredado. Pero la fe, siendo una herencia, voluntariamente asumida (como la lengua materna) es también un tesoro de gran valor que debemos custodiar y proteger (pues también las herencias se pueden dilapidar).

           Seamos conscientes de esa riqueza para agradecerla y disfrutarla. El creyente tiene algo que no tienen los no creyentes: un recurso más sobre sus recursos naturales, una potencia más. Por eso no debe considerarse nunca un ser disminuido o empobrecido. La fe no nos disminuye, sino que nos perfecciona; la fe no nos empobrece, sino que nos enriquece. La fe nos ofrece nuevos motivos para luchar, para trabajar, para esperar, para emprender, para aspirar, para vivir. La fe es un plus que se añade a nuestras potencias naturales: un ver más allá. Si vivimos acrecentando nuestra confianza en Dios, mantendremos nuestras lámparas encendidas.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 07/08/22     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A